La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) Un hallazgo inesperado
14%

Un hallazgo inesperado

—¿Y este cochazo, Carmen? —preguntó entonces Milene.

—Ya ves, niña, soy el ojito derecho del jefe y me deja llevarme este juguete; proviene de una incautación a los malos. Eso sí, el que avisa no es traidor, no quiero lloros. Soy la experta en conducción del puesto, he hecho varios cursos de perfeccionamiento con especialistas.

—Vale, vale. Pero ten cuidado, por favor.

—Confía en mí, miarma . Por el camino me vas contando tus cosas, no pienses que te vas a escaquear. Ya que nos han jodido el día de playa, por lo menos podremos despotricar a gusto mientras estemos juntas. ¿Qué tal por la UCO? Quiero detalles morbosos, ya sabes…

El edificio oficial de la Guardia Civil de Santoña se encontraba muy cerca de la salida de la población.

Dejaron a un lado el polígono en el que se localizaban la mayoría de las fábricas de conservas de pescado, la mayor fuente de riqueza de la ciudad, antes de tomar una rotonda.

Se adentraron entonces en la carretera CA-141, perteneciente a la red autonómica cántabra, dentro de la red primaria que unía muchas de las principales poblaciones de la provincia.

Milene se fijó en el curioso entorno que les rodeaba al salir de la ciudad.

A su izquierda distinguió parte de las marismas de Santoña, encuadradas dentro del parque natural de las marismas de Santoña, Victoria y Joyel, el humedal más importante del norte de España en cuanto a aves acuáticas.

Un ecosistema único formado en el estuario del río Asón, con seis mil hectáreas, que contaba con más de ciento treinta especies referenciadas en su enclave, por lo que se había convertido en lugar de peregrinaje para las aves migratorias y sus observadores.

A su derecha se alzaba el imponente monte Buciero, con el peculiar penal del Dueso situado en sus faldas, una de las cárceles más conocidas de nuestro país y único centro penitenciario de Cantabria, con más de un siglo de historia a sus espaldas.

Dejaron atrás el desvío hacia la playa de Berria, el mayor arenal de la comarca y un reclamo para surferos y turistas de todo tipo, y enseguida atravesaron la población de Argoños.

Milene sufrió en las primeras curvas, trazadas con maestría por Ramos a mayor velocidad y con una marcha más metida en su caja de cambios de lo que la prudencia aconsejaba.

Sin embargo, aprendió a confiar en ella y terminó por relajarse a duras penas.

Mientras, la joven guardia le iba contando detalles de la región y del lugar hacia el que se encaminaban, sin sospechar todavía los motivos por los que su responsable se encontraba de tan mal humor.

—¿Qué te ha parecido la reacción de Gálvez? —preguntó Milene, intentando acomodarse en el asiento mientras Carmen trazaba otra curva cerrada—. Se ha quedado mudo tras la llamada.

—El jefe es de la vieja escuela, no suelta prenda delante de la tropa si no lo tiene bien amarrado —respondió Ramos, concentrada en la carretera—.

Pero para que haya mandado a Navarro y a Merino a toda prisa, y a nosotras detrás para hacernos cargo, el aviso de los compañeros de Galizano tiene que ser algo más que un simple accidente.

Hablaban de "hallazgo en la cueva", pero el tono de Gálvez me ha dado mala espina.

—A mí también. Ha mencionado al juez y a la delegación de Gobierno…, eso no se hace por un senderista que se despeña —apuntó Milene con la vista fija en el paisaje—. Sea lo que sea lo que han encontrado en La Ojerada, ha puesto a la comandancia en jaque en cinco minutos.

—Pues prepárate, porque si es un marrón de los gordos, nos va a tocar a nosotras lidiar con los primeros problemas. En cuanto lleguemos a Ajo saldremos de dudas.

Tras pasar Arnuero y cruzar por encima de una ría, por fin llegaron a Ajo, la pequeña población en la que se enclavaba La Ojerada.

Atravesaron su avenida principal, repleta de restaurantes muy reconocidos en la región según aseguró Ramos, y se dirigieron en dirección hacia la playa.

En la rotonda siguiente se encontraron con dos posibles salidas.

La de abajo a la izquierda conducía a los arenales urbanos de Ajo, la playa de Cuberris y la menos accesible de Antuerta.

La salida que ellas escogieron, situada más arriba y a su derecha, señalaba que el faro de Ajo se encontraba a escasos dos kilómetros y medio de distancia.

Milene recordó haber leído algo sobre el faro de Ajo en su momento, una reliquia de 1930 que había sido motivo de controversia entre los lugareños en los últimos años.

La razón principal se debía a que el artista grafitero Okuda se encargó de decorarlo con su particular estilo moderno, colorista y urbano, incluyendo referencias a diversos animales de la región.

Un estilo vilipendiado que contó con la animadversión de diversas asociaciones que pusieron el grito en el cielo ante lo que muchos consideraban un sacrilegio.

Y eso que el proyecto artístico había supuesto una inyección de fama y turistas que visitaban el idílico enclave situado a la vera del mar Cantábrico.

Después de una subida empinada y un giro a la derecha, la carretera se niveló, mostrando un camino despejado hasta su destino, rodeado de vastos pastizales.

A la izquierda, el mar Cantábrico se vislumbraba en una mañana algo brumosa, y a la derecha dejaron atrás un pequeño camping en un entorno que comenzó a llenarse de todo tipo de caseríos y chalets construidos a ambos lados de la carretera.

Avistaron el faro desde lejos, pero se desviaron un poco antes tras divisar un pequeño cartel que indicaba el camino hacia La Ojerada.

Continuaron por una carretera mucho más estrecha en la que a duras penas podrían cruzarse dos vehículos, por lo que Carmen redujo marchas y velocidad, adaptándose al terreno.

Pasaron por una vaquería donde algunos animales deambulaban libremente por la calzada antes de llegar a su destino.

Un poco más adelante el camino se bifurcaba, dejando a su derecha un estrecho sendero que conducía a La Sorrozuela, otro barrio de Ajo formado por chalets de alto standing.

Justo al lado se había colocado un coche de la Guardia Civil, un Land Cruiser algo cascado, que les impedía el paso hacia La Ojerada.

—Venimos de la Compañía de Santoña, somos de la Policía Judicial y nos envía el teniente Gálvez —informó Ramos a los compañeros tras identificarse en el control, obviando la presencia de la integrante de la UCO.

—Muy bien, os estaban esperando; yo soy Helguera, del puesto de Galizano.

No hemos tocado nada, según las instrucciones recibidas.

Ya han llegado también los de Criminalística y están acordonando el perímetro en torno a los cuerpos antes de comenzar a procesar el escenario.

Creo que el juez está también al caer, por lo visto hay algún tipo de movida política.

—¿Y eso? —preguntó Carmen, señalando hacia el despliegue—. A nosotras solo nos han dado el aviso del hallazgo, pero viendo la magnitud del dispositivo y el secretismo de Gálvez, está claro que el asunto se nos puede ir de las manos.

Milene asintió, observando cómo los agentes de Galizano trabajaban con una tensión inusual.

Recordó que Merino y Navarro venían detrás, aunque con el ritmo que Carmen le imprimía al todoterreno, era normal que les hubieran sacado ventaja.

Estaba claro que el teniente se había guardado los detalles más escabrosos para no soltarlos por radio, prefiriendo que sus efectivos se enteraran in situ de la magnitud del desastre.

—Hablad con el cabo Ceballos, mi superior, para que os explique lo ocurrido.

Andará por la cueva, no tiene pérdida. Primero atravesad esta zona estrecha con casas a ambos lados pero tened cuidado con los vecinos, que andan algo revueltos, y dejad el coche en el aparcamiento habilitado.

Después tenéis que saltar una pequeña valla y…

—Tranquilo, Helguera, conozco el sitio. Gracias, compañero. Buen servicio.

Carmen arrancó de nuevo el vehículo y siguió las instrucciones recibidas.

El camino se estrechaba aún más, con edificaciones a ambos lados de la carretera, casi tocándose unas con otras.

Los propietarios de esos chalets se encontraban a la puerta de sus casas, impidiendo el paso.

No les quedó más remedio que tocar el claxon y pedir a los vecinos que se quedaran en sus domicilios para no importunar la labor policial ni el paso a ambulancias o cualquier otro vehículo oficial que tuviera que transitar por allí.

Enseguida encontraron el aparcamiento, situado al borde de los acantilados que asomaban sobre el embravecido mar Cantábrico.

Dejaron el coche a mano izquierda del recinto, justo enfrente de un hermoso chalet en construcción.

La obra estaba a punto de finalizar y se vislumbraban perfectamente desde allí sus tres alas diferenciadas y los amplios ventanales que aprovechaban al máximo la luz natural.

—Es por ahí, Milene. Hay que sortear esa pequeña valla y bajar por el sendero entre las rocas, a mano derecha.

Saltaron la valla colocada para evitar que el ganado entrara en la zona de acantilados y se despeñara sin remedio, quizá también para que algún incauto no intentara acceder al enclave turístico con su vehículo a motor y preservar el entorno.

Giraron a la derecha y enseguida el camino comenzó a descender, convirtiéndose en un sendero trufado de rocas con algunos tramos cubiertos de césped todavía resbaladizo por el rocío.

Recorrieron una pequeña senda de tierra que serpenteaba entre los peñascos, sembrada aquí y allá por los restos orgánicos de lo que parecían ser excrementos de ganado ovino, y unos pocos metros más allá alcanzaron su destino.