La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) Una noche de perros
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La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6)

La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6)

Por Armando Rodera

© inepub.com

Una noche de perros

Las inclemencias del tiempo no invitaban precisamente a pasear por la calle a esas horas de la noche. El sirimiri de la tarde se había transformado en un auténtico aguacero, y las ráfagas de viento racheado impedían que los paraguas pudieran cumplir con su cometido.

Para Ibai esto no era una excusa. En Bilbao estaban acostumbrados a la lluvia, por lo que un poco de agua no les preocupaba.

Su aita siempre le contaba batallitas de la infancia y se quejaba de que todo había cambiado, y no precisamente para mejor.

Su padre le aseguraba que de pequeños se ponían las botas katiuskas en octubre y ya no se las quitaban prácticamente hasta junio.

Por no hablar de esos veranos norteños en los que el sol brillaba por su ausencia.

Sin embargo, en los últimos años, la ciudad gris e industrial que crecía en torno a la ría del Nervión se había convertido en una urbe moderna y cosmopolita.

El joven no quiso pensar en más desgracias, bastantes habían pasado ya en los últimos tiempos.

Había salido unos minutos antes de la casa familiar en Alameda de Urquijo, cerca de la conocida plaza de Indautxu, por lo que no debería tardar más de veinte minutos en llegar a su destino, por muy mal tiempo que hiciera.

Todavía ignoraba lo que le esperaba en esa jornada, un evento que recordaría durante mucho tiempo.

De camino hacia el hospital de Basurto tuvo un mal presentimiento, como si una sombra alargada se cerniera sobre sus pensamientos y le agarrara las tripas con fuerza.

Quiso alejar el mal fario, pero no pudo relajarse del todo al pensar en lo que se encontraría al llegar al pabellón pediátrico de San Pelayo.

Un lugar de peregrinaje para toda la familia desde hacía demasiado tiempo por varias y diversas razones, por lo que quiso creer que era su aversión hacia todo lo relacionado con los hospitales lo que llenaba su alma de angustia.

Allí se encontraba ingresada su hermana Leire, tras una intervención exitosa de trasplante renal realizada quince días antes.

La niña había nacido con problemas nefrológicos que se habían agravado con los años, hasta que la inminencia del fallo orgánico obligó a incluirla en la lista de espera para encontrar un donante compatible.

De momento había reaccionado bien a la operación y no parecía haber signos de rechazo, pero Ibai prefería ser precavido y no cantar victoria antes de tiempo.

Dormía con ella en el hospital los martes y los jueves, y por la mañana iba a clase en la Universidad de Deusto.

De todos modos, en esa noche infernal hubiera preferido no moverse de casa y ver la lluvia caer a través de la ventana de su dormitorio.

Atravesó por la calle Doctor Areilza hasta Autonomía y continuó su camino en dirección hacia el complejo hospitalario de Basurto, situado en el barrio del mismo nombre de Bilbao.

Un curioso conglomerado de edificios y pabellones, algunos de ellos aún conocidos por los apellidos de las familias acaudaladas que habían financiado los gastos de construcción del antiguo Santo Hospital Civil de Bilbao, el nombre original de Basurto, cuyas obras habían comenzado en el ya lejano año de 1898.

Poco después, Ibai cerró el paraguas, cansado de luchar contra el viento racheado que amenazaba con partir sus varillas.

Se subió la capucha del abrigo polar que solía utilizar para subir al monte Pagasarri en invierno y apretó el paso.

Cruzó con rapidez la entrada del hospital, pasó junto a la caseta en la que el vigilante nocturno se resguardaba de la lluvia y se dirigió hacia el pabellón pediátrico.

A su izquierda, un poco más adelante, divisó la entrada de Urgencias.

No se veía un alma por allí a esas horas, cerca ya de las once, algo que agradecerían los empleados sanitarios, acostumbrados a lidiar con jornadas maratonianas en las que nunca sabían a qué hora saldrían.

Una estampa muy diferente de la que se había vivido en ese y otros muchos recintos hospitalarios de todo el mundo a lo largo de los dos últimos años.

La lluvia arreciaba sin misericordia mientras el viento ululaba entre los pabellones con su carga de agua no apta para turistas desprevenidos.

Esa combinación adversa creaba unos finos alfileres de hielo que se clavaban sin piedad, para sufrimiento de las pocas personas que se habían atrevido a desafiar las inclemencias del tiempo en una noche tan desapacible.

Ibai se detuvo un instante para coger aire, con la angustia anidada en su estómago, antes de continuar su camino.

En ese momento le pareció escuchar un ruido extraño, una especie de aullido, pero seguramente se debería al efecto del viento al golpear árboles y edificios.

Desde su posición solo pudo distinguir un coche oscuro estacionado a lo lejos, en la vía paralela al camino de entrada a Urgencias, pero parecía vacío.

No estaba la noche para detenerse a contemplar el panorama, así que el joven universitario reanudó la marcha.

Atravesó la entrada del pabellón de Gobierno sin prestar atención a sus curiosas paredes, adornadas con mosaicos grabados con los nombres y apellidos de los mecenas que habían sufragado la construcción del hospital.

Las rachas de viento helado no parecían molestar en exceso a Ibai, preocupado en ese preciso instante por una corriente mucho más peligrosa para él.

Una repentina sensación de frío polar recorrió su cuerpo por dentro, un escalofrío que casi le obligó a detenerse de nuevo.

El estremecimiento fue muy desagradable, como si el hielo se hubiera adueñado de su sangre y circulara descontroladamente por todo su organismo, impidiéndole reflexionar sobre aquella extraña situación.

Trató de apartar el pensamiento sombrío que intentaba apoderarse de su mente y decidió acelerar ante los escasos metros que le separaban del pabellón de San Pelayo.

Sus pasos se apresuraron en una pequeña carrera contracorriente, obligados por el vendaval que amenazaba con derribarlo, pero también por la angustia que lo devoraba ante el repentino presagio de que algo le pasaba a su hermana.

Segundos después accedió al interior del edificio y pudo secarse un poco antes de encaminarse hacia la habitación de Leire.

Allí se encontraba su padre, a quien relevaría para que pudiera regresar a casa a descansar.

La niña continuaba estable, sin novedades aparentes, por lo que Ibai suspiró e intentó relajarse después de las inquietantes sensaciones que experimentó al atravesar las oscuras zonas peatonales que separaban los diferentes pabellones, donde las farolas apenas iluminaban el entorno.

Cenó algo y jugó un rato con su hermana antes de que la niña se durmiera, tras el paso de la enfermera.

Ibai decidió también echarse una cabezada, aunque el sillón no fuera demasiado cómodo para pasar la noche.

El cansancio acumulado a lo largo de la semana hizo mella en él y terminó por ceder, aunque sin llegar a dormir profundamente.

Sueños esquivos y una pesadilla sin identificar le hicieron despertar de improviso.

Ibai se sobresaltó al regresar de su mundo onírico sin saber muy bien dónde se encontraba.

Reconocer la habitación lo tranquilizó, y pudo aquietar sus pulsaciones mediante respiraciones largas y profundas, aliviado al comprobar que todo parecía bajo control.

Eran las cinco de la mañana y pronto se marcharía a casa, con el tiempo justo para darse una ducha antes de afrontar la dura jornada de clases en la universidad.

La tormenta había cesado y el cielo comenzaba a clarear gracias a una leve brisa que dispersaba las nubes sobre su cabeza.

Ibai salió un momento a estirar las piernas y respirar aire fresco, ya que el ambiente hospitalario le resultaba sofocante.

Solo necesitaba unos minutos para desentumecer los músculos antes de despedirse de su hermana, quien pronto despertaría con la llegada de las enfermeras.

Paseó alrededor del exterior del pabellón envuelto en una ligera bruma.

Fue entonces cuando notó algo en un rincón del pequeño parque que adornaba la entrada al edificio.

Allí, guarecidos bajo los frondosos árboles, vio dos bancos a los que no había prestado atención al llegar.

Uno de ellos estaba vacío, pero en el otro parecía haber alguien sentado en una posición extraña.

Preocupado por el estado de esa persona, Ibai decidió acercarse.

Ni siquiera se dio cuenta de que solo funcionaba una farola en la zona, que iluminaba de forma bastante difusa todo el entorno, pendiente como andaba de la situación de aquel peculiar individuo.

—¿Se encuentra bien? —preguntó el chico sin levantar demasiado la voz.

Nadie contestó, e Ibai se dirigió hacia el banco desde atrás, con la espalda del desconocido como única referencia.

En su casa siempre le decían que había que ayudar a los demás en la medida de nuestras posibilidades y esa no iba a ser una excepción.

Rodeó el asiento y distinguió a un hombre de edad indeterminada.

Se encontraba con los ojos cerrados, semi apoyado en el respaldo del banco.

Ninguna alarma inmediata se instaló en su mente al verle así, pero prefirió cerciorarse por si acaso.

No estaba seguro de si debía interrumpir o no; tal vez aquel señor había recibido una mala noticia esa misma noche y solo quería alejarse un poco y disfrutar del aire fresco, como él mismo había hecho minutos antes.

Sin embargo, su instinto le decía que había algo más.

Zarandeó con cuidado al hombre por el brazo y este se derrumbó sobre el lateral del banco.

Ibai se asustó y temió que el tipo hubiera sufrido un desmayo o algo peor, así que se sentó a su lado, lo agarró por el costado e intentó incorporarlo mientras le hablaba.

—¡Despierte, por favor! —pidió en voz no demasiado alta—. ¿Está usted bien?