La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 46
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Capítulo 46

Mónica Rives llega cinco minutos antes de la hora acordada.

Tiene el pelo recién lavado, un vestido discreto —demasiado formal, tal vez— y las manos le sudan a pesar de que solo lleva media hora sin consumir.

No puede permitirse que la vean colocada.

No hoy. Hoy tiene que parecer funcional, fiable, limpia.

Aprieta el timbre con el pulgar y espera. Cada segundo que pasa le hace pensar que no va a abrir nadie, que ha sido una trampa, que quizá han descubierto quién es y le están haciendo perder el tiempo a propósito. Pero entonces la puerta se abre.

Un hombre de unos cuarenta años la observa desde el umbral. Lleva una camisa azul perfectamente planchada, tiene el mentón tenso y una expresión imposible de clasificar. Ni agrado ni rechazo. Solo evaluación. Mónica le sonríe como si fuera la mujer más segura del mundo.

—Hola. Soy Mónica. Mónica Rives.

Él tarda un segundo en reaccionar. Después asiente, se aparta y le hace un gesto para que entre.

—Pasa.

La casa huele a limpio y a muebles nuevos. Todo está perfectamente ordenado, tan pulcro que parece de catálogo. Mónica da un paso, consciente de cada uno de sus movimientos, de sus zapatos baratos sobre ese suelo impoluto. Y entonces aparece ella. La mujer.

—¡Hola! Encantada. Yo soy Fidela —dice con una sonrisa amplia, excesiva tal vez.

Fidela tiene el aspecto de alguien que ha resucitado hace poco. Un estado de ánimo que no se corresponde con su físico pálido y enclenque.

Mónica le devuelve su mejor sonrisa. La necesita.

Hace apenas unos meses la invitaron a irse del hospital de Benidorm donde trabajaba como matrona. No hubo despido formal ni escándalo público, solo una conversación tensa en el despacho del director, unas palabras cuidadosamente elegidas que le dejaron claro que su presencia ya no era bienvenida.

Todo empezó cuando desaparecieron los primeros viales de morfina.

Uno o dos al principio. Nada escandaloso.

Pero después, las ausencias se volvieron demasiado frecuentes.

Alguien dio la voz de alarma y, en ese momento, nadie pensó en Mónica.

Era educada, puntual, profesional. El tipo de persona que pasa desapercibida precisamente porque sabe fingir.

Y entonces llegó la llamada.

Su hermana Sabina, esa hipócrita de sonrisa blanda, telefoneó al director.

Le dijo que Mónica no estaba en condiciones de trabajar, que tenía un problema con las drogas, que necesitaba ayuda.

Lo hizo sin avisar, sin mirarla a la cara, sin siquiera darle la oportunidad de explicarse. Desde ese instante, todo se desmoronó.

Ya no quiere saber nada de su familia. Ni un mensaje más, ni una carta siquiera.

Su hermana ha intentado justificarlo, ha dicho que lo hizo por su bien, que prefería verla en la calle y no entre rejas por un error con algún paciente.

Pero Mónica no se traga ese cuento. Sabina siempre le ha tenido envidia.

Siempre ha querido verla caer. Y esta vez lo ha conseguido.

Desde entonces, nadie la contrata. Está sancionada en la bolsa de empleo de la sanidad pública. Su currículum está manchado y, aunque intenta sonar convincente en las entrevistas para las clínicas privadas, algo en su mirada la delata. Hay desesperación, hay miedo. Y eso asusta.

El dinero se acaba. Las reservas han volado.

Si no consigue ese trabajo, si esa pareja también le da la espalda, tendrá que robar.

O algo peor. Ya lo ha pensado. A veces se le pasan por la cabeza ideas que antes habría considerado impensables, pero ahora solo le importan dos cosas: conseguir dinero y seguir pagando su dosis.

Lleva tanto tiempo consumiendo que ya no recuerda cómo era estar limpia. Tiene una habilidad innata para disimularlo: la mirada clara, el pulso firme, las frases en su sitio. Pero, por dentro, su mente se ha convertido en un terreno resbaladizo, lleno de zonas oscuras donde el juicio se disuelve.

Tuvo un chollo que le venía de perlas y que perdió hace poco, pero de nada sirve pensar en eso ahora. Aquello no volverá.

—¿Te apetece algo de beber? ¿Un café, una infusión…?

—Agua está bien —responde Mónica dejando la voz caer con suavidad.

Se sientan los tres en el salón, un espacio diáfano con ventanales que dan a un jardín que parece de revista con una caseta de aperos al fondo.

Mónica cruza las piernas, fuerza otra sonrisa y repasa lo que tiene que decir. Ya ha mentido antes. Ya ha intentado convencer a otras personas para que crean que está perfectamente capacitada. Solo tiene que hacer lo mismo un poco mejor. Porque necesita ese trabajo. Lo necesita de verdad.

Y si esa pareja no la contrata, no sabe qué hará mañana.

Víctor Fábregas no alcanza a oír del todo lo que dicen Fidela y esa matrona. Su mujer le pregunta si es malo comer caramelos de menta durante el embarazo. Desde que supo que espera un bebé, para no fumar consume unos tres paquetes de esos caramelos al día. Es excesivo.

Víctor observa a la mujer con detenimiento desde el otro extremo del salón fingiendo que solo está ahí como acompañante, como simple espectador. Pero no lo es.

La ha visto antes. No le cabe la menor duda.

Recuerda el día exacto y el lugar: fue en Finestrat.

Ella estaba en el inicio de una ruta de sendero, con ese mismo gesto sereno y la melena rubia recogida en una trenza apretada.

Iba con Sebastián Salas. Un viejo verde, desagradable, manipulador y asesino.

Pero algo no cuadra. ¿Cómo una joven atractiva y con un trabajo tan respetado y cualificado como el de matrona se rebajó a encontrarse con su suegro a escondidas?

Algo no encaja. Y desearía saber qué es.

—Supongo que mi marido ya te habrá contado por teléfono que tengo un problema con los hospitales —dice Fidela sin apenas pestañear—.

Me pasa desde que mi madre falleció de cáncer cuando yo era joven.

Lo pasé muy mal. Por eso tengo claro que el parto será en casa.

Y, para serte sincera, es difícil encontrar profesionales como tú que accedan a ello.

Víctor desvía la mirada hacia la recién llegada. Mónica, ha dicho que se llama.

—Es muy común en otros países —responde ella—. Cada vez más parejas buscan experiencias íntimas en un momento tan importante de sus vidas.

Su voz es agradable, pausada. ¿Dónde está el truco?

—¿Y qué puede decirnos de los riesgos? —pregunta Víctor, que por fin se une a la conversación.

Mónica sonríe.

—Ninguno. Si hubiese algún tipo de problema, yo sería la primera que advertiría de que es necesario acudir al hospital. Pero eso pasa muy poco. No deben preocuparse.

Víctor asiente, aunque no piensa en el parto. No realmente. Su mente sigue atrapada en esa imagen en la montaña.

Sonríe mostrando alivio, pero es fingido.

Hay algo extraño en esa mujer, y no se detendrá hasta averiguar qué es.