Una pesadilla recurrente
Tras unos días de relativa calma en la ciudad de los rascacielos, Pablo Roncero pensó que podría terminar su seminario sin demasiados sobresaltos.
El equipo operativo que comandaba como capitán en la UCO, la unidad de policía judicial de la Guardia Civil, se encontraba en esos momentos inactivo por diversos motivos.
Además, contaba con el beneplácito de su superior, el coronel Antúnez, para acudir a la sede central del FBI en la Gran Manzana como investigador destacado español, con experiencia tanto en la Benemérita como en la Interpol.
Y, sin embargo, Roncero no se encontraba del todo tranquilo.
Sabía que en cualquier momento podía surgir una emergencia al otro lado del charco, por lo que siempre tenía la maleta medio preparada, para el caso de que necesitaran sus servicios en España y tuviera que salir a escape hacia el aeropuerto.
—Imagino que habrá más investigadores en la UCO, Pablo —le comentó Miriam recién aterrizados en el aeropuerto JFK, cuando vio que su pareja no hacía más que consultar el móvil tras bajar del avión—.
Relájate, disfruta de tus actividades con tus amigos del FBI y olvídate por unos días del pesado de Antúnez y tus obligaciones en España.
—Lo intentaré, pero no te prometo nada.
Miriam llevaba toda la razón, pero le era imposible relajarse.
Roncero contaba con un alto sentido del deber y se sentía mal por encontrarse a miles de kilómetros de Madrid.
Sabía que los delincuentes no descansaban nunca, ya lo pudo comprobar en sus carnes durante la pandemia, por lo que siempre estaba alerta, atento a lo que pudiera pasar.
Y como Antúnez le había dado el permiso a regañadientes, supuso que a la menor oportunidad tiraría de galones para fastidiarle y hacerle regresar antes de tiempo.
Llevaban tiempo planeando ese viaje en pareja y los mandos de la Guardia Civil tenían su petición de días de asuntos propios desde varios meses atrás.
En realidad, Roncero acudía al edificio de Federal Plaza en calidad de investigador de la policía judicial española, por lo que le deberían haber concedido un permiso especial para viajar como enviado oficial de la Guardia Civil sin gastar ni un día de sus vacaciones.
Pero no quiso problemas burocráticos de ningún tipo y prefirió solicitar esos días por el conducto que presuponía más rápido.
Miriam aprovecharía el viaje para aumentar su red de contactos en los Estados Unidos, donde ya contaba con un agente literario en Manhattan que gestionaba los derechos de sus novelas en inglés a nivel editorial y también audiovisual.
De hecho, en esos días tenía una reunión muy importante con una gran productora de Los Ángeles para tratar la posibilidad de llevar a la gran pantalla uno de sus libros.
Roncero recordó cuando Miriam recibió la inesperada noticia y se lo comunicó, prendiendo la mecha para un viaje largamente soñado.
—¡No me lo puedo creer, Pablo! —exclamó Miriam semanas atrás, cuando recibió una llamada que le iluminó el rostro sin darse cuenta—.
¡Quieren verme en persona en Nueva York!
Al parecer, una productora está muy interesada en adquirir los derechos audiovisuales de Juego de identidades y rodar una película de gran presupuesto con uno de los estudios más importantes de Hollywood.
—¡Eso sería fantástico! —respondió Roncero, orgulloso del éxito de su pareja—. Pues si todo nos cuadra, igual podemos viajar juntos a Nueva York si finalmente consigo los permisos para el simposio internacional de investigadores en la sede del FBI.
Meses atrás, gracias al éxito internacional de las novelas de Miriam, una conocida agencia literaria norteamericana, Trade Group, había contactado con ella.
Cuando la joven le contó los detalles a Roncero, este no se sorprendió.
El sector editorial anglosajón era mucho más potente que su homólogo en español, por lo que se podían permitir ese tipo de jugadas.
—Quieren que les envíe alguna obra inédita que no tenga comprometida con mi agente ni con mi editorial en España y moverla directamente ellos allí.
Creen que se podrían vender los derechos por una buena cantidad, ya tienen incluso candidatos dispuestos a efectuar una propuesta sin saber de qué va la novela.
—¿Y eso es factible? Sería una estupenda oportunidad para ti, desde luego —preguntó entonces el guardia civil.
—Sí, al menos en teoría, pero tendré que hilar muy fino y leer la letra pequeña de mis contratos.
Los norteamericanos saben cómo funciona el negocio y no quieren problemas.
Mi editorial maneja y controla las posibles traducciones de mis novelas a otros idiomas por acuerdos internacionales que tiene y si no, mi agente cuenta también con otras agencias europeas y de otras latitudes con las que trabaja en estrecha colaboración.
Espero que no me pongan pegas a la hora de mover otra novela que, de momento, no interesa a mi editorial por el éxito de la saga policial.
Tampoco mi agente aquí debería ponerme pegas, por lo que creo que lo voy a intentar.
—¿Y cómo iría entonces el proceso? No sé si se la tienes que enviar ya traducida al inglés, en ese caso te tocará buscar algún freelance de confianza que haga ese trabajo.
—No haría falta, eso es lo mejor. Me han confirmado que ellos la traducirán directamente al inglés con sus propios medios y tantearán a alguno de los sellos importantes en Estados Unidos y Reino Unido.
Creen que hay posibilidades, pero todavía tengo que ver qué les puedo ofrecer.
Y, sobre todo, manejar bien los tiempos para no cabrear a mis agentes y editores españoles.
—Entiendo que estarás pensando en esa novela que ambientaste en varias ciudades norteamericanas, aunque también salían Roma y Tenerife. ¿Cómo se llamaba?
—Sí, ya sé, tú hablas de Juego de identidades , aunque tendría que darle una vuelta.
Es un thriller de misterio y aventuras con personajes anglosajones y ambientada en un entorno internacional, algo que les cuadrará más que una novela de guardias civiles investigando en España —afirmó Miriam mientras le guiñaba el ojo a Roncero—.
Lo malo es que está sin pulir y no tengo mucho tiempo material para trabajar en ella, tengo otros proyectos en marcha.
Y no sé yo si buscarán ese tipo de obras o preferirán algo más cercano al policial o la novela negra.
—¿No te habías planteado también lo de escribir una saga ambientada en Nueva York? Seguro que nuestro amigo Andy Butler y su tío Jake estarán encantados de ayudarte.
—Sí, no es mala idea. Recuerdo cuando Andy nos contó lo que sufrieron contra aquel terrorista al que llamaban El Pastor, se me pusieron los pelos como escarpias al escucharle.
Estaría bien una saga protagonizada por un agente del FBI y su tío, un exagente de policía del NYPD reconvertido en asesor especial para grandes operativos.
Pero eso requiere mucho tiempo y trabajo, ahora mismo no lo veo viable.
Finalmente, Miriam se decidió a revisar la novela mencionada anteriormente y la agencia norteamericana se mostró encantada.
Pudieron firmar el contrato editorial y ya había comenzado a recibir sus frutos.
Tras la confirmación de la venta de derechos a uno de los grandes sellos anglosajones, para publicarse directamente en inglés, ahora le surgía también la posibilidad de firmar un contrato audiovisual a gran escala.
Miriam se encontraba en una nube y no era para menos.
Todo marchaba bien en ese sentido y la escritora estaba muy ocupada esos días en Nueva York, entre reuniones de todo tipo y actos promocionales o de marketing.
Roncero, por su parte, también se encontraba muy entretenido durante su participación en los diferentes actos que el FBI había organizado en su sede.
Hasta que esa mañana todo se torció: el guardia civil se despertó con demasiadas notificaciones al conectar un teléfono que se había quedado sin batería a lo largo de la noche.
Encima se había dormido. Eran casi las ocho de la mañana y tenía que ducharse, desayunar, vestirse y desplazarse desde Brooklyn hasta el Bajo Manhattan para acudir al simposio, por lo que no tuvo mucho tiempo de mirar el móvil con detenimiento.
—¡Joder, el dichoso Antúnez! Tengo cinco llamadas perdidas suyas y varios mensajes en el contestador, a saber qué tripa se le ha roto ahora.
Miriam le miró sin rastro de preocupación en su cara, Pablo ya sabía que su jefe no le caía especialmente bien desde algún rifirrafe que tuvieron en el pasado.
—Pasa de él, tienes todos los permisos oficiales firmados y no puedes dejar colgados a tus colegas del simposio ahora.
Y como nos conocemos, intenta zanjar el tema lo antes posible para que te deje en paz.
Y para que tú te centres en lo tuyo, que seguro que ya no vas a dar pie con bola pensando en que algo grave sucede en tu ausencia.
No se está quemando la sede central de la UCO y, aunque así fuera, tampoco les puedes solucionar tú nada desde aquí.
—Si ya lo sé, tienes razón, es que soy idiota. A ver qué dice el coronel…
Roncero intentó escuchar alguno de los mensajes grabados en el contestador por Antúnez, al que no le gustaba enviar WhatsApps.
Tampoco es que se entendieran demasiado bien los dos primeros, en los que solo se le escuchaba farfullar y gritar que dónde demonios se había metido para no contestar sus llamadas.
Típico del coronel, seguro que ni se acordaba de su viaje a Estados Unidos.
—No sé qué le pasa, luego intentaré llamarle. Pero ahora me largo, que llego tarde —afirmó Roncero minutos después, ya preparado para salir.