La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) El diario que cambiará el mundo
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El diario que cambiará el mundo

No recuerdo haber escrito algo tan íntimo ni siquiera en mi infancia, jamás he tenido un diario ni nada parecido.

Y quizá la ocasión lo merezca por muchas razones.

En primer lugar, porque no sé el tiempo que esta maldita enfermedad me permitirá seguir viviendo, ya que mi estancia en este mundo tiene fecha de caducidad.

Podría lamentarme por mi mala suerte. Todo el mundo con el maldito Covid y yo tenía que ser más listo, escogiendo otra fatídica enfermedad para firmar un contrato inevitable que recortaría en varios años mi esperanza de vida.

No estoy acostumbrado a desnudar mi alma de esta manera, tendréis que perdonar mis deslices.

Este diario quiero que se transforme en algo mucho más importante, en una prueba del legado que quiero dejar tras mi muerte, más allá de todos los logros personales o empresariales que he conseguido a lo largo de mi fructífera vida.

Las malas lenguas dirán en un futuro que buscaba con este diario la fama o el que se hablara de mí, aunque sea mal, como reza el dicho popular.

Todavía tengo que decidir si quiero ser pasto de los gusanos y morar el sueño de los no tan justos en el panteón familiar, o volar en forma de cenizas al viento, arrojado al Cantábrico desde los acantilados de Punta Galea.

La verdad, me importan tres pimientos lo que tengáis que decir de mí, os lo aseguro.

No busco consideración, de eso ando sobrado desde hace varias décadas.

Yo sí puedo decir que salí de la nada y llegué hasta lo más alto, codeándome con políticos, dignatarios, diplomáticos y grandes empresarios de todo el mundo mientras amasaba una gran fortuna.

Para un chavalín de Masustegui eso es mucho decir.

Y que me perdonen mis exvecinos, pero hasta que no dejé atrás el barrio, no pude empezar a respirar de verdad.

No me considero un Mr. Scrooge , pero nunca tuve hijos y el resto de mi familia se estará pudriendo en el infierno o donde les haya tocado en suerte.

Tendré que acelerar la decisión sobre mi legado pecuniario y llamar a un notario de confianza antes de lo previsto.

Y dada mi situación personal, quiero divertirme un poco mientras se acerca ese momento, creo que me lo merezco.

Pensaréis que soy un psicópata, un desalmado o un tipo con el corazón negro, me da igual.

Ha sido encontrar este último reto en mi existencia y me he revitalizado como por encanto.

¿Será cosa del cabrón de Fausto antes de cobrarse su premio? Ni lo sé, ni me importa.

Solo tengo claro que a lo largo de estos días, durante la planificación inicial de una idea que al principio no me atrevía a plantear en voz alta, me he encontrado más lúcido, despierto y con ganas de vivir que en los últimos dos años.

Algo tendrá el agua cuando la bendicen, y eso que en este caso utilizaremos mejor sangre para una comunión total que me permitirá irme al otro mundo, cuando llegue mi momento, con una sonrisa en el rostro por el deber cumplido.

Tal vez este diario acabe en las manos de un editor sin escrúpulos y se convierta en un bestseller que se venda como rosquillas.

Un escándalo que ocupará los telediarios antes de formar parte de esos programas repletos de tertulianos de medio pelo.

O puede que se convierta en una película, nunca lo sabré.

Quizá lo primero sea revelar las motivaciones, ese hilo de Ariadna del que tirar para llegar a la salida del laberinto.

No habrá ningún Minotauro al final, por lo que espero no decepcionaros con lo esbozado como homenaje a esos clásicos que amo desde joven.

Sin contar de forma breve unos antecedentes de mi adolescencia puede que no comprendáis a la perfección mi manera de afrontar este momento.

Y es que hubo un hecho, ocurrido hace ya demasiados años en el barrio en el que crecí, que marcó mi vida para siempre.

Después lo oculté en mi mente, como si realmente no me hubiera pasado a mí, aun aprovechándome de la coyuntura creada para medrar y comenzar mi verdadera vida.

Mis orígenes son gallegos, mis padres provenían de una pequeña aldea de Orense.

En aquella época, la inmigración estaba a la orden del día y miles de personas se trasladaron a ciudades como Madrid y Barcelona.

También a Bilbao, donde al parecer había mucho trabajo entre canteras, altos hornos y otras industrias pesadas.

Yo nací poco después, a comienzos de 1960, en un barrio que se constituyó de forma casi clandestina en Bilbao llamado Masustegui.

Un barrio repleto de gallegos que construyeron sus casas de forma irregular en las faldas del monte Caramelo, aprovechando la letra pequeña de la legislación franquista.

Muchos de estos obreros emigrados tenían trabajo en la cantera situada en el cercano monte Arraiz, pero no un techo bajo el que cobijarse.

Y con nocturnidad y alevosía, pero también bajo la vista gorda de las autoridades, construían por las noches sus casas antes de que los guardias hicieran su ronda.

Y como la ley establecía que no se podía echar abajo una construcción ya comenzada, centenares de recién llegados se instalaron en un barrio que creció sin orden ni concierto.

De ahí sus peculiares escaleras y rampas con pendientes imposibles para transitar entre las calles.

Esos mismos vecinos hicieron las primeras instalaciones de agua corriente y tuberías ante la insalubridad del entorno y la gran multitud de familias que se habían afincado entre aquellas empinadas cuestas y sus estrechas callejuelas.

Lo curioso es que hasta el año 2010 el barrio no pasó a formar parte oficialmente del ordenamiento urbanístico de Bilbao.

Hasta entonces se encontraba en una especie de limbo legal, y eso que sus vecinos pagaban sus correspondientes impuestos municipales.

Un lugar en el que el gallego se convirtió en el idioma principal y todas las familias se respetaban y ayudaban a salir adelante en una época complicada para todos.

Hace muchos años que no me paso por allí y reconozco que es un sitio peculiar para visitar, un lugar semidesconocido dentro del mismo Bilbao.

Un enclave que no suele aparecer en las guías turísticas, situado entre Rekalde y Basurto, en dirección hacia los montes circundantes.

Por lo visto, ha cambiado mucho en los últimos años, según me comentaron, sin perder ese aire a pueblo gallego anclado en los años sesenta que desconcierta al posible visitante.

Han desaparecido la escuela a la que íbamos en nuestra infancia, la farmacia, la gran mayoría de los bares y otros comercios.

Y quedan pocos gallegos por la zona; ahora predomina el inmigrante latino o africano, como en la mayoría de los barrios obreros.

El caso es que yo colaboraba en ciertos asuntillos no del todo legales con uno de los tipos que manejaba el cotarro en Masustegui.

Y tenía mis enfrentamientos con un chaval de allí, con el que me había peleado en más de una ocasión por alguna tontería.

Hasta que llegó una noche de invierno, fría y desapacible, en la que este chico me buscó las cosquillas y salió trasquilado.

Toño se creía el guaperas de Masustegui, con su melenita rubia al viento, y el tipo más duro del lugar.

En realidad era solo fachada e iba siempre de boquilla.

Aquella noche, el muy desgraciado me preparó una emboscada cerca de mi casa, algo fácil en un entorno sin luz artificial, justo en la intersección entre dos de las peores calles del barrio.

Cuando me quise dar cuenta le tenía encima, y tuve la suerte de que el reflejo de la luna en el objeto metálico que portaba me permitiera darme cuenta del peligro: su navaja cortó el aire a escasos centímetros de mi barriga y esquivé la muerte por muy poco.

En el forcejeo siguiente yo llevaba las de ganar.

Tenía más fuerza y estaba más bregado en aquellos lances, por eso el tipo me había atacado a traición.

No soltaba la navaja por mucho que yo le retorciera la muñeca, así que al final opté por dirigirla con el brazo incluido hacia su mismo torso, donde acabó clavada sin remedio.

Recuerdo su expresión de sorpresa, paralizado al recibir varios centímetros de acero albaceteño en su cuerpo.

Sus ojos lastimeros imploraban piedad, pero algo estalló dentro de mí y rematé la faena.

Me sentí el rey del mundo al tener su vida en mis manos: mi mente racional quedó suspendida durante unos instantes y apareció de repente una pulsión criminal que no supe ni quise controlar.

Le arrebaté la navaja de sus dedos agonizantes y cuando me quise dar cuenta, mi mano ya había acuchillado en varias ocasiones su cuerpo, convertido en un guiñapo sanguinolento.

Me costó detenerme, frenético en mi ansia asesina, hasta que recuperé la razón.

No me arrepentí en ese momento de mis actos ni nunca lo he hecho.

No ignoraba que me encontraba en un verdadero problema que todavía tenía solución.

Nadie me había visto y a esas horas de una noche tan desagradable no se veía ni un alma en la calle.

Así que me guardé la navaja en el bolsillo, me cargué en el hombro al muerto y me adentré en las partes todavía no urbanizadas de aquellas laderas montañosas.

Encontré una pala al llegar a una de las canteras y enterré el cuerpo lo mejor que pude, deshaciéndome también de la navaja.

Después quemé toda la ropa que llevaba, me lavé en una fuente cercana y me adentré en casa ya de madrugada, helado de frío al quedarme casi desnudo en la calle.

Me cobijé con las mantas y me dormí enseguida, olvidándome para siempre del dichoso Toño.

Ni siquiera la familia denunció su desaparición, acostumbrados a sus idas y venidas, por lo que ningún policía pasó por allí y yo pude quedarme tranquilo y olvidarme del tema.

Hasta hoy, claro está, ya que mi mente ha evocado esos gloriosos momentos en los que la vida de un hombre se encontraba a mi merced y casi consigo una erección y todo.

Lo reconozco, he tenido varios sueños muy vívidos a lo largo de mi existencia y la pulsión criminal siempre ha estado ahí presente, en las profundidades de mi ser, sin que yo la dejara salir a la superficie.

Somos animales gregarios que nos acostumbramos a los usos y costumbres de la sociedad en la que vivimos, por lo que supe desde el principio que tendría que olvidarme de esas ansias asesinas que de vez en cuando me perseguían entre sombras, sobre todo si quería ascender en la vida para no tener que volver a depender de nadie.

No sé si el alma que pretende escapar de este cuerpo en horas bajas ha querido darse un homenaje de despedida, pero anhelaba sentir de nuevo la sangre en mis manos, casi como si me hubiera convertido en un vampiro.

Buscaba la manera de satisfacerme, de encontrar ese placer que la naturaleza y mi propio estatus social me había escamoteado durante tantos años.

Ya no tengo nada que perder, así que me he lanzado a la aventura aprovechando mi posición para configurar un proyecto que pase a los anales de la historia moderna.

No soy un psicópata, o eso creo, ni siquiera un psicótico, por más que nunca haya sido estudiado por un especialista en la materia.

Simplemente, anhelaba mirar a los ojos a alguien y arrebatarle la vida.

Soñaba con estrangular a un desconocido mientras contemplaba cómo la luz de la vida se escapaba entre sus pupilas, o clavarle un cuchillo en el corazón para sentir cómo ese poderoso músculo se paraba para siempre.

Una sensación inenarrable, largamente olvidada, de la que me gustaría volver a disfrutar aunque fuera por una sola vez en la vida.

Pero no soy idiota, los problemas aparecerán a la vuelta de la esquina.

Si no lo había intentado cuando me encontraba en plenas facultades, más preocupado por sacar adelante mis negocios y enfrentarme a todo tipo de adversidades, ahora me toparía con mayores dificultades.

Por eso seguía estudiando las posibles soluciones que me permitieran conseguir un buen sabor de boca antes de encarar el último viaje hacia la laguna Estigia en la barca de Caronte.

El secuestro en Basurto fue la primera prueba, que al final se convirtió en un pequeño coitus interruptus .

Una pesca sin muerte, si queremos llamarlo así, ya que el chaval escapó de un destino fatal sin que llegara a imaginárselo.

No me dejó satisfecho del todo, y eso que no resultó un mal comienzo.

De hecho, fue una buena piedra de toque para comenzar este proyecto.

Tampoco salió a la perfección el secuestro de los familiares de Labarrieta, pero al menos la escenografía de La Piedad formada en el interior de La Ojerada no me dejó un regusto agridulce.

Ese era el verdadero camino a seguir. Seguro que esa recreación también desconcertaría a los investigadores.

Me llegan ecos de que la Guardia Civil y la Ertzaintza ya están empezando a pisarse las mangueras; nada me divertiría más que verlos obligados a entenderse.

Otra pequeña broma fruto de esta mente enferma que permitiría ganar algo de tiempo.

Las sensaciones conseguidas con las primeras partes del proyecto no me proporcionaron ese placer imaginado en un principio.

Mis ansias criminales, la pulsión animal que terminó por apoderarse de mi cuerpo, todavía no han quedado satisfechas.

Y el vampiro que me ha poseído demanda sangre de verdad para saciar su sed eterna. Así que habrá que seguir trabajando.

Todavía queda mucha tela por cortar, pero no adelantemos acontecimientos. Solo tendréis que esperar un poco más, no os impacientéis.