Las reglas del juego
Tampoco resultó perfecta la siguiente operación.
Tras estudiar los movimientos del hijo de Labarrieta, planeó secuestrarlo cuando saliera de ver a su abuela en la Misericordia.
Pero no contó con un pequeño inconveniente.
Ese día, el chico se había retrasado en su visita a la residencia de ancianos, por lo que cuando le interceptó en la calle no iba solo, como era su costumbre a esas horas de la tarde, sino acompañado de su abuela, y tuvo que improvisar, algo en lo que no era muy habilidoso.
Le aplicó una llave inmovilizadora al joven y lo cargó en la parte trasera del vehículo.
Tuvo que llevarse también a la anciana antes de que gritara, otro inconveniente que no había tenido en cuenta.
Ató las muñecas y los tobillos de sus víctimas con bridas de plástico, los amordazó y se marchó a toda velocidad, sabiendo que había llamado la atención de varios transeúntes.
No le preocupaba en exceso ser captado por alguna cámara de tráfico o el móvil de cualquier paseante.
Iba vestido de negro, con ropa táctica, una gorra oscura calada y una mascarilla quirúrgica negra que le ocultaba medio rostro.
Aunque ya no eran obligatorias, todavía se veían con frecuencia por las calles de Bilbao, lo que le permitía camuflarse a plena vista.
Conducía además una anodina furgoneta sin distintivos de la que se desharía a la menor oportunidad.
Al muchacho le había hecho una llave que lo dejó inconsciente, por lo que no le causó problemas durante el trayecto, pero la anciana pataleaba en el interior de la furgoneta y farfullaba a duras penas con la mordaza en la boca.
Al rato la mujer se calló y por fin pudo concentrarse en la conducción.
Tenía miedo de equivocarse en el camino, llamar demasiado la atención, saltarse algún semáforo o tener algún incidente de tráfico por no ir atento a la carretera.
Continuaba utilizando la visera de la gorra y la mascarilla para evitar que su rostro fuera identificado por alguna cámara de tráfico durante el trayecto, manteniendo el parasol bajado para entorpecer cualquier ángulo de visión frontal, pero si alguien le detenía, iba a tener un problema mucho más grave.
El mismo que se le planteó cuando llegó a su destino, una nave abandonada con la que nadie podría relacionarle.
Al detener la furgoneta y abrir la puerta se llevó una sorpresa inesperada.
El chico se desperezaba, por lo que lo sacó de allí en brazos y lo depositó encima de una silla tras quitarle las bridas de tobillos y muñecas.
Le estaba atando a los travesaños de la silla con una gruesa maroma cuando tuvo un mal presentimiento y terminó la tarea a la carrera, lo que resultó ser un error que se sumó a otro aún más grave.
Cuando fue a preocuparse de la señora, comprobó que no respiraba.
Depositó a la mujer encima de una mesa medio carcomida que encontró al final de la nave y le quitó las bridas y la mordaza.
Los labios de la anciana se amorataron y su pálido tono de piel se blanqueó todavía más.
Luego le tomó el pulso y no lo encontró, lo que le hizo entrar en pánico.
Intentó hacerle la reanimación cardiopulmonar e incluso llegó a insuflarle aire por la boca para resucitarla, pero todos sus esfuerzos fueron baldíos. Estaba muerta.
Sin saber qué hacer, nervioso por lo ocurrido, el criminal no se percató de que el joven se había soltado de su amarre en la silla y se dirigía hecho una furia hacia él.
—¡Maldito cabrón! —gritó el chico tras quitarse la mordaza —. Has matado a mi amama , desgraciado…
El ataque furibundo le pilló desprevenido y recibió un fuerte golpe en el pecho tras el empellón recibido.
Nada que no pudiera solucionar, pero todos sus planes iniciales se habían trastocado.
La abuela había fallecido prematuramente y su nieto se encontraba en semilibertad, tratando de embestirle como un toro bravo al percatarse de su inferioridad física.
El secuestrador no pensó en las consecuencias y se defendió por instinto ante el siguiente ataque de su adversario.
Sabía que no debía tocarle la cara, por lo que le golpeó con dureza en brazos y piernas para desarbolarle.
Tras derribarlo pensó que la batalla había terminado, pero el joven tenía agallas y consiguió incorporarse, dispuesto a atacar de nuevo aunque tuviera el brazo derecho inutilizado y la rodilla izquierda destrozada.
El entrenamiento hizo su función y su cuerpo reaccionó sin que su mente racional pudiera impedirlo.
Cuando quiso darse cuenta ya le había propinado un golpe mortal en el plexo solar, poniendo fin a ese duelo desigual de una manera definitiva.
El asesino se llevó las manos al rostro al ver la catástrofe ocasionada. Sí, las víctimas debían morir esa noche, pero no de esa manera tan torpe. Estuvo a punto de colapsar ante lo sucedido, pero consiguió calmarse y buscar una solución. Minutos después encontró la respuesta a su problema.
El desastre era absoluto, pero todavía le quedaba una oportunidad para resarcirse. Debía reconducir la situación y recrear una escena que cumpliera con los parámetros del leitmotiv original. El límite de tiempo se acercaba, por lo que tuvo que darse prisa.
Antes de ponerse en marcha se aseguró de no dejar rastros.
Sacó la batería del móvil y la inutilizó, destrozando también el resto del aparato telefónico.
Observó a su alrededor y maldijo su mala suerte, pero no todo estaba perdido.
Una peregrina idea comenzó entonces a adueñarse de su cabeza, pero primero debía encargarse de otro asunto fundamental.
Los nervios no le nublaron por completo la mente y se percató de que podía haber dejado sus huellas o muestras de ADN en los cuerpos tras la lucha con el chico o la RCP a su abuela.
Menos mal que la nave estaba bien provista y pudo encontrar los ingredientes suficientes para limpiar cualquier rastro suyo que hubiera quedado en los cadáveres.
Quizá, al fin y al cabo, tuviera suerte y pudiera salir indemne de ese embrollo.
Debía apresurarse, el tiempo se le acababa.
Ya se estaba imaginando la escena que se encontraría algún turista despistado o la policía cuando se enterara de los crímenes, una hazaña que probaría su audacia.
Solo le quedaba ejecutar su plan a la perfección.
Recobró la compostura y recordó los viejos tiempos. Tantos años sin penurias le habían hecho débil, y eso no podía permitírselo. Así que reactivó su personalidad más cruel, con todos los sentidos alerta, para finiquitar la tarea pendiente.