El gato y el ratón #3
Orbea parecía contrariado mientras Gálvez mostraba una leve sonrisa de suficiencia, con Bermejo adoptando un gesto neutral.
Ni siquiera les emplazaron a entrar en la sala de juntas y la breve reunión se celebró de pie en el pasillo adyacente.
El ambiente se encontraba algo caldeado y eso tampoco favorecía sus intereses.
Tendrían que templar los ánimos y remar todos en la misma dirección, algo complicado con la variedad de actores implicados y ante la secuencia de unos hechos tan inusuales.
—Tenemos una confirmación oficiosa. La fallecida se llama Marta Hinojedo, natural de Aguilar de Campoo y vecina de Santander.
Estudiaba en la capital cántabra, en una universidad privada, y nadie había denunciado su desaparición porque vivía sola en Valdenoja.
Algunos compañeros de clase la han identificado por las redes sociales y esto ha llegado a conocimiento de sus padres, que se han puesto en contacto con la Guardia Civil —explicó Gálvez.
—El teniente está en lo cierto, tendremos que esperar todavía a la identificación oficial por parte de la familia. Al parecer, alguien avisó del hallazgo en la ría a primera hora de la mañana y los compañeros de Deusto se personaron allí —informó por su parte Orbea.
Eso es lo que había cabreado al comisario, pensó entonces Koldo.
La comisaría de Deusto era la más cercana al lugar de los hechos y entraba dentro de lo normal que ellos llegaran primero.
La sede principal de la Ertzaintza en Bilbao era la de Erandio, de la que Orbea era el responsable, y se había arrogado el derecho a encargarse directamente de la investigación, pero contaría también con el apoyo externo de otros compañeros en la ciudad.
Según les comunicaron, se habían colocado lonas para preservar la intimidad de la víctima mientras trabajaban los de criminalística antes de la llegada del juez.
El forense todavía no había accedido al cuerpo por la situación en la que se encontraba, a la espera de efectuar la primera inspección preliminar cuando el cadáver se hallara sobre suelo firme.
De todos modos, se había formado un revuelo considerable en el escenario, aumentado por la presencia de fotografías y vídeos escabrosos en las redes sociales muy difíciles de controlar tras su propagación por Internet.
—Vamos a seguir con el plan inicial, aunque con alguna ligera variación —aseguró Gálvez—.
Los equipos mixtos previamente formados comenzarán a trabajar dividiendo las tareas.
Unos se encargarán de los crímenes de La Ojerada y otros se marcharán ahora mismo a Bilbao, según hemos concretado el comisario y yo, con la anuencia del señor Bermejo.
—Pero…
—Pero nada, son órdenes de arriba, nosotros somos unos mandados. Vamos a comportarnos como profesionales y a detener a los culpables, no hay más historias. ¿Verdad, comisario?
—El teniente tiene razón —sentenció el mando de la Ertzaintza—.
No seremos hipócritas, esto es un marrón importante.
Ni a la Guardia Civil le apetece que vengamos a Cantabria a tocar las narices ni a nosotros que se inmiscuyan en nuestros asuntos en Euskadi.
Por el bien de todos, haremos de tripas corazón y trabajaremos de forma conjunta para llevar a buen puerto la investigación, para algo nos han enviado al asesor especial que supuestamente nos facilitará este tortuoso proceso.
Y quien tenga algún problema que hable con su responsable, ¿entendido?
Todos los presentes asintieron, unos con más entusiasmo que otros, mientras se escuchaban algunos murmullos de desaprobación. Si los mandos habían llegado a un acuerdo, con la connivencia de políticos y jueces, los oficiales investigadores no podían ser menos.
Los equipos formados trabajarían sobre la premisa de que ambos crímenes estaban relacionados y se dividiría el trabajo de la investigación conjunta.
A Koldo y a Milene les asignaron en principio el asesinato de la joven que apareció colgada de un puente en pleno centro de Bilbao.
Otros compañeros se quedarían en Santoña para asistir a la reunión que originalmente estaba programada para esa mañana, y así poder acelerar con las pesquisas relacionadas con los crímenes de La Ojerada.
Galarza se percató de que Rentería se dirigía hacia el comisario en compañía del subinspector Aguirre.
Los tres ertzainas departieron durante unos segundos y Orbea pareció claudicar para no poner de nuevo el foco en desavenencias dentro de la Ertzaintza justo cuando se encontraban en el interior de un cuartel de la Benemérita.
Al parecer, el inspector se había salido con la suya y se libraba de formar pareja con la guardia Ramos, endosándole ese privilegio a Aguirre mientras intercambiaban sus parejas de baile en la investigación.
—Vaya, parece que se han hecho cambios. Mi compañera Carmen se quedará aquí y me mantendrá informada dentro de sus competencias. Así conoceremos todos los detalles de ambos crímenes por si a los jefes les da por hacer de jefes, ya sabes —aseguró Milene.
Galarza asintió, rumiando lo sucedido desde que llegaron a Santoña.
Aguirre le informaría de lo que averiguaran sobre lo ocurrido en La Ojerada.
Ellos cuatro podrían formar perfectamente un equipo conjunto interno para estar al día de la investigación completa, algo fundamental si de verdad ambos delitos estaban relacionados.
Lo hablaría con Orbea, de ese modo todo estaría más compartimentado y podrían acelerar con las investigaciones paralelas.
Salieron entonces de nuevo al parking externo donde habían aparcado los vehículos al llegar a Santoña. Poco después montaba de nuevo en su coche, acompañado esta vez por la joven guardia civil, para regresar a Bilbao mucho antes de lo que pensaba.
—Allá vamos —dijo Milene—. No sé si seré capaz de indicarte bien para salir de aquí, soy novata en esta región. A malas, siempre nos quedará el navegador…
—No, tranquila, conozco la comarca. Eso sí, espero que vuestros amigos de Tráfico no me multen, porque no pienso respetar los límites de velocidad.
La joven cabo no pareció sorprenderse al saber que Koldo podría orientarse perfectamente en Santoña y alrededores. Pero sí quiso hacerle una puntualización adicional.
—Sería mucha casualidad que nos encontráramos con una patrulla de tráfico. Y si te llega una recetita a casa con la foto al saltarte algún radar, ya sabes.
—Eso me da igual, pero mejor me curo en salud —contestó Koldo antes de rebuscar debajo del salpicadero.
—Perfecto, pon el pirulo aunque ya no vayamos de incógnito. Eso sí, los tramos de la A8 en Vizcaya en los que hay que ir a ochenta kilómetros no son competencia nuestra.
—No te preocupes, eso es cosa mía. Dejémonos de cháchara y vamos para allá.