La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) Un caso peliagudo #3
11%

Un caso peliagudo #3

Macarena le había dejado en herencia a su hijo la cuenta corriente, sus acciones y la casa de Conde de Orgaz.

A Bermejo, aparte de algunas obras de arte, muebles y objetos personales, le legaba también su ático de Valencia, un inmueble que nunca llegó a vender.

Aquella casa situada junto a la Ciudad de las Artes le traía al policía muchos recuerdos de diferente signo, ya que fue el lugar en el que verdaderamente acabó por enamorarse de una jueza con la que había vuelto a cruzarse en su vida gracias a los avatares del destino.

Así que Bermejo regresó a su último domicilio sabiendo que sería por poco tiempo.

Llegó a un acuerdo con Kiko para permanecer allí hasta encontrar algo decente donde vivir, poniendo él mismo a la venta el ático de Valencia.

Con lo que sacó por aquel piso pudo comprarse un apartamento más que adecuado en el barrio de Tetuán e incluso le sobró algo de dinero para ir tirando.

No quería pasar más tiempo en el domicilio que había compartido con Maca, los recuerdos le agobiaban y las paredes parecían caérsele encima.

Pronto se mudó a su nueva adquisición, decidido a seguir adelante aunque no le apeteciera lo más mínimo.

Pero los numerosos síntomas de algo que las autoridades médicas comenzaban a llamar Covid persistente convirtieron aquello en una misión casi imposible.

Si no se trataba de problemas motores o neurológicos, aparte de la fatiga y el cansancio extremos que le acompañaban a todas partes, eran otro tipo de dolencias menores las que acabaron por amargarle la existencia.

Durante su convalecencia había recibido la visita de viejos amigos, camaradas y compañeros de trabajo.

Como en el caso del doctor Carmona, el forense recién jubilado con el que había compartido algunos de sus casos más sonados.

O Aguado, otro policía retirado con el que coincidió en muchas ocasiones, gracias a su innegable trabajo al frente de la policía científica.

Pero el que le metió más caña fue su antiguo comisario y amigo desde hacía muchos años, el ínclito Mardones.

El flamante nuevo secretario de Estado tenía muchos planes para Bermejo, por lo que le apremió para que siguiera las directrices de médicos y psicólogos, ya que le necesitaba a su lado como en los viejos tiempos.

Bermejo era reticente a trabajar en un despacho ministerial, pero Mardones se lo presentó de tal manera que no le quedó más remedio que aceptar.

Tras jubilarse con honores de la Policía Nacional como inspector destacado de la UDEV durante tantos años, recibió una placa conmemorativa y algunos regalos más personales de quienes le apreciaban, en una improvisada fiesta de despedida en el complejo de Canillas.

Durante la celebración, no pudo evitar que se le escaparan algunas lágrimas.

Pasó a depender de forma directa del secretario de Estado de Seguridad en un puesto que fue adaptando a su especial idiosincrasia, tirando más por la parte técnica que mejor conocía por su labor policial y llevando la parte diplomática y política como mejor le convenía.

Como asesor especial del Ministerio del Interior en materias de seguridad, Bermejo tuvo que hacer frente a problemas de diversa índole que intentó resolver de la mejor manera durante los coletazos finales de la pandemia, cuando por fin pudo retomar su vida y olvidarse de los sinsabores sufridos.

Lo que no se esperaba era la tarea que esa mañana le iba a encargar el maldito Mardones, al que el paso de los años no le impedían seguir tocándole las narices con trabajos que siempre le metían en numerosos problemas.

El político fue al grano al comenzar su reunión matutina, parecía que no tenía tiempo que perder.

—Buenos días, Paco. Tenemos un marrón importante entre manos y te necesito sobre el terreno para que dejes muy clara la postura del ministerio. Yo no puedo dejarme ver en este caso, pero te daré plenos poderes para actuar.

—¿De qué se trata esta vez? Miedo me das, esa cara ya la he visto yo en otras ocasiones y siempre me ha traído problemas.

—No te voy a mentir, esto es muy gordo y nos puede explotar en la cara. Todavía no ha trascendido a los medios, pero mucho me temo que es fácil que se nos vaya de las manos. Prepara la maleta, sales cagando leches para Bilbao.

—Vaya, no me esperaba ese destino. Y seguro que no tiene nada que ver con una visita gastronómica, ¿verdad?

—Mucho me temo que no, amigo. ¿Te acuerdas de Jon Orbea, el antiguo inspector de la Ertzaintza con el que coincidiste alguna vez?

—¿Orbea? —Bermejo tardó en ubicar al personaje hasta que sus neuronas hicieron sinapsis y le retrotrajeron a un complicado dispositivo en el que la Policía Nacional colaboró en los años noventa con la Ertzaintza en el mismo centro de Bilbao—.

Sí, ya lo recuerdo, un tipo noblote con un pronto terrible.

Me pareció un buen policía y creo que trabajamos bien juntos, dentro de lo que cabe al menos, en aquel operativo endiablado. ¿Qué tripa se le ha roto ahora?

—Orbea es actualmente el comisario principal de Erandio, la sede central de la Ertzaintza en Vizcaya.

Tienen un problemón gordo entre manos y creo que te recibirán de uñas, aunque ya le he avisado de tu llegada, recordándole que tu presencia allí es innegociable.

El Ministerio del Interior tiene que estar presente en una investigación tan importante, que puede afectar a las altas esferas, y además, en la que se verán obligados a trabajar con otro cuerpo de seguridad del Estado.

—¿En serio?

Cuando Mardones le explicó la situación y le entregó una carpeta con información adicional, el inspector retirado suspiró perceptiblemente.

Aquel caso auguraba problemas desde un principio y esa parecía ser su especialidad.

No le quedó más remedio que hacer de tripas corazón y preparar su viaje para Bilbao esa misma tarde.

—Mantenme informado, Paco. Y contrólame allí a las tropas, que no se nos desmanden ni se saquen los ojos entre ellos. Todos nos jugamos mucho, te puedes hacer una idea.

—Se hará lo que se pueda, jefe. Lástima que el bueno de Roncero no esté ahora en España, seguro que con él a bordo todo sería más fácil.

—Ya conoces a Antúnez, seguro que tiene un as en la manga y se busca las mañas para tocarnos las narices a todos. El viejo coronel no se va a quedar de brazos cruzados en un asunto como este, espero que no os dé muchos problemas.

—Tenía que haberme jubilado del todo, soy idiota. Con lo bien que podría estar yo ahora mismo en la costa mediterránea, disfrutando de un cóctel sin pensar en peligrosos psicópatas ni asesinos imaginativos. Ya estoy mayor para esto, apiádate de mí.

—Menos historias, Paco, y al tajo. Espero un informe completo esta misma noche o mañana a primera hora a más tardar. Ten cuidado y suerte en tu misión.

—Bueno, iré viendo sobre la marcha. Tendré que armarme de paciencia, imagino que los ánimos se encontrarán caldeados por el norte. Ya te contaré, jefe. Agur .