Un caso peliagudo #2
El policía se asustó mucho y se recluyó en casa, donde iban bien surtidos de paracetamol y sobres de sopa, tristes aliados con los que esperaba sobrellevarlo mejor.
Avisó a Macarena de la situación para que se buscara otro alojamiento en esos primeros días, por si acaso, ya que no quería contagiarla.
La jueza se encontraba mucho mejor, casi recuperada al cien por cien tras su propio calvario personal, pero Bermejo no quería que enfermara.
No sabía cómo podía reaccionar a un virus respiratorio que todavía estaban investigando alguien con los pulmones afectados por otras dolencias como Maca.
Mejor curarse en salud, no quería cargar sobre su conciencia con algo así.
Evidentemente, la jueza no le hizo ningún caso y quizá adornó con una pequeña mentira su excusa para regresar a casa.
Ella también comenzaba a presentar algún síntoma leve, le aseguró, y mejor pasar esos primeros días juntos, atentos el uno al otro, por lo que pudiera suceder.
Allí estarían bien y siempre podían llamar a una ambulancia en caso de empeorar la situación.
No querían alertar a familiares y amigos en un momento en el que ni siquiera sabían con certeza si alguno de los dos se había infectado con el maldito virus.
Sin querer minusvalorar su estado, Bermejo asumió que tal vez en su caso sí fuera positivo, ya que comenzó a sentirse peor.
Por el contrario, Macarena parecía lozana, sin rastro de enfermedad en su organismo, por lo que el policía supo que ella le había engañado para regresar a casa y cuidarle.
Los síntomas y el pensamiento racional le decían que no podía ser cierto, por mucho que el corazón quisiera contradecirle.
Sin embargo, la fiebre no cedía, la saturación de oxígeno no mejoraba y cada vez le resultaba más difícil respirar y mover su corpachón con la energía habitual.
Así que Macarena tomó las riendas y decidió mover ficha.
Ambos contaban con su seguro médico privado y la jueza hizo algo que había escuchado en las noticias.
Tras llamar a una de las clínicas concertadas, intentó conseguir que algún sanitario preparado acudiera a su domicilio para evaluar la situación.
Cuando logró contactar le enviaron a un médico pertrechado con un EPI rudimentario que le confirmó sus peores presagios.
El sanitario, tras explorarles y valorar sus síntomas, sospechó de neumonía bilateral por COVID en el caso de Bermejo y le indicó ingreso inmediato hospitalario.
La jueza también dio positivo en el test, pero de momento parecía asintomática.
Al final, Bermejo acabó ingresado en el hospital de La Paz, aunque al principio parecía que su situación no era de las más peliagudas.
Ya era vox populi que muchos enfermos acababan intubados por el maldito virus, utilizando uno de los escasos respiradores que por aquella época se encontraban tan demandados.
Y llegados a ese estado, los contagiados rezaban para lograr despertar de una situación que en multitud de ocasiones se transformaba en irreversible.
El policía tenía pánico a acabar así, sin tan siquiera poder hablar o despedirse de Macarena debida a las duras restricciones por una pandemia que cada día les traía noticias más devastadoras.
Lo último de lo que fue consciente fue saber que Macarena había comenzado con síntomas leves pero se encontraba bien.
Hasta que llegó el momento en el que los médicos le aseguraron que no había vuelta atrás.
Le iban a sedar e intubar en unos minutos, provocándole un coma inducido en la UCI, por lo que luchó y pataleó para que le dejaran despedirse de Macarena.
Al final lo consiguió gracias a una videollamada desde el hospital, sin saber si llegaría a despertarse para disfrutar una vez más de aquella cálida sonrisa y esos ojos que lo decían todo solo con mirarte.
Su situación fue variando con el paso de los días, mientras los sanitarios monitorizaban sus constantes.
Dos semanas después de sedarle e intubarle, cuando vieron que la saturación de oxígeno se estabilizaba, se reducía la necesidad de respiración asistida y sus órganos parecían responder casi con normalidad, sin ninguna disfunción orgánica crítica, procedieron a despertarle del coma inducido para ver su reacción.
El organismo de Francisco Bermejo se comportó mejor de lo que esperaban y los médicos respiraron aliviados. Había pasado la fase más aguda.
En esos primeros minutos de confusión, Bermejo se dio cuenta de que podía respirar por sus propios medios, pero todavía con algo de dificultad.
Una especie de niebla mental se había apoderado de su cerebro, aunque tras la experiencia de encontrarse en un limbo terrenal tan poco acogedor decidió que no le importaba pagar un pequeño precio por recuperar sus viejas sensaciones.
Había regresado de la muerte y estaba dispuesto a luchar para salir de allí lo antes posible, pero entonces recibió un mazazo inesperado que le dejó más tocado que el maldito virus.
Cuando quiso recuperar su teléfono o que algún sanitario le ayudara a llamar a Macarena para darle la buena nueva de su resurrección, solo le dieron largas, sin más explicaciones.
Bermejo no se encontraba en su mejor forma y no podía abroncar a nadie con el hilo de voz que apenas asomaba por su garganta.
Así que pidió que le explicaran lo que allí sucedía.
Solo quería saber la verdad, sin paños calientes.
Aquellos ojos huidizos que conseguía ver en los rostros agotados de los médicos, mientras el resto de sus facciones permanecían tapadas gracias a los nuevos equipos EPI proporcionados en el hospital, no le daban buenas vibraciones.
Así que insistió, hasta que logró su objetivo.
Cuando llegó el jefe de planta y le comunicó la cruel noticia no pudo creerlo.
Pensó que se encontraba todavía en ese purgatorio de dolor del que acababa de salir, en ese coma en el que su cuerpo acabó suspendido mientras su organismo batallaba contra la enfermedad.
Era imposible, no podía ser verdad. Seguramente la bruma mental que le envolvía no le permitía captar bien las palabras del médico.
—Lo siento mucho, inspector, pero no tengo buenas noticias…
Bermejo apremió al doctor para que continuara, aunque en el fondo ya sabía lo que le iba a decir.
—Lamentablemente, la jueza Velasco también cayó enferma de Covid y no pudimos hacer nada por salvarla.
Dada la situación basal de su organismo, con el aparato respiratorio todavía comprometido por el problema previo que tuvo hace tiempo, derivó en un empeoramiento general a una gran velocidad.
Pasó de encontrarse bien, solo con síntomas leves, a necesitar un respirador que ni siquiera toleró debido a su precario estado.
Falleció de camino a la UVI, no tuvimos tiempo material de intentar revertir la situación.
Bermejo se había intentado incorporar en la cama al escuchar al médico, pero aquel terrible golpe lo dejó desmadejado de nuevo sobre el lecho.
Se vio anegado por las lágrimas sin apenas darse cuenta, en un momento en el que ni siquiera fue capaz de gritar de dolor, de desahogarse ante una resolución tan cruel.
Macarena se había ido para siempre, sin que pudiera darle un último beso o abrazo, dejándole en la ruina más absoluta.
Y entonces le llegó el golpe definitivo, el martillazo que lo sumió en un pozo sin fondo del que le costaría salir.
Su mente todavía difusa comenzó a divagar, pero sus pensamientos se dirigieron hacia una única dirección: aquello era culpa suya, él había matado a Macarena.
Seguramente la jueza se contagió en casa al compartir espacio ambos, y debido al precario estado de su organismo, no tuvo opción alguna de luchar por su vida ante un enemigo tan implacable.
Bermejo intentó ahuyentar esos pensamientos de su cabeza en el presente, dos años después, tras superar con mucho esfuerzo un varapalo del que no creía poder recuperarse.
Sobre todo en el aspecto anímico, ya que en un principio se negó a recibir atención especializada.
El policía no tenía ganas de vivir, no veía la luz al final del túnel y prefería poner fin a su sufrimiento.
No salía de la cama, se negaba a comer y ni siquiera se duchaba.
Estaba dispuesto a dejarse llevar, pues le resultaba imposible continuar bajo esas circunstancias.
Pero sus seres queridos no se lo permitieron.
Solo la insistencia de sus hijos, además de las palabras de sus amigos Miriam Monfort y Pablo Roncero, que ya habían superado sus propios demonios personales con terapia, consiguieron doblegar su sinrazón.
Ellos conocían bien a Macarena y afirmaban que ella hubiera querido que Bermejo saliera y siguiera adelante, ya que todavía le quedaba mucho por lo que luchar.
Y aunque la pobre Maca no tuvo la despedida que se merecía en una época terrible que todo el mundo quería olvidar, Francisco Bermejo le hizo una promesa que ella jamás escucharía, afirmando que al menos lo intentaría.
Tampoco le fue mucho mejor en el aspecto puramente físico.
Varios meses después, supuestamente recuperado, intentó regresar a sus funciones para no volverse loco en una casa que ya estaba a la venta.
Kiko, el hijo de Macarena, le contó las disposiciones tomadas en vida por su madre, informándole de lo que aparecía en el testamento.