Las primeras pistas
El tiempo transcurría a toda velocidad mientras se sumergían en una investigación que estaba en boca de todos, desde los medios de comunicación a las redes sociales, incluidas las televisiones, algunas llegadas incluso de otros países.
Sin mencionar la presión ejercida por sus responsables, la fiscalía o los jueces, en un caso que acababa de comenzar y ya les estaba martirizando.
Tampoco pudo guiar Milene a Galarza en el nuevo trayecto, ya que ella no estaba familiarizada con Santander.
Había quedado con un compañero de la Comandancia a las nueve de la mañana en la avenida del Doctor Diego Madrazo, en la puerta del edificio en el que vivía Marta Hinojedo, la víctima aparecida en la ría de Bilbao, y no quería llegar tarde, así que optaron por el navegador para llegar hasta allí sin problemas.
Solo habían transcurrido veinticuatro horas desde que encontraron el cuerpo colgado en la pasarela de madera frente a la Universidad de Deusto y la joven guardia civil sintió que había perdido un poco la noción del tiempo, distorsionado por la aparición de tantos estímulos a los que hacer caso dentro de una situación tan compleja.
Algo que debía afrontar de otro modo si no quería salir atropellada, puesta a prueba de un modo tan exigente desde el minuto uno.
El día anterior llegaron al escenario del crimen a toda velocidad y Milene tuvo que reconocer que Koldo conducía muy bien.
Se comportaba de un modo menos brusco que su amiga Carmen a la hora de frenar, girar y acelerar en determinadas circunstancias, por lo que se sintió segura en su compañía.
Sabía que contaba con dos excelentes conductores como compañeros, aunque fuera en dos cuerpos policiales tan distintos, para acercarse a los escenarios por los que tendrían que transitar durante la investigación.
El perímetro estaba acordonado por la Ertzaintza.
Habían preparado una zona de exclusión en torno al cuerpo, en ambos márgenes de la ría y desde las dos direcciones en las que fluía el Nervión.
Por un lado hasta el puente de La Salve, tras cortar los accesos al Guggenheim hasta que se despejara la escena, y por el otro hasta el puente de Deusto para evitar problemas.
La pasarela de madera también se clausuró hasta las inmediaciones de la inmensa mole de acero y cristal que dominaba el skyline de la ría.
Sin embargo, no pudieron cortar el acceso de los trabajadores hacia un edificio que albergaba numerosas oficinas, detalle que no les preocupaba en exceso.
Dada la posición del cuerpo, colgado en el lado opuesto al que se veía desde el rascacielos, tampoco podrían divisarse los trabajos con el cadáver, por muy alta que se situara la planta del edificio sobre el nivel del suelo desde la que mirara un supuesto voyeur .
Justo cuando llegaron, los forenses procedían a izar el cadáver con ayuda del equipo de criminalística hasta la pasarela peatonal, donde realizarían el trabajo preliminar.
Justo cuando llegaron se procedía a descolgar el cuerpo por parte de los forenses, ayudados por el equipo de criminalística.
Descendieron el cadáver hasta el suelo de madera de la pasarela peatonal antes de proceder con el trabajo preliminar.
No obstante, el juez ordenó el traslado inmediato al instituto forense para no alimentar el morbo de los curiosos que se arremolinaban frente a las vallas perimetrales.
Lo más preocupante en esos momentos era que ya empezaban a sobrevolar el lugar helicópteros de las cadenas de televisión, buitres carroñeros a la caza de la noticia o la imagen más morbosa que vender a sus ansiosos televidentes.
En su momento, Roncero le contó a Milene los problemas similares a los que se enfrentó durante su caza de Jasón, el asesino en serie que tuvo en jaque a las fuerzas de la UCO y la Policía Nacional unos años atrás.
Y por lo visto, en ese caso no se iban a librar tampoco, por lo que tendrían que lidiar con esas presiones externas, ya fueran mediáticas, políticas o de la opinión pública exigiendo soluciones, y atrapar a los culpables a la mayor brevedad.
Al recordar a su compañero en la UCO, Oliveira rememoró también sus conversaciones sobre serial killers y los cursos que Roncero había hecho con perfiladores del FBI en Estados Unidos.
Aunque en España contaban con equipos de análisis de conducta muy competentes, el capitán siempre defendía que la metodología estadounidense —donde él se había formado— aportaba un enfoque clínico distinto que le resultaba extremadamente útil en los casos más laberínticos.
El oficial de la Guardia Civil, psicólogo de formación, se había enfrentado a varios casos complicados a lo largo de su carrera.
La mente de un psicópata era muy difícil de analizar, incluso por los mejores especialistas clínicos, pero a Milene no le importaría contar con un breve perfil del asesino antes de enfrentarse a la página en blanco de una investigación recién comenzada.
Para ello tendrían que desentrañar todas las posibles pistas que pudieran aparecer.
Primero se fijarían en el crimen que les habían asignado, el de la chica crucificada sobre la ría, sin olvidar lo que le dictaba su instinto: su relación con el caso de la cueva cántabra.
No habían hallado todavía el nexo de unión entre ambos, pero lo averiguarían más tarde o más temprano.
La muchacha apareció desnuda en el puente, sin ninguna pertenencia alrededor.
No encontraron ropa, ni documentación, ni tampoco su teléfono móvil.
Esa tarde supieron gracias a los compañeros de la Comandancia, con los datos de posicionamiento del aparato antes de apagarse su señal gracias a las antenas de telefonía, que su última ubicación se situaba cerca del faro de Cabo Mayor, al noreste de Santander.
Una zona en la que el asesino pudo secuestrar a su víctima escasas horas antes de que apareciera su cuerpo ultrajado de ese modo tan infame.
—Aquí poco podemos hacer ya, a la espera del informe forense y el de la científica. Si quieres podemos acercarnos a comisaría y comenzamos a estudiar las cámaras —le propuso Koldo.
—En un puente con tanto tránsito y con ese tipo de materiales, no sé si lograrán obtener algún rastro.
Pisadas claras me parece que imposible, y habrá multitud de huellas en el lugar desde el que se descolgó el cuerpo.
Seguro que los turistas se apoyan en la madera de la barandilla para hacerse un selfie o que les saquen una foto con la universidad o el Guggenheim de fondo.
—Sí, tienes razón. Habrá que cribar de momento, a ver qué sacamos en claro. Anda, vamos a Erandio para ver por dónde podemos empezar.
De vuelta en la comisaría, los dos investigadores se cruzaron en las instalaciones de la Ertzaintza con Francisco Bermejo, el asesor del ministerio. Koldo ni se percató, pero Milene saludó con un breve gesto al exinspector de la Policía y este la interpeló directamente.
—Oliveira —la llamó—. Creo que trabajas con mi amigo Roncero en la UCO, ¿me equivoco?
—No se equivoca, señor —replicó Milene—. Efectivamente, trabajo con el capitán en la oficina central de la UCO en Madrid, pero ahora estoy asignada a este caso. Roncero se encuentra ahora mismo en Nueva York y el coronel…
—Sí, tranquila, ya estaba al tanto. Y, por favor, tutéame si haces el favor. Con tu jefe no he conseguido que me apee el tratamiento después de tantos años de amistad y tantas vicisitudes juntos, a ver si lo consigo contigo. ¿Os puedo ayudar en algo?
Koldo pareció entonces percatarse de la conversación, ya que se había detenido también en el pasillo a charlar con un compañero de la comisaría. Milene le dio pie para que participara en su intercambio de pareceres con Bermejo, pero de su garganta solo salió un leve gruñido.
—No, muchas gracias, Bermejo. Bueno, no sé, el subinspector Galarza me estaba enseñando la comisaría y creo que íbamos a ver las cámaras de tráfico. ¿Verdad, Koldo?
El ertzaina reaccionó por fin al oír su nombre, pero su gesto adusto no varió un ápice.
Quizá la presencia del asesor ministerial no le hacía demasiada gracia, como a casi ninguno de los integrantes del operativo, pero Milene creía que debería disimularlo mejor para no predisponerlo en su contra.
Eran simples conjeturas suyas, claro, tampoco lo había comentado con él a fondo.
Solo conocía a Bermejo de oídas y a través de la semblanza que Miriam había hecho de él en sus novelas, pero estaba plenamente convencida de que se podía confiar en él.
—Sí, disculpa, estaba distraído —respondió Koldo a la chica, antes de dirigirse al expolicía—.
En efecto, Bermejo, nos dirigíamos a la sala desde la que se controlan las diferentes cámaras del centro de Bilbao.
Quería enseñárselas a la cabo Oliveira y ver si podemos sacar algo en claro del posible recorrido del asesino antes de su recreación en la ría.
—¿Podría acompañaros? —preguntó Bermejo—. Prometo no entrometerme demasiado, solo quiero ver cómo trabajáis y de paso, si os parece bien, echar una mano en lo que necesitéis.
Milene lanzó una mirada a Koldo para que no se negara y lo dejara correr.
En el fondo, sabía que aquel hombre quería fiscalizar su trabajo, pero ella era una invitada en Bilbao y no pensaba abrir la boca.
Y esperaba que su compañero, por el bien de todos, tampoco le pusiera demasiadas pegas a Bermejo.
Koldo pareció comprender su lenguaje no verbal y asintió levemente con la cabeza, sin musitar palabra.
Así que hicieron un breve recorrido por las instalaciones de Erandio antes de llegar a la sala de control de las cámaras bilbaínas.
Allí contarían con la ayuda de un técnico especialista, ya que querían ir acotando las zonas y horarios de búsqueda hasta encontrar una pista.
—Os presento a Unai, un crack manejando las cámaras. Si él no encuentra nada potable, dudo mucho que otro lo pueda hacer mejor.