La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 51
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Capítulo 51

Gabriel y Patricia se encuentran en el interior del coche en un lateral de la vía justo antes del cruce. Frente a ellos, una carretera solitaria. Patricia Siles tiene la mirada perdida en el horizonte.

—¿Le has puesto de comer a Azabache hoy? —pregunta de repente sin volver la vista hacia su compañero.

Gabriel niega con la cabeza, apenas un gesto seco.

—Se me ha olvidado —murmura.

—Si se hace tarde, llamaré al vecino y le pediré que lo haga —afirma ella todavía sin mirarlo.

Gabriel resopla, se pasa la mano por la cara.

—Soy el peor dueño de una mascota de la historia.

Patricia asiente despacio. No lo discute.

Entonces, sin aviso, suena la radio.

—Llegamos al cruce en treinta segundos —dice una voz masculina, entrecortada por alguna interferencia.

Gabriel se incorpora en el asiento, pulsa el botón de respuesta.

—Todo listo. Vamos —informa, y enciende el motor.

En cuanto ve aparecer la furgoneta blanca de la Unidad Científica, seguida de tres coches patrulla, pisa el acelerador. Se incorpora a la carretera y se coloca al frente. La caravana se pone en marcha detrás de él, obediente, como si todos respiraran al mismo compás.

El inspector Somoza conduce tres minutos en línea recta.

El cielo se tiñe de gris azulado, y la tensión recae sobre sus hombros.

Al llegar a la casa de Víctor Fábregas, se detienen de golpe.

Los vehículos se abren en forma de pinza y ocupan ambos lados de la carretera bloqueando cualquier posible vía de escape.

Los agentes bajan con rapidez, las armas preparadas, la tensión palpable. Gabriel y Patricia se aproximan a la entrada mientras un joven policía examina la cerradura de la puerta exterior.

—Esta es de las fáciles —comenta, más para sí que para ellos.

Veinte segundos después, la puerta se abre con un leve clic metálico.

Los agentes se adentran en el jardín sin encontrar oposición. Gabriel es el primero en llegar a la puerta de la casa. Gira el pomo. Está abierta. Se aparta, levanta la mano e indica a los agentes que entren primero. Cuatro de ellos lo hacen en formación con las armas en alto.

—¡Quieto! ¡Policía!

Dentro, el silencio se rompe con un sollozo. El llanto agudo de un niño flota a través del pasillo.

—¡Levanta las manos! ¡Quieto! ¡Quieto!

Gabriel cruza el umbral justo cuando su instinto le dice que ha llegado el momento. El momento de la verdad.

Somoza y Siles acceden al salón. El ambiente es tenso. Víctor Fábregas está sentado en el sofá con el rostro desencajado. Su hijo pequeño, Yago, llora desconsolado pegado a su pecho como si ese abrazo fuera lo único que pudiera salvarlo del caos.

—Víctor Fábregas —dice Gabriel con voz firme—, queda detenido como sospechoso en relación con la desaparición de Kasia Nowak.

Su rostro es un poema. Pálido, inmóvil, apenas parpadea mientras Gabriel le lee sus derechos en voz alta para hacerse oír por encima de los sollozos estridentes del niño.

Cuando termina, hace un gesto a la policía que tiene a la espalda.

—Esta agente se va a llevar a su hijo a un lugar donde esté tranquilo. Ahora tenemos que hablar de algo importante.

—No sé de qué va todo esto, pero están cometiendo un grave error —espeta Víctor con una voz cargada de rabia mal disimulada.

Yago se resiste, patalea, se aferra a su padre con fuerza.

—No pasa nada, Yago. Papá irá enseguida, no te preocupes —murmura Víctor con una dulzura forzada que desentona con el temblor que empieza a traicionarlo.

Gabriel espera a que el niño desaparezca tras la puerta. Espera a que los gritos se apaguen. El silencio que se instala después es sepulcral e incómodo.

—¿Me puede explicar de qué va todo esto? —pregunta Víctor llevándose una mano al pecho.

Gabriel saca del bolsillo interior de su chaqueta una bolsa de pruebas transparente. Dentro, el pequeño muñeco con la cabeza mordida que Bruno Porta le entregó. El mismo que se llevó por error de la habitación de Yago. Aunque Gabriel sospecha que ese error tal vez fue intencionado.

—¿Reconoce este objeto?

—Pues… es un juguete.

—Así es. En concreto, es un juguete de su hijo. En él hemos encontrado muestras de ADN.

Víctor cierra los ojos. Durante un segundo parece que todo el peso del mundo se le cae encima. Pero aún no se rinde.

—Usted dice que ese juguete es de mi hijo. Pero podría ser de cualquiera.

Gabriel se inclina un poco hacia él. No sonríe.

—Mire, se lo voy a dejar claro: no me gusta que me hagan perder el tiempo.

Podemos hacer a su hijo una prueba de ADN ahora, sin necesidad de juguetes, y llegaremos al mismo punto, solo que estaré furioso porque usted me ha habrá hecho perder un tiempo muy valioso.

Así las cosas, ¿por qué no empieza a colaborar y se deja de tonterías?

Víctor no contesta. Se echa las manos a la cabeza. El temblor ya no es sutil.

Patricia da un paso adelante.

—El ADN de su hijo tiene una coincidencia del cincuenta por ciento con el de Kasia Nowak. Lo que indica que Yago es hijo de Kasia.

El silencio que sigue es devastador. Víctor se queda inmóvil.

—¿Dónde está Kasia, Víctor? —pregunta Gabriel.

Nada.

—Víctor —insiste el inspector, más bajo, más amenazante—. ¿Dónde está Kasia?

Sigue sin oír una respuesta.

Se agacha, se pone en cuclillas frente a él. Sus rostros casi se tocan. Habla despacio y en un tono tan firme que cada palabra parece cortar el alma de Víctor.

—¿Ha visto a todos los policías que he traído? No ha sido porque la inspectora Siles y yo no pudiésemos detenerle solos. Usted no es tan peligroso. Ha sido porque, si no contesta, si no me ahorra el trámite, voy a poner esta casa patas arriba hasta que encuentre algo. ¿Lo entiende?

Víctor asiente. Tiene los ojos vidriosos. Y entonces se echa a llorar.

—Se lo preguntaré una vez más: ¿dónde está Kasia?

Víctor se incorpora de golpe. Uno de los agentes reacciona al instante alzando el arma.

—¡Quieto! ¡Inspector Somoza, apártese, por favor!

Gabriel no se mueve. Levanta la mano sin girarse.

—Tranquilo. Todo está bien.

Mira a Víctor. Espera. El hombre asiente con un gesto casi imperceptible.

—Síganme —susurra.

Camina arrastrando los pies mientras el resto del equipo lo rodea sin bajar la guardia. Gabriel y Patricia lo siguen en silencio. Víctor coge un manojo de llaves de un cajón, abre la puerta principal y señala hacia la caseta de los aperos que hay al fondo del jardín.

—Debajo de la alfombra hay una escalera que desciende…

Gabriel le arrebata las llaves de un tirón y arranca a correr. Patricia va detrás sin decir palabra.

En la caseta, levanta la alfombra. Ahí está la compuerta. Introduce una llave al azar. Falla los dos primeros intentos. Acierta en el tercero. Aparece la escalera metálica.

Baja los escalones de dos en dos hasta llegar a una puerta. La puerta del infierno. Prueba una llave. Esa vez acierta a la primera.

En cuanto la abre, una ráfaga de hedor lo golpea de lleno. Huele a podredumbre. A encierro. A miedo.

—¿Hola? —dice con voz firme.

Nada.

Entra a ciegas, tanteando las paredes, hasta que encuentra el interruptor.

Un clic.

La bombilla desnuda del techo parpadea antes de encenderse.

Un cuarto minúsculo, húmedo y oscuro. Una mesa coja, una silla de mimbre y un colchón mugriento en el suelo.

Y, sobre él, una mujer.

Demacrada, consumida, pálida.

Pero viva.

Sus ojos verdes —hondos, apagados, rotos— se clavan en Gabriel.

No hay duda: es Kasia Nowak.