Las primeras pistas #3
—No te preocupes, Koldo, voy a buscar información sobre las dos matrículas, aunque imagino que estarán dobladas. Hay que investigar ese coche, es demasiada casualidad que aparezca en estos dos entornos justo a esas horas.
Koldo y Unai parecían contentos y Milene se hinchó como un pavo, antes de que Bermejo les bajara de su burbuja. Si en Basurto no había sucedido nada, por lo menos oficialmente, parecía un indicio demasiado leve para molestar a la familia Larrea o a los jefazos.
—Lo siento, creo que no es suficiente —aseguró Bermejo—. No me parece mala hipótesis, pero necesitamos algo más.
Milene tuvo que darle la razón al asesor, no podían lanzarse sin red. Bastante tenían ya con el consejero delegado del BIB, como para importunar también al jefe de EuskoPetrol por una descabellada conjetura sin sentido.
—Me había emocionado, Koldo, pero a mí tampoco me termina de cuadrar —aseguró Milene—. Si el asesino busca dar un golpe al sistema o a las familias poderosas, ¿qué pinta aquí una chica de Aguilar de Campoo? No es hija de ningún pez gordo del Ibex. Rompe el patrón por completo.
—Precisamente por eso me escama —replicó Koldo, terco—. O el asesino ha cambiado de estrategia, o Larrea fue un ensayo, o estamos buscando algo que todavía no somos capaces de ver. Pero ese Renault 19 no miente, Milene. Estuvo en los dos sitios.
—Bueno, ya veremos —contestó Milene—. Tiraremos de cualquier hilo que encontremos, nunca se sabe.
—No os desesperéis, este trabajo es así. Seguid insistiendo, seguro que acabáis por encontrar la pista adecuada. Yo me tengo que marchar ahora, tengo una reunión en un rato. Gracias por permitirme acompañaros, espero que deis con la tecla adecuada.
Mientras se despedían de Bermejo con el ánimo algo alicaído, Milene recordó lo sucedido en la jornada anterior, que se prolongó hasta última hora de la tarde.
Había salido de Santoña a primera hora de la mañana en el coche de Koldo y no tenía coche propio para regresar a casa ni pensaba mencionárselo al ertzaina.
Así que llamó a la Comandancia de Bilbao para ver si podían darle alojamiento para esa noche y tuvo suerte en cuanto mencionó la investigación en la que estaba inmersa.
Los mandos de la Ertzaintza presionaron a los técnicos de criminalística y a los forenses para que aceleraran sus informes preliminares.
El patólogo había adelantado, tras la primera inspección ocular sobre el mismo puente, que la causa de la muerte podía deberse a que le habían partido el cuello a la chica.
Debían corroborarlo con la autopsia, pero podía ser un buen punto de partida.
Esa misma mañana, Koldo recogió a Milene en la comandancia y se encaminaron de nuevo en su coche por la A8, esta vez en dirección a Santander. Durante el trayecto siguieron hablando sobre un caso en el que no concordaban demasiados detalles.
—Me suena lo de Valdenoja, ¿no es un barrio pijo?
—Sí, eso creo. Me parece extraño que la chica pudiera vivir sola en ese barrio, nada de piso compartido. Y la universidad privada en la que estudiaba por las mañanas tampoco es barata precisamente, no sé de dónde sacaba tanta pasta.
—No podemos aventurar nada hasta no tener todos los datos, igual estaba becada o los padres pillaron una herencia. Por cierto, ¿habéis conseguido hablar con ellos?
—Sí, lo llevan desde Comandancia. Creo que los han citado hoy allí antes de que se pasen por Bilbao para identificar el cadáver. Al parecer, la madre no se encontraba ayer muy bien, creo que le dio un ataque de ansiedad y no pudieron salir de Aguilar de Campoo.
—Me gustaría hablar también a mí con ellos. Y habrá que citar además a los compañeros de clase, amigas, novio y todo el que tenga algo que ver con la fallecida. De momento vamos a inspeccionar su domicilio, tengo curiosidad por ver lo que nos encontramos allí.
Milene conocía el procedimiento y todas las partes se estaban implicando para agilizar los trámites en un caso con tantas trabas burocráticas.
A ellos no les llegaba lo que ocurría en las alturas, solo habían escuchado algunos rumores sobre encontronazos entre la Guardia Civil y la Ertzaintza.
Mientras los políticos no hacían más que entorpecer las labores de investigación en dos casos tan importantes, los jueces y fiscales se esforzaban para agilizar con las pesquisas.
—Lo malo es que no tenían llave del apartamento de la chica y hemos tenido que mover los hilos para que el juez diera su consentimiento tras localizar al propietario del inmueble.
Yo creo que la chica les ocultaba cosas a sus padres, a ver lo que averiguamos.
Eso no es motivo suficiente para que la maten y la cuelguen de cualquier manera de un puente, claro está.
Los mandos policiales y la judicatura intentaron contener la expansión por la red de los vídeos y fotografías morbosas obtenidas en la escena del crimen antes de que se acordonara la zona, algo imposible de controlar.
No se podían poner puertas al campo y los requerimientos a Estados Unidos para que las redes sociales borraran ese contenido eran lentos y farragosos.
El daño seguiría existiendo para desgracia de Marta Hinojedo y toda su familia, expuestos a la humillación pública y a comentarios de muy dudoso gusto por parte de los haters profesionales que últimamente proliferaban por doquier en internet.
—Por eso no tengo redes sociales, me pondría de los nervios con tanto gilipollas. Y como me conozco, pues tendría bronca todos los días —dijo Galarza antes de llegar a Santander.
—Estás hecho un viejuno, Koldo. A mí me gustan las redes sociales, y eso que reconozco que yo también he tenido algún problemilla al respecto.
Milene no quiso mencionar su fase de postureo en las redes, encantada de llamar la atención y conseguir unos likes de más en cualquier publicación.
Pero sí le contó que a ella también le llegaron comentarios obscenos y de mal gusto por parte de sus seguidores, por no mencionar los problemas que tuvo con alguno de sus responsables en la UCO por ese motivo.
Ella afirmaba que se trataba de un perfil eminentemente personal, fuera de su cargo y rango oficial, sin que a los mandos de la Guardia Civil llegara a hacerles tampoco demasiada gracia.
—Así que borré mis perfiles sociales en ese momento.
Unos meses después me abrí otra cuenta en Instagram y en TikTok con un nombre de usuario random y unas publicaciones que llamaran menos la atención.
Nunca sabes cuándo te vas a hacer viral, y por eso suelo tener cuidado con los posts que subo a la red.
—Ya veo que eres una experta en estos temas; yo es que paso de estas cosas. Y eso que reconozco que debería ponerme las pilas, por lo menos para avanzar en algunas investigaciones. ¿Has mirado los perfiles de Marta Hinojedo?
—Sí, he echado un vistazo por encima. Y hemos solicitado las contraseñas para conseguir el acceso completo.
Espero que encontremos también un ordenador en su casa, ya que el móvil parece haber desaparecido.
De momento he visto unas fotografías muy inocentes, me choca bastante.
Igual tenía un perfil privado, habrá que investigar.
—¿A qué te refieres?
—A que me sorprende que una chica tan mona, una universitaria que debería estar todo el día publicando cosas, tenga unas fotos tan light en Instagram. Y ni siquiera cuelga ningún vídeo ni he encontrado perfil suyo en TikTok.
—Igual le tiene alergia a las redes sociales, como yo. O ha tenido alguna mala experiencia al respecto, no podemos saberlo.
—Bueno, ya se verá. Ojalá nos encontremos un portátil con acceso directo al correo y a sus redes sociales, la mayoría de la gente no borra el historial de los navegadores y es fácil acceder a ese tipo de cuentas.
Imagino que tendrá alguna contraseña externa en el equipo, nada que los técnicos informáticos no puedan esquivar con facilidad.
—Eso os lo dejo a vosotros, la verdad. Yo alucino con lo que he leído por ahí. ¿Es cierto que los jóvenes de hoy en día no se dan los números de teléfono? Al parecer, para ligar se piden ahora su perfil en Instagram o TikTok, me parece muy fuerte.
—Lo que yo te digo, estás muy desfasado. Pues claro, ahora hablan por mensaje privado en redes antes que por WhatsApp. Y lo de llamarse por teléfono ni se lo plantean.
—Joder, estoy fuera de juego totalmente.
De todas formas, la gente ya no habla por teléfono, todo el día con mensajes.
Yo prefiero llamar para lo que sea, aunque sea un momento, que tirarme ahí dos horas tecleando en el dichoso aparatito.
Me ha tocado aprender a la fuerza y ahora pregunto por WhatsApp antes de llamar a nadie, que luego la gente se mosquea.
—Son los nuevos tiempos, hay que adaptarse. Anda, aparca por ahí, ya estamos cerca.
Se notaba que habían llegado a un vecindario acomodado, de alto nivel adquisitivo, muy bien situado dentro de Santander.
A tiro de piedra del entorno de Mataleñas, con su playa y su parque, o de la segunda playa del Sardinero.
Un enclave privilegiado en el que vivía Marta Hinojedo, en un inmueble que estaban a punto de visitar.
—Pues sí era pija la niña, menuda barriada. Tiene pinta de que los alquileres por aquí no deben ser baratos ni mucho menos.
—No te equivocas, Koldo, o eso me han comentado al menos. A ver si conseguimos hablar con los padres y nos sacan de dudas, aquí hay algo que no cuadra.
Tras conversar con la secretaría de la universidad a la que acudía Marta, habían conseguido la dirección física de su domicilio en los datos personales con los que rellenó la matrícula de un curso a punto de finalizar.
Les comentaron también que su expediente no era demasiado brillante, pero al parecer iba sacando las asignaturas sin demasiados problemas.