La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) Un caso peliagudo
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Un caso peliagudo

La rueda nunca deja de girar y el mundo no se para, por mucho que a uno le pese después de tantos sinsabores.

Ese fue el primer pensamiento que le vino a la mente al despertarse a Francisco Bermejo, antiguo inspector de la UDEV, que ahora trabajaba como asesor especial del Ministerio del Interior.

Un puesto a caballo entre la labor técnica y la política, aunque la diplomacia no fuera el punto fuerte del policía retirado y odiara con todas sus fuerzas los tejemanejes de las altas esferas.

En una mañana luminosa de junio, Bermejo se preparó para una jornada que no presentaba complicaciones a priori.

Tenía una reunión a primera hora con Mardones, su antiguo comisario en la UDEV y viejo amigo desde hacía muchos años, aunque acababa de recibir un mensaje posponiendo la cita hasta el mediodía.

Mardones había ido ascendiendo en el escalafón de la Dirección General de la Policía, pasando por diferentes cargos, hasta alcanzar uno de los rangos más altos a los que podía aspirar dentro del ministerio.

Bermejo llevaba meses desubicado, preocupado por el estado de salud de la jueza Velasco mientras dejaba en suspenso su labor como policía tras solicitar una excedencia por cuidado de familiares.

Una vez repuesta Macarena de sus dolencias, no al cien por cien pero sí bastante recuperada, fue hora de buscar qué hacer con su vida.

Maca quería volver también a sus rutinas, aunque fuera en un cargo de menos responsabilidad que en su anterior puesto en la Audiencia Nacional, por lo que él no podía ser menos.

No le tentaba demasiado el paso a la segunda actividad, aposentándose en un puesto administrativo que le sumiría en una depresión antes de que llegara siquiera a percatarse.

Él era un hombre de acción, un policía de la calle, aunque los años, los kilos y los problemas de todo tipo le hicieron darse cuenta de que ya no estaba para esos trotes.

En esos largos meses de convalecencia de Macarena, Bermejo se acostumbró también a leer algunas viejas novelas de detectives que aún atesoraba y comenzó además a interesarse por autores de novela negra más modernos, como la misma Miriam Monfort.

Todos acabaron muy satisfechos por la labor conjunta realizada en Aranda para desenredar la trama formada por el Gremio, pero Bermejo se encontró fuera de lugar.

Él no había podido ayudar en casi nada y se sentía ofuscado, aunque se alegró por el papel que Macarena y Miriam tuvieron en la resolución del caso.

Así que llegó a plantearse de forma muy seria la opción de abrir en un futuro su propia agencia de investigadores privados, seguro que trabajo no le iba a faltar.

No tendría el glamour de las películas de Hollywood, sabía a lo que se exponía como labor detectivesca en el ámbito español, pero la pareció una buena opción para seguir formando parte activa de la sociedad.

También llegaron a ofrecerle algún puesto como responsable de seguridad en varias empresas, pero no le llamaba tanto la atención.

Y eso que los emolumentos y el horario serían mucho mejores que como futurible detective privado, aparte de dejar a un lado los problemas legales al trabajar por cuenta ajena, y no como autónomo si abría su propio negocio.

Macarena le ofreció una tercera vía que no había considerado hasta la fecha: tirar de contactos y buscar un puesto de responsabilidad en el Ministerio del Interior bajo el paraguas de su amigo Mardones.

A Bermejo no le gustó la idea en un principio, y menos si se trataba de que le dieran casi a dedo un puesto de libre designación.

Tras más de treinta años de servicio al ciudadano como policía, no le convencía esa función como trabajo previo a su jubilación, aunque le prometió a Macarena pensárselo y hablar con Mardones para tantear las diferentes posibilidades.

Una conversación que tuvo lugar a finales de ese mismo verano, pero el antiguo comisario reconvertido en político le pidió algo de tiempo.

Se encontraban en precampaña electoral ante la inminente repetición de las elecciones generales, por lo que el inspector tendría que armarse de paciencia para tratar con calma ese tema.

Mardones aspiraba a un alto cargo, con una labor bastante más política que la que llevaba hasta entonces en el ministerio, ofreciéndole a Bermejo la posibilidad de buscarle un acomodo mucho mejor si finalmente se hacía con el puesto.

Bermejo se desesperaba en la casa que compartía con Macarena en su elitista vecindario del Parque del Conde de Orgaz, por lo que al final tiró por una solución intermedia mientras aclaraba las ideas.

No podía seguir sin hacer nada, y menos cuando la jueza se reincorporó a un puesto sin tantas responsabilidades en el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad de Madrid.

Así que no le quedó más remedio que claudicar y apechugar con la situación, incorporándose a su antigua unidad pero en un puesto de corte administrativo, dentro del complejo policial de Canillas.

El partido político en el poder consiguió sacar adelante la investidura y se sucedieron unas semanas de dimes y diretes.

Al final, Mardones consiguió su ansiado ascenso y fue nombrado secretario de Estado de Seguridad, a la sazón el número dos de un ministerio tan importante como el de Interior.

Bermejo sabía que tenía pendiente una conversación con él, pero con la vorágine de esas semanas, recién comenzado el año, lo fue posponiendo hasta que ya fue demasiado tarde.

El pase a segunda actividad no le sentó especialmente bien al antiguo inspector, y aparte de todo, tampoco tenía mucho ánimo debido a los acontecimientos que se estaban desarrollando en todo el mundo.

Bermejo no contaba con redes sociales ni se dejaba influenciar por las modas, pero al final uno acababa enterándose de todo.

Y entre lo que comentaban los compañeros más jóvenes de la unidad, lo que le contaba Macarena y lo poco que veía en prensa y televisión, Bermejo acabó por preocuparse de verdad.

Las noticias provenientes de China eran cada vez más desalentadoras y, tras ver unos vídeos sobre la situación en Corea del Sur, Bermejo llegó a la conclusión de que en Europa llegábamos tarde para controlar una epidemia que se cernía como un buitre gigantesco sobre toda la humanidad.

Algún que otro policía en Canillas también había visto esos videos y estaba de acuerdo con su opinión.

De hecho, comenzaron a escucharse voces de alarma en su entorno, alertando sobre lo que podía llegar a suceder, aunque la mayoría pensara que exageraban.

Incluso tuvo discusiones acaloradas con compañeros que le afeaban su comportamiento, como si hablar del problema en voz alta atrajera la desgracia.

China parecía muy lejana, pero cualquiera con un poco de sentido común sabría que en un mundo tan globalizado la propagación de la epidemia sería inevitable.

Tras hablarlo con calma con Macarena, ambos llegaron a la misma conclusión, recordando incluso escenas de películas famosas que trataban temas parecidos.

Imágenes de Estallido , con Dustin Hoffman y Morgan Freeman, o la también conocida Contagio , con Matt Damon, Kate Winslet y Jude Law, se le venían indefectiblemente a la cabeza.

Y la realidad se empeñaba muchas veces en superar a la ficción, algo que terminarían por descubrir de la peor manera posible.

El inspector fue de los primeros en contagiarse en su unidad, a primeros de marzo.

Llevaba unos días encontrándose mal, con algo de fiebre, pero lo achacó a las pocas ganas que tenía de trabajar en su nuevo puesto, al estrés general en el que se encontraba la sociedad ante la llegada del Covid-19 y a un resfriado mal curado.

Bermejo no había estado en una situación de riesgo ni conocía a nadie contagiado, aunque no podía estar del todo seguro.

Meses después averiguó que un compañero había tenido contacto estrecho con un aficionado al fútbol que asistió en Milán al dichoso partido de Champions entre el Atalanta de Bérgamo y el Valencia el 19 de febrero.

Un evento desafortunado en el que los expertos asegurarían después que miles de personas se contagiaron para crear una auténtica bomba vírica, detonante del estallido de casos en Italia y España a partir de marzo.

Su jefe le ordenó que se fuera a descansar tras ver su rostro macilento en una tarde que nunca olvidaría.

Bermejo obedeció, sin ganas de dirigirse directamente a su domicilio donde quizá pudiera contagiar a Macarena y, en su lugar, encaminó primero sus pasos hacia las urgencias del hospital de La Paz.

Sin embargo, la situación caótica que encontró a su llegada le hizo reconsiderar su postura.

Lo que se veía en televisión o se leía en las noticias palidecía en comparación con la realidad.

Decenas de personas se agolpaban en Urgencias exigiendo atención médica, algunas en estado crítico.

Mientras tanto, los sanitarios se afanaban por atender a los enfermos con sus precarios medios, expuestos a la carga viral de un enemigo que en aquellos días nadie sabía cómo combatir.

Bermejo se dirigió después a una clínica privada que conocía, situada cerca de su trabajo, a la que había acudido en alguna ocasión gracias a la aseguradora con la que contaba gracias al concierto que los funcionarios del Estado tenían con MUFACE.

Pero allí la situación también amenazaba con desbordarse.

Habló con un médico que le recomendó regresar a casa y no acudir a un hospital a no ser que la situación empeorara mucho, no pudiera respirar y tuvieran que aplicarle otro tipo de medidas más drásticas.