La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) La diversión acaba de comenzar
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La diversión acaba de comenzar

En mi anterior misiva os pincelaba los primeros apuntes de mi plan maestro, y eso que reconozco que he omitido algunos datos que quizá os vendrían bien para poneros en perspectiva.

Yo quería cumplir ese último deseo antes de abandonar este mundo lastimero, pero conocía mis limitaciones físicas.

Así que pensé en una solución alternativa.

De ese modo creé mi pequeño torneo criminal, una justa entre dos combatientes disparejos que me tendrían que proporcionar ese placer que la naturaleza me negaba.

Ya no tengo nada que perder, así que me he lanzado a la aventura aprovechando mi posición y que los dos contendientes tienen sus propias razones para seguirme el juego y amoldarse a mis ocurrencias.

Al principio pensé en toda una tropa de mercenarios a mis órdenes, dos pequeños ejércitos que lucharían por satisfacer mis caprichos y por un premio final muy suculento.

Aparte de servirme para darles una lección a determinados enemigos que me había granjeado a lo largo de tantos años de periplo empresarial.

Una despedida por todo lo alto para alguien como yo, una aventura diferente que esperaba llegara a ser digna de recordar.

Mi fiel escudero, el bueno de Cómodo, me había acompañado durante mis últimos veinte años a lo largo de muchas peripecias.

Siempre me había maravillado su lealtad a prueba de bombas, y eso que reconozco que en alguna ocasión he sido injusto con él.

Por esa razón quería tener una pequeña deferencia con ese pobre chico que me traje de Hong Kong hacía ya tanto tiempo.

Y como no quería ponérselo demasiado fácil y además necesitaba algo de competencia para divertirme durante el torneo, le busqué un contrincante al que pudiera también manejar a mi antojo.

Conocía la precaria situación de mi chófer, y por eso supe que podría usar esa vulnerabilidad para llevarle a mi terreno.

¿Sería suficiente motivación para convertirse en un criminal tener la posibilidad de saldar todas sus deudas y olvidarse de sus múltiples problemas?

En las próximas semanas saldríamos de dudas.

De momento le comenzaría a llamar Aquiles, para ver si así se le pegaba algo de la grandeza del mítico héroe griego.

Como enamorado de los clásicos, tuve la peregrina idea de formar un equipo de gladiadores romanos que se enfrentaría a otro de guerreros griegos salidos directamente de La Ilíada.

¿Se imaginan a Marco Atilio, Vero y Prisco, Amazona, Carpóforo, Flamma o el mismísimo Espartaco enfrentados a Ulises, Héctor, Paris, Agamenón o Ajax?

Una idea demasiado ambiciosa que tuve que acortar, recreando mi particular duelo al sol simplemente entre Cómodo, el emperador que bajaba a la arena del Coliseo, enfrentándose a Aquiles, el príncipe griego por excelencia.

Sí, ya sabía que sus alter ego no les hacían verdadera justicia, pero el tiempo apremiaba y no podía conseguir nada mejor.

Hice que Aquiles entrenara para que tuviera alguna oportunidad contra Cómodo, un hombre bregado en los bajos fondos, ya que necesitaba algo de emoción.

No quería un duelo físico entre ellos, sino algo más sutil, un enfrentamiento entre criminales que usaran también el intelecto para satisfacerme.

Quizá ahí el chófer tuviera alguna posibilidad si utilizaba bien el ingenio, aunque el bueno de Cómodo se había culturizado también a lo largo de los años leyendo en mi biblioteca.

Y entonces les expliqué cómo puntuarían las diferentes pruebas.

Poseo algunos conocimientos de ciencia forense y he tratado de transmitírselos a mis pupilos, otra cosa es si me hacen caso y después lo desarrollan a la perfección.

No queremos que las autoridades pongan fin a la diversión antes de tiempo, eso por descontado.

Sin embargo, mis ansias criminales aún no se han calmado, necesito mucho más.

Así que puse en manos de mis esclavos algo que me permitiría estar con ellos, a su lado, mientras les arrancaban la vida a pobres indeseables.

Necesitaba saborear ese efímero instante, esa brizna de aire que se les escapaba a las víctimas al exhalar su último suspiro en este aciago mundo.

Y los crímenes debían ser mucho más personales: era imperativo que el asesino les arrancara la vida con sus propias manos, mirándolos a los ojos.

De lo contrario mi puntuación bajaría drásticamente y no tendrían oportunidad alguna de llevarse el premio gordo.

Aquiles agachó la cabeza cuando les conté las nuevas premisas, mientras Cómodo esbozó una sonrisa de medio lado. Los dos hombres no podían ser más distintos, pero algo en mi interior me decía que a veces las diferencias se igualan cuando están en juego cosas tan importantes.

El chófer sabía que tenía que mejorar mucho las prestaciones dadas en la prueba de Basurto.

Por eso he de reconocer que me ha sorprendido el bueno de Aquiles con su última hazaña.

Se las ha apañado para montar un buen jolgorio en pleno centro de Bilbao, la verdad es que nunca lo habría imaginado.

Se arriesgó demasiado, a mi pobre entender, pero hasta ahora parece haberle salido bien.

Ya veremos si los incompetentes de la Ertzaintza logran dar con él, de momento andan bastante despistados por las noticias que me han llegado desde dentro.

Siempre hay que tener ojos y oídos en todas partes, algo fundamental para medrar en un mundo tan competitivo como el que llevo transitando durante tantos años.

Algunos sobornos, muchos favores y un poquito de mano izquierda son necesarios para conseguir la mejor información, los mejores soplos.

Y esto sirve tanto para las noticias empresariales como para las de cualquier otra índole.

Anda que no he ganado yo dinero aprovechándome de esas primicias que me han adelantado los pequeños esbirros que tengo desperdigados por medio mundo.

Pero centrémonos en lo importante. El chófer parece haberse sobrepuesto con entereza del shock que le ha debido producir enfrentarse a la primera prueba seria planteada por mí.

El secuestro de la joven Marta fue todo un éxito, y la puesta en escena he de aplaudirla sin ambages.

¿A quién se le ocurriría semejante recreación en un escenario tan espectacular?

Jamás me habría imaginado tan brillante planteamiento.

Aquiles sabía que el leitmotiv para su primera prueba tenía que ser algo relacionado con el cristianismo y se ha quedado a gusto con la representación.

El muy cabrón eligió una idea que, por un instante y tras conocerla, me voló la cabeza sin remedio.

Sí, al principio me pareció un sacrilegio, una pequeña blasfemia.

Planificar la crucifixión de una joven mártir, desnuda completamente, que aparecería colgada de esa guisa en un puente sobre la ría de Bilbao era digno de elogio muy a mi pesar.

En un entorno tan fotografiado como los alrededores del Guggenheim, con la Universidad de Deusto, el rascacielos de la compañía eléctrica y los puentes más famosos de Bilbao como fondo de escenario, aquel hallazgo había impactado de un modo inconcebible en la mente colmena de la sociedad vasca.

Los telediarios informaban con cuentagotas debido a las presiones políticas, pero los programas vespertinos de algunas cadenas privadas echaban humo y estaban haciendo su particular agosto.

Los tertulianos ahondaban en la parte más morbosa de la tragedia con los pocos datos de los que disponían, elucubrando imaginativas propuestas para un asesinato que había soliviantado los ánimos de la opinión pública.

Y eso, al fin y al cabo, se debía únicamente a mi actuación.

Yo no habría ejecutado el crimen, pero mi firma como inductor pasaría a los anales de la historia en un crimen que nadie olvidaría.

Y sin embargo, yo quería más, mucho más.

Mis más terribles anhelos y deseos no habían quedado satisfechos con esta primera prueba, aunque debería recompensar a Aquiles por su osadía.

Y como pequeño regalo, a modo de agradecimiento y para darle ánimos en sus futuras pruebas, Aquiles recibiría un botín de treinta mil euros para comenzar a pagar sus deudas.

Peccata minuta si lo comparábamos con el premio final que podían obtener cualquiera de los contendientes.