La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) Conversaciones a deshoras
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Conversaciones a deshoras

El encargo del dichoso Mardones se le había atragantado nada más empezar.

Bermejo nunca había dejado de sentir incomodidad en cada misión a la que le enviaba su antiguo comisario desde que aceptó el cargo de asesor especial del ministerio, pero ese caso era diferente y podía explotarles en pleno rostro en cualquier momento.

En la comisaría de Erandio no le habían recibido de muy buen grado en un primer momento, y eso que ya conocía a Orbea de los tiempos duros.

No le extrañaba que los investigadores asignados al caso le miraran con escepticismo y desaprobación, aunque él hubiera intentado suavizar la situación con su discurso de introducción.

El exinspector había aprendido a contemporizar en esas ocasiones, ocultar su lado más vehemente y templar los ánimos en una faceta más de político que de policía al uso.

Un comportamiento hipócrita que no iba con su manera de ser, pero que era el único modo de salir adelante en circunstancias tan adversas.

Tampoco tuvo mucha mejor suerte con sus amigos de la Benemérita, aunque con ellos hubiera mantenido mucha más relación a lo largo de su vida profesional que con la Ertzaintza.

En la Comandancia de Santander se entendió más o menos bien con el capitán Lozano, un guardia civil de la vieja escuela cuyo cargo también conllevaba su parte política, por lo que quizá comprendía mejor su situación.

Sin embargo, con el teniente Gálvez y el resto del equipo de policía judicial de Santoña no había tenido el mismo feeling .

Él siempre aseguraba en sus intervenciones que todos navegaban en el mismo barco, pero la susceptibilidad se encontraba a flor de piel en una investigación tan mediática, con la presión exterior amenazando con colapsar aún más unas pesquisas ya de por sí muy complicadas.

El maldito Mardones, tan astuto como siempre, prefirió enviarle allí como punta de lanza, sin mojarse demasiado, a sabiendas de que unos asesinatos tan espectaculares, familiares además de algunos de los hombres más importantes del país, podrían acabar con la carrera de cualquiera.

Bermejo sabía que, en el caso de que se torcieran las cosas, su puesto era candidato ideal para ser utilizado como cabeza de turco si venían mal dadas.

Al expolicía no le asustaba el trabajo, ni su situación personal.

Tampoco que le cargaran el muerto si todo se iba al garete o los crímenes continuaban sucediéndose en la cornisa cantábrica para escarnio público del Ministerio del Interior y de los dos cuerpos de seguridad encargados del caso.

Había vivido de todo a lo largo de su trayectoria profesional y sabía que, en el fondo, su eventual cese sería un simple apunte a pie de página en algún artículo periodístico, sin darle mayor importancia.

Sabía que Mardones podría escudarse detrás de sus anchas espaldas, por algo el secretario de Estado había sobrevivido a décadas de puñaladas políticas, llegadas desde el mismo bando o el contrario, en un mundo de hienas y víboras en el que Bermejo nunca se había sentido a gusto.

Tampoco le quitaba el sueño, él no anhelaba ningún cargo y se encontraba en sus últimos años en activo, por lo que no le dolerían prendas jubilarse de una vez por todas.

Aunque jamás se perdonaría haberle fallado a su jefe, a las víctimas y a él mismo, si no hubiera puesto todo su desempeño por solucionar un problema que amenazaba con enquistarse.

Incluso llegó a pensar que si llegaban hasta ese punto, tampoco cambiaría tanto su situación.

Una vez satisfecha la plebe con la cabeza de un culpable en bandeja de plata, sobre todo por no haber detenido a tiempo la barbarie en el norte de España, él podría desaparecer sigilosamente del foco mediático, sin hacer demasiado ruido.

Y Mardones volvería a colocarle en cualquier otro puesto del ministerio en el que no llamara demasiado la atención.

Pero ese no era el problema principal. Los viejos fantasmas comenzaban a asediarle, sobre todo al enfrentarse a un caso similar a otros que a veces se asomaban en sus pesadillas más feroces.

Al menos había congeniado un poco con la peculiar pareja de investigadores formada por una joven cabo de la guardia civil y un subinspector de la Ertzaintza.

Oliveira y Galarza parecían tolerarle un poco más que los demás y le habían dejado participar en algunas de sus investigaciones.

Quizá el tal Koldo le mirara todavía con algo de suspicacia, pero juraría que la chica no estaba del todo disconforme con su presencia allí.

Llevaba días queriendo hablar con su amigo Roncero para comentarle el caso y explicarle un poco su situación, por si él podía lograr suavizar las tensiones como miembro destacado de la UCO.

Sabía que la joven Milene se encontraba allí como una infiltrada de Antúnez, otro viejo conocido que tampoco se casaba con nadie, por lo que entendió que la chica también podía considerarse como una extraña en el seno de un equipo de policía judicial como el de Santoña.

Ya que no tenía mano con la Ertzaintza, tal vez el capitán Roncero podría echarle un cable para que él pudiera seguir realizando su labor de la mejor manera posible en colaboración con la UCO.

Oliveira era una suboficial joven, pero ya contaba con experiencia en casos complicados, como pupila aventajada del mismo Roncero, por lo que en ese sentido se encontraba tranquilo.

Galarza también le había parecido un profesional muy capaz, aunque quizá el problema era que se enfrentaban a algo mucho más grande que todos ellos.

A Bermejo se lo llevaban los demonios los tejemanejes en las alturas.

Y si las discusiones en el seno de los órganos de poder siempre le habían tocado bastante las narices, ahora se tenía también que enfrentar a un mundo tan desconocido para él como el del Ibex-35 y quienes controlaban el poder desde las sombras.

Unos empresarios que muchas veces pasaban desapercibidos ante la sociedad, más acostumbrados a la macroeconomía, las grandes finanzas, los fondos de inversión y demás zarandajas, pero que ahora se encontraban en la mira de un psicópata que no hacía prisioneros.

El cerebro privilegiado de Pablo Roncero, aunque ahora se encontrara a miles de kilómetros de España y centrado en sus propios asuntos, les vendría muy bien para un caso de semejantes características.

No dudaba del buen hacer de los equipos desplegados por la policía autonómica vasca y la Benemérita, pero las pesquisas no terminaban de aclarar la situación y Bermejo se temía que siguieran apareciendo cadáveres que alfombraran las verdes praderas del norte peninsular.

Así que decidió llamarle ese misma noche, aprovechando la diferencia de seis horas con Nueva York, por lo que esperaba tener suerte y conseguir localizar a Roncero.

De paso le preguntaría por su pupila y le intentaría picar con las novedosas variantes del caso, si es que Oliveira o Antúnez no le habían puesto ya al día.

Sabía que al oficial de la UCO se le podía retar con esos temas, tocarle la fibra sensible desde el punto de vista de la psicología forense, por lo que rezó para pillarle libre y poder charlar con calma un rato.

Bermejo no quería rememorar fantasmas del pasado, pero debía reconocer que echaba de menos investigar con su amigo.

Y eso que habían salido escaldados en más de una ocasión, provocando incluso que sus seres queridos sufrieran por su culpa.

Pero debía esforzarse por ahuyentar esos pensamientos intrusivos que tanto le estaba costado controlar, como esa maldita culpa que cada cierto tiempo regresaba a su mente para recordarle que él era el único responsable de la horrible muerte de Macarena.

Se obligó a centrarse, no quería volver a esa situación en la que funestos presagios se cernían sobre su conciencia como un ave de rapiña ansiosa por devorarle.

Esos negros nubarrones que le nublaban el espíritu había aprendido a doblegarlos con el tiempo.

Todo gracias a sus seres queridos, entre los que se encontraba el bueno de Pablo, la terapia psicológica y ese tiempo que, como dice el sabio refranero, acababa por curarlo todo.

Al menos de cara a la galería, aunque en el pecado llevaba uno la penitencia y siempre acababa por regresar a esos sótanos oscuros del alma donde nunca resplandece la luz del sol.

Durante esos días se alojaba en un buen hotel en Bilbao, en la margen derecha de la ría, muy cerca del famoso puente del Zubizuri.

La eficiente secretaria de Mardones se había encargado de la logística, por lo que él no había tenido que preocuparse por nada.

Eso sí, había preferido viajar en su propio coche, olvidándose del avión, tren o autobús para llegar hasta allí, ya que consideró, con buen criterio, que después tendría que moverse por toda la cornisa cantábrica si debía ser el nexo de unión entre la Ertzaintza y la Guardia Civil.

El hotel contaba con su propio parking, algo que agradeció porque era imposible aparcar en pleno centro de Bilbao, aunque para salir o entrar a esa zona tuviera que tragarse más de un embotellamiento de tráfico.

Se sentía más cómodo desplazándose en su propio vehículo, y ya había efectuado más de un viaje a Santoña, Santander o a los escenarios en los que habían aparecido las víctimas.

Como exinspector de la UDEV, siempre le había gustado empaparse de los escenarios criminales visitándolos in situ , una vieja costumbre que le servía para hacerse una mejor composición de lugar.

Nunca llegaría a captar todos los matices que Roncero, con ese don suyo tan extraño con el que a veces parecía meterse en la mente de los asesinos mientras se sumergía en una atípica inmersión, pero también necesitaba visitar esos escenarios.