Un hallazgo inesperado #2
Desde arriba no se podía uno imaginar la verdadera dimensión ni las características de una cueva tan singular, pensó Oliveira.
Tras recorrer el último tramo de sendero y girar luego a la izquierda, llegaron a la entrada de la caverna, con esos dos ojos horadados en la roca que le daban su curioso nombre al enclave.
La terrible fuerza del viento y del mar, golpeando y erosionando aquel lugar durante miles de años, habían creado una formación original y diferente que llamaba la atención del recién llegado.
Carmen y Milene entraron en la cueva, bajo la bóveda de toneladas de roca, y se dirigieron hacia el ojo izquierdo perforado en su superficie, desde el que se vislumbraba el mar Cantábrico.
Por allí andaban efectivos de Protección Civil, compañeros de Criminalística con sus trajes blancos y el que parecía llevar la voz cantante, el cabo Ceballos.
No distinguieron ningún cadáver desde allí, cosa que les extrañó, por lo que se dirigieron enseguida hacia el miembro de la Benemérita.
Milene siguió a duras penas a su compañera, tirando de vez en cuando de la pernera del pantalón que le había prestado Carmen, una prenda que se le subía bastante por encima de los tobillos.
Se sentía ridícula con aquella ropa que no era la suya, pero al menos el cinturón de servicio con el arma reglamentaria le devolvía algo de la seguridad que necesitaba para afrontar aquel escenario.
Oliveira atravesó la entrada de la caverna con cuidado, ya que el suelo de roca aparecía poroso y resbaladizo por efecto del agua de mar, y sus zapatillas de deporte tampoco eran el calzado más apropiado para la ocasión.
Imaginó que cuando el Cantábrico se enfureciera y las olas golpearan la cueva desde su lado exterior, el agua llegaría hasta su posición sin problema.
Ese día el mar se encontraba revuelto, con algo de marejadilla.
Milene respetaba las fuerzas de la naturaleza y supo que debía andar con cuidado al caminar por allí.
Escuchó entonces un bufido a su derecha, una especie de golpe y un ruido extraño que la sobresaltó.
Giró hacia su izquierda, donde se encontraba Ramos, y enseguida obtuvo una explicación de dicho fenómeno.
—No te preocupes, son los bufones que se forman en la roca. El agua se cuela por debajo y sale a presión por esos agujeros, como si fuera un géiser. Cuando hay galerna en el Cantábrico el espectáculo es increíble, aunque también algo peligroso.
Milene recordó los bufones en la costa asturiana y le sorprendió encontrárselos también allí.
Tendría que visitar con calma un lugar tan espectacular.
Caminaron sobre la piedra milenaria que formaba el suelo de la cueva y dejaron atrás la imponente bóveda rocosa que les hacía de techo sobre sus cabezas, mientras admiraban la vasta superficie del mar desde la plataforma que les suspendía sobre el precipicio, a escasos metros del agua. Y entonces lo comprendieron.
Hacia delante solo se encontraba el Cantábrico.
Y a sus espaldas, justo en la intersección rocosa que separaba las dos aberturas de la cueva, se encontraban los cuerpos sin vida que les habían llevado hasta allí.
Desde la entrada no se distinguían debido a su posición, situados encima de un pequeño promontorio rocoso que hacía las veces de altar improvisado, detrás del macizo que separaba los dos ojos de la gruta.
Y nunca mejor dicho lo de altar, pensó entonces Milene.
Oliveira se llevó la mano a la boca ante la visión de los dos cuerpos, a pesar de que la extraña escena del crimen parecía transmitir calma y sosiego.
Un crimen del que Milene no dudó ni por un instante, puesto que el asesino había colocado los cuerpos de sus víctimas en una recreación que hubiera hecho las delicias de su inmediato superior en la UCO, el capitán Pablo Roncero.
Las dos jóvenes se acercaron hacia el escenario y observaron los detalles de un crimen en el que aparentemente los cadáveres no mostraban ningún signo de violencia externa.
Allí se encontraron con el cuerpo de una señora de edad avanzada, vestida de negro y sentada sobre el promontorio rocoso.
Sobre su regazo, sujeto a duras penas por los brazos exánimes de la anciana, aparecía el cuerpo lánguido de un joven envuelto en un sudario blanco, con los brazos colgando y la cabeza girada hacia el hombro derecho de la mujer.
Una recreación que podría considerarse algo burda, pero cuya imagen buscada le vino enseguida a la mente a Oliveira.
—Joder, no me lo puedo creer —dijo entonces Ramos—. Estoy loca o esto se parece…
—Sí, Carmen, yo también lo he visto. Se parece a La Piedad de Miguel Ángel. O algo similar, no podemos aventurar nada todavía.
El cabo Ceballos las divisó enseguida y se acercó hasta ellas.
Seguro que las había reconocido nada más verlas, pensó Milene.
Ella no tenía mucha pinta de picoleto y menos con esa ropa prestada que le hacía sentirse incómoda en ese momento, pero los andares y la actitud de Ramos no dejaban lugar a dudas.
—El cabo Ceballos, supongo —dijo Carmen antes de presentarse—. Somos de la policía judicial de Santoña. Ella es la cabo Oliveira y yo soy la guardia Ramos.
No lo habían hablado con anterioridad, pero Milene agradeció que su compañera no se pusiera a explicar con detalle los motivos de su presencia allí.
Mejor que el compañero pensara que pertenecía a la Compañía de Santoña, aunque le chocara ver a una suboficial de servicio vestida de manera tan informal.
—El mismo que viste y calza, compañeras, encantado de conoceros. Y sobre todo, contento por poder pasaros el marrón.
—Bueno, eso mejor se lo dices a nuestros superiores. Enseguida llegará el sargento Navarro y el operativo lo va a coordinar nuestro responsable, el teniente Gálvez.
—Perfecto. Voy a poneros en antecedentes, por lo menos de lo que sabemos hasta ahora.
Ceballos iba a comenzar su explicación cuando llegó el resto de compañeros de Santoña, por lo que esperó unos segundos más.
Al parecer, un vecino de la comarca, un pastor que transitaba por la zona con su rebaño de ovejas, había pasado por allí a las ocho de la mañana.
El rebaño solía recorrer los senderos aledaños y el hombre, con la ayuda de su perro pastor, evitaba que el ganado se adentrara en la cueva por su peligrosidad, ya que podrían partirse una pata o despeñarse por el acantilado.
Sin embargo, una de sus ovejas decidió aventurarse en el interior de la gruta y tuvo que ir a por ella.
Fue gracias a eso que pudo distinguir los cuerpos antes de que se adentrara por allí algún turista despistado, si es que alguien se atrevía a bajar a la cueva tras un par de días de lluvias en la zona, ya que los cadáveres no eran visibles desde la entrada principal.
—El paisano llamó al 062 y le pasaron con nosotros, ya que el municipio de Bareyo queda dentro de nuestra jurisdicción.
No teníamos conocimiento de ningún desaparecido en la región y no entendíamos bien la llamada del pastor, así que vinimos para aquí a la carrera pensando que alguien se había suicidado o algo así —aseguró Ceballos.
Los guardias de Galizano no lo vieron claro y llamaron a Santoña para comunicar el hallazgo tras comprobar que aquellas dos personas habían dejado de respirar.
El suceso no parecía el típico suicidio de una pareja de enamorados al estilo de Romeo y Julieta.
Se trataba de una señora mayor y un joven que no mostraban signos aparentes de violencia, lo que sugería la posibilidad de un envenenamiento.
Pero ¿cómo habían acabado en esa posición?
Seguramente allí había al menos una tercera persona involucrada, un asesino que depositara los cadáveres de esa manera.
—Sin querer alterar la escena hasta que llegara la Científica y el juez ordenara levantar los cuerpos, hicimos una primera observación in situ .
La mujer no muestra signos de violencia externa, pero solo con levantar un poco esa especie de túnica que lleva el muchacho se ven los moratones que tiene por todo su cuerpo.
Parece que le dieron una paliza de muerte.
Milene recordó entonces la expresión de preocupación de Gálvez al conocer los detalles de ese caso.
Parecía un crimen muy extraño, poco habitual en Cantabria, y su instinto le avisaba de que todavía ignoraban datos relevantes con los que hacerse una correcta composición de lugar.
Ceballos añadió entonces otros detalles que les ayudarían a comprender bien la situación.
—Lo más normal es que el asesino o asesinos hayan llegado de madrugada en coche hasta el aparcamiento y luego hayan arrastrado los cuerpos hasta aquí.
Evidentemente, no hay ninguna cámara en la zona, por ahí estamos vendidos.
Además, el viento y la lluvia de las últimas cuarenta y ocho horas no ayudará precisamente a los compañeros a encontrar rastros.
En una inspección preliminar comprobamos que la mujer no llevaba ningún objeto personal encima: ni llaves, documentación, móvil o joyas.
Sin embargo, el chico llevaba la cartera intacta.
Y fue al ver su DNI cuando saltaron todas las alarmas: su nombre es Unai Labarrieta Uribe.
Ese nombre no le dijo nada a Milene en primera instancia, aparte de lo obvio.
Se trataba de un nombre y apellidos de origen vasco, pero en esa parte de Cantabria tan pegada a Euskadi era algo habitual.
No tenía buena cobertura allí abajo para buscar información en su móvil, por lo que tuvieron que esperar a que Ceballos les sacara de dudas.
—Se trata del hijo del banquero Jesús Mari Labarrieta, el jefazo del BIB. Y la señora es su exsuegra. Por lo que sabemos, desaparecieron hace un par de días en Bilbao y la Ertzaintza andaba con el tema, de ahí el revuelo montado.
—Joder, llevaba razón el teniente —confirmó entonces Merino—. Tenemos un pifostio bien montado aquí abajo. Seguro que los vascos se quieren hacer cargo de la investigación. Y eso no es posible sin autorización judicial al encontrarse los cuerpos fuera de Euskadi.
Milene asintió a su pesar. Quizá lo mejor sería que la Ertzaintza se encargara de un caso tan rocambolesco y ellos se inhibieran, algo que los mandos no consentirían.
En primer lugar, el mismo teniente Gálvez y seguramente los responsables de la Comandancia de Santander, puntualmente informados del hallazgo.
Y desde luego, Antúnez, que tras enviarla en misión especial no querría quedarse al margen y exigiría que la Guardia Civil, con ella como enviada de la UCO, siguiera investigando el caso.
Desde luego, no iba a aburrirse en esos días, reflexionó Oliveira.
No esperaba enfrentarse a un asesinato doble cuando salió esa mañana de Suances con la idea de disfrutar en la playa, si es que finalmente se asignaba la investigación a la Policía Judicial de Santoña.
Intuía que los conflictos jurisdiccionales y las intrigas políticas complicarían aún más el caso, por no hablar de la presión mediática que se ejercería desde fuera en cuanto la opinión pública tuviera conocimiento de los asesinatos.
Tenía que informar a Antúnez, aunque primero quiso probar por si podía hablar con Roncero.
Le envió un mensaje para que la llamara urgentemente cuando se despertara en la costa este norteamericana, anunciando que tenía algo importante que consultarle.
El capitán tenía mucha más experiencia que ella en casos complicados y le gustaría saber su opinión para orientarse en una investigación que acababa de comenzar.
Afortunadamente, los cuerpos no habían sido encontrados por ningún turista y no parecía que el pastor fuera a filtrar ninguna imagen morbosa que pudiera acabar en las redes sociales, pero nunca se sabía.
Lo que todavía ignoraban era que ese escenario criminal se convertiría en el comienzo de una terrible espiral que acabaría por engullirlos a todos poco a poco.