La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 52
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Capítulo 52

Han pasado tres meses desde que Kasia Nowak apareció con vida. A veces, Gabriel Somoza todavía se despierta en mitad de la noche pensando en ella, como si su cerebro necesitara recordarle que todo fue real. Que la encontraron. Que sobrevivió.

La repercusión ha sido extraordinaria. Portadas, programas de televisión, documentales en marcha.

Medios de todo el mundo contaron su historia con titulares en negrita, como si ese horror pudiese resumirse en una frase.

El comisario Alfonso Muñiz no ha dejado de sonreír desde entonces.

Para él, ha sido como ganar la lotería. A Gabriel se le revuelve el estómago cada vez que lo ve hinchar el pecho en las entrevistas.

Ha dejado muy claro que no quiere participar en nada de eso.

No le interesa, no es el motivo por el que intenta ser el mejor en su trabajo.

Para él, la gloria no existe; no puede alcanzarla después de lo que le sucedió. Sus metas son otras.

Pasar página de un caso así no ha sido fácil.

Ni para él ni para Patricia. Durante semanas, centrarse en otras investigaciones fue una tarea ardua.

Todo giraba en torno a Kasia. Lo que vivió.

Lo que le arrebataron. Encerrada en aquel búnker, aislada de un mundo que la había dado por muerta, sin conocer a su hijo, sin saber lo que era caminar libre bajo el sol, sufriendo las consecuencias de que un ser despreciable le robara su cuerpo y su alma, su existencia.

Gabriel sabe que su vida nunca volverá a ser normal.

Y, de algún modo, eso también los ha marcado a él y a su compañera.

A veces la visitan en el centro donde está ingresada.

Un lugar triste, silencioso, con ventanas grandes que dejan pasar la luz como si eso fuese parte del tratamiento.

Kasia tardó semanas en hablar. Ahora, después de interminables sesiones de terapia, ha empezado a pronunciar monosílabos.

A veces un «sí», un «no», alguna palabra suelta que a Gabriel le suena a victoria. Porque sigue ahí. Porque lucha.

Pero si todo lo que Kasia vivió durante siete interminables años no fuera ya suficiente, hubo un momento que Gabriel no podrá olvidar. El día que sus padres la vieron de nuevo. ¿Cómo alguien puede afrontar que a su hija le suceda algo así? La respuesta es simple: no se puede, es imposible.

Patricia, siempre tan fuerte, tan impenetrable, se encerró esa noche en su habitación y no salió hasta la mañana siguiente. Gabriel la oyó llorar durante horas. Nunca la había visto romperse. Nunca. Hasta ese momento.

Bruno Porta no se ha apartado de Kasia ni un solo día.

Cada mañana aparece en el centro con algo entre las manos: una flor, un libro para leerle, una canción que cree que le gustará.

Se sienta a su lado manteniendo las distancias, porque Kasia aún no tolera que la toquen, le habla bajito y le cuenta historias de sus compañeros de instituto.

Historias que se perdió. Historias que no podrá recuperar.

Bruno ha sido, junto con la familia de ella, quien más se ha volcado en su recuperación.

Desde el primer día, él tuvo un propósito.

Y lo ha cumplido. Ha encontrado a su amiga.

La vida de Kasia cambió para siempre. Pero no solo la suya.

Yago, su hijo, no la acepta como madre. Es demasiado pequeño e inmaduro para entender lo que hizo su padre.

Los han ido presentando poco a poco, pero ni el niño quiere verla ni Kasia ha reaccionado positivamente las únicas dos veces que los terapeutas han propuesto su encuentro.

Según los profesionales del centro, Kasia desarrolló lo que llaman síndrome de Estocolmo.

El desorden mental de haber estado sometida al aislamiento en un lugar como ese búnker derivó en una situación insólita.

Cuando la rescataron, había establecido una especie de vínculo con Víctor en el que ambos interaccionaban con normalidad.

Para entenderlo hay que pensar en cómo vivió Kasia durante siete años.

Gabriel confía en que la situación mejorará con el tiempo, aunque sea demasiado tarde.

Dos hombres coincidieron en el tiempo. Dos hombres a los que unían lazos familiares: Sebastián Salas y Víctor Fábregas, quienes se apropiaron de las vidas de Samantha Reynolds y la de Kasia Nowak. Sin derecho. Sin autoridad. Con violencia. Con maldad.

El nexo que unía a esos dos monstruos era Fidela Salas, y también ella perdió la vida junto a su bebé por la omisión de socorro de su marido. Un daño colateral devastador.

Víctor tuvo la sangre fría de enterrar a su propio hijo —el que Fidela nunca llegó a conocer— en el jardín de su casa. Muy cerca de donde Kasia Nowak vivió aislada durante siete años.

Gabriel no deja de pensar en eso. En cómo es posible que haya personas capaces de adueñarse de otros seres humanos como si fueran objetos. Como si pudieran decidir qué destino les corresponde.

Sabe que el mundo está lleno de hombres como Sebastián y Víctor.

Que los hay en cada rincón, ocultos bajo trajes caros o detrás de fachadas corrientes.

Y también sabe cuál es su papel en todo eso.

No es salvar el mundo. No es reparar lo irreparable.

Lo único que le importa ahora es dar con ellos.

Con todos los que quedan. Y hacer que paguen.

El sol comienza a caer sobre el horizonte. La luz anaranjada tiñe el jardín de la Coveta Fumá de tonos cálidos. Gabriel está sentado en la vieja silla de madera, una taza de café entre las manos, la vista fija en el mar. No piensa en nada en particular, o quizá piensa en demasiadas cosas a la vez.

Oye pasos detrás de él, pero no reacciona hasta que unas manos cálidas se posan en sus hombros. Se sobresalta por un instante, aunque enseguida gira la cabeza y se encuentra con el rostro de Patricia. Ella le sonríe.

—Acaba de salir la fecha del juicio —dice—. Será la primera semana de septiembre. Jurado popular. Se comenta que lo más probable es que le caiga una prisión permanente revisable.

Gabriel asiente con la cabeza sin apartar la mirada del mar.

—Buena noticia, entonces.

Patricia le acaricia el pelo, justo en la coronilla, como si fuera una forma muda de agradecerle todo.

—Sí —responde—. Así que esta noche saldremos a celebrarlo. Iremos a tomar algo.

Gabriel no contesta, solo vuelve a clavar la mirada en el mar. Y sonríe.