La cena de conjura
Parecía que las investigaciones avanzaban a buen ritmo en ambas ubicaciones, sin llegar a estar al tanto de todos los detalles.
Koldo no quería saltarse el protocolo ni desobedecer a sus superiores y aun así pensó que no habría nada de malo en aceptar la invitación de Milene y su compañera.
Ya tenía medio convencido al comisario con la idea de que ellos cuatro juntos formaran la avanzadilla principal de los dos cuerpos policiales inmersos en el caso.
Sabía que la cena de esa noche de viernes podía considerarse también como de trabajo, pero le agradaba saber que Milene le tuvo en cuenta a la hora de planificar la velada. Quizá hubiera preferido quedar a solas con ella, aunque eso pudiera suponer algún que otro problema.
La compañera de Milene, Carmen Ramos, formaba tándem investigador con su amigo, el subinspector Aguirre.
Ambos trabajaban en el crimen de La Ojerada y tenían novedades al respecto.
Y como ellos dos también podían avanzarles otros detalles sobre el homicidio de la ría de Bilbao, tal vez entre los cuatro pudieran sacar algo más en claro sobre el caso al poner en común lo sucedido durante esa semana tan extraordinaria.
Tenía la mente ocupada con las investigaciones y, sin embargo, algún que otro tema se colaba por un pequeño resquicio en su cerebro.
No quería pararse a pensarlo, pero tal vez debería asumir que la idea de reunirse con Milene en un ambiente más agradable le gustaba y también le asustaba un poco, conociendo sus antecedentes previos con la joven.
Tras conocer a una mujer de bandera como Milene, con aquella noche de diversión de la que disfrutaron años atrás, el suboficial se quedó algo tocado.
Él no era un hombre de rollos pasajeros, algo que tampoco se estilaba demasiado en una sociedad vasca que siempre había tenido fama de conservadora en ese sentido.
De hecho, fuera de Euskadi era muy común escuchar el chascarrillo de que en el País Vasco era imposible ligar.
Y por eso le impactó tanto lo que ocurrió después.
Milene era una chica estupenda: guapa, simpática, con don de gentes y una inteligencia despierta.
Albergaban intereses comunes y parecía muy buena gente.
Así que no podía negar que le dolió un poquito perder el contacto con ella, y eso que solo se habían conocido durante unas pocas horas.
¿Quién sabe lo que podría haber pasado?, pensó entonces Koldo.
Debía olvidarse de esas tonterías y centrarse en el trabajo pendiente.
Por no hablar de que no sería nada profesional mezclar el trabajo y el placer, aparte de que le podrían abrir un expediente o expulsar del cuerpo si algo así llegaba a oídos de los jefes.
Y no estaba él para perder su medio de vida después de una etapa tan complicada tras el paso de la pandemia.
Tal vez, cuando acabara todo, podría hablar con Milene de lo que le ocurría.
Volver a encontrarse con ella le había impactado más de lo que dejaba traslucir y la procesión iba por dentro, por lo que tendría que disimularlo un poco.
Habían quedado con las chicas a las nueve de la noche en el centro de Santoña, frente al ayuntamiento. Recogió a su amigo Ander Aguirre y se dirigieron hacia la población cántabra por la autovía A8, una carretera que estaba comenzando a aborrecer con tantas idas y venidas.
—¡ Kaixo , Koldo! Así que de cenita romántica con las dos picoletas, menudo planazo.
—No me jodas, Ander, y tengamos la fiesta en paz —replicó Koldo con gesto serio—. Cenamos, comentamos cómo van las investigaciones y después, si no se nos hace muy tarde, podemos tomarnos algo y relajarnos un poco.
—Eso es lo único que te pido, no te cabrees. Seremos unos chicos formales, ya lo verás, nada de juergas nocturnas, que nos conocemos. Pero al menos nos tomaremos después una copita, ¿no?
—Venga, va, centrémonos. Además, creo que Orbea nos va a convocar mañana a una reunión. Mejor que aparezcamos en condiciones, nada de resaca. Y sobre todo, no lo vayamos a joder con las picoletas, se quejen después a sus jefes y la tengamos montada por idiotas.
—Vale, vale… Si era solo por destensar un poco el ambiente, que con tanto asesinato estamos todos un pelín estresados.
Koldo sabía que aparcar en el centro del pueblo era bastante complicado, por lo que dejó su vehículo en la calle Baldomero Villegas, cerca ya de la estación de autobuses.
Desde allí tenían un corto paseo hasta el lugar de encuentro.
El verano estaba a la vuelta de la esquina y los policías, fuera de su lugar y horario de trabajo, decidieron olvidarse de la dichosa nueva normalidad y saludaron a las chicas a la vieja usanza, con dos besos en las mejillas, dejando atrás las formas más protocolarias que utilizaban dentro del entorno laboral.
—¡Aúpa! —exclamó Ander—. ¿Qué tal todo?
—Muy bien; aquí, esperándoos a la fresca —contestó Carmen—. ¿Venís con hambre?
—Eso no se le pregunta a dos chicarrones del norte —continuó Koldo con la broma.
—Perfecto, entonces. Hemos reservado mesa en la terraza de un local que espero que os guste. Se come bien, ponen raciones generosas y a buen precio. Y la música tampoco está nada mal, seguro que a dos vejestorios como vosotros os mola el sitio.
Carmen les guiñó el ojo mientras les conminaba a caminar en dirección hacia el centro, a la zona peatonal de Santoña en la que se congregaban la mayoría de bares y restaurantes.
Koldo debía reconocer que la guardia civil no andaba muy desencaminada en cuanto a lo de vejestorios, ya que los dos ertzainas eran más mayores que las chicas.
Ander ya había cumplido los cuarenta años y él se encontraba cerca de esa edad, aunque ninguno lo aparentaba.
Por el contrario, Carmen parecía muy jovencita y Milene no le andaba a la zaga.
Se adentraron en la zona peatonal, que se encontraba muy animada.
En torno a la plaza de San Antonio, que según comentó Carmen se había convertido en el epicentro social de Santoña, se arremolinaban las terrazas, llenas de gente a esas horas.
Una plaza arbolada que albergaba en su centro un kiosco de música en el que en esos momentos una banda efectuaba sus pruebas de sonido ante lo que parecía un inminente concierto de pop-rock.
Su destino se encontraba un poco más allá, en una de las calles que salían de la plaza en dirección hacia el mar.
—Estás muy callada esta noche, Milene —le dijo Koldo tras ponerse a su lado.
—Estaba pensando en Marta Hinojedo. Ahora os cuento las novedades, ya sabía yo que esta chica ocultaba algún secretillo…
Koldo se quedó chafado ante la respuesta. ¿Y qué se esperaba? Habían ido allí para hablar de la investigación y de paso picar algo, no se trataba de una cita doble ni nada por el estilo.
—Espero haber acertado con el sitio. Es aquí mismo, voy a preguntarle al camarero por nuestra mesa —aseguró Carmen.
Koldo se fijó en que el local parecía una hamburguesería americana, decorada con gusto y con temática rockera.
Les situaron en la mesa de la terraza más alejada de la entrada, donde podrían hablar con tranquilidad al no haber comensales a su alrededor.
En la otra esquina se encontraba una familia francesa pendiente de sus retoños, por lo que nadie les molestaría.
—No os esperéis un restaurante con estrellas Michelín, pero para picotear algo está muy bien —afirmó Carmen mientras repartían las cartas del menú—.
Conozco a los dueños y ya les he avisado de que no nos molesten demasiado.
Otra cosa es que sea factible, ya sabéis; hace buena noche e igual la gente prefiere la terraza al interior del local, por muy buena música que pinchen.
—¿Están poniendo una vieja canción de Aerosmith? —preguntó entonces Ander.
—Ya os he dicho que es un local para carrozas como vosotros. Ya veréis la selección de canciones, seguro que cae algo de Guns N’ Roses, Metallica, Bon Jovi y cosas así. A mí no me disgusta, y espero que a vosotros tampoco.
Koldo y su compañero sonrieron satisfechos ante la elección de local.
La carta era muy variada (pizzas, ensaladas, picoteo de raciones variadas, hamburguesas, bocadillos, sándwiches, cazuelas, carne a la parrilla y algún que otro plato más), la compañía inmejorable, la noche agradable y de fondo se escuchaban algunas canciones míticas de rock.
Solo les quedaba probar la comida e hincar también el diente a lo que les había llevado hasta allí.
—Las hamburguesas son brutales. Y podéis elegir el tipo de pan, la guarnición y la salsa, ya veréis. Igual pensáis que es un sacrilegio en un lugar como Santoña, con el mar Cantábrico de fondo, pero a mí me encanta este sitio.
—Tranquila, Koldo y yo somos básicamente carnívoros —contestó Ander.
A su amigo no le faltaba razón. Galarza no le hacía ascos al pescado, pero prefería la carne, y su compañero igual.
Dos tíos grandotes como ellos necesitaban una buena ración de proteínas para mantenerse, así que aplaudieron la idea.
Hicieron caso a la anfitriona y escogieron diferentes tipos de hamburguesas, aparte de una ensalada para compartir.
Todas las elecciones tenían muy buena pinta, por poco más de seis euros tenían un plato contundente que habría que probar.
Comieron y rieron durante un rato, compartiendo bromas mientras daban buena cuenta de las hamburguesas.
Una hazaña complicada si no tenías buen estómago, aquellos platos no se acababan tan fácilmente.
Y Carmen llevaba la razón: la carne era sabrosa, el servicio amable y la música amenizaba la velada.
Incluso pudieron disfrutar de alguno de los temas míticos de Queen.
El momento de poner las cartas sobre la mesa se acercaba a marchas forzadas.
—Bueno, chicos, igual ha llegado la hora de hablar un poco del tema que nos ha traído hasta aquí, ¿no? —comenzó diciendo Milene.