La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) La cena de conjura #2
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La cena de conjura #2

—Perfecto, no hay problema —contestó Ander—. Si os parece, os comento las últimas noticias sobre la dichosa furgoneta negra, una Renault Traffic, y su conductor.

Todos asintieron y Aguirre comenzó a hablar.

En la sede de la Ertzaintza habían intentado establecer el trayecto de la furgoneta desde que secuestró a los familiares del banquero en pleno centro de la ciudad, pero le perdieron la pista en las circunvalaciones que rodeaban Bilbao.

El conductor podía haber cambiado de dirección en cualquier momento después de la última visualización del vehículo, por lo que por ahí no podrían sacar mucho más en claro.

Y con la matrícula tampoco consiguieron demasiado, pertenecía a un coche dado de baja meses atrás.

—Lo más plausible es que se dirigiera después hacia alguna nave industrial o algún edificio abandonado dentro de uno de los polígonos cercanos a Bilbao. No sabemos si las víctimas murieron allí y después las llevaron hasta Ajo, igual vosotras tenéis más datos.

—Sí, ahora os comento lo más importante del informe de los compañeros del SECRIM y también del forense. ¿Del secuestrador habéis podido sacar algo en claro? —preguntó Carmen.

—No, qué va. El tío iba con pasamontañas y ropa técnica de color negro.

Parece un tipo de estatura media y constitución fibrosa, atlética.

Hemos conseguido alguna imagen más del momento en el que se lleva a las víctimas y las introduce en el interior de la furgoneta.

Al principio duda un segundo, pero después ejecuta la acción a mucha velocidad.

Parece alguien bien preparado, un profesional.

Y los movimientos que realiza son rápidos, fluidos, como si no le costaran.

Por momentos parece un felino, ya sabéis, rápido y letal.

Todos se quedaron un momento callados mientras rumiaban la información facilitada por Aguirre. ¿Qué significaban esos datos?, pensó Koldo. Se enfrentaban a un profesional y todavía ignoraban si contaba con algún cómplice, era un solitario o formaba parte de un equipo mayor y más complejo.

—Pues nosotros tampoco hemos tenido demasiada suerte con las cámaras. Alguna imagen suelta por la autovía en la que se ve a la furgoneta sin que se le distinga bien al conductor. Y después, una vez que deja la A8, no hemos conseguido nada concluyente.

Carmen les explicó que cotejaban cualquier cámara que hubiera captado el recorrido de la furgoneta hasta Ajo.

Lo normal era que abandonara la autovía en la salida 184, la de Beranga, para después atravesar San Mamés y San Miguel de Meruelo, por lo que buscaban la cámara de cualquier cajero o comercio que pudiera servirles, sin resultados hasta entonces.

—Desconocemos si el asesino conoce la comarca o simplemente tuvo suerte.

Si sigues las indicaciones de Google Maps para La Ojerada te desvía en la primera salida de Ajo centro, que es un cruce muy malo con un desnivel brutal, en vez de seguir hasta la salida de las playas, que te lleva por la calle principal hasta la playa o el faro.

Y por ahí, después de pasar por los silos pintados por Okuda, el artista que transformó el faro, no vamos a encontrar ninguna cámara.

Creemos que atravesó después el barrio del Convento y se dirigió hacia La Ojerada.

Todos consintieron en que, además, ignoraban si el hombre que depositó los cuerpos en la cueva era el mismo que había secuestrado a las víctimas. Ni siquiera podían asegurar que las muertes no se produjeran en la misma cueva, demasiadas incógnitas todavía por descubrir.

—Los de criminalística no han podido tampoco sacar mucho en claro.

Ya conocéis la zona circundante y el sendero hasta la entrada de la cueva, lleno de rocas.

Además, esa noche cayó más de un chaparrón y emborronó aún más los posibles rastros.

Sí han encontrado huellas de neumáticos en el parking compatibles con la furgoneta que estamos buscando, pero poco más.

Por allí transitaban muchos turistas, aunque en principio entre la actuación del criminal y el descubrimiento del pastor, nadie había accedido al entorno hasta la llegada de la Guardia Civil.

Seguían peinando el escenario por cuadrantes, pero en un terreno tan pedregoso, a merced del viento y del agua, sería casi imposible dar con alguna pista fiable.

—¡Joder! —exclamó Galarza—. No sé si ha sido por pura suerte o el tipo sabía bien lo que se hacía. Es un laberinto sin salida, habrá que investigar por otro lado. ¿Qué dice el forense?

—Quizá una mezcla de ambas cosas, Koldo —afirmó muy segura Milene—. Creo que el tipo tuvo que improvisar y le salió bien la jugada.

—¿Por qué dices eso? —preguntó curioso Ander.

Milene le hizo un gesto a Carmen para que hiciera los honores. Las dos parecían estar al tanto de los detalles, por lo que los ertzainas tuvieron que esperar a las explicaciones.

—La forense de Santander afirma que la anciana murió de forma natural, por un infarto fulminante.

Su nieto, sin embargo, sufrió una buena paliza.

El chico apareció con un brazo fracturado, una rodilla destrozada y hematomas repartidos por el cuerpo.

Y la causa de la muerte parece deberse a un fuerte golpe en el plexo solar.

—No me lo creo, no es posible que muriera por un único golpe —dijo Aguirre muy ufano—. Ni que ese tipo fuera Mike Tyson, no te jode.

—Pues algo así tuvo que ser o eso creen los expertos. Un fuerte golpe dado en el plexo solar, ya fuera por una patada de karate o un puñetazo brutal, puede hacer que la víctima fallezca.

—Ese dato es interesante —Koldo reflexionó en voz alta mientras analizaba el posible escenario—.

Seguimos sin pistas claras del asesino, pero las pruebas apuntan a alguien fuerte y atlético, un karateca o un boxeador.

Quizá esto acote la búsqueda. Lo que no comprendo es la secuencia de los hechos.

¿Le da un infarto a la abuela y el nieto se cabrea y se pelea con el asesino?

—Tal vez pasó de ese modo, no lo sabremos con seguridad hasta que no pillemos al tipo —afirmó Carmen—.

Según el forense, la hora de las respectivas muertes es la misma o muy aproximada, por lo que pudo suceder así.

O quizá al revés, imagináoslo. El secuestrador lleva a las víctimas a algún lugar seguro, el chaval intenta escapar y el tipo se pone nervioso.

Le mata casi sin darse cuenta porque no sabe medir su fuerza y después la mujer se muere del susto.

—La hostia, también pudo ser así. Quizá sea un chapuzas y los mató de mala manera, pero luego recreó esa escena tan extraña y creo que añadió algún detallito más, ¿verdad?

—En efecto, Ander, tienes razón. Lo de La Piedad nos ha volado la cabeza en general, tenemos a todo el mundo buscándole algún sentido a esa recreación. Y tampoco entendemos lo de cortarle además la lengua a las víctimas, aunque fuera post mortem .

Ese último dato podía ser importante, por si tenía algún significado oculto que ignoraban en ese momento o formaba parte de su modus operandi .

En el crimen de la chica crucificada no existía ese elemento diferenciador, lo que complicaba aún más las cosas.

Seguían sin conocer la posible relación entre los dos asesinatos cometidos en la región cantábrica, si es que de verdad la había y no eran dos víctimas elegidas al azar, algo que les complicaría aún más las cosas.

—Encima, el cabrón tiene conocimientos forenses, o eso creemos.

Los cuerpos están como la patena. No aparece ningún rastro en las uñas, cavidades bucales ni ningún otro sitio.

Y la piel ha sido limpiada a conciencia con una solución de vinagre que borra todo tipo de vestigios.

Ni ADN, ni huellas en condiciones de momento.

Estamos pendientes de conseguir aislar una huella parcial que han encontrado en una de las corvas de la anciana, detrás de la rodilla.

—Vaya plan, parece que ha dejado pocas pistas. ¿Algún vecino vio o escuchó algo?

Carmen negó con la cabeza ante la pregunta de Koldo.

La Guardia Civil había peinado la comarca en busca de testigos, interrogando a los vecinos de La Ojerada y ampliando el radio de búsqueda hasta los chalets del Faro, el camping cercano, el barrio del Convento o la vaquería situada a la entrada.

Nadie parecía haberse enterado de nada. Sí, algunos perros de chalets cercanos ladraron durante esa noche, pero sus dueños no vieron nada digno de mención.

—Hay que reconocer que el tipo es un crack —soltó Koldo—. No sé cómo cargó los cuerpos desde el parking hasta la cueva. En plena noche y a oscuras no tuvo que ser fácil realizar ese trayecto cargado con dos pesos muertos, sea en uno o en dos viajes.

—Tal vez aparcara la furgoneta en el lado derecho del parking, mirando hacia la valla y dejara encendidos los faros.

La valla no es maciza, tiene huecos, y de ese modo podría tener algo de luz al bajar por el sendero pedregoso hasta la cueva.

O quizá contaba con una linterna o un casco con luz como los mineros, no tenemos ni idea. Son todo elucubraciones…

Carmen llevaba razón, parecía que la investigación encallaría pronto si no encontraban algún tipo de asidero.

Cuando alguien es asesinado se investiga su entorno, sus costumbres, amigos y familiares.

En ese caso parecía claro que el asesino había elegido esas víctimas para castigar al señor Labarrieta.

Un poderoso hombre de negocios, un banquero con numerosos enemigos, empresariales o de otro tipo, por lo que ese era el único hilo del que podrían seguir tirando.

—Estamos jodidos, no nos engañemos —sentenció Ander—. Los jefes lo saben y aun así nos siguen apretando las tuercas. Esperemos que vosotros hayáis tenido más suerte. Creo que en vuestro caso la víctima guardaba algunos secretos ocultos, ¿no?