La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) Las primeras pistas #2
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Las primeras pistas #2

—Yo solo hago mi trabajo —respondió el agente—. ¿Qué necesitáis, Koldo?

—Veamos… Imagino que no tenemos una cámara que apunte directamente a la pasarela de Deusto, pero podemos imaginar el posible itinerario del criminal desde Santander hasta los alrededores de la universidad. ¿Qué te parece, Unai?

Koldo guio a su compañero por las ubicaciones en las que podrían encontrar algo significativo, mientras Milene permanecía atenta, con Bermejo impertérrito a su lado.

Acotaron el rango entre las doce de la noche y las cinco de la madrugada.

No creían que el asesino se hubiera atrevido a colgar un cuerpo en plena ría de Bilbao a una hora diferente, necesitaba tiempo y soledad para llevar a cabo su plan.

—Si condujo desde Santander hasta aquí por la A8, entraría por los túneles anexos a San Mamés y luego iría por el Sagrado Corazón hasta el Euskalduna, ¿verdad?

La pregunta de Koldo parecía más bien retórica, mientras el técnico manejaba las cámaras y controlaba las diferentes ubicaciones. Divisaron varios vehículos que siguieron las primeras partes de ese recorrido, pero al final se desviaban en otras direcciones.

Milene notó la frustración en su compañero, no iba a resultar tan sencillo encontrar una pista. Bermejo intervino entonces para hacer una pregunta muy adecuada.

—No quiero ser aguafiestas, pero imagino que habrá otras maneras de llegar a Deusto, ¿no?

Bermejo había puesto el dedo en la llaga, pero Galarza parecía absorto en las imágenes que le mostraba el agente a cargo de la sala de control. El subinspector les hizo un gesto pidiendo calma para ver si encontraban algo que les cuadrara antes de intentar otras combinaciones.

—¡Allí, ese coche gris! —exclamó Koldo alborozado.

La secuencia de imágenes sonaba plausible, según lo que comentaron entre ellos los dos ertzainas.

El mismo coche gris fue localizado por las cámaras de la A8 en torno a las dos de la madrugada entrando por San Mamés, para poco después aparecer en la plaza del Sagrado Corazón en dirección al Euskalduna.

La cámara situada entre la plaza del Museo y la plaza de Euskadi, cerca ya del rascacielos de la compañía eléctrica, no les ofrecía imagen directa sobre la pasarela, por lo que tendrían que buscar otra opción.

—¡Maldita sea! —soltó Unai—. Habrá que hablar con la universidad de Deusto y buscar alguna cámara en cajeros o similares al otro lado de la ría. Lo siento, desde aquí no podemos concretar más.

—Un momento, déjame probar otra cosa —dijo entonces Galarza—. ¿Tienes acceso desde aquí al servidor principal con los expedientes de las denuncias por desaparición?

El técnico asintió y le dio acceso a Koldo para que trabajara con otro terminal. Milene permanecía atenta y le interpeló sin saber muy bien a qué se refería. Mientras tanto Bermejo los observaba en silencio, evaluando la situación.

—¿Qué buscas exactamente?

—Un momento, ahora os cuento. Es solo un pálpito, nada más.

Mientras tecleaba a toda velocidad para acceder a su expediente, Koldo les explicó la extraña denuncia por desaparición del hijo de Larrea.

Una denuncia que se retiró a las pocas horas, por lo que no se asignó personal al caso ni comenzaron las averiguaciones al respecto.

Galarza les contó que todo sucedió en marzo, en una fría y lluviosa noche en la que Ibai Larrea fue visto por última vez en el hospital de Basurto, después de visitar a su hermana enferma en el pabellón de San Pelayo.

Casualmente, el chico apareció poco después como por encanto; todo había sido un malentendido y se retiró la denuncia, por lo que nadie investigó.

Una secuencia de hechos que le tenía mosqueado desde entonces.

Milene se sorprendió ante el discurso de Koldo en presencia de Bermejo, ya que no se encontraban a solas. Ninguno sabía la opinión del asesor al respecto, ni lo que podría hacer con dicha información. El mismo Bermejo les sacó entonces de dudas.

—A ver, a ver, eso que cuentas es muy extraño. ¿Estás completamente seguro? No quisiera escarbar en el asunto y quedarme con el culo al aire.

Milene miró de nuevo a su compañero, sin saber tampoco a qué atenerse.

Quizá Koldo quisiera remover el avispero, harto de las zancadillas burocráticas que todo investigador policial se encontraba en el camino.

¿Y si el asesor podía facilitarles las cosas?

Ya lo hablaría con él, pero le pareció un movimiento algo arriesgado.

—Sucedió tal cual lo estoy contando y a mí me huele un poco mal, no sé si es que tengo el olfato sensible o qué ocurre aquí —dijo Koldo en voz alta—.

Sé que la chica del puente no encaja en el perfil de élite de los Labarrieta, pero el modus operandi es casi un calco.

La forma en que se esfuman y aparecen, la falta de rastro físico…

, todo me recuerda también al caso Larrea.

No creo que sea una coincidencia. Igual habría que hablar con el señor Larrea y su hijo para saber qué sucedió realmente aquella noche. Yo tengo las manos atadas, tal vez…

—Sí, puede ser —contestó Milene—, pero ten cuidado, Koldo.

Si el asesino busca dar un golpe mediático, ¿qué pinta aquí una chica de clase trabajadora?

Rompe el patrón por completo. De eso mejor que se encarguen tus jefes, pero les tendrás que dar algún indicio al que agarrarte.

Con conjeturas y pálpitos no vamos a ningún lado, ya lo sabes.

—Oliveira tiene razón, subinspector. ¿Algún otro indicio reseñable? No quiero meterme en un jardín si empiezo a tocar las narices a los poderosos, ya sabéis.

Bermejo parecía curarse en salud. Si pretendía ayudarles con un asunto tan escabroso, era normal que se quisiera cubrir las espaldas antes de lanzarse a la piscina.

—Esperad un momento. Seguro que Unai nos encuentra imágenes de Basurto o sus alrededores durante esa noche de marzo, este tío es un fiera. Si el coche gris que vimos en Deusto estuvo allí hace meses, tendremos la prueba de que no es casualidad.

El técnico había permanecido atento a las explicaciones del subinspector, por lo que le siguió la corriente en busca de un imposible.

—Menos peloteo, Koldo, que ya nos conocemos. A mí me sirve con una invitación a comer chuleta en Artxanda, ya me conoces —quiso destensar la situación el agente.

—Eso está hecho, compañero, haz tu magia.

—Tengo un amigo en seguridad del hospital, igual necesitamos acceso a sus cámaras internas. Eso sí, primero probemos con las más cercanas a Basurto, por si acaso.

Unai manipuló el equipo a toda velocidad, acostumbrado a manejar unos sistemas que conocía como la palma de su mano. Localizó un par de cámaras cercanas al hospital que quizá les sirvieran, pero no hubo suerte al chequear sus imágenes.

—Joder, con estas cámaras no hacemos nada. Una apunta hacia Autonomía y la otra a Montevideo con Gurtubay, no encuentro nada decente que se dirija hacia la misma salida del hospital. El coche que buscamos pudo girar hacia la derecha y perderse en dirección Zorrotza.

—Ya veo…

Unai siguió manipulando los vídeos y buscó en la misma franja horaria utilizada anteriormente, la que transcurría entre las doce de la noche y las cinco de la mañana. No encontraron ningún coche similar, antes de que Milene tuviera otra idea diferente.

—Se me ocurren un par de cosas que igual son tonterías, pero tal vez puedan ayudarnos.

—Dispara, no te cortes.

—En primer lugar, te has emperrado con el coche gris y también deberíamos tener en cuenta la furgoneta negra en la que secuestraron a los Labarrieta. Creo que fue en un vehículo de esas características, vosotros tendréis más detalles.

—¡Hostias! Ni me acordaba, la verdad, me había ofuscado con el coche gris. Es verdad que deberíamos centrarnos en este crimen, pero si ambos están relacionados puede que la dichosa furgoneta aparezca por algún otro lado —aseguró Koldo.

Bermejo permaneció atento al intercambio de pareceres de los dos investigadores, sin perder ojo tampoco de las cámaras. Le hizo incluso un gesto de aceptación a Milene, tal vez satisfecho porque hubieran dado con otro hilo del que tirar.

—Reviso en un momento las cámaras de antes por si acaso, por si se me ha escapado algo.

No recuerdo ahora mismo haber visto ninguna furgoneta similar a esas horas en dirección a Deusto.

Por lo menos por el itinerario más plausible que habíamos trazado, aunque es verdad que pueden haber llegado por otro lado hasta la avenida de las Universidades.

—Un momento, señores —les interrumpió entonces Bermejo—. Antes de regresar a ese punto, me gustaría que examináramos mejor el entorno de Basurto.

—¿Algo en particular? —preguntó interesado Koldo.

—A ver, seguro que vosotros lo conocéis mejor que yo, pero me suena haber visto alguna imagen de ese recinto y me ha dado por pensar, intentando seguir tu razonamiento sobre el secuestro fallido.

No he estado nunca en ese hospital, pero creo que tiene muchos pabellones desperdigados y hay bastante sitio donde un desaprensivo podría esconderse de noche, ¿no?

—Eso es cierto, me parece una buena idea —afirmó Koldo entusiasmado.

—Vale, pero tendréis que decirme lo que queréis que busque —replicó el técnico.

Milene quiso apuntarse entonces a la teoría con su propio razonamiento, no tenía nada que perder.

—¿Y si todo sucedió de otra manera? Quizá el dichoso coche gris de Deusto, que juraría que es un Renault 19, apareció en el hospital mucho más pronto.

Si querían secuestrar a alguien y llevárselo de madrugada, tal vez escondieron antes el vehículo en el interior del recinto hospitalario, no sé si eso podría suceder.

Koldo y Unai se miraron un segundo, la idea sonaba plausible, mientras Bermejo aplaudía su iniciativa. Al final encontraron un coche similar que accedió al hospital sobre las ocho de la tarde, pero la matrícula no coincidía.

—¡Joder, tenías razón! Es el mismo coche, estoy seguro. Tiene otra matrícula, pero juraría que es el mismo Renault 19 gris.