La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) Una noche de perros #2
3%

Una noche de perros #2

El interpelado se sobresaltó y dio un respingo. Eso tranquilizó a Ibai; al menos sabía que se encontraba consciente. El individuo se giró hacia el muchacho y abrió los ojos desmesuradamente, con una genuina cara de susto que el joven no supo calibrar en ese momento.

—Tranquilo, no se preocupe, solo quería ayudarle. ¿Necesita algo?

Los ojos huidizos del hombre se tornaron de pronto sibilinos y una sonrisa extraña amaneció entonces en su rostro. El cambio de actitud del desconocido desconcertó aún más a Ibai, quien no sabía qué esperar de aquel extraño encuentro.

—Yo estoy tranquilo, Ibai; eres tú el que debería preocuparse.

La mención de su nombre lo dejó sin palabras, sin tiempo para reaccionar ante la sorpresa.

Ni siquiera pudo distinguir el brazo de su atacante, que se movió a toda velocidad en su dirección.

En ese instante sintió un pinchazo agudo en el cuello y todo su mundo se desvaneció, perdiendo la consciencia segundos después.

El atacante se permitió unos segundos de relax tras someter a su víctima.

Todavía le quedaba lo más difícil, sacarlo de allí sin llamar la atención.

Esperaba no tener problemas con el procedimiento elegido, solo le quedaba ejecutarlo a la perfección.

A partir de ese momento no habría marcha atrás, y la espiral de violencia en la que iba a verse envuelto no se detendría en un futuro cercano.

El plan para secuestrar a Ibai, el hijo de un conocido directivo de la petroquímica EuskoPetrol, una de las empresas más importantes del País Vasco, había funcionado casi a la perfección, aunque todavía no podía lanzar las campanas al vuelo.

Necesitaba capturar vivo al chico de los Larrea y llevarlo al punto elegido, por lo que no podía perder mucho más tiempo.

Tras estudiar el expediente y vigilar de lejos a su futura víctima, había elegido la mejor estratagema para atacar al objetivo.

Desechó secuestrarle en su casa o en la universidad, le parecía demasiado arriesgado.

Eso sí, la costumbre del joven de acudir dos noches por semana al hospital de Basurto podría servirle para sus fines.

Tras comprobar las rutinas del hijo de los Larrea, el agresor supo que había llegado su momento.

Tenía una fecha tope para cumplir su cometido y no quería demorarlo más.

Había aparcado su coche, un viejo Renault 19 recuperado del desguace y puesto a punto para la ocasión con matrículas dobladas para mayor seguridad, en el mejor sitio que pudo encontrar.

Cerca de la salida de Basurto sin entorpecer la entrada de Urgencias, en una vía que se bifurcaba a la derecha de ese sendero principal.

Un sitio oscuro y solitario, a la espalda del pabellón de San Pelayo, en el que nadie se fijaría en una noche como aquella.

Lo dejó allí a última hora de la tarde, ya anochecido, y se escabulló entre los pabellones para no llamar la atención.

Sabía que alguna cámara podía captar su imagen, por lo que no le quedó más remedio que adaptarse a la situación.

Llevaba capucha y había cambiado ligeramente su aspecto: gafas, bigote postizo y una prótesis bucal que deformaba su rostro.

Solo le quedaba acometer la última fase del guion preparado.

Distinguió a lo lejos a Ibai cuando llegó a la carrera entre la lluvia para acceder al pabellón pediátrico.

El secuestrador aborrecía también las noches de tormenta, pero debía reconocer que podría ayudarle a cumplir su cometido.

Se escondió para guarecerse de la lluvia y esperó su oportunidad.

Cuando percibió movimiento en la ventana de la niña enferma, supo que había llegado la hora.

Al ver salir al muchacho del edificio para dar un paseo, rodeó el seto en silencio y se situó en el banco, esperando que Ibai le divisara enseguida.

No creía que a esas horas de la madrugada se acercara mucha más gente, pero nunca se podía estar seguro del todo.

Había escuchado grabaciones de la voz del chico, por lo que le reconoció enseguida cuando se acercó hasta él y este le preguntó por su estado.

Hizo un poco el tonto al despertarse, recordando las horrendas obras de teatro que perpetraban en la escuela, y atacó sin piedad a su víctima.

La lanceta que guardaba, llena con una mezcla de drogas que atontaría sin remedio a Ibai, hizo su efecto enseguida.

Al principio, el chaval pareció caer en la inconsciencia, sin llegar a perder el conocimiento del todo.

El criminal necesitaba que Ibai colaborara, no podía arrastrarle ni llevarle a cuestas para sacarlo de allí, por muy solitario que se viera el entorno a las cinco y media de la mañana.

Sería mejor para sus intereses sacarle cogido del costado, acompañando su paso, como si fuera un borracho en fiestas.

El coche se encontraba muy cerca y no tenían por qué cruzarse con nadie, pero más le valía prevenir que curar.

Además, nadie se sorprendería al ver a una persona en mal estado saliendo de uno de aquellos pabellones.

Podía tratarse de un enfermo acompañado por un familiar o alguien que hubiera recibido una mala noticia.

Muchas casuísticas a su favor que podían torcerse en un instante, sin querer planteárselo en ese momento, por lo que aceleró en su camino hacia el vehículo.

Colocó a Ibai en el asiento del acompañante, todavía en estado semicatatónico, le puso el cinturón y esperó que no se cayera al arrancar el coche.

Salieron de allí a velocidad constante, sin acelerones bruscos, dejando atrás la caseta de vigilancia donde nadie les dio el alto.

Se incorporó a la antigua carretera N-234 y se dirigió en dirección a Zorrotza con la adrenalina disparada, dispuesto a perderse por las circunvalaciones de la ciudad.

Daría algunas vueltas para despistar, aun sabiendo que alguna cámara de tráfico podría captarle, antes de dirigirse a su destino final.

La noche no había terminado, pero en esos momentos se encontraba pletórico, casi eufórico. Había salido con bien de una prueba no apta para todo el mundo y quería olvidarse de lo demás.

Una hora después, cuando el Gran Bilbao se desperezaba para comenzar una nueva jornada laboral, él llegaba a tiempo de cumplir con su objetivo.

El juego acababa de comenzar, pero muchos de los participantes ni siquiera eran conscientes de encontrarse en una gigantesca partida de muerte y destrucción.