La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 50
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Capítulo 50

Víctor está a punto de perder los nervios.

Su hijo no para de hablar, de cantar, de preguntar cosas absurdas para las que no tiene energía ni ganas de responder. Lleva más de una hora intentando que se duerma, pero Yago parece tener una batería infinita.

Necesita que se calle para poder pensar con claridad.

Tiene que volver a repasar todo. Lo de Mónica.

Lo de la manguera. Está seguro de que no dejó huellas, ¿o cometió algún error?

Todo estaba calculado. Todo. Pero entonces…

¿y si alguna cámara captó su coche? ¿Y si alguien lo vio salir aquella noche?

¿Por qué no la han encontrado aún? ¿O la han encontrado y él no lo sabe?

Porque está muerta, ¿verdad? Está convencido de que es imposible que sobreviviera. Aunque lo cierto es que no se quedó hasta el final. Se fue antes. ¿Respiraba todavía? No lo sabe. No quiso comprobarlo.

Le tiemblan las manos.

Necesita saber si hay alguna noticia, alguna pista que lo vincule. Pero no puede buscar nada por internet desde la conexión de su casa. Sería una estupidez. Si hay alguna sospecha —aunque sea mínima—, lo más probable es que su actividad esté controlada.

Tiene que ir a otro sitio. Un lugar neutral. Seguro.

Entonces lo ve claro.

El despacho del instituto.

Nadie sospechará. Si Jorge, el bedel, pregunta, le dirá que ha perdido la cartera, que va a mirar si se la dejó en el cajón de la mesa de su despacho. Es creíble. Casual. Jorge no hace preguntas, en cualquier caso. Es bastante prudente.

Sí. Es una buena idea.

Se acerca a su hijo, lo levanta en brazos, ya sin ternura, solo con urgencia. El niño protesta, pero Víctor lo lleva a la cama sin darle opción.

—Ya está bien —le dice con voz seca—. Es hora de dormir.

Ni siquiera espera a que Yago cierre los ojos. Sale, cierra la puerta y echa el pestillo desde fuera. No se detiene. Baja la escalera, coge las llaves del coche y abandona la casa.

Minutos después, ya está conduciendo en la oscuridad sin mirar atrás.

Aparca en el lateral del instituto, donde la calle está a oscuras y no pasan coches desde hace rato. No quiere llamar la atención. Baja y camina pegado al muro.

Cuando está a punto de doblar la esquina que da al acceso principal, oye algo. Unos golpes. Se detiene en seco y asoma la cabeza con cuidado.

Es Bruno Porta.

«¿Qué hace aquí? —piensa con rabia—. ¿Qué coño hace aquí a estas horas?».

Lo ve moverse bajo el porche del edificio, impaciente. Y entonces aparece Jorge, el bedel. Acaba de salir exaltado. Los dos intercambian un par de frases que Víctor no alcanza a oír del todo, aunque capta con claridad la palabra «libro».

Víctor entorna los ojos. Bruno lleva algo en las manos. ¿Un libro?

Dice que tiene que comprobar algo, y Víctor oye también el nombre de Kasia.

Mierda.

Los ve desaparecer juntos hacia el interior del instituto. Después, la puerta se cierra.

Víctor se queda inmóvil, la espalda pegada al muro de ladrillo. Tiene que pensarlo bien. Si Bruno está ahí por algo importante, si ha encontrado una pista, si a él se le ha escapado algo tendrá un problema serio. Tiene que actuar. Ahora. Antes de que sea tarde.

Aguarda un par de minutos agazapado en la esquina hasta que está seguro de que no hay nadie más.

Luego se acerca en silencio. No necesita usar sus llaves.

Jorge ha sido amable, o torpe, y ha dejado la puerta sin pasar el cerrojo.

Víctor la empuja con cuidado, evitando cualquier crujido.

Se cuela en el instituto, cierra tras de sí y golpea el portón con fuerza una vez.

Espera un rato y acto seguido vuelve a aporrearlo.

Dos golpes secos.

De inmediato echa a correr hacia el pasillo de la derecha, el que lleva a la biblioteca. Se desliza en el cuarto de la limpieza y cierra la puerta. A oscuras. Apenas respira.

Oye unos pasos. Jorge va. Lo ve pasar por una rendija: linterna en mano, expresión confusa, murmura algo.

Víctor dispone de unos segundos.

Sale del cuarto y cruza el umbral de la biblioteca. Dentro reina un silencio espeso. Avanza entre las estanterías como un animal en la selva, acechando, sin hacer ruido. El corazón le late rápido. Se desliza hasta el fondo, detrás del mostrador.

Entonces lo ve.

Bruno está ahí. De espaldas. Inclinado sobre el libro de registro. A su lado, en la mesa, El Principito .

No… No puede ser, piensa. ¿Kasia? ¿Dejó algo ahí? Es imposible. Él revisó ese libro. No tenía forma de escribir en él. ¿O sí?

No puede arriesgarse. No ahora.

Coge un pisapapeles redondo que hay en una mesa. Pesa lo suficiente. Se coloca detrás de Bruno. Contiene la respiración. Levanta el brazo.

Y golpea con todas sus fuerzas.

La sien de Bruno recibe el impacto con un sonido sordo. El cuerpo se desploma como un saco, sin emitir un solo quejido. Víctor no pierde un instante, coge El Principito y se esconde tras la estantería de novela histórica.

Aguanta ahí, con el libro entre las manos y el pecho a punto de estallarle.

Unos segundos después, oye a Jorge entrar en la biblioteca.

—¿Bruno? ¿Hola? ¿Estás bien?

La voz se eleva. Se vuelve más aguda. Alarma. Nerviosismo.

—¡Bruno! ¡Eh! ¿Qué ha pasado?

Y entonces Víctor lo ve claro.

Es ahora.

Corre.

Cruza el pasillo como una sombra y sale del edificio sin mirar atrás.