El mal menor
Las últimas horas fueron frenéticas en la comisaría de Erandio.
Koldo y sus compañeros no estuvieron presentes en esas reuniones al más alto nivel, en las que Orbea se esforzó para intentar que la Ertzaintza llevara la voz cantante en un caso tan mediático.
La reunión posterior entre los oficiales seleccionados fue también algo tensa, por lo que el comisario les instó a ceder si no querían verse relegados en una investigación que ya había comenzado con mal pie.
Y encima se unió un integrante nuevo a la partida, un asesor especial llegado esa tarde desde Madrid, enviado por el mismísimo secretario de Estado de Seguridad.
Las altas instancias del Estado querían conocer de primera mano los avances del caso y les colocaban de tapadillo a un hombre que fiscalizaría sus acciones.
Algo que no pareció gustarle demasiado al comisario cuando se lo presentó al resto del equipo.
—Desde el Ministerio del Interior nos envían a un hombre con gran experiencia que nos ayudará a lidiar con el caos que se puede organizar al montar el operativo junto a la Guardia Civil.
Os presento a Francisco Bermejo, antiguo inspector de la UDEV, y ahora asesor especial de seguridad.
Coincidimos en el pasado en una operación conjunta y puedo dar fe de su excelente trabajo policial, esperemos que el traje de político le siente igual de bien.
—Buenas tardes a todos —saludó el recién llegado, obviando la pullita—.
Como bien dice el comisario, yo solo soy un asesor externo, no pretendo inmiscuirme en vuestro trabajo ni ponerle trabas.
Al contrario, por mi experiencia en otros operativos conjuntos con la Guardia Civil, incluida la famosa UCO del coronel Antúnez, creo que os podré echar una mano.
Sigo teniendo alma de policía y no estoy muy a gusto como asesor político, creo que se me nota, pero tirad de mí para cualquier cuestión técnica si lo necesitáis.
Lamentablemente, también me ha tocado lidiar con psicópatas de todo tipo a lo largo de mi carrera, por lo que tal vez una visión externa os sirva de provecho.
Mientras tanto, intentaré templar los ánimos para que no os toquen mucho las narices desde Madrid.
Ya me ha puesto el comisario al día de todas las novedades, así que espero ser de ayuda. ¿Alguna pregunta?
Se escuchó un runrún en la sala, pero nadie se atrevió a intervenir.
Por las caras de los compañeros, Koldo supuso que les hacía la misma poca gracia que a él y al comisario la llegada de un asesor desde Madrid.
Si ya les tocaba las narices aguantar a los picoletos en un caso semejante, tener encima a una niñera de ese calibre podría enquistar las cosas aún más.
A Galarza, en un principio, no le sentó demasiado bien la presencia de un antiguo inspector de policía en su comisaría, pero debía reconocer que Bermejo había hecho un acto de presentación a la altura, sin echarse a nadie encima e intentando facilitar las cosas, en una situación que no era agradable para nadie.
Entendía que él era un mandado, como todos los demás, aunque su posición como asesor del secretario de Estado fuera bastante diferente.
No conocía lo suficiente al emisario ministerial para hacerse una composición de lugar, pero seguro que tendría tiempo de tratarlo más a fondo a lo largo de la investigación.
Le sonaba el nombre de Francisco Bermejo, pero en ese momento Koldo no lograba ubicarlo.
El antiguo inspector parecía de vuelta de todo después de tantos años de servicio, solo esperaba que de verdad facilitara las cosas y no les pusieran más palos en las ruedas desde Madrid, inmiscuyéndose en cada paso que daban.
Bastante complicado era ya de por sí el caso para aguantar injerencias políticas de ninguna clase, aunque vinieran camufladas en forma de misión técnica de apoyo.
Galarza se dejó de elucubraciones y permaneció atento a las siguientes palabras del comisario. Orbea tenía algo importante que contarles, la presencia de Bermejo lo único que había hecho era retrasar la información que iba a compartir con el equipo.
—De acuerdo, todo aclarado. De momento seguimos trabajando igual, Bermejo solo está aquí de oyente, como si dijéramos. Ya concretaremos nosotros más tarde su posible implicación en la causa. Ahora viene lo bueno, voy a comentaros cómo está el caso a estas horas de la tarde.
Se acallaron los murmullos y las conversaciones que tenían lugar en la sala tras la presentación de Bermejo. Todos querían conocer los detalles de lo que había sucedido en las últimas horas en torno a un caso que prometía complicaciones futuras.
—Veamos, ya me lo temía, pero se ha confirmado con el paso de las horas —comenzó diciendo el comisario—.
El juez Pedraza no da su brazo a torcer.
Afirma que ya ha comenzado la instrucción desde el juzgado número 2 de Santoña y que nos apañemos entre nosotros.
Y que para actuar fuera de Euskadi necesitamos autorización judicial.
Han tenido que hablar nuestros mandos, los consejeros de Interior de Cantabria y el País Vasco, y no sé si hasta la cúpula judicial de este país —aseguró Orbea.
—De ahí mi presencia aquí —intervino Bermejo—. Tengo contactos en las altas instancias, incluida la judicatura. Intentaré suavizar los términos y facilitar los diferentes pasos para que todo vaya como la seda.
Un murmullo se propagó entre el grupo de ertzainas allí reunidos, nadie parecía contento en aquella sala.
—No es por hacer de menos a nuestro invitado, pero no creo que sea tan fácil —replicó Orbea—.
Este caso va más allá y tiene muchas connotaciones políticas.
Y desde Madrid se observará con lupa todo lo que suceda aquí, por mucho que Bermejo nos lo quiera pintar de color de rosa.
No te ofendas, Paco, no tengo nada en tu contra.
—Imagino, comisario. A mí tampoco me hace ni pizca de gracia estar aquí, no os voy a engañar.
Cumplo órdenes de mi jefe, el secretario Mardones, y yo solo intentaré facilitar las cosas, nada más.
Vamos a tomárnoslo con calma y procurar que el caso avance para que los políticos se queden tranquilos con nuestro trabajo —aseguró el asesor especial—.
Por cierto, prefiero que nos tuteemos entre todos si estáis de acuerdo.
Yo soy Paco o Bermejo, como os venga mejor.
Estamos todos en el mismo barco, eso os lo prometo.
Además, tendré la misma conversación con nuestros amigos de la Benemérita, así que no os preocupéis por injerencias externas.
—Ojalá fuera tan fácil, Paco —replicó Orbea—. Sabes tan bien como yo que los que mandan no pueden permitir que la investigación policial hunda las acciones del BIB en bolsa y se monte la de Dios con el Ibex y la madre que los parió.
—¿Y entonces? —preguntó Otxoa.
El comisario se tomó su tiempo para responder a su subordinado y Galarza supuso que se avecinaba algo que no les iba a gustar lo más mínimo.
—A ver, no me saltéis al cuello, al final yo también soy un mandado.
Independientemente de la presencia aquí de Bermejo, que para nosotros debería ser transparente, os voy a comentar cómo vamos a proceder a partir de ahora —comenzó diciendo Orbea ante una expectación cada vez más grande entre los allí reunidos—.
Hemos acordado que la instrucción del caso se llevará desde Santoña y participará la Unidad de Policía Judicial de la Guardia Civil allí destinada, con la supervisión de la Comandancia de Santander y nuestra propia unidad de investigación.
Formaremos cuatro equipos conjuntos que elevarán sus informes previos al juez, y luego que cada integrante reporte a su jefe más inmediato.
—¿Equipos conjuntos? No me jodas, Orbea, no querrás decir que…
El inspector Rentería expresó en voz alta lo que pensaban la mayoría de los allí presentes. Si el caso ya era de por sí difícil, tanta burocracia lo iba a convertir en imposible de solucionar.
—Efectivamente, muchachos, lo que imagináis. Hemos formado cuatro parejas bien avenidas entre un picoleto y un ertzaina, y no hay más que hablar. Son lentejas, ya sabéis.
—A mí no me miréis —respondió Bermejo alzando las manos en señal de rendición—. Todo esto ya estaba decidido antes de que yo llegara aquí, no tengo nada que ver.
Koldo frunció el ceño al enterarse, aventurando la estocada final que todavía faltaba.
—Hemos quedado mañana a primera hora en Santoña para una primera toma de contacto —confirmó el comisario—.
Me consta que allí no han perdido el tiempo y ya están investigando, el juez Pedraza es un poco tocapelotas y quiere resultados inmediatos.
El SECRIM procesó el escenario tras la primera inspección ocular y también han metido prisa a los forenses de Santander para acelerar los trámites de las autopsias.
Koldo imaginaba que no sería tampoco sencillo encontrarse en la piel del comisario, en medio de una trifulca política y jurisdiccional de tal calibre.
Las presiones serían brutales y los medios se les echarían encima en cuanto se enteraran.
Al parecer, no se había filtrado nada a la prensa de momento y el juez había decretado el secreto del sumario, pero los periodistas tenían ojos y oídos entre los empleados de los juzgados o incluso, a veces, obtenían chivatazos de los mismos investigadores.
—Veamos, tengo por aquí los nombres de vuestros nuevos compañeros, por si queréis darles un toque para un primer contacto antes de la reunión de mañana.
A ver, estas serán las nuevas parejitas: a Rentería le ha tocado con la guardia Ramos; el subinspector Aguirre irá con el guardia Merino; Arretxe con el sargento Navarro y Galarza con la cabo Oliveira.
—¡No me jodas! —exclamó Rentería—. No pienso trabajar con una picoleta, bastante mierda vamos a tragar ya como para encima destetar a una niñata y después enseñarle el oficio.
Koldo pensó que la ignorancia siempre había sido muy atrevida y que un tipo como Rentería, que nunca se había caracterizado por ser el Sherlock Holmes de la oficina, se las diera ahora de listo ponía de manifiesto que aquella operación conjunta no comenzaba con muy buen pie.
Por no hablar de que a él tampoco le entusiasmaba su pareja de baile, por lo menos a nivel profesional.
Conocía a Milene Oliveira en otros sentidos más bíblicos y no creía que pudieran funcionar como grupo de trabajo policial.
De momento debía callarse y no compartir dicha información con nadie si no quería que le apartaran del caso.
—Tú harás lo que se te mande, Rentería, para eso es una orden directa —saltó Orbea mientras Bermejo contemplaba la escena sin intervenir—.
Y si no, tienes dos opciones: o te meto un paquete, investigación interna y suspensión de empleo y sueldo, o entregas placa y pistola y te vas a la puta calle.
Tú verás, es muy sencillito de entender.
El inspector agachó las orejas y no le replicó a su responsable directo. Koldo sintió entonces un ligero golpe en las costillas y su amigo Aguirre le soltó una de las suyas al oído.
—¡Qué suerte tienen algunos! Menuda compañía te has buscado, ¿eh?
—Cállate, Aguirre, tengamos la fiesta en paz —le cortó de raíz Galarza.
Se formó un pequeño guirigay cuando todos se pusieron a hablar a la vez sobre una operación tan compleja. El comisario levantó la mano y les pidió unos segundos más de calma.
—Los herederos del Duque de Ahumada son muy majos y ya nos han encomendado la primera misión.
Tenemos que hablar con Labarrieta para contarle lo que sabemos.
Os recuerdo que se largó de aquí hecho un basilisco porque su exsuegra y su hijo habían desaparecido.
No me quiero ni imaginar lo que ocurrirá cuando sepa que han muerto, asesinados por algún demente.
Tranquilos, que yo me comeré ese marrón, pero alguien tiene que acompañarme, aparte de nuestro ilustre visitante.
Koldo se ofreció voluntario y Rentería refunfuñó tras escucharle. Tendría que ser parte de la comitiva para no ser menos que el suboficial recién reincorporado a la comisaría y acompañar al jefe en su áspera misión. Una visita nada fácil que no deberían postergar.
—Vámonos entonces para allá. He llamado a Labarrieta y me ha asegurado que nos espera en su despacho oficial en el edificio principal del BIB, el que está en plena Gran Vía.
La caza del hombre estaba a punto de comenzar, aunque los investigadores de la Ertzaintza partieran con franca desventaja con respecto a sus colegas de la Benemérita.