Capítulo 48
Todo ha empezado de repente.
Kasia Nowak abre los ojos en la oscuridad con el corazón latiéndole en las sienes.
Un líquido caliente le empapa las piernas y, durante un segundo, no comprende.
Cree que ha tenido un accidente. Un descuido.
Otra humillación. Pero entonces llega la primera contracción, brutal, como una zarpa que le desgarra el vientre desde dentro.
Se dobla, se le escapa un gemido. El colchón cruje bajo su cuerpo rígido.
¿Nueve meses? ¿De verdad han pasado ya? No, es imposible.
El cuarto está a oscuras. Ahí dentro el tiempo no existe. Solo el miedo. Y ahora también el dolor. Uno nuevo, distinto. Profundo.
—¡Aaah! —grita por fin, sin pensar, sin que le importe nada—. ¡Por favor! ¡Por favor!
Sabe que nadie acudirá. Nadie la escucha. Puede que ahí fuera no haya nadie.
La contracción pasa, y se queda temblando, empapada, desnuda, acurrucada como una niña. Nota el colchón húmedo bajo las piernas. Está segura de que ha roto aguas. Y lo que más le aterra no es el dolor. Es la certeza. El secreto ya no puede esconderse. Y no hay marcha atrás.
Se siente estúpida por no haber contado nada.
Por colocarse de espaldas en la cama para recibir a Víctor cada vez que él bajaba a dejarle algo de comer y, de paso, violarla.
No tiene tanta barriga como otras embarazadas, eso ha ayudado.
También la oscuridad. Y el único interés real de Víctor: aprovecharse de ella.
Porque, si le hubiera prestado un mínimo de atención, se habría dado cuenta.
Empieza a llorar.
Empieza a gritar.
Porque lo siguiente que venga tendrá que afrontarlo sola.
E ignora cómo hay que hacerlo.
Víctor Fábregas está sentado en el sofá con la vista fija en la pantalla del televisor, aunque no está viendo nada.
El zumbido monótono le sirve de excusa para no hablar.
No es que haya algo que decir. Hace tiempo que las palabras entre él y Fidela han vuelto a ser escasas.
Ahora, ese silencio lo llena todo, solo interrumpido por el irritante chasquido que hace su mujer cada vez que muerde un caramelo de menta y lo revienta contra los dientes.
Otro estallido más. Víctor parpadea, está tenso. Va a perder la dentadura a ese paso, piensa. Pero no dice nada. No merece la pena.
—¿Oyes eso? —pregunta Fidela de repente.
Víctor apenas gira el rostro.
—¿A qué te refieres?
—No sé… Es como un ruido. De fuera. ¿Un grito, tal vez?
Él alza la cabeza fingiendo molestia. Pero entonces lo oye. Un sonido agudo, lejano, entrecortado. Como un alarido amortiguado. El tipo de ruido que alguien podría hacer si estuviera encerrado.
—La verdad es que no oigo nada —miente con una naturalidad ensayada—. Será tu imaginación.
Y entonces sube el volumen de la tele.
—No, espera. Quita eso —insiste Fidela.
Se inclina para coger el mando, pero su marido se lo arrebata antes de que lo alcance.
—Está bien —resopla Víctor—. Echaré un vistazo. Quédate aquí.
Se pone en pie con esfuerzo y sale al jardín después de coger el manojo de llaves de la entrada.
El aire de la noche le da en la cara, frío y seco, mientras avanza con paso firme hacia la caseta de los aperos.
Desde la ventana del salón, Fidela lo sigue con la mirada.
Víctor se detiene ante la puerta de madera con los brazos en jarra y se gira lentamente hacia ella.
—Creo que hay una rata aquí dentro, Fidela —le dice alzando la voz—. Quédate en casa, no vaya a ser que te muerda y tengamos que salir corriendo hacia el hospital. Volveré enseguida.
Cuando ve que Fidela se retira de la ventana y desaparece en la penumbra, se permite respirar de verdad.
Entra en la caseta y da un portazo tras de sí.
Aparta la alfombra y abre la trampilla con torpeza.
La urgencia de la situación lo lleva a cometer errores, como no cerrar la compuerta secreta bajo la alfombra.
Las prisas lo están arruinando todo. El sonido que asciende desde el búnker es más claro ahora.
Ya no hay forma de fingir que no lo oye.
Baja por la escalera sin pensar, asustado y furioso a la vez. Abre la puerta y presiona el interruptor de la bombilla del techo.
Y el corazón le da un vuelco.
Kasia está tumbada sobre el colchón, las piernas abiertas, gimiendo entre gritos y espasmos. La sangre le cubre los muslos. La cabeza de un bebé asoma entre ellos.
—¡Ayuda! —grita.
Pero él no se mueve.
El corazón le late como si se le fuera a salir del pecho. El cuerpo no le responde, se está mareando. No es capaz de reaccionar, parece que una parte de su cerebro se ha desconectado.
«Esto no puede estar pasando. No ahora. No así».
—¡Ayuda, por favor! —grita de nuevo Kasia.
Víctor da un paso hacia ella. Inseguro. No sabe por dónde empezar. Está a punto de inclinarse cuando ve algo distinto en la cara de Kasia.
Su mirada ya no está sobre él. Está clavada en alguien a su espalda.
—¡Ayuda! ¡Sácame de aquí! —suplica, esa vez con otra voz, desesperada, rota de verdad.
Víctor se da la vuelta con el estómago encogido.
Fidela está en el umbral, la boca entreabierta, los ojos como platos, le tiemblan los labios. En sus ojos no hay ira. Ni rabia. Es algo mucho peor.
Horror.
Y entonces el mundo se detiene.
Fidela parpadea, pero la imagen no desaparece.
Sigue ahí, fija, como una fotografía espantosa que alguien hubiera pegado al fondo de sus retinas.
No sabe si está soñando o si la propia pesadilla ha decidido representarse en el búnker oculto de su caseta de los aperos.
La chica… La chica está ahí, frente a ella.
Sus labios se mueven, dicen algo. Pero el sonido le llega amortiguado, lejano, como si alguien hubiera bajado el volumen de la realidad.
¿Está pidiendo ayuda? ¿Pronuncia su nombre?
Fidela da un paso atrás. Por un instante, un destello absurdo atraviesa su mente: se parece a la chica que desapareció hace varios meses. No…, no puede ser. Es imposible. Víctor participó en las batidas, fue de los primeros en ofrecerse voluntario, se le veía tan consternado… ¿Verdad?
¿Verdad?
No sabe qué pensar. Solo que necesita moverse. Reunir fuerzas. Subir esa escalera. Entrar en casa. Llamar a alguien. A una ambulancia. A la policía. A ambos. Pero no puede quedarse ahí. No puede.
Da media vuelta. Sube la escalera y sale de la caseta de los aperos.
No anda, levita. Entonces, oye tras ella un clic metálico.
El sonido de una cerradura al cerrarse. Se le eriza el vello.
Pero no se detiene. Sigue andando, más deprisa.
Ya toca la puerta de su casa cuando una mano le agarra el brazo con fuerza.
—Cariño, espera. Puedo explicarlo.
La voz de Víctor la atraviesa como una cuchilla. Por instinto, sin pensarlo, sin medir, le cruza la cara con una bofetada que resuena en el aire. Él se queda inmóvil, atónito. Fidela aprovecha para zafarse, entra en la vivienda y corre hacia la mesa, donde está su teléfono.
Le tiemblan los dedos, pero lo desbloquea. Marca el número de emergencias. Solo tiene que dar al verde.
—Por favor, Fidela, no lo hagas.
Le sostiene la mirada durante unos segundos, decepcionada. No puede quitarse la imagen de la cabeza.
Todo sucede muy rápido.
Lo nota de repente, la tensión es sus músculos. Todo a su alrededor gira, y Fidela se tambalea. El teléfono se le resbala y se estampa contra el suelo. Comienza a hacerse una idea de lo que le está sucediendo y sabe que no será capaz de afrontarlo. ¿Por qué justo ahora?
Víctor se aproxima a ella y la sujeta para que no se desplome. Su mujer ha empezado a sudar profusamente. Al sentarse en el sofá, Fidela se nota la ropa interior empapada.
—Creo que he roto aguas —consigue decir arrastrando las palabras.
El disgusto ha debido de provocarlo, piensa.
Víctor desvía la mirada por debajo de su vientre. Cuando acerca los dedos, Fidela quiere apartárselos de un manotazo, pero es incapaz. Empieza a respirar con rapidez, se siente bloqueada, colapsada. Está sufriendo un ataque de pánico.
—Tengo que llevarte al hospital —dice Víctor.
Pero Fidela no se lo va a permitir.
No puede hablar. No puede moverse. Aun así, su marido ha debido de entender que no quiere pisar un hospital, ya que ahora le pregunta:
—¿Prefieres que llame a Mónica?
Fidela consigue asentir.
La pantalla del teléfono de su mujer está hecha añicos. Sin embargo, el dispositivo se enciende. Víctor lo desbloquea. Fue él quien le puso el PIN. Él lo ha controlado todo siempre.
Busca entre los contactos. Pulgar torpe, respiración entrecortada. Encuentra el nombre.
Mónica.
Pulsa.
—Mónica, soy Víctor —dice apenas ella descuelga—. Necesito que vengas a mi casa. Ya.
—Oye, si Fidela está de parto, será mejor que la lleves al hospital. No puedo ir a tu casa ahora mismo.
Silencio. Denso. Cortante.
—Ven, Mónica.
Y cuelga.
Acto seguido, apaga el teléfono.