Una verdad incómoda
Tras una jornada maratoniana, Milene y su compañera de piso temporal, la guardia Ramos, se habían retirado a descansar al domicilio de la sevillana.
El teniente Gálvez también las puso al tanto sobre lo sucedido entre bambalinas, con las conversaciones de alto nivel en las que él tampoco había podido intervenir mucho.
—Menos mal que Gálvez es perro viejo y el capitán Lozano también —aseguró Ramos, que conocía a sus mandos desde hacía tiempo—. Si nos descuidamos se lo llevan todo los vasquitos y nos dejan con la miel en los labios.
—Ya, pero al final tendremos que trabajar con ellos, menuda mierda —contestó Milene.
—Sí, pero tú no puedes quejarte. A mí me ha tocado con el tipo ese que parece medio empanado; y encima es inspector, un tal Rentería. Tú trabajarás con el buen mozo, ¿no? Ya me dirás de qué conoces a Galarza, parece que se ha sorprendido mucho al verte.
—Sí, bueno, ya te contaré. Es una larga historia y tenemos que descansar. Mañana hemos quedado a las siete y media de la mañana todos los equipos en el cuartel, habrá que ponerse las pilas. ¿Se sabe algo del SECRIM o de los forenses?
—No te escaquees, guapa, no cuela. Luego me lo cuentas con pelos y señales, que seguro que hay más tomate del que parece. Y no, de momento no sabemos nada del servicio de criminalística ni de los forenses, y eso que tenemos alguna ventaja en ese sentido.
—¿A qué te refieres?
—Pues que el teniente Gálvez tiene hilo directo con los del SECRIM y nos informarán en breve, no van a hablar primero con la Ertzaintza.
Y la forense principal del Instituto de Medicina Legal de Santander, la doctora Elena Torres, es amiga personal de Gálvez.
Creo que sus familias se conocen o algo así, por lo que tendremos enseguida los informes periciales.
—A ver si es verdad, Carmen. Oye, ¿por qué me miras así?
—¿Me lo cuentas ya o te voy a tener que torturar?
—Mira que eres pesada…
A Milene no le quedó otro remedio que claudicar y contarle a su compañera lo que había sucedido.
No sabía si darle demasiados detalles o suavizar la historia, eso dependería de cómo se desarrollara la conversación.
Lo primero que tendría que hacer sería centrarse y evocar aquel fin de semana ya casi olvidado, en junio de 2019, cuando se le ocurrió hacer caso a Miriam Monfort.
Y es que al final la escritora y su pareja, el por aquel entonces teniente de la Guardia Civil Pablo Roncero, tenían mucha culpa de los problemas en los que se había metido.
Roncero iba a participar en una charla en el Festival de Novela Policial Bruma Negra, que se celebraba en la localidad vizcaína de Plentzia desde hacía años.
Como mando de la UCO le invitaron para hablar sobre el trabajo de la policía judicial en la investigación criminal.
Y como Miriam también participaría en un debate sobre novela negra con otros escritores del género, la periodista convenció a Milene para que les acompañara durante ese fin de semana en la costa vasca.
—Ya verás, Plentzia y Gorliz tienen una playa espectacular, nosotros ya hemos estado alguna vez. Llévate el biquini y esperemos que haga buen tiempo, que en el norte nunca se sabe. A ver si podemos darnos un bañito y disfrutar del sol entre charla y charla.
Milene casi podía recordar las palabras exactas de su amiga Miriam, aunque al final el fin de semana transcurrió de manera muy diferente.
El viernes por la tarde asistieron a la interesante charla de Roncero sobre el trabajo de la UCO, algo que resultó muy útil para una guardia civil recién entrada en la unidad de élite de la Benemérita.
Y como todos habían llegado al mediodía desde Madrid, decidieron retirarse temprano para descansar del viaje.
Las charlas del sábado por la mañana no les interesaban demasiado y tras salir el sol decidieron aprovecharlo para ir a la playa, un inmenso arenal al que acudieron otras muchas personas con la misma idea en un verano recién comenzado.
Por la tarde asistió a la charla de Miriam y luego decidieron ir a cenar con otros participantes del festival.
—La noche nos confundió, Carmen, no sé si me explico. Miriam y Roncero se fueron pronto para el hotel, pero yo había hecho migas con un grupito de gente de Bilbao y nos quedamos por allí de copas. En qué maldita hora…
En el grupo se encontraba Koldo, un chicarrón del norte que participaba también en el festival como autor de uno de los relatos presentados a concurso. De los zuritos pasaron al kalimotxo y de ahí a los katxis de ron, sin que Milene pudiera seguirles el ritmo.
—Esta gente bebe como cosacos, no te lo puedes imaginar. Y yo me piqué y al final tuve que rendirme. Una cosa llevó a la otra y…
—¡No me jodas! ¿En serio?
Milene asintió a su pesar, sin querer dar demasiados detalles.
Acabó enrollada con Koldo en un bareto cutre justo antes de que cerraran el establecimiento y los echaran a la calle.
El grupito se había ido disolviendo y allí quedaban solo ellos dos.
La parejita se encontraba muy a gusto y decidieron caminar hasta la playa para ver si se les pasaba un poco la cogorza.
—Cuando me quise dar cuenta estábamos otra vez comiéndonos los morros, el capullo besaba muy bien y yo no protesté.
Nos estábamos calentando demasiado y le insinué lo de irnos a la playa a montárnoslo.
Hacía bastante fresco y no era plan que nos detuvieran por escándalo público.
Así que Koldo me llevó hasta su coche y lo condujo hasta un lugar apartado.
—¡Joder, tía! ¿Te has tirado al ertzaina? ¡La madre que te parió!
—Bueno, visto así…
Los recuerdos de ese encuentro se desbloquearon entonces en la memoria de Milene, pudiendo evocarlos casi como si hubieran sucedido la noche anterior.
Distinguió perfectamente el vehículo, una berlina de tipo medio de color azul, y evocó la incomodidad de los asientos delanteros, entre palancas de freno de mano, cinturones y demás.
Al final salieron del coche por las puertas delanteras, entraron de nuevo por las traseras y dieron rienda suelta a su pasión.
—Tampoco me acuerdo mucho, la verdad, iba todavía un poco pedo. No fue un polvo memorable, pero tampoco estuvo tan mal, o eso creo.
—Ya veo… Y si te he visto no me acuerdo, ¿verdad?
—Vale, vamos a dejar el temita, Carmen.
—No, lo digo porque el muchacho pareció bastante sorprendido al saber que eras guardia civil. Y lo mismo digo en tu caso al averiguar que él es un ertzaina.
—Ya, bueno… Es lo que hay, ahora tendremos que ser profesionales y amoldarnos a las circunstancias. Al principio nos costará un poco, no lo voy a negar. Y seguro que nos da un poco de corte, ya sabes. Pero en cuanto entremos en faena se nos olvidará.
—Más nos vale. Y ni se te ocurra volver a liarte con él, tía, que tenemos una movida gorda entre manos. ¿Qué opinas sobre la disposición de los cadáveres en la cueva?
Las dos guardias civiles continuaron hablando del tema por un rato, pero Milene tenía la cabeza en otra parte.
Había soltado una mentirijilla a su amiga, ya que no estaba del todo segura de cómo sería trabajar mano a mano con Koldo.
Sí, había tenido un rollo de una noche con él hacía tres años, pero ahora se encontraban allí los dos e iban a tener que compartir su día a día.
Solo esperaba que la situación no se complicara aún más.
Decidió despedirse de Carmen y retirarse a descansar.
Les habían facilitado los teléfonos de los operativos de la Ertzaintza y pensó en hacerle una breve llamada a Koldo para ponerse un poco al día, por lo menos en el tema de la investigación.
Ya tendrían tiempo de tratar los asuntos personales, si es que alguno de los dos se atrevía y no lo obviaban directamente por el bien de la misión.
—Buenas noches, Koldo, soy Milene. Espero pillarte bien a estas horas.
—Sí, tranquila. Yo pensé también en llamarte, pero no quería molestar. ¿Quieres comentar algo en concreto?
Milene se retiró un segundo el teléfono de la cara y cogió aire.
Afortunadamente solo estaban hablando de la forma tradicional, nada de videollamadas.
De todos modos tuvo que reconocer que la voz de Koldo a través de la línea le resultaba muy agradable.
Decidió soltarlo antes de que se arrepintiera y de ese modo poder afrontar lo que de verdad importaba.
—Perdona, no sé si querías hablar de lo que pasó entre nosotros. Yo, la verdad, es que…
—Nada, no te preocupes. Nos divertimos, lo pasamos bien y ya está, no hay que hacer ningún drama. Me hubiera gustado llamarte algún día o mandarte un mensaje, pero creo que perdí tu número o tal vez no nos los intercambiamos, no estoy seguro.
—Sí, somos un desastre —respondió Milene más tranquila—. Además, ya sabes, con la distancia de Madrid a Bilbao hubiera sido complicado volver a vernos.
—Claro, claro. Bueno, imagino que ahora vivirás más cerca si estás con la judicial de Santoña. ¿Te han trasladado desde la capital del reino?
—Sí, pero no, la verdad es que es un poco más complicado que todo eso —contestó ella antes de explicarle someramente su situación real como investigadora de la UCO.
—Lo cierto es que no tenía ni idea, ahora sí que me has sorprendido del todo —respondió Koldo.
A Milene le pareció escuchar un tono de disgusto en la voz del ertzaina, aunque igual eran solo figuraciones suyas—.
No sabía que formabas parte de la élite de la Benemérita en Madrid, nada más y nada menos.
—Venga, menos cachondeo, vamos a lo nuestro. Hablemos del caso, será más interesante. Creo que os habéis reunido con Labarrieta, ¿me equivoco?
—Vaya, las noticias vuelan, y eso que no ha sido una conversación muy divertida. Muy bien, te lo cuento y tú me hablas del informe preliminar del forense o la científica.
—Hombre, no sé yo…
— Quid pro quo , Clarice —soltó entonces Koldo, parafraseando al doctor Hannibal Lecter.