Capítulo 47
Kasia Nowak ha dejado de existir.
La chica que era antes ya no está. En su lugar hay otra.
Una sombra encogida sobre sí misma, atrapada en una silla de mimbre, con las piernas pegadas al pecho y la vista fija en una mancha de humedad que se extiende por la pared.
A veces imagina que es una puerta. Otras, que es el lugar exacto donde debería estamparse la cabeza hasta que todo desaparezca.
Hasta que, por fin, todo se vuelva negro.
Víctor sigue bajando.
No siempre a la misma hora. No siempre con palabras.
A veces ni siquiera se molesta en mirarla.
Entra, hace lo suyo y se va. Como si ella fuera un mueble, una muñeca vieja que ha dejado de tener voz.
Kasia ya no lucha. Ya no grita. Solo se encoge después en silencio, con los músculos temblando y las lágrimas escondidas en la manta sucia con la que se cubre.
Sabe que Víctor la prefiere así: quieta, rota, sumisa.
Y cada día que pasa, le cuesta más reconocerse. Más aún, acordarse de quién era.
Ha perdido la noción del tiempo.
En ocasiones se atreve a preguntarle: «¿Cuánto llevo aquí?». Pero él no responde. Solo sonríe, una mueca torcida que a Kasia le revuelve el estómago. Ya ni siquiera la hace esperar al fondo con las palmas hacia arriba. Está tan débil y alicaída que no supone ninguna amenaza.
Al principio intentaba marcar los días en la pared con la uña, pero ya no importa. Hacía marcas sin tener claro si se trataba de un nuevo día o solo lo imaginaba. Ahí abajo todo es oscuridad.
Solo hay espera.
A veces llora. Llora y grita hasta quedarse sin voz.
Otras veces intenta dejar la mente en blanco.
Pero no puede. Porque su cuerpo ha empezado a cambiar.
Las náuseas llegan cada mañana. Los olores le parecen más intensos.
El hedor de la humedad le da arcadas. Y está tan cansada que se siente como si la drenaran por dentro.
Sabe lo que ocurre.
Lo supo desde la primera vez que él la violó, con ese aliento acre y las manos frías.
Fue esa primera vez, sin duda, aunque no entienda por qué.
Lo supo desde que el cuerpo empezó a dolerle de otra manera.
La menstruación no volvió. Y ahora, una curva leve se forma en su vientre.
No es hinchazón. No es su imaginación. Es algo real. Es algo que crece.
No se lo ha dicho a Víctor.
Todavía no.
Pero no podrá ocultarlo mucho más. Y cuando él lo descubra, cuando vea lo que sucede… Kasia no quiere pensar en lo que vendrá.
A Mónica Rives ya no le sirven los cálculos que hace en su cabeza.
Por más que los estire, por más que deje de comer y su cuerpo haya cambiado drásticamente en solo un año, el dinero no alcanza.
Las revisiones a Fidela apenas le dan para malvivir, y la cantidad grande —la que vendrá con el parto— aún está lejos.
Un mes y medio, si no se adelanta. Un mes y medio es una eternidad cuando todo se viene abajo.
Hoy, la gota que colma el vaso: una carta pegada en la puerta de su apartamento con el membrete del juzgado y la palabra «desahucio» en negrita. Lleva más de dos años sin pagar el alquiler. Tarde o temprano, esto tenía que pasar.
Cuando sale del edificio, las miradas de los vecinos la persiguen. No hay insultos, ni amenazas ni portazos. Solo ese silencio espeso que hiere más que cualquier grito. Sabe lo que piensan. Que es una aprovechada. Que se lo ha buscado. Que ojalá se largue y no vuelva.
Ha enviado un mensaje esa mañana a un conocido, medio amigo, medio otra cosa. Le ha ofrecido lo único que le queda: su cuerpo, su presencia. A cambio, una cama, una ducha, un techo. Él ha dicho que sí sin demasiadas preguntas. No debería sorprenderla, pero la tristeza se instala en su interior.
Camina hasta la estación de autobuses. Hace apenas unos minutos ha consumido la cocaína que le quedaba.
Se dirige al hospital de La Vila, como cada día.
Unas veces encuentra trabajo como veladora de enfermos.
Otras no. La mayoría la descarta en cuanto se percata de su estado.
«Está usted para que la cuiden más que para cuidar», ha llegado a oír.
Pero algunos la aceptan por desesperación al no encontrar a nadie más.
El banco de metal está helado. Mónica se sienta y espera.
Una silueta se acerca por el extremo del andén. En un primer momento no distingue quién es. La luz del mediodía cae a plomo y la obliga a entornar los ojos. Camina con paso firme, directo hacia ella. Mónica nota algo familiar en la forma en que balancea los brazos.
Cuando lo tiene a unos metros, lo reconoce. Víctor. El marido de Fidela.
Se le hiela la sangre. Él también la ha visto, se dirige a su encuentro.
Y no parece que vaya a sonreír.
—Hola, Mónica —la saluda Víctor al detenerse frente a ella.
Ella parpadea perpleja e intenta recomponer su expresión en cuestión de segundos.
—Víctor… ¡Qué sorpresa! ¿Qué haces por aquí?
—He venido a buscarte. Tenemos que hablar.
La forma en que lo dice la desarma. No hay amenaza directa en su voz, pero sí una firmeza que no permite escapatoria. Mónica traga saliva. Empieza a temerse lo peor. ¿Va a despedirla? ¿Fidela se ha enterado de algo?
—Mónica —continúa él en ese tono bajo que solo usan quienes ya han tomado una decisión—, he estado hablando con algunas personas que me han contado tu problema. Supongo que entiendes que ese no es el escenario más adecuado para nosotros.
Ella asiente sin decir nada. No tiene argumento posible. ¿Qué podría decir que no suene patético?
—Además, hay algo que no sabíamos y que deberías habernos contado, porque mi mujer no tenía una buena relación con su padre… Es que también me han dicho que te veías con mi suegro, Sebastián Salas.
Mónica frunce el ceño, desconcertada.
—Perdona, pero de eso último no tengo ni idea.
—Os vieron juntos en su coche. Un Mercedes negro. Fuisteis a Finestrat, a una ruta de sendero.
Mónica abre los ojos, incrédula. Le cuesta seguirle el hilo.
—¿Christian es tu suegro? —pregunta sin poder evitarlo.
Víctor la observa con desconfianza.
—¿Qué? No…, no se llamaba… —Se detiene, pensativo. Hay un destello fugaz en su mirada, como si algo le acabara de encajar.
Mónica no le da tiempo para continuar hablando.
—Oye, entiendo que tengáis dudas. Sin embargo, lo de Christian fue…
—Suspira—. No voy a negar que me ayudaba económicamente, pero eso se terminó.
Era un hombre muy raro. Un día dejó de venir y no volví a tener noticas suyas.
Es verdad que quedaba con él porque, como ya te han contado, tengo un problema de adicción…
Bueno, lo tenía, ahora lo he controlado. Estoy limpia. Te lo juro.
Víctor no responde. Sus ojos recorren el rostro de Mónica. Ella le sostiene la mirada. No le queda otra.
—Y con respecto al parto en casa… —El nudo que siente en el estómago la aprieta.
—Mónica —la interrumpe él—, eso no va a pasar. Te ayudaré. Fidela no sabrá nada, es mejor así. Pero tienes que prometerme que, cuando llegue el momento, le dirás que ha habido una complicación. Que tiene que ir al hospital y te desentenderás.
Ella pestañea, está aturdida.
—No me meteré en tus asuntos ni te juzgaré —añade él—. Solo te estoy pidiendo eso. ¿Lo has entendido?
Mónica asiente. Porque no tiene alternativa. Porque en ese instante la ayuda de Víctor es lo único que se interpone entre ella y el abismo.
Y porque, aunque le duela, sabe que él tiene razón.