La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) El silencio de lo efímero
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El silencio de lo efímero

La mañana en la oficina transcurría bastante tranquila, y el malestar de Koldo Galarza, un ertzaina recién incorporado a su trabajo tras una larga baja médica, no se iba a solucionar por la cantidad de público que atendiera en la oficina de atención al ciudadano que la Policía Autonómica Vasca, la Ertzaintza, tenía en la plaza de Zabalburu.

En su fuero interno, Koldo pensaba que le habían degradado, por mucho que su jefe le asegurara que solo permanecería en aquel puesto de forma provisional, para que se adaptara gradualmente al trabajo tras una ausencia tan prolongada.

Galarza debería estar agradecido a sus superiores por permitirle reincorporarse de aquel modo, sin presiones de ningún tipo, pero se frustraba al perder el tiempo con trámites insustanciales.

A escasos días de que se decretara el estado de alarma por el Covid, Koldo Galarza entró en el quirófano para una arriesgada operación a vida o muerte.

Los cirujanos se esmeraron por salvarle la vida durante largas horas, consiguiendo al menos estabilizarlo y controlar las heridas más preocupantes.

El equipo médico seguía temiendo por su situación vital, avisando a los familiares de que las siguientes cuarenta y ocho horas serían cruciales para el devenir del enfermo. Solo quedaba esperar.

Afortunadamente, su situación se estabilizó en esas horas, por lo que un rayo de esperanza atravesó la zona restringida de Cruces, el hospital de referencia al que trasladaron de urgencia al ertzaina una vez su unidad pudo controlar la situación en el operativo fallido.

Ese fue el comienzo de una etapa larguísima que no le gustaba recordar.

El hospital comenzó a colapsar pocos días después, tras la llegada del virus que cambiaría el panorama mundial para siempre.

Y Koldo tuvo la mala fortuna de empeorar, ya que uno de los injertos realizados durante su operación comenzó a fallar.

Le llevaron de nuevo al quirófano con urgencia, pero no pudieron contar con el especialista que le atendió en primera instancia, ya que había caído enfermo con la primera oleada mortal del Covid-19.

Esta intervención no salió todo lo bien que los médicos demandaban, por lo que la situación de Koldo pasó a ser crítica.

Terminó en cuidados intensivos, durante unos días terribles en los que la mayoría de los centros hospitalarios mundiales acabaron desbordados.

Koldo no se percató de la realidad hasta mucho más tarde, inconsciente y tendido en una triste cama de hospital, sedado y conectado a máquinas que le mantenían con vida.

Y todo en una UCI cada vez más atestada de enfermos que necesitaban ser intubados, sin saber si algún día llegarían a despertar.

Tras unos inicios titubeantes, el organismo de Koldo comenzó a reaccionar y consiguió salir de esa situación crítica, no sin mucho esfuerzo.

Fueron meses en los que los médicos rezaban para que el paciente no se contagiara del dichoso Covid en aquellas circunstancias tan extremas.

La prioridad del hospital era combatir el virus mortal, pero tenían otros muchos enfermos, como Koldo, que también debían ser tratados con la máxima profesionalidad.

El ertzaina compartió las primeras olas del virus con multitud de enfermos que entraban y salían de una sala de críticos en la que había mucha rotación de camas debido a la mortalidad del Covid.

El personal del hospital, tanto médico como de enfermería, también acabó diezmado en una época terrible para todos.

Y por fin, casi seis meses después, Galarza pudo abandonar esa unidad y pasar a planta, a una habitación en la que comenzó a ser consciente del calvario por el que había pasado y lo que le quedaba todavía por sufrir.

Las restricciones de la pandemia impidieron que su familia le visitara en aquellos primeros meses de tortura, pero afortunadamente la situación cambió poco después de que le trasladaran a planta.

Un suplicio para todos los que se encontraban en esa situación, ya que los enfermos sufrían y morían en los hospitales sin el apoyo fundamental de sus seres queridos.

La recuperación fue larga y dolorosa, un período de claroscuros al que le costó adaptarse.

Y cuando los galenos consideraron que lo peor había pasado, llegó el momento de su rehabilitación.

Meses de duro trabajo junto a los fisioterapeutas y otros especialistas del hospital, ya que las secuelas de Koldo eran tanto físicas como psíquicas después de todo lo que había vivido.

Agotó el período de baja médica de un año y la prórroga de seis meses antes de presentarse ante el tribunal de incapacidades de la Seguridad Social.

Koldo no quería llegar a ese extremo por nada del mundo, necesitaba trabajar y sentirse una persona normal para no volverse loco.

No quería recibir una jubilación anticipada, si es que eso era posible dada su edad y sus años cotizados, ni por todo el oro del mundo.

Así que luchó con todas sus fuerzas por recuperar su vida.

Dos años después de comenzar la pesadilla, Galarza comenzó a vislumbrar la luz al final del túnel.

En marzo de 2022 por fin se reincorporó al trabajo, aunque en tareas sencillas dentro de la Comisaría de Atención al Ciudadano ubicada en Zabalburu.

Y allí recibió a un señor muy nervioso que quería presentar una denuncia, una situación que recordó entonces, semanas después de producirse, casi como si acabara de vivirla.

—Tranquilícese, caballero. ¿En qué podemos ayudarle?

El subinspector era un tipo de carácter afable, tranquilo y sosegado. Le gustaba escuchar y ayudar a los demás y esperaba que tanto tiempo inactivo no hubiera oxidado sus habilidades sociales.

—Verá, agente, esto es muy grave. Mi hijo acaba de desaparecer y tiene el móvil desconectado. Alguien se lo ha llevado contra su voluntad, estoy seguro.

Koldo sabía que los jóvenes desaparecían por diversos motivos: peleas con padres, familiares o amigos, desengaños amorosos, problemas en los estudios, etc.

También podían enfrentarse a temas de bullying o acoso escolar que llevaran a esos chavales a cometer cualquier tontería.

Por no hablar de las dichosas redes sociales, que le estaban sorbiendo el cerebro a más de uno, pensó entonces el subinspector Galarza.

Se notaba que el hombre no lo estaba pasando bien, con el rostro desencajado y los nervios a flor de piel mientras relataba los hechos con voz entrecortada.

Al parecer, su hijo se encontraba velando a su hermana enferma en Basurto y había desaparecido de allí sin despedirse de la niña ni de las enfermeras, abandonando incluso alguna de sus pertenencias en la habitación.

Tampoco había esperado a que le hiciera el relevo otro familiar para regresar a casa antes de dirigirse hacia sus clases en la universidad.

Y lo peor de todo era que no contestaba a las llamadas de sus padres, ya que su teléfono móvil se encontraba apagado.

—Algo malo le ha sucedido, agente, estoy seguro. Tienen que hacer algo…

Koldo no quiso contradecir a un padre de familia que vivía una situación tan angustiosa, aun sabiendo que él no era un simple agente haciendo su trabajo.

De hecho, su instinto policial le avisó de que algo no encajaba en toda esa historia.

Hasta que alguien vino a sacarle de su ensimismamiento mientras especulaba sobre lo ocurrido.

Fue el propio comisario quien, tras asomarse al mostrador con gesto de urgencia, se acercó a ellos.

—No te preocupes, Galarza, yo me encargo de atender a este caballero —dijo el mando con una cortesía casi exagerada—.

Señor Larrea, por fin llega; me han avisado de que estaba de camino.

Si es tan amable de acompañarme a mi despacho…

Allí estaremos mucho más tranquilos y podremos dialogar de forma más discreta para solucionar este problema.

El hombre se levantó de su silla con gesto compungido y acompañó al jefe de la unidad sin despegar los ojos del suelo, con la cabeza gacha y el ánimo alicaído. Debía de ser alguien muy importante para que el responsable lo estuviera esperando personalmente, algo que despertó la curiosidad de Koldo.

—¿Quién es ese tipo? —le preguntó a Garicano, uno de los agentes más veteranos de la comisaría—. No sé si es muy normal que el jefe esté pendiente de la puerta para recibir a alguien que viene a poner una denuncia.

—En este caso lo entiendo —afirmó Garicano—.

Ese hombre es Txema Larrea, uno de los peces gordos de EuskoPetrol, al menos hasta hace poco.

Juraría que está medio jubilado por motivos familiares, sin haber abandonado por completo sus obligaciones empresariales.

Seguramente el jefe quiera evitar que cunda el pánico entre los de arriba.

¿Te imaginas que se trate de un secuestro o algo peor? Podría convertirse en un gran problema.

Le pareció comprensible que el comisario buscara discreción al tratar ese caso, aunque no supieran todavía si se trataba de una desaparición, un secuestro o simplemente una chiquillada.

Incluso podría ser algo tan simple como que el joven se hubiera quedado sin batería y se encontrara en esos momentos en sus clases en Deusto, ajeno al revuelo que se había organizado a su alrededor.

Cuando al día siguiente se le ocurrió preguntar por el tema, le aseguraron que todo había sido un malentendido.

A Koldo le resultó extraño y quiso indagar, por lo que recibió una reprimenda.

Al parecer, el señor Larrea habló con el comisario horas después para retirar la denuncia, asegurando que el chico se encontraba bien y que todo había sido un tremendo error.

Pidió disculpas a la unidad, agradeciéndoles su buena disposición, y les rogó discreción sobre ese asunto.