La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) A quien madruga…
43%

A quien madruga…

A Egoitz le gustaba madrugar los fines de semana y ese sábado no iba a ser una excepción.

La noche anterior se había recogido pronto y aunque se acostara tarde no le importaba levantarse a primera hora para aprovechar mejor el día.

Aparte de que su fiel amigo, un border collie llamado Trueno, se encargaba de despertarle temprano para recordarle que él no podía salir solo a la calle y alguien le tenía que acompañar.

En Bilbao era costumbre arraigada pasear por los montes los fines de semana, incluso en Navidad o Año Nuevo, mañanas en las que cantidad de vecinos del Botxo se calzaban sus botas para subir al Arraiz, al Pagasarri o a Artxanda, hiciera buen tiempo, lloviera o nevara.

A Egoitz no le terminaba de convencer esa moda, ya que al final todo el mundo escogía las mismas opciones y los montes se llenaban de domingueros.

Así que él elegía otro itinerario para pasear a Trueno y de paso hacer algo de ejercicio matutino, que siempre venía bien.

El joven había vuelto a su ciudad de origen después de un periplo por media Europa.

Tres años atrás abandonó sus raíces y se embarcó en una aventura profesional que le llevó hasta Holanda, donde no le fue demasiado bien.

De ahí se dirigió a Berlín, una ciudad libre y cosmopolita que le encantaba, pero por unas razones u otras no terminaba de encajar en ningún sitio.

La pandemia lo pilló en la capital alemana y le costó regresar a España, hasta que llegó de nuevo a Bilbao a principios de ese mismo año.

Egoitz era consciente de lo que opinaban de él en la familia.

Lo consideraban la oveja negra de los Lazcano, pero a él no le importaba cargar con ese sambenito.

Sus padres fallecieron cinco años atrás en un accidente de tráfico y siempre se había buscado la vida para no tener que pedirle ni un euro a su abuelo ni a ningún otro familiar.

Tenía algunos ahorros de su etapa europea, aparte de un trabajo a media jornada en la tienda de deportes de un colega.

Con eso le valía para ir tirando, aunque no le sobraba el dinero.

Encontró un estudio de alquiler a buen precio en el barrio de Indautxu, en un edificio antiguo que necesitaba una rehabilitación.

El piso no estaba mal, pero era interior y carecía de la suficiente luz natural, por lo que Egoitz necesitaba despejarse y respirar aire puro.

Salió de casa con el perro atado y le dejó mear en algunos árboles cercanos que el animal iba marcando.

Eso no era suficiente para ninguno de los dos, necesitaban expansionarse, así que decidió encaminarse hacia uno de sus lugares favoritos en todo Bilbao: la zona de Cobetas.

La subidita hasta allí tenía su dificultad, pero las vistas sobre la ciudad merecían mucho la pena.

Por no hablar de la inmensa pradera de césped de la que podrían disfrutar.

Sobre todo Trueno, al que le encantaba correr y saltar por allí en plena libertad sin molestar a nadie.

Y su cervecera tampoco estaba nada mal, pero permanecería cerrada hasta más tarde.

A esas horas no tenía por qué cruzarse con demasiada gente en aquel entorno idílico, un punto más a su favor para subir hasta allí.

Nada que ver con un lugar que se pondría a reventar de gente cuando se celebrara allí el Bilbao BBK Live a mediados de julio.

Sin embargo, en esa mañana de sábado de mediados de junio, con el verano a la vuelta de la esquina pero todavía con rocío y algo de relente en el ambiente, el paraje se encontraba muy solitario.

Una vez que el perro hizo sus necesidades, Egoitz jugó un rato con él, tirándole un disco que le encantaba.

El border collie es un animal que necesita hacer mucho ejercicio y el can disfrutaba con sus saltos y carreras en el césped, por lo que su dueño le dejaba desfogarse en un entorno en el que nadie les molestaría, justo mientras el sol asomaba entre las montañas.

Una imagen idílica que pronto se torció de buena mañana.

Entonces, Egoitz observó a lo lejos a un tipo extraño, vestido completamente de negro, que caminaba directo hacia él.

El hombre empezó a hacer ruido golpeando con un palo un recipiente de metal que llevaba en la mano, como si quisiera llamar su atención.

Trueno lo divisó enseguida y se quedó mirando desde su posición, por lo que su dueño le dio la orden de no moverse y el fiel perro obedeció a su pesar.

Se sentó sobre sus cuartos traseros mientras observaba el acercamiento del intruso, evaluándolo desde lejos, como si supiera que algo no iba bien.

—Quieto, Trueno, no te muevas —ordenó Egoitz al can al verle tan nervioso.

El perro no ladraba, pero comenzó a bufar y al dueño no le gustó su actitud. Sabía que podía salir corriendo en cualquier momento y abalanzarse sobre ese individuo, por lo que quiso prevenir y se acercó para ponerle de nuevo la correa y tenerle controlado. No llegó a tiempo.

El desconocido sacó entonces algo del recipiente metálico y lo lanzó en su dirección. El objeto cayó sobre un seto cercano y Trueno salió enfilado para ver de qué se trataba. Egoitz fue a su encuentro, pero la velocidad del border collie era inalcanzable para él.

—Vuelve aquí, Trueno. No, basta…

Egoitz se dio cuenta de que el perro estaba olisqueando algo en el seto, seguramente el objeto lanzado por el individuo.

Trueno lo cogió del suelo y se lo llevó en la otra dirección, corriendo muy ufano mientras movía contento su cola.

El animal buscó el lugar idóneo y se puso a morder lo que parecía un trozo de carne.

—¡Nooo! Trueno, deja eso —gritó Egoitz asustado.

Sabía que existían desaprensivos que lanzaban comida envenenada a las mascotas, incluso salchichas rellenas de clavos.

Unos auténticos canallas que jugaban con la vida de seres inocentes por simple diversión, por lo que a Egoitz comenzó a hervirle la sangre y dudó un instante, sin saber si dirigirse a toda velocidad hacia Trueno o enfrentarse directamente a aquel cabrón y partirle la cara sin cruzar palabra alguna.

Al final se decidió por su perro, ya tendría tiempo de enfrentarse al tipo.

Cuando llegó hasta Trueno, el animal ya había dado buena cuenta de medio trozo de carne y se afanaba por hincarle el diente al resto.

Egoitz intentó arrancárselo de las fauces, pero el perro gruñó y le enseñó los dientes.

Parecía decirle que no tocara su comida a riesgo de llevarse una buena dentellada, pero Egoitz no cejó en su empeño hasta que le arrebató la poca carne que quedaba sin deglutir.

Enseguida el perro comenzó a gemir de forma lastimera y su dueño temió que hubiera sido envenenado. Trueno se tumbó sobre el césped y comenzó a respirar con dificultad, como si no le llegara bien al aire a los pulmones.

—¿Qué le has hecho a mi perro? ¡Maldito cabrón, te voy a matar!

El hombre se acercó aún más a Egoitz, por lo que este ni siquiera tuvo que ir a su encuentro.

Ofuscado ante el recién llegado no se percató de que Trueno parecía más calmado, como si hubiera entrado en una especie de sopor mientras su respiración se aquietaba.

Cuando quiso darse cuenta ya tenía al intruso encima y no dudó ni un instante en lanzarse a por él.

—¿De qué coño vas? Desgraciado, esto no va a quedar así…

Egoitz lanzó un torpe puñetazo al aire que el desconocido esquivó sin dificultad.

El joven no era muy ducho en peleas barriobajeras, pero la sangre le hervía al ver postrado así a su querido perro.

No pensó bien en las consecuencias y se lanzó de cabeza hacia su rival, que parecía divertirse con sus mal calculadas escaramuzas.

—¿Te ríes de mí, hijo puta? Vamos a ver si te cachondeas también cuando venga la Ertzaintza, voy a llamar ahora mismo.

Egoitz sacó el móvil de su bolsillo, pero no pudo marcar ningún número.

El tipo le pegó una patada en el brazo que le obligó a soltar el teléfono.

No le dio tiempo a recomponerse y notó el aliento del desconocido en su oreja.

Ignoraba cómo ese hombre podía moverse a semejante velocidad.

En una décima de segundo le tuvo pegado a su espalda, mientras le aplicaba una especie de llave inmovilizadora con su antebrazo en el cuello.

—Grrr…

Egoitz no pudo articular palabra y notó cómo el aire se escapaba de sus pulmones. Temió por su vida durante un lúcido instante en el que logró acordarse de sus padres, antes de perder completamente la consciencia con la imagen de Trueno en su mente.

Le resultó más fácil de lo que suponía, la víctima no le dio demasiados quebraderos de cabeza.

El atacante había estudiado bien el expediente de Egoitz y esperó el momento propicio.

Sabía que el joven subía hasta Cobetas los fines de semana muy temprano y no tuvo ni que seguirle desde su casa en Indautxu, aun conociendo perfectamente la ubicación de su estudio.

La solitaria existencia de Egoitz le facilitó la tarea. Vivía solo, no tenía novia ni hablaba con ningún familiar y tampoco contaba con muchas amistades, por lo que nadie le echaría de menos durante unos días. El único pero podía surgir en el trabajo, así que preparó una coartada.

Tras meter el cuerpo inconsciente del joven en la furgoneta, aparcada convenientemente en un lugar cercano a la pradera de Cobetas, con acceso rápido a una vía de escape pero escondida a la vista, el criminal continuó con el plan preestablecido.

Había recogido el teléfono del chico tras golpearle en el brazo, por lo que solo tenía que mandarle un mensaje a su colega, el dueño de la tienda de deportes, con una excusa bien pergeñada.

« Perdona, Eneko, marcho unos días fuera de Bilbo. Ha surgido un tema familiar y me tengo que encargar, ya lo siento. Te aviso en cuanto pueda. Eskerrik asko».

Intentó redactar el mensaje para que sonara creíble, no quería dejar ningún cabo suelto.

El móvil estaba bloqueado, pero se activaba con la huella del índice de su dueño, por lo que no le costó acceder.

Envió el mensaje al tal Eneko, el jefe de Egoitz, y apagó el aparato.

Le quitó también la batería y lo guardó por si acaso, hasta que decidiera qué hacer con el teléfono.

Antes de salir de allí le inyectó al bello durmiente una solución que le noquearía durante unas horas.

No creía que se despertara en pleno viaje, pero para curarse en salud le ató brazos y piernas.

No se atrevió a amordazarle por si no podía respirar bien y se le estropeaba la diversión antes de comenzar.

Pensó entonces en una estratagema que le proporcionara réditos en un futuro próximo.

Todavía debía darle una vuelta a su puesta en marcha, pero en su cabeza los engranajes giraban a toda velocidad y creía que podría conseguirlo.