La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) El silencio de lo efímero #2
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El silencio de lo efímero #2

Koldo no quiso insistir para no crear tensiones con sus superiores, aun a sabiendas de que allí había gato encerrado.

Pensó incluso en investigar por su cuenta para obtener más información, pero terminó por olvidarse del asunto.

Tenía otras muchas preocupaciones en la cabeza, como por ejemplo enderezar su vida.

Llevaba tiempo viviendo en la antigua casa de su abuela en la calle Goya y quería trasladarse a un edificio más moderno, pero no le convencía ninguna de las zonas que había visitado, ya fuera por la distancia con su barrio de toda la vida, o por los precios desorbitados que le pedían en cualquier lado.

El ertzaina prefería vivir en el mismo Bilbao, y eso que su barrio no estaba muy bien comunicado. Rekalde llevaba más de quince años luchando con las diferentes administraciones públicas para conseguir una boca de metro en el vecindario, pero todavía no lo habían logrado.

Tras su paso por el hospital, no quiso discutir con sus padres y regresó al hogar familiar, en principio de forma provisional.

El piso en el que vivía hasta entonces en el mismo distrito necesitaba una reforma integral, pero en plena recuperación tras su convalecencia no tenía el cuerpo para preocuparse por obreros ni reformas, por lo que optó por la opción más sencilla.

Tiempo tendría de arrepentirse, al regresar de nuevo a una casa en la que su madre lo trataba como si fuera un crío.

Y en ese preciso momento, en la primavera de 2022 y recién cumplidos los treinta y seis años, se encontraba todavía durmiendo en su habitación de adolescente, más de un año después de regresar al hogar de los Galarza.

Vivía en su barrio de siempre, en un piso que sus padres compraron en la calle Gordóniz poco antes de que él naciera.

Se trataba de una de las arterias principales de Rekalde, un barrio obrero que también había experimentado numerosos cambios en los últimos años, sobre todo tras el soterramiento de las vías del tren que lo atravesaban, creando un extenso bulevar que deleitaba a residentes y visitantes.

Sin embargo, esto no reconfortaba del todo a Galarza.

Él quería mucho a sus aitas , pero la situación en casa comenzaba a asfixiarle.

Mientras se tomaba un café aguado en la comisaría continuó con el runrún en su cabeza.

Debía abordar lo antes posible la situación para evitar que se enquistara.

Sin embargo, en ese momento recibieron una visita singular que le recordó a la ocurrida meses atrás, la de aquella desaparición tan extraña de un chaval en Basurto.

Nada hacía presagiar, en una mañana primaveral que había amanecido con el típico cielo gris de Bilbao, que ese sería el comienzo de una aventura policíaca para la que nadie se encontraba preparado.

Koldo Galarza se vería involucrado en una complicada partida de poder, un juego cruel y despiadado en el que las fichas humanas podrían sufrir todo tipo de calamidades a merced de las fuerzas del mal.

—Buenos días, disculpe. Quiero denunciar la desaparición de dos familiares directos.

—Claro, acompáñeme hasta aquella mesa para que le tome declaración, señora…

—Uribe, soy Begoña Uribe. Muchas gracias, agente.

El subinspector suspiró, cansado de que lo confundieran con un agente.

Por suerte, le quedaba poco tiempo en esa oficina y pronto regresaría a su antiguo puesto en la unidad de investigación criminal.

Koldo acompañó a la mujer hasta su escritorio y le ofreció un vaso de agua o un café, que ella rechazó con amabilidad.

Le sonaba de algo el rostro de la recién llegada, pero como ni el jefe de la unidad ni ninguno de los compañeros dieron la voz de alarma, pensó que no era una VIP como el tipo que denunció el incidente del hospital, por lo que se dispuso a comenzar con la denuncia sin temor a cometer un error similar.

—Verá, ayer por la tarde, mi hijo mayor fue a visitar a su amama , mi madre. Ella se llama Maite Lizarazu y vive en la Misericordia —empezó.

Koldo conocía de sobra la institución; era imposible no fijarse en aquel edificio imponente cuando uno pasaba por Sabino Arana, entre el Sagrado Corazón y el nuevo San Mamés.

Sabía que la Santa y Real Casa de la Misericordia era una de esas instituciones de «toda la vida» que, tras siglos cuidando de los bilbaínos, ahora se dedicaba en exclusiva a los mayores.

—Ni siquiera hablamos con la Diputación para solicitar una plaza concertada, mi madre se encontraba bien cuando ingresó en la institución y no queríamos papeleo. Mi familia conoce a los administradores y nos brindaron todo tipo de facilidades. Pero ese no es el problema.

—Entiendo, señora Uribe. Mencionó que habían desaparecido dos de sus familiares…

—Claro, disculpe, estoy un poco nerviosa.

Ayer por la tarde, mi hijo fue a visitar a su abuela, como suele hacer todos los lunes.

Salieron a dar un paseo y seguramente se dirigieron hacia San Mamés.

Mi madre es una gran aficionada al Athletic y le entristece que su nieto favorito no haya podido ver todavía la gabarra en la ría.

Al subinspector de la Ertzaintza no le apetecía empezar a discutir sobre fútbol, ni sobre el Athletic o la famosa gabarra, tema recurrente entre los bilbaínos. Así que interrumpió a su interlocutora para que no se extendiera en exceso con las explicaciones.

—¿Y qué ocurrió entonces? ¿Volvieron a la residencia?

—Pues no, agente. Llegó la hora de la cena y ni abuela ni nieto regresaron a la Misericordia.

Me llamaron desde administración pasadas las nueve, ya que les parecía extraño que mi madre no estuviera allí, y pensaron que la buena mujer habría vuelto a casa por algún motivo.

Entonces comencé a preocuparme de verdad.

Llamé a Unai a su móvil y mi hijo no contestó al teléfono.

De hecho lo tenía apagado y sigue igual desde anoche, estoy desesperada.

—De acuerdo, señora Uribe. Voy a preguntarle unos detalles más sobre este asunto y terminaremos de redactar la denuncia para que la firme y podamos gestionarla lo antes posible.

Koldo tramitó la denuncia y animó a la señora Uribe con palabras de aliento.

Ya se encargaría el departamento correspondiente de comenzar con la investigación, si de verdad había algún hecho destacable y no se encontraban ante otra falsa alarma.

Su papel allí había terminado y ya solo pensaba en regresar a su antiguo puesto para hacerse cargo de otro tipo de investigaciones.

Al día siguiente recibió la buena noticia de su inmediata incorporación a la comisaría de Erandio, donde volvería a trabajar como subinspector de investigación criminal.

Su responsable no quería presionarle demasiado al principio, pero tenían varios frentes abiertos: los criminales no descansaban y las fuerzas del orden no podían dejarlos campar a sus anchas por tierras bilbaínas.

El carácter aparentemente afable del subinspector contrastaba con sus habilidades como investigador policial de primer nivel, un trabajo en el que se convertía en alguien muy frío y analítico a la hora de seguir las pistas hasta encontrar a los culpables.

Cualidades que tendría que recordar y potenciar si quería recuperar su antiguo estatus en la sede central de la Ertzaintza, en un puesto que le venía como anillo al dedo pero para el que se encontraba muy desentrenado después de tanto tiempo fuera de allí.

La sorpresa le llegó veinticuatro horas después de su regreso a Erandio, cuando se armó un pequeño revuelo en la entrada de la comisaría al presentarse allí una numerosa comitiva dispuesta a hacerse escuchar.

Koldo distinguió a varios tipos trajeados con pinta de importantes, acompañados por lo que a todas luces parecían sus guardaespaldas.

Pero allí se encontraba también una mujer que lo reconoció antes de que él se percatara de su presencia.

—Agente, menos mal que está usted aquí. Seguimos sin saber nada ni de mi madre ni de mi hijo y han pasado ya cuarenta y ocho horas. ¿Cuándo se van a poner a trabajar en serio?

La señora Uribe se dirigió directamente a Koldo Galarza y el subinspector se ruborizó, ante la mirada sorprendida de sus compañeros.

Cuando el comisario jefe salió de su despacho, alertado por tanto alboroto, el joven ertzaina rezó para aquel asunto no le salpicara demasiado.

Pero su fino instinto le advirtió de que sus problemas apenas habían comenzado.

Bienvenido al trabajo, querido suboficial, pensó en esos momentos.

—¿Qué ocurre aquí? —bramó el jefe de la unidad.

—Comisario Orbea, esto ya pasa de castaño oscuro.

Acabo de hablar con el subdelegado del Gobierno y no sabía nada de la desaparición de mi suegra y de mi hijo.

¿Qué medios están poniendo para solucionar este caso?

Tengo pendiente la llamada del Consejero de Interior y le aseguro que no me andaré con chiquitas.

Aquí van a rodar cabezas, ustedes no me conocen…

—Disculpe, señor Labarrieta, ahora mismo le explico. Acompáñenme a la sala de reuniones, allí podremos hablar más tranquilamente.

El comisario le hizo un gesto perentorio a un subordinado para que buscara el expediente del caso, del que a todas luces parecía no haber oído ni una palabra hasta ese instante. Koldo pareció tranquilizarse y se dirigió hacia su sitio sin contar con la última palabra del jefe.

—Galarza, tú te vienes con nosotros, que parece que sabes algo del caso. ¡Quiero a todo el mundo trabajando en este asunto! Y en cuanto acabemos por aquí habrá reunión del departamento al completo.

Koldo cayó entonces en la cuenta; por eso le había sonado la cara de la señora Uribe al atenderla, aunque no la había identificado por su apellido de soltera.

Se trataba de la primera esposa, ya divorciada, del acaudalado banquero del Banco de Inversiones de Bilbao, el BIB, el señor Labarrieta.

Uno de los hombres más poderosos de la región, por no decir de toda España, como consejero delegado de la entidad.

El subinspector no había seguido el caso tras tomarle declaración a la denunciante, pero imaginaba que los compañeros de desaparecidos habrían hecho el trabajo habitual en este tipo de denuncias: visionar las cámaras cercanas a la Misericordia, comprobar la última ubicación del móvil del chico con la triangulación de las antenas de telefonía si es que seguía apagado, investigar a la familia y allegados de los desaparecidos, hacer el recorrido habitual por el que transitaban esas personas antes de desaparecer, hablar con vecinos y conocidos, etc.

Lo que nadie les había comunicado hasta ese momento era el punto principal de la cuestión, y es que se trataba de dos desaparecidos especiales: nada menos que la exsuegra y el primogénito de uno de los hombres más poderosos del país, por lo que el caso se podía convertir en algo mucho más complicado de tratar.

Galarza siguió a la comitiva que le precedía unos metros por delante a través del pasillo que conducía a la sala de reuniones más grande de la comisaría de Erandio.

El rostro serio del comisario y el gesto airado del banquero no auguraban nada bueno, y él parecía encontrarse en medio de la vorágine.

También fue mala suerte que le tocara atender a esa señora.

—¡Comisario, espere un momento! —llegó gritando uno de los hombres de confianza de Orbea, justo antes de que se adentrara en la sala de juntas.

—¡Maldita sea, Otxoa! —soltó el jefe policial—. ¿Qué demonios ocurre ahora?

El comisario hizo un aparte con su hombre, junto a la puerta de la sala de reuniones, y bajó la voz al ver el gesto circunspecto de Otxoa. A Koldo le dio tiempo a escuchar alguna frase suelta y supo desde el primer momento que lo peor estaba todavía por llegar.

—Acabamos de recibir una extraña llamada de la Guardia Civil de Santoña. Al parecer, han encontrado cerca de allí dos cuerpos que…

Galarza vio cómo Orbea se llevaba las manos al rostro, consternado por la magnitud de la noticia.

Debían verificar la veracidad de la información, pero las perspectivas eran sombrías.

Koldo no quería asistir a una reunión que se había torcido antes siquiera de comenzar, pero no le quedaba otro remedio.

El puesto del comisario era eminentemente político y tendría que lidiar con semejante problema, por lo que solo le quedaba esperar acontecimientos.

Nunca habría imaginado que esa llamada desde Santoña cambiaría su vida para siempre.