La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) Una bienvenida en toda regla #2
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Una bienvenida en toda regla #2

—¡Maldita sea! —exclamó Antúnez—. No recordaba lo del FBI, si es que uno no puede estar en todo. Así que tendrás que servirme tú, no te queda otra. Siento joderte las vacaciones, este trabajo es así. Ya lo sabías cuando te incorporaste, imagino que no te sorprenderá. ¿Has dicho Cantabria?

Notaba al coronel un poco más alterado de lo habitual, aunque su tono autoritario y su manera de tratar al personal no variaba ni un ápice. Milene suspiró al saber que tendría que obedecer, sin imaginar el marrón de cuidado que estaba a punto de caerle encima.

—Sí, mi coronel, estaba en Suances con mi familia, pero ahora mismo me pilla usted conduciendo, iba a pasar el día en Santoña con una antigua compañera que…

—¿En Santoña? —le interrumpió Antúnez—. Joder, menos mal, una buena noticia al menos en esta mañana de mierda. Acelera y plántate en el cuartel de Santoña lo antes posible. Pregunta por el teniente Gálvez, ya he hablado con él.

—Pero mi coronel, no llevo maleta, neceser ni ropa adecuada. Pensaba pasar un día de playa con una amiga y yo…

—Apáñatelas como puedas, Oliveira, no me cabrees. Tenemos un problemón importante en la región y quiero que te conviertas en mis ojos y mis oídos en esta investigación. Te están esperando en Santoña, así que no pierdas más el tiempo.

—A sus órdenes, mi coronel —respondió la joven, intranquila—. ¿Se puede saber de qué se trata? Imagino que algo grave ha sucedido si…

—Prefiero no comentar nada por teléfono, te pondrán al día cuando llegues —dijo Antúnez cortante—.

Ya que tus compañeros están fuera, tendrás que apechugar con la situación, espero que te portes.

Deja bien alto el pabellón de la UCO, no me falles.

Y me reportas directamente a mí, aunque allí tengas que ponerte a las órdenes de Gálvez.

—Por supuesto, no se preocupe. Me queda menos de media hora para llegar, más tarde le informaré de lo que averigüe.

—Así me gusta, muchacha —replicó el veterano oficial—. Es una oportunidad para ti, no la cagues. Roncero dice que tienes madera para esto, tendrás que demostrármelo en circunstancias adversas y jugando fuera de casa. Creo que eres una mujer de recursos, espero que no nos defraudes.

Milene se despidió de su superior con un nudo en la garganta.

Se enfrentaba a una situación peliaguda, fuera del entorno que conocía como miembro de un equipo consolidado.

Y para colmo de males, se iba a presentar en el puesto de Santoña con ropa playera y en una situación poco halagüeña, como enviada desde la central a una unidad de policía judicial que preferiría no sufrir injerencias externas en su investigación.

Esperaba que, al menos, su amiga Carmen pudiera echarle una mano y hablarle bien de ella al teniente Gálvez.

Vestida con un short arriesgado y una camiseta de hombreras, con el único equipaje a mano de una mochila con solo lo necesario para un día de playa, Milene no sabía cómo se las iba a arreglar en Santoña si el caso se alargaba.

Tendría que comprar ropa en alguna tienda, ya que la diferencia de altura con su amiga no le permitiría a Carmen prestarle ninguna prenda mientras tanto.

Justo en ese momento le entró otra llamada en el móvil, en la que la sevillana se disculpaba por tener que cancelar los planes para ese día. Al parecer había algún problema importante en la comarca y su responsable había suspendido todos los permisos.

—No te preocupes, Carmen, voy para Santoña de todas formas. Mi jefe me ha enmarronado a mí también y pretende que me plante en vuestro puesto para ayudar en el caso, tengo que presentarme ante el teniente Gálvez. Nos vemos allí en veinte minutos o poco más, a ver si me sacas de dudas cuando llegue.

La joven andaluza pareció sorprenderse ante la noticia, pero no añadió nada más, ya que estaba accediendo al edificio de la Benemérita tras perder su día libre. En unos minutos ambas saldrían de dudas ante lo que supondría un caso mucho más complicado de lo que pensaban.

Poco después, Milene llegó ante la puerta del cuartel de Santoña, donde se identificó como compañera de la UCO y aseguró que el teniente Gálvez la estaba esperando.

El guardia de la entrada, tras una mirada valorativa que no le gustó nada, quiso despacharla de forma destemplada.

Milene se cabreó por la situación, aunque sabía que su exuberancia física y el atuendo inapropiado podían darle problemas.

Así que tuvo que insistir, amenazando con llamar a su superior, el coronel Antúnez, si no le abrían inmediatamente la cancela y le permitían reunirse con el oficial al mando, según las órdenes que había recibido.

El guardia reculó y le permitió pasar tras una llamada telefónica en la que le confirmaron que esperaban la visita de la cabo Oliveira.

El tipo terminó por cuadrarse y saludar a una suboficial de mayor rango antes de abrir la cancela, hecho que Milene disfrutó aunque fuera apenas un segundo.

Con lo fácil que hubiera sido hacer esa llamada desde un principio, pensó al atravesar la zona de aparcamiento con su vehículo.

El mundo no iba a cambiar a esas alturas, aunque algunos comportamientos humanos seguían sorprendiéndola de todos modos.

—No esperaba que nos encontráramos en estas circunstancias, larguirucha —la saludó Carmen Ramos a la entrada del complejo, donde había salido para recibirla—. Aunque la verdad es que me alegro de verte.

Milene se fundió en un leve abrazo con su amiga, contenta por saludarla, pero con una leve angustia en el estómago ante lo que estaba por llegar.

—¿Puedes contarme algo de esta historia? Antúnez no me ha dicho nada y estoy algo perdida. Por no hablar de mi atuendo…

—Estás estupenda, Milene, no te preocupes.

Y al que no le guste, que no mire. Nosotras no tenemos la culpa de que nos jodan el día de playa, tendrán que acostumbrarse —dijo Carmen—.

En cuanto al caso, ahora nos reunirán para contarnos todos los detalles.

Bueno, pensándolo mejor, acompáñame un momento.

—Pero…

—Ven conmigo al vestuario de mujeres, será solo un segundo. Tengo un polo oficial en la taquilla y un pantalón táctico que te puede valer. No es alta costura, pero te sacará del paso.

En tres minutos, Milene se deshizo de los shorts y la camiseta de hombreras.

El pantalón le quedaba un poco corto de pernera, pero al menos le daba un aspecto funcional.

Se ajustó el cinturón con el arma que le facilitaron en el armero y se recogió el pelo a lo afro con un pañuelo.

Cuando salió al encuentro del teniente Gálvez, no parecía una enviada especial de la UCO, pero al menos sí una policía judicial de servicio.

La entrada de Milene en el cuartel de Santoña fue menos espectacular de lo que esperaba. Al menos, sus largas piernas ya no iban embutidas en un minishort vaquero, y había recuperado algo de su compostura habitual en el trabajo.

—Bien, ya estamos todos, no hay tiempo que perder. Imagino que eres la cabo Oliveira, ¿verdad? —dijo el que parecía el oficial al mando.

—Sí, mi teniente. Yo…

—Tranquila, ya me ha puesto al corriente Antúnez, luego hablamos con más calma.

Sé que conoces a Ramos, así que mucho mejor para todos.

No voy a negar que me toca un poco las narices que venga nadie de la capital a inmiscuirse en nuestras cosas, pero tampoco quiero cabrear al coronel, sé cómo se las gasta.

Además, puede que la visión de alguien de la UCO nos ayude en este caso, que parece torcido desde un principio.

Los de arriba comenzarán a ponerse nerviosos en breve, ya os lo aviso.

Así que vamos al tajo. Acompañadme todos, por favor.

A Milene le agradaba el trato informal entre compañeros, siempre respetando el rango, por supuesto.

No tenía la suficiente confianza para interpelar directamente al teniente, un Gálvez que parecía preocupado, con un rictus tenso que puso en alerta a la compañía.

Pero su amiga no tuvo tantos miramientos y se lanzó a la piscina sin dudarlo.

—¿Qué ocurre, mi teniente? —preguntó Ramos—. Creo que los compañeros de Galizano han encontrado algo en Bareyo.

—Efectivamente, así es. Más concretamente en La Ojerada, en las famosas cuevas de Ajo, dentro del término municipal de Bareyo. Al parecer han aparecido allí dos cuerpos sin vida, no os puedo avanzar mucho más. Preparad los vehículos y salimos enseguida para allá.

Milene no sabía a lo que se referían con lo de las famosas cuevas, y sin embargo le sonaba el nombre de La Ojerada de haberlo visto entre los sitios dignos de visitar en la comarca.

Carmen le hizo un gesto como que ya se lo explicaría ella más tarde, por lo que se dirigieron hacia el aparcamiento para recoger los vehículos.

El teniente recibió entonces una llamada, les pidió un momento a los compañeros y atendió el teléfono.

El gesto circunspecto del oficial se fue tornando cada vez más grave, por no hablar del tono macilento que su rostro había adoptado de repente.

Contestó con monosílabos delante de sus subordinados y colgó enseguida el móvil, mientras los allí presentes aguardaban expectantes a su explicación.

—Merino, busca al sargento Navarro y os vais para allá cagando leches en el vehículo oficial.

Y tú, Ramos, vete también con Oliveira para que vea cómo trabajamos por aquí.

Puedes pillar un coche sin distintivos, no hay problema.

Quiero que os coordinéis con los compañeros de Galizano y montéis un buen dispositivo para que no pueda acceder nadie al escenario.

Yo iré en cuanto pueda, tengo que atender primero unas llamadas.

—¿Y los de Criminalística? —preguntó entonces Merino.

—Dile a Navarro que lo coordine él. Y que me llame en cuanto estéis en carretera para que le cuente novedades, si es que no me pilla comunicando. Tengo que hablar también con el juez de guardia y con Delegación de Gobierno, menudo pifostio se va a montar.

Tanto Merino como las jóvenes guardias civiles tenían muchas más preguntas al respecto, pero no querían hacer enfadar al oficial al mando, al que se veía más estresado de lo normal. En unos minutos llegarían al lugar del suceso y averiguarían lo que había pasado.

—Vámonos de aquí, Milene, el jefe está a puntito de explotar —le dijo Ramos en voz baja a la última persona en incorporarse al equipo.