La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 49
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Capítulo 49

Han pasado años desde que Mónica vendió su alma.

Ni siquiera recuerda bien el momento exacto, solo sabe que sucedió antes de que todo se fuera al carajo.

Antes de las pandemias, antes de los ingresos hospitalarios por neumonía, antes de despertarse en una camilla con un catéter clavado en el brazo y la cara llena de mugre.

Antes de que empezara a confundirse con frecuencia: realidad y alucinación, pasado y presente, vigilia y sueño.

Lo ha perdido casi todo. Menos el dinero. Eso llega con asiduidad y le permite seguir consumiendo para que su mente se olvide de todo durante un tiempo, al menos. Y, sin embargo, hay recuerdos que regresan intactos. Como el de aquella noche.

La peor de todas.

La recuerda con una claridad enfermiza. Como si acabara de pasar.

Llegó a casa de los Fábregas veinte minutos después de recibir la llamada.

Lo primero que hizo, tal y como había acordado con Víctor, fue advertir a Fidela de que lo mejor sería ir a un hospital, justo después de explorarla.

No lo hizo solo por cumplir el pacto: cualquier profesional habría recomendado lo mismo.

Fidela se estaba desangrando.

Estaba en shock, pálida como la nieve, y apenas se le notaba el pulso. No tenían mucho tiempo. El niño venía con una vuelta de cordón y en el suelo ya se había formado un charco de sangre que habría alarmado a cualquiera.

Menos a Víctor, que solo reaccionó para arrebatarle el teléfono de la mano cuando intentaba llamar a una ambulancia.

—Tu mujer y el bebé van a morir si no pedimos ayuda ya mismo —le advirtió Mónica.

Había consumido. Estaba colocada. Todo le parecía una escena sacada de una película de terror. Y a cada segundo, empeoraba.

—Procura salvar al niño —contestó Víctor.

Tal vez lo obedeció porque ya habían llegado a ese punto en el que solo quedaba intentarlo. Fidela estaba condenada. Y el crío ya asomaba.

Lo intentó. Desde entonces, se repite una y otra vez que lo intentó por todos los medios.

Consiguió sacar al bebé. Pero estaba muerto. Y no pudo hacer nada para reanimarlo.

Ya había vivido una situación similar cuando trabajaba en el hospital. Pero esta vez fue diferente. Esta vez perdió a los dos. Y supo, al instante, que su nombre quedaría manchado para siempre.

Se echó a llorar.

Víctor, en cambio, no lloraba. Solo miraba la pared.

—Dame un momento antes de llamar, Mónica, por favor.

Cogió al bebé sin vida, salió al jardín y regresó cinco minutos después con otro que lloraba entre sus brazos.

Mónica ha repasado mentalmente esa escena un millar de veces. El crío estaba muerto cuando Víctor se lo llevó. Está segura. Por muy drogada que estuviera.

—¡Respira! —gritó él al entrar con expresión de asombro.

A Mónica le costó mucho tiempo llegar a entenderlo.

Víctor creyó que podía engañarla. Pensó que era estúpida. Una drogadicta más. Medio muerta por dentro.

Todo cambió cuando ella propuso llamar a una ambulancia de inmediato.

Entonces Víctor le hizo una propuesta. Algo sencillo. Ino­fensivo, en apariencia. Le ofreció ayudarla económicamente el resto de su vida si accedía a declarar que había sido Fidela quien se había negado en redondo a llamar a emergencias. Y que ya era tarde cuando al final llamaron.

Le explicó que todo el dinero de su mujer procedía de una herencia protegida por cláusulas testamentarias. Una fortuna considerable que solo podría heredar su hijo. Y que, si un juez determinaba que Víctor había tenido algo que ver con la muerte de su esposa, jamás vería un euro.

Intentó hacerle creer que actuando así había obedecido la última voluntad de Fidela antes de que ella perdiera el conocimiento. Pero eso era omisión de socorro, de todos modos, pensó Mónica. Y Víctor tendría que responder ante la ley.

El dinero, sin embargo, significaba el fin de sus problemas.

No tuvo más remedio que aceptar y mirar hacia otro lado cuando Víctor solicitó por teléfono una ambulancia para su mujer diciendo que acababa de ponerse de parto.

Ha comprado mucha droga gracias a la asignación mensual que recibe desde entonces. Pero nunca ha dejado de pensar en ese bebé al que vio muerto… y luego vivo.

Algo no cuadraba.

Comenzó a atar cabos cuando vio a dos hombres hablando con Víctor en su casa.

Poco después, su amiga Lidia —la que pide limosna en un semáforo del centro de Benidorm— le dijo que había estado charlando con unos policías que buscaban a Damián, uno de los camellos de Mónica, y que investigaban el caso de Kasia Nowak.

Por lo que contó, habían encontrado el violín de Kasia en una tienda de artículos de segunda mano.

Yago tiene ahora seis años. Todo el mundo cree que es hijo de Fidela y Víctor.

Pero no lo es.

Mónica cree haberlo entendido, al fin.

Ya no quiere seguir mintiéndose a sí misma. Si la policía ha reabierto el caso de Kasia Nowak, no es por puro azar.

Ni siquiera imaginó la magnitud del asunto cuando se coló en la casa de Víctor Fábregas para robar un poco de dinero o algún objeto de valor. No era la primera vez. Siempre ha sabido que, si la pillaba, él jamás la denunciaría. No puede. No después de lo que ella sabe.

El violín estaba bien escondido: envuelto en una manta al fondo de un armario, en un hueco oculto. No lo buscaba, pero lo encontró.

Lo malvendió a un conocido suyo experto en trapicheos discretos. Doscientos euros que gastó en drogas, por supuesto.

Ahora, por primera vez, empieza a pensar que quizá haya llegado el momento de redimirse y contar la verdad.

Se ha fijado en el coche que conducían esos hombres. Tal vez se los cruce. Tal vez encuentre la forma de hablar con ellos sin salir perjudicada.

Solo que, en su estado, tomar decisiones correctas no es tan fácil.

Víctor Fábregas está muy preocupado desde que el maldito Bruno Porta se presentó con ese policía en la puerta de su casa. No lo vio venir. Después de tanto tiempo. Después de haberlo hecho todo tan bien. Después de que el asunto parecía olvidado.

Ya nadie hablaba de Kasia Nowak. Nadie la mencionaba, nadie preguntaba.

Su nombre se había borrado como una huella en la arena tras la marea.

Y ahora, el inspector Somoza está al acecho.

Víctor ha buscado información sobre él por internet.

Gabriel Somoza es tenaz, ha resuelto casos complicados y bastante llamativos.

Sería una buena guinda en su currículum atrapar a Víctor.

No puede permitirlo.

Lleva una vida estupenda con su hijo Yago. Salen a cenar fuera cuando les apetece, tienen todas las comodidades, no se privan de nada. No hay sobresaltos, no hay preguntas. Solo una rutina perfecta que él se ha encargado de construir y cuidar.

Todo eso ahora está en peligro.

Y acaba de recibir una llamada que le obliga a pasar a la acción.

Mónica le ha telefoneado. Solo con oír su voz, lo ha sabido.

Está con el mono otra vez. Se vuelve loca cuando está así y es capaz de cualquier cosa.

Estaba llorando, se planteaba acudir a la policía y comentarles ciertas dudas que tiene sobre la noche en que Yago nació.

Según le ha dicho, ha seguido al agente de policía con el coche y cree que la ha descubierto.

Víctor no ha titubeado ni un segundo. No ha hecho falta preguntar a Mónica por esas dudas, sabe perfectamente que tienen que ver con el bebé muerto que ella vio aquel día.

La ha convencido de que, si todo se descubre y lo acusan de un delito, ella no se librará, y le ha ofrecido un trato.

Le dará una buena suma de dinero. Veinte mil euros en efectivo esa misma noche si mantiene el silencio, desaparece y nunca más vuelve a saber de ella.

Mónica ha aceptado y han quedado en verse a las afueras de Callosa d’en Sarrià. Ha pesado mucho que Víctor jugase la carta de la felicidad de su hijo Yago, que quedaría devastado y cuya vida cambiaría por completo.

Ya se había imaginado que algo así podría pasar. Por eso está preparado.

Sube a la habitación del niño. Abre con cuidado. Yago duerme profundamente enredado entre las sábanas, ajeno a todo. Lo observa un instante en silencio. Luego cierra la puerta y echa el pestillo.

Enciende el televisor y pone un capítulo de una serie en Prime Video.

Sale sin hacer ruido.

Y se dirige al punto en el que ha quedado con Mónica.

Mónica observa cómo Víctor aparca el coche junto al suyo, en esa zona polvorienta y olvidada de Callosa.

Un lugar aislado, ideal para dos indeseables como ellos.

Él sale del coche sin prisa con una bolsa de deporte negra al hombro.

Mónica la reconoce de inmediato. El dinero.

Ese hombre pagaría cualquier cantidad con tal de quitársela de encima. Debería haberle pedido más. Mucho más.

Víctor abre la puerta del copiloto y entra sin pedir permiso. Como si tuviera derecho a ocupar ese espacio. Mónica jadea. Tiene las pupilas dilatadas, el pulso acelerado. Hace demasiado que no consume y el cuerpo empieza a pedirle con malas maneras que lo haga.

—Mónica, no estás bien para conducir. —Víctor la mira con ese aire de falsa compasión—. Estás con el mono. Mírate.

—Eso no es asunto tuyo —responde ella con los ojos inyectados en sangre—. ¿Has traído los veinte mil euros?

—Sí, pero hablemos primero. Quiero asegurarme de que puedo fiarme de ti.

—Puedes —espeta Mónica, impaciente—. Dame el dinero. Necesito una dosis y todo irá bien.

En lugar de sacar la bolsa de deporte, Víctor mete la mano en el bolsillo de su chaqueta. De ahí extrae una bolsita de plástico transparente con polvo blanco en su interior.

—Toma —le dice tendiéndosela—. Te he traído un poco. Te noté mal por teléfono.

Mónica le arranca la bolsita de la mano como si contuviera el antídoto a un veneno que la está matando.

La abre sin poder controlar el temblor de sus dedos, saca un espejo de la guantera, vuelca una pequeña cantidad, forma una raya con rapidez y la esnifa.

Ni siquiera espera unos segundos. Se prepara otra. Y luego otra.

—Despacio, Mónica —sugiere Víctor en voz baja.

—Déjame. Estoy muy nerviosa.

—¿Adónde vas a ir?

Ella no lo mira.

—Eso no te importa. Lejos. Donde no puedas encontrarme.

Víctor calla.

—¿Volverás por aquí? —dice al cabo de un instante.

Mónica no contesta. Se hace otra raya. La conversación se disuelve en el aire como el polvo que inhala. Un silencio tenso se instala entre los dos.

—¿Dónde la has comprado? —pregunta Mónica arrugando la frente—. Es rara.

—Se la incauté a un alumno de segundo. La llevaba en la mochila. Se suponía que debía tirarla, pero pensé que podía ser útil.

—Me estoy mareando —susurra Mónica; aun así, empieza a preparar otra raya.

No llega a completarla.

La mano deja de responderle. El espejo le resbala de los dedos y cae con un sonido seco. Intenta mantener la cabeza erguida, pero le resulta imposible. Todo se tambalea a su alrededor. El coche, el aire, sus pensamientos.

Y cuando se da cuenta de lo que acaba de pasar, ya es demasiado tarde.

Víctor actúa con calma. Se pone los guantes de látex que llevaba doblados en un lateral de la bolsa. Saca la manguera y el trapo húmedo, y empieza a limpiar.

Tiene tiempo. Mónica acaba de esnifar unas veinte pastillas de diazepam que él mismo ha machacado y guardado en la bolsa de plástico. Estará dormida un tiempo.

Encaja con firmeza un extremo de la manguera en el tubo de escape e inserta el otro por la ventanilla, que baja justo lo necesario. Enciende el motor y se aparta, observando un momento.

Echa un último vistazo. Todo parece en orden. Nada desentona. Nada lo vincula.

Camina hasta su coche. Se sube y conduce en silencio hasta que la tierra se convierte en asfalto.

Allí se detiene, se baja sin apagar el motor y abre el maletero.

Rebusca entre los compartimentos y saca la funda del triángulo de emergencia, rota por las esquinas.

Con ella, traza movimientos lentos sobre el camino borrando las huellas de los neumáticos y las suyas propias. Un barrido rápido pero eficaz.

Cuando regresa al coche y cierra el maletero, siente que acaba de eliminar un problema, pero sigue sin estar tranquilo.