El gato y el ratón
La oficina de la Policía Judicial de la Guardia Civil de Santoña hervía de actividad desde primera hora.
Esperaban la visita de sus invitados llegados del País Vasco, aún sin estar muy conformes de compartir investigación con la Ertzaintza.
Sin embargo, confiaban en que si colaboraban, podrían atrapar a los culpables antes de que la alarma social llegara a las calles.
Milene no había dormido demasiado bien. Ella tenía experiencia en casos importantes por su trabajo en la UCO, pero ahora no podría contar con el paraguas de Roncero, al menos presencialmente.
En Santoña era una extraña, una especie de infiltrada, aunque también podían considerarla como una de las más expertas en investigaciones de ese calado, por lo que se encontraba en una encrucijada complicada que esperaba poder solventar con eficacia.
Lo peor era que tendría que compartir su primer caso importante como protagonista con otro policía, en este caso de la Ertzaintza.
Peor aún, su compañero de pesquisas sería nada menos que Koldo Galarza, un mocetón con el que tuvo un rollo de una noche años atrás, sin tan siquiera imaginar que fuera un subinspector policial en Euskadi.
Así que los nervios le pasaron factura durante la noche y no pudo conciliar demasiado bien el sueño.
No se sentía fresca y despejada después de descansar, pero tendría que apañarse con un chute de cafeína para afrontar el día.
Y eso que los implicados en la investigación todavía ignoraban el giro que iba a dar el caso en apenas unos minutos.
Además, Milene contaba con su Pepito Grillo particular.
Su amiga Carmen, compañera de piso y de pesquisas durante esa investigación, seguía malmetiéndole desde que se enteró de su fugaz relación con el ertzaina.
También era mala suerte que le hubiera tocado justo con él en la disposición de los equipos de trabajo, pero le daba un poco igual si se iba a encontrar de todas maneras con Koldo durante todo el proceso.
Mejor tenerlo bien cerca para así controlar la situación, si es que no se les iba de las manos.
El teniente Gálvez, el jefe de la unidad de policía judicial de Santoña, reunió a todo el equipo minutos antes de que llegaran los visitantes.
El oficial la había recibido un poco de uñas al principio al venir impuesta desde Madrid, pero parecía que se había suavizado la situación, gracias sobre todo a su amistad con Carmen.
De hecho, no la excluía ni tenía en cuenta su particular estatus, incluyéndola en el grupo general para todo.
—Siento deciros que se une un componente extra a la partida, por si no éramos pocos en la ecuación.
Al parecer, han enviado a un asesor del Ministerio del Interior para asegurarse de que el operativo funciona.
Ya ha estado hablando en Erandio con los vascos y creo que ahora viene para acá, parece que pretende unirse a la función.
Se escucharon algunos murmullos en la sala, aunque nadie se atrevió a protestar en voz alta la notificación del teniente Gálvez.
Milene conocía la identidad del emisario enviado desde Madrid después de hablar con Koldo la noche anterior, pero prefirió permanecer en silencio.
Ni siquiera lo había comentado con Carmen, por lo que se hizo la sorprendida igual que los demás.
Y eso que al final recordó de qué le sonaba el nombre de Francisco Bermejo.
Se trataba de un conocido exinspector de policía de la UDEV, amigo personal de Roncero y protagonista a su pesar, junto a su mentor y jefe en la UCO, de algunas de las novelas más famosas de Miriam Monfort.
Tendría que comentarlo con Pablo en cuanto volviera a hablar con él.
—Pondremos toda la carne en el asador para demostrar a esta gente cómo trabajamos en la Guardia Civil. No queda más remedio que transigir con el acuerdo alcanzado, qué le vamos a hacer. Sabéis que no me hace maldita la gracia, pero esto lo vamos a sacar adelante. ¿Entendido?
Nadie levantó la voz y todos asintieron con gestos más o menos claros ante el oficial al mando.
—Estamos pendientes de los forenses y de los compañeros del SECRIM, pero vamos a seguir avanzando. Tendremos que trabajar con la gente de Bilbao y debe quedar claro que en nuestro territorio organizaremos nosotros las diferentes intervenciones —continuó el teniente.
—¿Contaremos con ayuda de la Comandancia? —preguntó el sargento Navarro.
—Sí, tranquilos, ya he hablado con el capitán Lozano.
El caso lo seguimos llevando nosotros, pero contamos con el apoyo de la policía judicial de Santander; los compañeros de Peña Castillo andan al quite.
Aparte de que aquí tenemos a la cabo Oliveira, de la UCO, por lo que espero que si necesitamos ayuda desde Madrid nos la presten también sin ningún problema, este caso es muy importante.
Además, todas las patrullas de seguridad ciudadana de la parte oriental de Cantabria están a nuestra disposición, así que los vamos a poner a trabajar también. Navarro, encárgate tú de organizarlo.
—Sí, mi teniente. Ya se tomó declaración a los vecinos más cercanos a La Ojerada por parte de los compañeros de Galizano, pero creo que debería acudir también uno de nuestros equipos y ampliar la búsqueda.
Habrá que ir casa por casa e interrogar a cualquiera que pudiera haber visto algo inusual durante esa noche o madrugada, cualquier pista puede ayudarnos después a encauzar la investigación.
—Estoy de acuerdo, sargento. Ahora concretaremos en la reunión conjunta los datos que tengan los ertzainas. Al parecer buscamos una furgoneta negra modelo Renault Traffic, que fue con la que secuestraron a las víctimas en pleno Bilbao según tengo entendido.
—Ok, habrá que buscar también posibles imágenes capturadas durante el trayecto de ese cabrón hasta La Ojerada.
No tenemos muchas cámaras de tráfico por la zona, pero si el asesino no conoce bien la comarca y se le ha ocurrido atravesar Ajo por su calle principal, quizá le haya captado alguna cámara de comercios o bancos que haya por allí.
—Perfecto, así vamos avanzando sin adelantar acontecimientos.
El tipo que secuestró a las víctimas no tiene por qué ser el mismo que los mató, ni el que depositó los cuerpos en la cueva.
Tampoco sabemos si utilizó en Cantabria el mismo vehículo con el que le vieron en Bilbao, de momento solo tenemos suposiciones.
—También es verdad, no hay que dar nada por supuesto. Bueno, ¡a trabajar!
El sargento Navarro dio por finalizada esa primera toma de contacto antes de la reunión principal, a la que acudiría todo el operativo tanto de la Benemérita como de la Ertzaintza, aparte del nuevo invitado especial.
Milene y el resto de los compañeros habían asistido con respeto y en completo silencio al particular duelo dialéctico entre el teniente y el sargento, los dos máximos oficiales de aquel acuartelamiento, pero a partir de ese momento tendrían que plantear cualquier duda o cuestión que se les ocurriera ante un caso de tal envergadura y con tantas vertientes por clasificar.
Poco antes de la hora acordada llegaron todos los miembros de la policía autonómica vasca, vestidos de paisano y en vehículos no identificables para pasar desapercibidos fuera de su jurisdicción.
Milene imaginó que no habría sido fácil llegar a un consenso ni poner de acuerdo a tantas partes implicadas en un caso que podría estallarles en plena cara si no lo solucionaban a la mayor brevedad.
Se fijó en un hombre trajeado que le sonaba mucho.
Entonces cayó en la cuenta. Se trataba de Francisco Bermejo, el famoso exinspector de la UDEV, amigo personal de Roncero, con el que su jefe había compartido más de una aventura policial en el pasado.
Se lo comentaría a sus superiores en cuanto pudiera, tanto al capitán como al coronel Antúnez.
De todas maneras, la cabo Oliveira tenía otras preocupaciones a esas horas, por lo que intentó poner su mejor cara de póker al coincidir con la comitiva llegada desde Bilbao.
Ni Koldo ni ella dieron pistas de que ya se conocieran antes de aquella misión a la hora de los saludos protocolarios.
Ambos habían hablado del tema con sus compañeros y temía por las filtraciones.
Carmen le aseguró a Milene que por su lado no habría problema y sería una tumba, pero la joven madrileña no lo tenía tan claro por la parte que correspondía a los ertzainas.
Ella solo quería trabajar, solucionar el caso y detener a los culpables, nada más.
El teniente Gálvez acompañó a todo el séquito a la sala más grande de la que disponían en el edificio para poder llevar a cabo la reunión.
Pero esta se torció antes siquiera de comenzar.
El secretismo con el que llevaban la desaparición y muerte de los dos familiares de Labarrieta se iba a ir al garete por culpa de otro hecho inusual del que todavía no tenían conocimiento.
Y si ya de por sí el caso podía llegar a ser mediático, todavía no eran conscientes de lo que se iba a convertir a partir de ese momento.
El mismísimo comisario encabezaba la comitiva vasca en Santoña. Orbea no pensaba trabajar sobre el terreno, solo quería dejar claro que no estaban de visita e iban a ser parte activa del proceso. Koldo notó un gesto de extrañeza en su jefe y se apartó a un lado para dejarle espacio.
—Disculpen un momento, por favor —dijo Orbea antes de entrar a la sala de reuniones—. Tengo que atender una llamada urgente.