La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) El gato y el ratón #2
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El gato y el ratón #2

El subinspector tuvo un momento de déjà vu, esto ya lo había vivido.

El semblante del comisario se oscureció poco a poco y su gesto irascible no barruntaba nada bueno.

Galarza conocía el carácter volcánico de Orbea, que solo dejaba traslucir en ocasiones, y esa parecía ser una de ellas.

Le resultaba extraño que estallara en un ambiente que no les era natural, pero sabía que las presiones podían afectar a las personas de maneras impredecibles, incluso cuando intentaban mantener el control de sus emociones.

—¡Hostia puta, Otxoa! —escuchó decir a media voz al comisario mientras hablaba con su hombre de confianza—. ¿Y por qué coño nadie nos ha avisado?

Orbea se alejó de allí para no llamar la atención, por lo que ni Koldo ni nadie se enteró del resto de la conversación. La situación no había pasado tampoco desapercibida para los guardias civiles, que permanecían atentos a lo que ocurriera.

—Tenemos que suspender la reunión, teniente Gálvez —aseguró Orbea.

—¿Qué ocurre, comisario? —preguntó estupefacto el oficial de la Guardia Civil—. Si no es mucha indiscreción, claro.

—Ha surgido un tema urgente que requiere de toda nuestra atención. Si les parece bien, dejaré aquí a dos de mis hombres para que comiencen a organizar el operativo conjunto, el resto tenemos que regresar a Bilbao lo antes posible.

De repente comenzaron a vibrar varios teléfonos de los allí presentes, ya fueran por notificaciones de redes sociales, mensajes de WhatsApp o incluso llamadas.

Galarza se fijó en que los móviles de los ertzainas fueron los primeros en sonar, pero enseguida también sus anfitriones comenzaron a mirar sus terminales.

Hasta el asesor del ministerio pareció aturdido al revisar su teléfono, aquello no era normal.

Las caras de asombro de algunos compañeros y también de los miembros de la Guardia Civil le avisaron de que algo grave estaba sucediendo.

Koldo sacó también su teléfono, pero no vio ninguna notificación, por lo que se quedó aún más intrigado.

No sabía si estaba incumpliendo el protocolo, pero su curiosidad pudo más y preguntó en voz alta:

—¿Qué ocurre?

Milene se apiadó de él y se acercó con disimulo. Le enseñó entonces un vídeo sacado de un mensaje de Twitter en el que un usuario de esa red social había grabado lo que sucedía en los alrededores de la universidad de Deusto.

—¡Me cago en…! Joder, ¿qué demonios ha pasado?

A Koldo no le hizo falta saber que esas salidas de tono no serían muy bien vistas por su responsable en presencia de los guardias civiles y el antiguo inspector, por mucho que pudiera tratarse de una reacción espontánea difícil de controlar.

Y eso que, a su modo de ver, su exabrupto resultaba incluso comedido dadas las circunstancias.

No quiso enfrentarse directamente a la mirada del comisario, pero su pregunta demandaba algún tipo de respuesta para la que nadie estaba preparado en ese momento.

—Comisario, a nosotros también nos ha llegado la noticia —dijo Gálvez—. No sé si tendrá que ver con nuestro caso pero…

—Solo sé que ha aparecido el cadáver de una mujer en la pasarela peatonal de Pedro Arrupe, en plena ría del Nervión, y tenemos que ir para allá —le interrumpió Orbea—.

Los compañeros de la comisaría de Deusto ya están sobre el terreno antes de que nos hagamos cargo nosotros.

Es un asesinato que se ha producido en Bilbao, no tiene nada que ver con el asunto que nos ha traído hasta aquí.

En ese momento, el teniente Gálvez recibió una llamada en su teléfono que atendió con monosílabos. Hizo después un aparte con uno de sus hombres y le encargó algún cometido antes de continuar con la conversación general.

—Siento comunicarles que nosotros vamos a acompañarlos hasta Bilbao, la fallecida es una vecina de Santander y tengo orden de comandancia para personarnos también en este caso. Si tienen algún problema tendrán que hablar con sus superiores.

—Ustedes no tienen jurisdicción en Bilbao, teniente —replicó el comisario algo alterado—. Eso tendrá que ordenarlo un juez, ya lo saben. Lo siento, tenemos que marcharnos, no podemos perder más el tiempo.

—Disculpen, caballeros —intervino Bermejo en su papel de mediador, dirigiéndose a los dos responsables policiales—. Si les parece bien, vamos a hablar de este asunto tranquilamente en algún lugar más discreto, ¿de acuerdo?

El oficial de la Guardia Civil asintió y le pidió al comisario que le acompañara a su despacho, en compañía de Bermejo, mientras el resto de los allí presentes intentaban averiguar lo que había sucedido.

—¿Y cómo sabéis que la muerta es de Santander? —le preguntó Koldo a Milene.

—¿No lo has visto en Twitter? «Jesucrista» es trending topic .

—Lo siento, no tengo redes sociales y no ando muy puesto en Twitter. ¿Eso es lo de TT? Buff, reconozco que soy un poco analógico para estas cosas.

Koldo se percató del gesto de sorpresa de su interlocutora, mientras a su alrededor se seguían produciendo corrillos entre ertzainas y guardias civiles hablando del asunto.

—Ok, boomer . Sí, ha empezado como trending topic en Bilbao y Santander, pero ya lo es a nivel nacional.

Algún desalmado ha hecho fotografías y vídeos de la mujer colgada en el puente y se ha hecho viral al instante.

Al parecer, varios universitarios de Santander han identificado a la chica, e imagino que los compañeros de la Comandancia se han enterado y por eso han llamado al teniente.

—¡Joder! Menudo marrón nos ha caído. Supongo que este crimen tendrá alguna relación con el de La Ojerada, ¿verdad? —soltó el subinspector.

—Hombre, eso parece al primer vistazo. Los dos tienen muchas similitudes, sobre todo en cuanto a la recreación de escenas con los cuerpos. Nunca se sabe, habrá que investigarlo.

—Dos crímenes tan extraños, con esas puestas en escena tan particulares… No sé, me da mala espina. Además, han sido dos homicidios muy seguidos y cometidos en entornos cercanos.

—No debemos presuponer nada, pero podemos olvidarnos de trabajar con la calma que preveíamos.

La presión mediática será demencial a partir de ahora, seguro que las televisiones ya preparan sus especiales y envían a esos tertulianos tan avispados que te sirven igual para hablar de pandemias, volcanes, guerras o asesinatos rituales.

—¿Asesinato ritual? Me parece que te estás adelantando, no tenemos apenas datos.

—No sé si será algo ritual, pero esto no lo hace un zumbado cualquiera que quiera ganar notoriedad pública o jugar con las autoridades. Intentaré hablar después con mi capitán, seguro que Roncero tiene algo interesante que aportar sobre estos asesinatos tan extraños.

Koldo supo enseguida a quién se refería Milene, su inmediato superior en la UCO y leyenda en la Guardia Civil por la resolución de algunos de los casos más conocidos del panorama patrio durante los últimos años.

Tras su conversación de la noche anterior con la joven buscó algo de información y se topó con el nombre de Pablo Roncero.

Lo que no sabía era que fuera el inmediato superior de su nueva compañera.

Dentro del País Vasco, la Ertzaintza tenía las competencias para ese tipo de casos, pero en una investigación tan enrevesada quizá necesitaran contar con todos los medios a su alcance, incluidos los de la UCO.

El subinspector se quedó pensativo mientras valoraba las diferentes opciones.

Al principio no le agradó encontrarse con Milene, pero ya se había acostumbrado a la idea y le parecía bien formar parte de un operativo conjunto.

Daba la impresión de que ambos crímenes estaban relacionados de algún modo y los dos equipos investigadores tendrían que convivir en paz y armonía si querían solucionarlo.

¿A qué tipo de asesino se enfrentaban realmente?

Esas y otras preguntas se agolpaban en su mente mientras Milene reflexionaba también en voz alta.

—Espero que no sea un serial killer , mala pinta tiene todo esto. Nos van a crucificar en medios y redes sociales, será casi imposible trabajar sobre el terreno. ¿No habéis tenido hace poco un asesino en serie en Bilbao?

Koldo asintió. Milene se refería a los extraños sucesos ocurridos en la ciudad vizcaína durante los últimos meses, tras aparecer varios muertos de forma inexplicable, relacionados todos con el mismo hombre.

Al parecer, quedaba con sus víctimas a través de una aplicación de citas dirigida a la comunidad gay, les drogaba con éxtasis líquido y les intentaba sonsacar las claves de sus cuentas corrientes para robarles a continuación.

Al menos cuatro hombres fallecieron en circunstancias similares y se sospechaba de alguno más.

Fue un superviviente de semejantes prácticas el que alertó sobre el modus operandi del malhechor.

Se corrió la voz sobre la posible identificación del supuesto criminal, con retratos robot que saltaron a la opinión pública, y poco después se entregó ese hombre en la comisaría de Irún asegurando que colaboraría con las autoridades.

Un caso peculiar que todavía se seguía investigando dentro de la Ertzaintza, pero que llamaba demasiado la atención en un momento en el que volvían a encontrarse con otros homicidios fuera de lo común en una ciudad como Bilbao.

—No tiene nada que ver, o eso espero. Pero sí, demasiados asesinatos en la ciudad, me parece a mí. Y justo cuando me reincorporo a mi puesto, podía haber seguido de baja…

Koldo se dio cuenta enseguida de su desliz. Le había salido sin pensar, tal vez porque se encontraba a gusto en presencia de la chica y no tenía por qué ocultarlo, no era nada malo.

—¿Qué te ha ocurrido? Espero que no sea nada grave, si no es mucha indiscreción.

—Resulté herido en un operativo y luego se me complicó con otras historias —le contó Koldo, resumiendo mucho la situación—. Ya está olvidado, no te preocupes. Mira, ahí vienen los jefes, a ver qué han decidido.