La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) Una bienvenida en toda regla
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Una bienvenida en toda regla

Milene Oliveira había pedido unos días de permiso en la UCO para visitar a su madre, que en cuanto llegaba el buen tiempo abandonaba el agobio de la gran ciudad para trasladarse a su casa natal en Suances, un municipio marinero bañado por el Cantábrico.

El mejor sitio para descansar y desconectar del duro trabajo diario en la unidad de élite de la Benemérita.

La joven guardia civil se había ido asentando en su equipo de trabajo dentro de la policía judicial, junto a Pablo Roncero, Andrade y otros compañeros que les ayudaban en tareas de intendencia o administrativas.

Con el tiempo, mucho trabajo y esfuerzo, Oliveira había ascendido a la categoría de cabo, mientras su mentor alcanzaba el grado de capitán, tras una etapa muy complicada en la que habían puesto a disposición judicial a varios autores de delitos muy graves.

Desde aquel primer caso del equipo recién formado que les llevó a tierras de la Ribera del Duero, Milene había evolucionado y mejorado como investigadora policial.

En Aranda de Duero había ayudado a desmontar la trama organizada en torno al Gremio, una supuesta organización empresarial con tintes mafiosos que controlaba toda la región.

En un principio se les escapó la cabeza visible del entramado, conocido como el Hermano Mayor entre sus acólitos, pero gracias a la paciencia, el buen trabajo y los contactos de Roncero en la Interpol, terminaron por atraparlo unas semanas después.

Todos los culpables acabaron en la cárcel y el equipo policial en su conjunto fue felicitado por el buen trabajo realizado.

Oliveira recordó con una sonrisa amarga una etapa de sinsabores para muchos, que a ella le sirvió para afianzarse en un puesto que cada vez le gustaba más. Lejos quedaban ya aquellos primeros momentos de zozobra, en los que le tocó discutir con su familia por una vocación tardía que nadie entendía.

Su padre, atleta profesional brasileño que llegó a competir bajo pabellón español después de casarse con su madre, le había inculcado desde pequeña el gusto por los deportes y la vida sana.

También sabía que su vida no sería un camino de rosas, por lo que la predispuso para ser una mujer fuerte que no se arredrara y luchara por sus sueños.

Practicó incluso artes marciales como método de defensa y filosofía de vida.

Se convirtió en una mujer decidida y se juró no dejarse pisotear por nadie, ni en lo personal ni en lo profesional, como en los lejanos tiempos de la secundaria, donde llegó a sufrir algunos episodios de acoso que subsanó a las primeras de cambio.

Por eso sus padres no entendieron su repentina obcecación por entrar en la Guardia Civil.

Tras licenciarse con honores como doble graduada en derecho y relaciones internacionales, Oliveira comenzó a trabajar en una multinacional norteamericana.

Sin embargo, se cansó rápidamente y afirmó que ese mundo no era para ella.

En secreto, se había estado preparando las oposiciones para guardia civil y las aprobó a la primera con buenas calificaciones.

Al parecer, el arrebato le vino a través de un amigo de la facultad que tenía varios familiares en cuerpos policiales y siempre le había hablado maravillas de la vida castrense.

Milene pensaba que le costaría hacerse a ese estilo de vida tan espartano, sobre todo para una joven de su época, acostumbrada a lucirse y posturear en las redes sociales.

Si bien siempre había sido disciplinada en sus estudios y en los deportes, esto era algo completamente diferente.

Años atrás todo el país fue testigo de los terribles crímenes de Jasón, un caso resuelto en una operación conjunta de la UCO y la Policía Nacional, en el que el teniente Pablo Roncero jugó un papel fundamental.

En 2015 fue muy sonado también el caso de la mafia rusa en la costa levantina, en el que de nuevo Roncero participó de forma activa.

Por no hablar de otros casos mediáticos que pusieron a la UCO en el disparadero.

Algo que llamó poderosamente la atención de la joven de orígenes brasileños y que la llevó a replantearse sus metas.

Milene siempre fue una buena lectora, y uno de sus géneros preferidos era el thriller.

En su momento leyó El color de la maldad y El aroma del miedo , las dos novelas policiales escritas por la periodista Miriam Monfort, pareja de Roncero, que narraban lo sucedido de forma real en esos dos casos tan reconocidos.

Sin embargo, la verdadera inspiración le llegó cuando tuvo la oportunidad de conocer en persona a la escritora y a su novio en un evento cultural.

Como aficionada a la novela negra, Milene había acudido en varias ocasiones a presentaciones y actos literarios diversos.

Fue en el Festival de Novela Policial Getafe Negro, que se celebraba en dicha ciudad del sur de Madrid desde hacía varios años, cuando tuvo la oportunidad de departir con algunos de sus autores favoritos, sus acompañantes y otras gentes del mundillo literario como lectores, blogueros o editores.

Aquella fue la primera vez que coincidió con Miriam Monfort y su pareja, pero no sería la última ocasión.

De hecho, gracias a los consejos de Roncero y la exitosa autora de novela policial, decidió por fin embarcarse en su aventura benemérita.

Al principio le costó acostumbrarse al pequeño puesto en la sierra madrileña en el que comenzó su periplo, pero con determinación y esfuerzo superó todos los desafíos que se le aparecieron.

Después obtuvo otros destinos más jugosos hasta que le llegó la oportunidad de alcanzar su meta, gracias a una durísima promoción interna.

De ese modo pudo acceder a entrar en la sede central de la UCO en Madrid, considerada la élite del cuerpo, con apenas cuatro años de experiencia en la Guardia Civil.

Y encima trabajaría con el mismísimo Roncero, algo que la llenaba de orgullo pero a la vez le imponía mucho respeto.

Su jefe, el capitán Roncero, se encontraba en esos momentos en Estados Unidos junto a su pareja, la escritora Miriam Monfort.

El oficial de la UCO asistía a un curso impartido en la sede central del FBI en Nueva York, aunque también participaba como ponente en un seminario que contaba con investigadores policiales llegados desde diversos puntos del mundo.

Y como el sargento Andrade estaba de baja médica por enfermedad, su jefe directo se encontraba fuera de España y, además, acababan de terminar con éxito un complicado caso en tierras manchegas, Milene decidió tomarse unos días libres para resetear, descansar y pasar algo de tiempo con su familia en aquel enclave privilegiado a orillas del mar.

Esa mañana, sin embargo, la joven tenía otros planes.

Ya había quedado con una antigua compañera de la academia de Baeza, la sevillana Carmen Ramos, en que iría a visitarla a Santoña, en la costa oriental cántabra, destino en el que la joven andaluza trabajaba desde hacía tiempo.

Oliveira pretendía pasar el día en la playa, disfrutar de una comida agradable en algún buen sitio y recordar los viejos tiempos con una chica con la que había hecho buenas migas.

Carmen también trabajaba como policía judicial, pero su entorno era mucho más tranquilo que el que ellos soportaban a diario en la UCO.

Nada de crímenes mediáticos, secuestros ni atracos violentos, le aseguraba su amiga cada vez que hablaban por teléfono.

Y por supuesto, ni rastro de asesinos en serie en una región eminentemente turística en época estival.

Sabía que Ramos estaba a punto de adentrarse en la peor época para ellos, junto a un equipo integrado en el dispositivo organizado por la Delegación del Gobierno en Cantabria y la Comandancia de la Guardia Civil de Santander.

Se trataba de un plan especial de ocio orientado a controlar los posibles altercados en zonas turísticas en un verano de 2022 que se esperaba fuera de gran afluencia de visitantes en la región, sobre todo tras los dos últimos años de pandemia en los que la sociedad había estado más pendiente de otros asuntos.

La sevillana siempre le insistía a Milene para que abandonara la sede central de la UCO y pidiera el traslado a Santoña, donde viviría mucho más tranquila, en un entorno mucho menos agresivo que el de la capital.

Carmen también extrañaba su tierra natal en Andalucía, pero ya se había hecho al norte de España y estaba muy a gusto en su trabajo, destino que no cambiaría por nada del mundo.

Ramos no consiguió convencerla para el traslado de puesto, pero al menos le sacó una promesa.

Y dispuesta a cumplirla, Milene cogió el coche a primera hora de la mañana y enfiló la autovía A-8 para acercarse a Santoña, en un trayecto de poco más de una hora.

Hasta que su móvil, conectado al dispositivo de manos libres del vehículo por costumbre profesional, comenzó a sonar para amargarle el día.

Una llamada inesperada que pondría su mundo del revés de una manera que jamás hubiera imaginado.

—¿Oliveira? —preguntó una voz autoritaria que no le apetecía escuchar en esos momentos—. Aquí Antúnez, ¿dónde demonios estás? No encuentro al maldito Roncero, me sale el teléfono apagado, y a ti me ha costado también localizarte.

Milene insufló aire e intentó calmarse para no soltarle una fresca a su superior, el coronel Antúnez, responsable de la UCO desde hacía varios años.

—Estoy de permiso, mi coronel, ¿no lo recuerda?

Usted me firmó las vacaciones la semana pasada, me he venido unos días a Cantabria —le informó Oliveira en un tono algo displicente que esperaba que el viejo oficial no notara a través del manos libres—.

Y en cuanto a Pablo, quiero decir el capitán Roncero, imagino que ahora mismo estará durmiendo.

En Nueva York tienen seis horas menos, ya sabe…