La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) Comienza la caza
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Comienza la caza

La reunión con Labarrieta fue muy tensa, a pesar de que el banquero ignoraba las últimas noticias sobre sus familiares.

En cuanto el consejero delegado del BIB y su séquito abandonaron las instalaciones policiales de Erandio, el comisario Orbea convocó a una reunión interna urgente a todas las personas que consideró que debían estar al tanto de lo sucedido.

—Siento tener que deciros que estamos de mierda hasta el cuello. Sí, yo soy el último responsable y como cargo más político que policial seré el primero en acabar guillotinado. Pero me llevaré a unos cuantos por delante antes de caer si no solucionamos esto entre todos.

—Pero ¿qué ha pasado, jefe? —se atrevió a preguntar el veterano agente Iñaki Martínez.

Otxoa miró al comisario y este asintió con un gesto inequívoco. El hombre de confianza de Orbea detalló la conversación mantenida con la Guardia Civil de Santoña.

—Joder, menudo marrón —aseguró Martínez—. Son ciudadanos de Euskadi, pero sus cuerpos aparecen en Cantabria. Habrá que inhibirse en favor de la Guardia Civil, ¿no?

—Ni por asomo, Iñaki —aseguró Orbea—. He hablado con los mandos y están apretando las tuercas a los políticos.

No quisiera tener que montar un operativo conjunto con la Guardia Civil, pero igual no nos queda otra.

Secuestraron a las víctimas en Bilbao, vete a saber dónde murieron realmente, y depositaron sus cadáveres en un sitio turístico de Cantabria con una extraña puesta en escena.

Hay que controlar este tema antes de que se nos vaya de las manos.

—¿Y Labarrieta? —preguntó entonces Galarza.

—De eso me encargo yo, miedo me da. Os recuerdo que el BIB es el banco más importante de este país y uno de los más grandes de Europa. A los de arriba les interesará estar a buenas con el banquero, aunque ya nadie podrá devolverle a sus seres queridos.

—Bueno, muchachos, vamos a establecer los equipos operativos —dijo entonces Otxoa.

—Os dejo en buenas manos para organizarlo todo. Quiero a una avanzadilla en el lugar en el que han aparecido los cuerpos, yo me encargo de las gestiones burocráticas.

La policía autonómica vasca estaba compuesta por un ochenta por ciento de hombres y un escaso veinte por ciento de mujeres, por lo que a Koldo no le sorprendió la configuración del equipo de investigación.

De momento acudirían cuatro miembros de la Ertzaintza al lugar de los hechos: el veterano inspector Rentería y el joven agente Arretxe formarían una pareja.

Y el subinspector Aguirre, uno de sus mejores amigos en el Cuerpo, y el propio Galarza, la otra.

Realizaron el trayecto de ochenta kilómetros a más velocidad de la permitida en las carreteras vascas, pero la ocasión lo demandaba.

Aunque el comisario Orbea ya había cursado el aviso protocolario a la Comandancia de Santander para informar de su despliegue, preferían mantener un perfil bajo al adentrarse en territorio cántabro.

—No queremos que nos bloqueen el paso en algún control o que los de Santoña monten un número antes de que podamos ver el escenario —advirtió Rentería desde el otro vehículo a través de la emisora.

Por eso habían elegido dos coches sin distintivos y vestidos de paisano.

Era una visita oficial, sí, pero con el objetivo de llegar cuanto antes al punto de encuentro y ponerse a trabajar, evitando los mareos burocráticos y las tensiones jurisdiccionales que sabían que no tardarían en ponerse sobre la mesa.

Koldo eligió también el volante de su vehículo, ya que conocía perfectamente la comarca.

De hecho, había pasado muchos de sus veranos de adolescencia en el recoleto pueblo de Ajo, cuando sus padres decidieron comprar un pequeño apartamento, no demasiado alejado de las playas, a principios de los años noventa.

—Entonces, ¿no pongo el GPS? —le preguntó su compañero y amigo Ander Aguirre.

—No, tranquilo. Hasta Ajo vamos bien. Cuando lleguemos allí, lo pones para buscar La Ojerada, aunque creo recordar más o menos su ubicación.

La familia Galarza compró el apartamento como inversión y para que sus hijos pudieran disfrutarlo.

Toda la región, desde Laredo a Noja pasando por Isla, Ajo o Santoña, estaba repleta de ciudadanos vascos que tenían allí su segunda residencia, a tiro de piedra de Euskadi.

Koldo recordó los veranos que pasó allí con su madre y su hermana, mientras su padre trabajaba en la fábrica a excepción de sus reglamentarias vacaciones, en las que se juntaban todos en el apartamento.

Los padres dormían en la única alcoba y los hijos se apañaban en el salón, entre el sofá y una cama supletoria.

Tiempos felices que añoraba muy a su pesar.

En esos años disfrutó de una libertad que los chavales de hoy en día no podían ni imaginar.

Todo el día en la calle con las bicicletas, por no hablar de los baños en la playa de Cuberris o Antuerta o los paseos en piragua por la ría de los Castellanos.

Un paraíso ya perdido que le sacó una sonrisa triste al subinspector, tras evocar unas imágenes largamente olvidadas.

Y es que ese pisito de vacaciones, situado a poco más de un kilómetro y medio de las playas urbanas de Ajo, ya no era propiedad de la familia.

Su padre había dejado de conducir por un problema en la vista y no visitaba su segunda residencia, y sus hijos tampoco la disfrutaban demasiado, así que terminaron por vender el inmueble justo tras su jubilación.

El subinspector recordó entonces que tenía que llamar a su hermana Miren, la emigrada del clan Galarza.

La joven se sacó la carrera de Enfermería y estuvo trabajando con contratos parciales tanto en Basurto como en el hospital de Cruces.

Sin embargo, las malas condiciones contractuales, los cambios de turno, las horas interminables, las guardias y algún que otro problema con sus superiores le hicieron cambiar de aires.

Miren se instaló en Burdeos, a escasas cuatro horas en coche de Bilbao, y comenzó su experiencia profesional en uno de los mejores hospitales de la región francesa.

Le había pillado allí la pandemia y lo pasó mal en varios momentos, tanto a nivel personal como por la gran carga de trabajo en su centro hospitalario, pero se sobrepuso y la situación fue mejorando poco a poco.

Los hermanos no se habían visto en casi tres años, por lo que ese mismo verano Koldo se prometió intentar remediarlo.

Así podría conocer también a su cuñado, un joven médico francés llamado Pierre, y vacilar un poco a su hermanita.

Estas elucubraciones distrajeron un poco a Galarza, mientras su compañero parloteaba sin sentido de camino a su destino.

Tras dejar atrás la salida de la autovía en Beranga se adentraron en las carreteras comarcales cántabras.

En pocos minutos vislumbraron la entrada de Ajo y Aguirre buscó en su aplicación de Google Maps la ruta directa hacia La Ojerada.

Se tuvieron también que identificar en el control interpuesto por la Guardia Civil en los alrededores del escenario criminal, justo antes de dejar el coche en el parking.

Sus compañeros de la Ertzaintza ya se encontraban también allí, junto a otro buen número de coches oficiales: dos ambulancias, otro vehículo de protección civil, Guardia Civil, forenses y un coche de alta gama que quizá hubiera trasladado hasta allí al juez de guardia.

Galarza cedió el mando y el protagonismo de la comitiva de la Ertzaintza a su inmediato superior, el inspector Rentería.

Un policía de unos cincuenta años mal llevados que se estaba quedando calvo y en el que la barriga prominente comenzaba a hacer de las suyas, instalándose por encima de un cinturón con el que luchaba a duras penas.

Estaban en sus manos hasta que el comisario no dijera lo contrario, pero Koldo no terminaba de fiarse de un inspector que nunca se había caracterizado por ser de los más eficientes en el Cuerpo.

Se hicieron las presentaciones oportunas entre los miembros de la Guardia Civil allí destacados, el encargado de Criminalística y el juez de guardia, que había acudido a la ineludible cita acompañado de un Letrado de la Administración de Justicia, los anteriormente conocidos como secretarios judiciales hasta la reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial en octubre de 2015.

Pero había allí otra invitada de excepción para la que Koldo no estaba preparado.

Cuando vio dirigirse hacia su posición a dos chicas jóvenes tan diferentes, Koldo pensó que serían periodistas que se habían colado en el perímetro o tal vez turistas despistadas.

Su miopía no le permitía distinguir sus rasgos a la perfección desde esa distancia, pero una de ellas le resultaba familiar.

Aguirre se había adelantado para cortarles el paso, por lo que él también le acompañó, alejándose unos metros del grupo principal formado por el resto de miembros de las diferentes administraciones afectadas.

—Koldo, ¿eres tú? —le preguntó una de las chicas tras llegar a su lado.

Aguirre pareció alucinar al ver a aquella preciosidad mulata dirigirse de esa manera a Galarza.

Este se quedó un instante sin palabras, así que su compañero le pegó un codazo para que reaccionara.

Koldo tardó todavía un momento en ubicar a la muchacha, ya que no podía asimilar todavía que se tratara de la misma joven madrileña que conoció unos veranos atrás.

—Sí, Milene, soy yo —replicó tras unos segundos de titubeo. No reconocería jamás que le había costado un triunfo recordar el nombre de la chica, y eso que le había marcado bastante cuando la conoció. Pero enseguida se recompuso y adoptó su pose más profesional—. ¿Qué haces tú aquí?

—Eso mismo tendría yo que preguntarte, aunque me parece que sois de la Ertzaintza. Nosotras somos de la Guardia Civil, unidad de policía judicial, y estamos a cargo de este caso.

—Vaya, no me imaginaba que fueras una picoleta. Y en cuanto a quién se encargará de este caso, eso habrá que verlo todavía.

Aguirre permanecía impertérrito al lado de su compañero, al parecer extasiado ante el cruce dialéctico. Koldo imaginó que le freiría después a preguntas sobre la chica, pero no pensaba darle demasiadas explicaciones.

—Nosotras regresamos ya a Santoña, el teniente nos reclama. Se queda por aquí el sargento Navarro, podéis hablar con él. Pero os pongo sobre aviso: el juez ha ordenado el levantamiento de los cadáveres. Lo siento, habéis llegado tarde.

—Eso no lo decidiremos ni tú ni yo, sabes que este asunto se tratará desde las altas esferas.

Las víctimas son familiares directos de uno de los directivos más importantes de Euskadi, por no decir de todo el país, y van a remover cielo y tierra.

No sé quién terminará por quedárselo, o si terminaremos trabajando en un operativo conjunto, pero esto no acabará aquí.

—De acuerdo, pues ya lo veremos. Y si llega el caso, estaré encantada de trabajar contigo, señor funcionario. Agur .

La pullita de Milene al despedirse tenía su razón de ser.

Cuando se conocieron tampoco compartieron demasiados datos personales, pero sí recordaba que ante una pregunta directa de la chica sobre su trabajo, Koldo le dijo una verdad a medias.

Al afirmar que era funcionario autonómico vasco no soltó ninguna mentira, aunque no hubiera especificado su puesto como subinspector de la Ertzaintza.

Pero ella tampoco le dijo toda la verdad, sin que Galarza pudiera adivinar si la joven ya había entrado en la Benemérita por esa época.

Los dos suboficiales bilbaínos vieron alejarse a las guardias civiles en dirección al parking. Allí quedaba mucha tarea pendiente y tenían que espabilar. Sin embargo, Koldo tuvo que reconocer que se había quedado algo tocado tras el inesperado encuentro.

—Ya me contarás de qué conoces a esa belleza —dijo Aguirre—. Regresemos al grupo, a ver qué se está cociendo. Me da en la nariz que tenemos un buen pollo montado con este asunto.

—No lo sabes tú bien, Ander…

Koldo era consciente de que, aparte del embrollo entre administraciones y el reto que suponía enfrentarse al asesino que depositó allí los cuerpos, tendría que lidiar con algo diferente si terminaban por trabajar junto a la Guardia Civil.

La visión de Milene le removió por dentro, rememorando un fabuloso fin de semana de tres años atrás que le dejó un sabor agridulce.

El jefe de criminalística de la Guardia Civil les mostró algunas fotografías realizadas en el escenario, ya que los cuerpos habían sido trasladados al Instituto de Medicina Legal de Santander para realizarles la autopsia.

Koldo supuso que ese asunto acarrearía problemas y así se lo hizo saber a Rentería para que hiciera valer los derechos de la Ertzaintza al tratarse de dos víctimas afincadas en Bilbao.

El juez no quiso saber nada y se largó de allí, afirmando que ya se pondrían de acuerdo entre los dos cuerpos y que, en caso contrario, siempre podrían hacerlo entre los gobiernos de las dos autonomías.

Koldo se quedó mirando las fotografías y le vino a la mente la misma imagen que anteriormente les asaltó a las guardias civiles antes de decirlo en voz alta.

—¡Ahí va la hostia! Esto se parece a La Piedad de Miguel Ángel, la del Vaticano.

—Eso mismo estábamos discutiendo antes aquí, otra cosa es lo que eso signifique.

—Lo dicho, esto es un marrón de cuidado —sentenció Aguirre.