La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) Un amanecer para olvidar
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Un amanecer para olvidar

La bruma matinal pronto desaparecería, con la promesa de un sol resplandeciente durante el resto de la jornada.

Por lo menos eso aseguraron en el Teleberri la noche anterior, aunque Ainara no confiaba demasiado en los meteorólogos de la ETB.

Conocía a la perfección las peculiaridades del clima en Bilbao, un lugar en el que podía concentrarse en la misma jornada desde el calor bochornoso más extremo hasta un viento huracanado por culpa de la galerna del Cantábrico que hacía descender las temperaturas de golpe.

Sin mencionar la lluvia intermitente, las nubes y claros o los aguaceros que te calaban en segundos.

Tenía una reunión importante esa misma tarde y hasta entonces solo quería relajarse y hacer ejercicio.

Se despertó temprano con la idea de la reunión vespertina en la mente, así que decidió ponerse ropa deportiva y fue a buscar a la lonja que alquilaba en una de las estrechas calles del Casco Viejo la piragua que guardaba para ejercitarse en la ría.

Sacar la embarcación a pie de calle era mucho más sencillo que haberla intentado bajar por las angostas escaleras de su bloque.

Salió sobre las seis de la mañana de su domicilio y, después de recoger la piragua, cruzó el puente del Arenal y se dirigió al paseo de Uribitarte.

Accedió a la ría del Nervión desde el pantalán flotante que las escuelas de remo solían dejar libre al amanecer.

La marea estaba subiendo y la corriente a favor la empujaba suavemente, facilitándole el ritmo.

Comenzó su travesía al lado del puente del Ayuntamiento y siguió su camino en dirección al mar.

Pronto dejó atrás el Zubizuri, el polémico puente diseñado por Santiago Calatrava que había provocado tantos problemas después de su inauguración.

«¿A quién se le ocurriría construir un puente con el suelo de cristal en una ciudad tan húmeda como Bilbao?

», pensó Ainara. Normal que la gente patinara en un pavimento resbaladizo que provocaba múltiples caídas, con consecuencias graves en muchas ocasiones.

Al final, el Ayuntamiento tuvo que colocar alfombras antideslizantes encima del cristal para evitar caídas, pero el arquitecto demandó a la institución pública por modificar su diseño original.

Se acercó en pocos minutos al puente de La Salve, con su característico arco rojo, uno de sus sitios preferidos en la ciudad.

Se adentró entonces en uno de los lugares más visitados y fotografiados de Bilbao, con el puente en primer plano, el Museo Guggenheim justo detrás y al fondo la torre de la compañía eléctrica. Aceleró el ritmo y siguió su camino.

No quiso distraerse con las imágenes de postal, mientras la bruma se disipaba y el sol aparecía por el horizonte.

Se concentró en su respiración y en el movimiento acompasado de sus paladas a izquierda y derecha para mantener un ritmo constante y ahorrar energías.

Entonces levantó la vista y divisó algo extraño en lontananza.

Ainara tenía miopía, pero no le gustaba utilizar sus gafas para ver de lejos y menos al hacer deporte.

Creyó distinguir algo colgado de la pasarela Pedro Arrupe e imaginó que sería alguna pancarta reivindicativa de los estudiantes.

Hasta que la piragua no se acercó hasta la curiosa pasarela que unía Abandoibarra con la avenida de las Universidades, una construcción muy visual en forma de libélula, fabricada con madera y tratada para evitar los posibles deslizamientos con lluvia, no se percató de la realidad.

La joven no podía dar crédito a lo que le mostraban sus ojos.

Paró en sus acometidas con la pala sobre el agua del Nervión y se dejó llevar por la inercia hasta situarse justo debajo de la pasarela.

Al no haber alcanzado aún la pleamar, el nivel del agua quedaba todavía lejos de la estructura de madera, obligándola a forzar el cuello para mirar hacia arriba. Aquello no podía ser real.

Recortada contra el cielo azul pálido de junio, la figura parecía flotar en el aire.

Ainara se había topado con algo indescriptible que la dejó sin palabras.

Desde su posición, unos pocos metros por debajo, podía distinguir a la perfección los rasgos de una joven rubia y hermosa cuyo cuerpo totalmente desnudo colgaba de la estructura en una especie de crucifixión simulada, sostenida por cuerdas y poleas, con los brazos extendidos en cruz.

Una mártir sin vida, cuya cabeza ligeramente ladeada a la derecha, miraba en dirección al Guggenheim.

El pánico la atenazó. Miró en derredor buscando a alguien en la orilla, hasta que distinguió a un corredor que se acercaba trotando por la parte de Deusto.

—¡Por favor, ayuda! —gritó desesperada para llamar la atención del deportista.

Hizo gestos con los brazos mientras intentaba que el runner la viera desde la margen derecha, aunque no hizo falta.

El corredor se paró también en seco unos metros más allá y se tapó la boca al ver el atroz panorama.

Ainara pensó que ni siquiera la había visto a ella en medio de la ría, quizá impactado por la escalofriante escena.

Al menos vio al chico sacar su móvil, esperaba que dispuesto a llamar a Emergencias para avisar del hallazgo.

Una imagen que atormentaría a Ainara en sus pesadillas de por vida, después de quedarse en shock al comprobar en directo la maldad del ser humano.

Una visión horrible y perturbadora que cambiaría para siempre el destino de la ciudad.

Un Bilbao que despertaría entonces sumido en el caos, ya que la barbarie comenzaría a hacerse hueco en las conversaciones diarias de unos ciudadanos que hasta entonces vivían sin miedo.

Ainara suspiró y remó con fuerzas flaqueantes hacia el pantalán flotante de la orilla de Deusto, el único lugar donde sus manos temblorosas podrían asegurar la piragua para saltar a tierra firme, sabiendo que su terrible día no había hecho más que comenzar.

El asesino sabía que, tras la correcta identificación de su nueva víctima, las autoridades se adentrarían en un mar de dudas.

Sobre todo si pretendían relacionarla con lo ocurrido en La Ojerada.

No parecía ser hija ni familiar de ningún capitoste, se trataba de una simple estudiante de Económicas que vivía en Santander, o eso supondrían en primera instancia.

Ya se sabe que a veces las apariencias engañan.

El completo dosier sobre la chica contaba con información de todo tipo: domicilio, lugar de estudio, sus horarios, aficiones y algún que otro detalle.

Su familia vivía en Aguilar de Campoo y no eran precisamente ricos ni poderosos.

Y, sin embargo, la joven estudiaba un doble grado en la Universidad Europea del Atlántico, una institución privada muy reconocida en la región, y vivía en un espacioso piso en Valdenoja, una de las mejores zonas de Santander.

Seguro que los investigadores se preguntarían de dónde sacaba el dinero la muchacha para llevar ese tren de vida, pero ese no era su problema.

Solo tenía que controlar sus rutinas y buscar el momento más adecuado para llevar a cabo sus planes.

La joven salía a correr todas las tardes a última hora entre el parque y playa de Mataleñas y el faro del Cabo Mayor, en un circuito rompe piernas en el que daba más de una vuelta a buen ritmo.

El atacante la siguió en su coche y aparcó cerca del camping de Cabo Mayor, en un estacionamiento al aire libre, debajo de los árboles.

Un lugar con poca luz, frondoso y solitario a esas horas de la noche, que le serviría para sus propósitos.

En la siguiente vuelta, cuando la corredora pasó cerca de su ubicación, la abordó sin miramientos.

Se chocó con ella adrede y ambos cayeron al suelo.

La chica despotricó contra el desconocido mientras se intentaba incorporar, pero su atacante no le dio opción.

La redujo con una inyección narcótica y dejó a la víctima fuera de combate.

La llevó entonces hasta su coche y la introdujo en el maletero antes de que alguien les viera.

Salió de allí con las pulsaciones a mil por hora, por lo que intentó tranquilizarse para no cometer ningún error.

Condujo con precaución para salir de la ciudad y se dirigió hacia la nave solitaria dispuesta de antemano para llevar a cabo sus macabros planes, a escasas horas de que el cuerpo exánime de su víctima apareciera colgado en el centro de Bilbao.