La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) La cena de conjura #3
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La cena de conjura #3

—En efecto, más de lo que habíamos supuesto. Y eso que ya me olió mal desde el primer momento. Si Koldo me da su permiso, os cuento lo que han encontrado los compañeros de la Ertzaintza y así suelto el speech completo e incluyo los datos obtenidos desde la Guardia Civil.

Galarza asintió y Milene comenzó a desgranar algunos pormenores de la investigación en torno a la muerte de Marta Hinojedo. Koldo conocía la mayoría de los detalles, no así Carmen ni Ander, pero todavía le quedaban algunas sorpresas por descubrir.

—La causa de la muerte está clara para el forense de Bilbao: torsión artificial del cuello realizada con una fuerza brutal, al parecer por una persona diestra desde la parte de atrás del cuerpo de la víctima.

No se han encontrado rastros en uñas, boca o cualquier otra cavidad.

También utilizaron la misma o parecida solución química para limpiar el cadáver, por lo que tenemos un nexo en común entre ambos crímenes.

—Bueno, eso ya nos dice algo sobre que las dos muertes están relacionadas, aparte de lo obvio con las recreaciones —dijo Aguirre—. ¿Algún rastro de agresión sexual?

—No lo sabemos a ciencia cierta, la chica mantuvo relaciones sexuales unas horas antes de fallecer. No hay señales de que la hayan forzado, pero el forense no puede afirmarlo con rotundidad.

—¿Y eso qué significa?

—Ahora os lo explico. Marta Hinojedo llevaba una doble vida. Aparte de ser una estudiante universitaria no demasiado aplicada, también tenía otra ocupación mucho más lucrativa con la que se pagaba todos sus caprichos.

Milene comenzó a explicarles lo que descubrieron durante el primer registro en el piso alquilado por la joven.

Después se entrevistaron con los padres de Marta en la Comandancia, una conversación bastante tensa en la que hubo que templar los ánimos ante el nerviosismo del matrimonio recién llegado de Aguilar de Campoo.

Koldo recordó esa charla mientras Milene desgranaba los detalles.

Él se encontraba fuera de su entorno durante la conversación con los padres de la fallecida, un ertzaina dentro de una Comandancia de la Guardia Civil, por lo que permaneció en segundo plano mientras la cabo y otro oficial de la policía judicial de Santander tomaban las riendas del interrogatorio.

—Los padres no parecían saber nada de su hija.

Hablaban con frecuencia y le hacían un ingreso mensual de doscientos euros para sus gastos.

Marta les aseguró que trabajaba los fines de semana como relaciones públicas en un pub y no necesitaba dinero, que se las apañaba.

Y sí se arreglaba muy bien, es cierto. Sus ingresos eran bastante cuantiosos viendo su nivel de vida.

La madre de Marta tuvo a su hija con cuarenta y dos años, por lo que estaba cerca de su jubilación como personal de almacén en una de las grandes fábricas de galletas de Aguilar.

El padre ya estaba jubilado y disfrutaba de una pensión media después de trabajar cuarenta años como empleado administrativo.

No les faltaba de nada, vivían sin estrecheces, pero era imposible que pudieran sufragar los gastos de Marta en Santander.

Cuando los guardias civiles informaron al matrimonio del lugar en el que vivía su hija y del alquiler que pagaba, así como de sus posesiones, como el ordenador, el coche o la ropa cara, se quedaron muy sorprendidos.

De hecho, el marido se soliviantó y negó las evidencias, asegurando que se equivocaban de persona.

Hasta que no vieron fotografías del piso y demás objetos, aparte de la firma de Marta en el contrato de alquiler, no dieron su brazo a torcer.

—La madre creía a pies juntillas que su hijita vivía en un piso compartido cerca de la universidad.

Les decía que no podían ir a visitarla porque solo contaba con un dormitorio individual y la casa no era muy grande, por lo que la única vez que fueron a verla en todo este curso quedaron en el centro de Santander.

Algo que no escamó demasiado a la mujer, no así a su marido, que lo sacó varias veces a colación —informó Milene.

—¿Y sabéis de dónde sacaba el dinero? —preguntó Ander—. Por lo que decís, entre el piso, la ropa, el coche y demás, necesitaba ganar un buen sueldo para sufragar sus gustos caros.

—Seguimos trabajando en ello, lo tenemos bastante encaminado.

Accedimos a su cuenta corriente personal desde uno de los mensajes de correo, a ver si conseguimos también sus extractos bancarios oficiales.

Los frikis de informática reventaron la clave externa del ordenador y allí estaba casi todo.

La chica no tenía mucha idea de seguridad cibernética ni encriptaba nada, aparte de dejar casi todas las webs que usaba a la vista.

Entendemos que creía estar segura en su casa, con su portátil, y no se imaginaba que nadie la fuera a hackear .

—Venga, suéltalo de una vez, no nos tengas en ascuas…

Koldo se sonrió ante la salida de su amigo.

Él ya conocía algunos datos, mientras Milene y sus compañeros seguían indagando en la vida y milagros de Marta Hinojedo, la única manera de llegar tal vez hasta su asesino.

Quizá hurgar en las miserias de la gente no parecía lo más apropiado cuando su muerte estaba tan reciente, pero necesitaban encontrar un buen rastro que seguir antes de que se difuminara ante ellos y perdieran toda oportunidad.

—A las pocas webs que no tenía ya abiertas se podía también acceder con las contraseñas que guardaba en el mismo ordenador, en su cuenta de Google.

Así que hemos entrado en cuentas de correo y redes sociales sin ningún problema, o en el banco, como hemos comentado.

En su cuenta oficial de Gmail y sus perfiles sociales como Marta no hemos hallado nada digno de mención en un primer vistazo, pero la chica tenía una doble vida y ahí sí hemos encontrado chicha.

De todas maneras habrá que seguir procesándolo, es demasiada información y no hemos tenido mucho tiempo para desmenuzarla.

—Joder, mira que te gusta darle tensión al asunto. ¡Suéltalo de una vez!

—No te preocupes, Ander. A Milene le gustan demasiado las novelas policíacas y está esperando el momento justo para soltar la bomba. Solo falta que termine su relato con un cliffhanger de manual y nos deje con la miel en los labios hasta el siguiente capítulo.

Koldo se dio cuenta tarde de lo que acababa de decir en voz alta.

Al parecer, todos los presentes conocían la peculiar historia entre él y Milene, pero sonaba muy personal hablar sobre los gustos literarios de la compañera con la que acababas de comenzar una investigación, sobre todo si se trataba de una operación entre dos cuerpos policiales tan diferentes como los suyos.

Se hizo un breve silencio en la mesa que al subinspector se le antojó eterno, roto en apenas unos segundos por la siguiente intervención de Oliveira.

—En otra cuenta de correo de Hotmail hemos encontrado conversaciones muy subidas de tono con varios personajes anónimos, todos del género masculino.

Y en un caso particular, con un tal JF según su acrónimo, los mensajes pasaron del tono sexual a uno mucho más desagradable, con alguna que otra amenaza incluso por parte del susodicho.

—Vaya, eso pinta bien —dijo Ander—. ¿Podréis obtener los datos de ese tipo, aunque haya escrito desde una cuenta de correo anónima?

—Eso esperamos, al menos. Seguro que lo sacamos pronto, no os preocupéis. Pero ¿no me preguntáis por la verdadera ocupación de Marta?

—Entiendo que estamos hablando de una chica de diecinueve años que no creo que esté trabajando en una multinacional dada su nula experiencia y el tiempo que le quita ir a la universidad, a no ser que se gaste un trifásico de alto voltaje.

Y poner copas o hacer de relaciones públicas los fines de semana no da mucho dinero, así que solo me queda una opción.

No me tachéis de machista, pero viendo las fotos de Marta, que todo hay que decirlo era un auténtico pibonazo, me inclino más por la opción de señorita de compañía.

Nadie le afeó el comentario al subinspector Aguirre, y al parecer había dado con la tecla adecuada, acertando de lleno en su predicción.

—Premio para el caballero. Más que señorita de compañía, yo lo llamaría escort de lujo. No hay más que ver su perfil en una de las webs más solicitadas de toda la cornisa cantábrica, por lo que me han dicho los técnicos, claro.

Milene les enseñó algunos pantallazos que le enviaron a su móvil, en el que aparecían fotografías de la chica en posturas sugerentes, con lencería sofisticada o en topless, siempre con el rostro difuminado.

También encontraron información general de la agencia en la que trabajaba y algo de su perfil personal, con su edad, medidas, gustos sexuales y demás.

Por no hablar del listado con las carísimas tarifas que pedían por sus servicios desde la susodicha agencia.

—¡Algo era ello! —soltó Ander—. De ahí ese casoplón y la pasta que se gastaba en ropa. Con esa cara de mosquita muerta, hay que reconocer que tenía un cuerpazo.

Koldo reconvino a Aguirre con la mirada, no le gustaban esos comentarios de mal gusto.

—¡Joder con los precios! —exclamó Carmen al ver las cantidades.

La joven guardia se sorprendió al ver la tabla de servicios por horas o días completos.

A cada chica la encuadraban en una categoría (Silver, Gold, Diamond o VIP) y los precios variaban desde doscientos euros por una hora de trabajo hasta cuatro mil euros por un fin de semana completo.

Marta, que según su perfil se hacía llamar Athenea, entraba dentro de la categoría Gold, por lo que sus tarifas iban desde los trescientos hasta los tres mil euros.

—Y mira lo que dice aquí: «Nuestra agencia de escorts de lujo garantiza un trato exclusivo para nuestros clientes y un servicio de acompañantes discreto y profesional». Si solo fuera servicio de acompañantes…