Las primeras pistas #4
En la puerta del edificio les esperaba con las llaves del inmueble el dueño del piso alquilado, tras el requerimiento del juez a petición de la Guardia Civil.
Allí se encontraba también un compañero de la Comandancia y un letrado de la Administración de Justicia enviado para acompañar en el registro y dar fe de lo que requisaban los policías judiciales.
Milene y Koldo se presentaron ante el dueño, un tal Ledesma, que parecía algo nervioso, justo antes de explicarle el procedimiento que tendría lugar en el interior del domicilio arrendado.
—Perdonen, es que me ha sorprendido todo esto, la verdad. Yo solo soy el propietario del piso, todos estos trámites los llevan entre la inmobiliaria y mi gestoría.
—Tendrá que facilitarnos también los datos de su inmobiliaria y de su gestor, queremos hablar con ellos. Entonces, ¿usted no conocía a su inquilina? —preguntó Milene.
—No, ya le digo. Los gestores se encargaron del papeleo y los de la inmobiliaria enseñaron el piso, entregaron las llaves y demás.
Le hicieron un estudio de solvencia a la joven, yo estuve de acuerdo con las garantías que me presentaron, y se firmó el contrato en septiembre del año pasado.
En principio era solo por un año renovable y no hubiera habido problemas para continuar.
No me han comentado ningún problema con la inquilina, ni en el edificio ni a la hora de los pagos.
Una chica discreta, que no daba guerra y pagaba con puntualidad.
—Si no es mucha indiscreción, señor Ledesma… ¿De qué mensualidad estamos hablando?
—De eso se encargan en mi gestoría, creo que en torno a los mil quinientos euros mensuales.
Koldo y Milene se miraron sorprendidos, no parecía una renta acorde a los datos que conocían de la familia Hinojedo.
Era posible que la chica estudiara con una beca en la universidad, punto que tendrían que comprobar cuando tuvieran algo de tiempo, pero entonces hubiera sido más creíble que Marta viviera en un piso compartido cerca de la facultad.
Aquel nivel de vida ocultaba alguna otra cosa.
Y eso que todavía no habían visto el interior del inmueble.
Desde fuera, tanto el edificio como la calle en general, tenían buen aspecto.
Pero los investigadores no esperaban encontrarse con semejante lujo al llegar al apartamento de la fallecida.
El dueño les acompañó en el ascensor hasta el último piso y les abrió la puerta, invitándoles a entrar en el interior del inmueble mientras el antiguo secretario judicial tomaba nota de todo lo que ocurría para trasladar después las diligencias al juzgado.
—¡Madre mía, menudo pisazo! —exclamó Koldo sin cortarse.
—Sí, verán, es un ático dúplex construido con las mejores calidades. El edificio tiene unos veinte años, pero yo le he añadido después alguna reformilla, ya saben.
—¿No hay paredes en el piso? —preguntó entonces Milene.
—No, es todo diáfano, en plan loft . En esta planta se encuentra el amplio salón, con la cocina separada, y allí atrás tenemos una especie de despacho. Detrás de esa mampara verán uno de los baños. Y arriba está la suite abuhardillada, con su baño también integrado.
Se sorprendieron ante la amplitud del espacio y las calidades de un inmueble que valdría perfectamente el doble o el triple de alquiler si hubiera estado en Madrid, Barcelona o San Sebastián. Un piso que aparecía inmaculado, como de revista, casi como si nadie viviera allí.
—Si nos permite, empezaremos con la inspección y registro —afirmó Milene dirigiéndose al dueño—. Acompáñeme a la planta superior mientras mi compañero se queda aquí abajo.
Koldo asintió y se encaminó al despacho, donde distinguió un portátil sobre el escritorio.
Mientras, Milene encaró la curiosa escalera de metacrilato que conducía a la estancia superior, seguida de cerca por Ledesma.
A Oliveira le pareció que el funcionario del juzgado dudaba a la hora de acompañarla o continuar al lado de Galarza.
Se encontraban en Santander y la Comandancia tenía allí mucho peso, por lo que les siguió a la última planta del edificio.
Allí divisaron un vasto espacio iluminado por claraboyas ultramodernas, dentro de una habitación abuhardillada con sitio suficiente para ponerse completamente de pie en cualquiera de sus puntos.
Todo decorado en blanco con estilo minimalista en una estancia totalmente pulcra y recogida, digna de exposición.
Contaba con vestidor, un baño con jacuzzi de grandes dimensiones y dos camas king size colocadas en sitios separados del cuarto, como si hubiera dos dormitorios en uno.
—Ya veo que tampoco hay paredes, la intimidad brilla por su ausencia —dijo Milene.
—Es un concepto diferente, señorita. Verá…
—Cabo Oliveira, si no le importa, señor Ledesma —sentenció Milene.
Había notado cómo el nerviosismo del dueño mutó hacia una actitud más paternalista, no exenta de otros matices que no quería descubrir. Era consciente de su apariencia física y no había aparecido con el uniforme oficial para infundir respeto, así que tendría que imponerse de otra manera.
—Sí, claro, discúlpeme…
—¿Cuántos metros cuadrados tiene este piso? —siguió.
El dueño dudó un segundo, procesando la pregunta.
—Pues… en la escritura creo que ponía ciento cincuenta y tantos. Digamos ciento cincuenta metros cuadrados para redondear. ¿Es relevante su tamaño para el caso?
Milene ignoró la pregunta y se dirigió hacia el vestidor, también instalado de forma totalmente abierta, por lo que las prendas y complementos quedaban a la vista de cualquiera que pasara por allí.
En su interior encontró vestidos que costaban más que su sueldo mensual, por no hablar de los carísimos zapatos o los bolsos de lujo.
Inspeccionó también las mesillas y la zona de baño y no encontró nada digno de mención.
Sí, allí había ropa y complementos, pero parecía que no vivía nadie en ese piso. Bajaría para comentarlo con Koldo.
El dueño y el funcionario judicial departían al lado de la terraza, contemplando las espléndidas vistas desde el ático, mientras Milene se juntaba con el ertzaina en la cocina.
Allí divisaron una amplia mesa redonda con seis sillas, situada frente a los inmensos ventanales que dejaban entrar la luz del sol.
—Electrodomésticos de última generación, una Smart TV de las más caras del mercado y unos muebles con estilo. La niña no se privaba de nada…
—Pues no has visto la parte de arriba. Modelitos de Michael Kors, Prada, Chanel, Loewe y todas las marcas que te imagines. Un pastón en ropa y complementos, te lo puedo asegurar.
—Me fío de ti, yo no entiendo mucho de moda. El piso huele a pasta que tira para atrás, y Marta Hinojedo parece que añadía después sus propias pertenencias, también de las caras. Menudo pepinaco tiene de portátil, un Mac Pro de última generación que vale más de tres mil pavos.
—¿Has podido entrar en el ordenador?
—No, qué va, creo que se ha quedado sin batería. Pero he encontrado el cargador, así que nos lo llevamos para que investiguen los técnicos.
—¿Algo más digno de mención? Yo no he encontrado nada arriba, aparte de la ropa. Todo parecía demasiado pulcro y ordenado, como si la chica no pasara demasiado por casa.
—Sí, la misma sensación he tenido yo. Ni un cojín mal puesto, ni una revista por medio, la cocina recogida. En el frigo tiene algunas bebidas, yogures, leche y verduras, poco más.
—¿Y libros o apuntes de la universidad?
—Sí, tiene una pequeña estantería con libros universitarios y algunas carpetas con apuntes, pero no me ha llamado mucho la atención.
He revisado también los cajones del salón y no he encontrado otro tipo de papeles: ni contratos de suministros, facturas, tickets de compra o cualquier otro documento personal. Todo muy aséptico, la verdad.
—Ya, a mí también me parece muy extraño. Nos llevamos el portátil y ya volveremos si hace falta realizar un registro más a conciencia, aunque me da que poco más vamos a encontrar.
—¿Nos dirigimos entonces a la comandancia?
—Sí, vente con nosotros. Me ha llegado un mensaje de un contacto que tenemos allí. Al parecer, han citado a los padres para dentro de un rato, vienen directos desde Aguilar. Así podremos hablar con ellos, a ver si nos aclaran algo sobre esta chica tan misteriosa.
Antes de abandonar el edificio, el dueño les acompañó hasta la plaza de garaje, donde la inquilina había aparcado su coche, un flamante Audi A1 de color rojo recién matriculado.
No habían encontrado tampoco ninguna llave del vehículo en el piso, por lo que tendrían que pedir una orden para acceder al interior del mismo.
Otro detalle más para añadir a la larga lista. ¿De dónde sacaba tanto dinero Marta Hinojedo? Llevaba un tren de vida altísimo y no sabían prácticamente nada de ella. Les quedaba mucho trabajo por delante y poco tiempo que perder viendo el cariz que la investigación estaba tomando.
La verdadera preocupación de la cabo Oliveira era que el criminal atacara de nuevo, el temor a encontrarse con otro cadáver se encontraba muy presente en su cabeza. El tiempo apremiaba y todavía no tenían una senda clara por la que transitar hasta su destino final.