La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 45
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Capítulo 45

El tiempo pasa, pero Kasia Nowak no ha bajado la guardia en ningún momento. Cada día, cada hora, intenta convencerse de que alguien la encontrará. Tiene que hacerlo. No puede aceptar que ese sea el final.

Se ha despertado hace unas horas. Como siempre, ha inspeccionado cada rincón de la habitación, tanteado las paredes con los dedos, probado la cerradura con desesperación silenciosa.

Nada. Lleva mucho pensando en una manera de pedir ayuda.

Nunca se le ocurre nada porque no dispone de los medios.

Sin embargo, hoy una idea fugaz le ronda la cabeza.

El Principito.

Se levanta despacio, como si de moverse demasiado rápido la idea que empieza a formarse en su mente pudiera desvanecerse. Se acerca al libro. Lo sostiene con cuidado. Reconoce la etiqueta adhesiva desvaída en la contraportada: el sello de la biblioteca del instituto.

Dado que es el ejemplar de la biblioteca, Víctor tendrá que devolverlo tarde o temprano, piensa

Tal vez… Tal vez eso es todo lo que necesita.

Sin perder un segundo, cruza la habitación y se deja caer de rodillas junto a la silla de mimbre.

Le tiemblan los dedos mientras rasga una de las hebras que sobresalen en la pata trasera.

La rompe con esfuerzo, se astilla. Obtiene un fragmento puntiagudo, blando pero lo bastante firme para intentarlo.

No sirve para escribir, lo sabe, pero puede grabar.

Marcar. Dejar algo. Una palabra. Una pista.

Se sienta con el libro abierto. Presiona con fuerza la punta de mimbre contra una página en blanco. Nada. Vuelve a apretar. La astilla se parte un poco, pero deja una marca.

El mejor capítulo es el del zorro, el número veintiuno. Es ahí donde debe dejar el mensaje. Pasa las páginas con rapidez. Lo encuentra y logra marcar la letra «N». Luego una «E». El trazo es torpe, superficial. Tiene que seguir. «C». «E». Su respiración se agita. «S».

Cuando va por la «I», una voz retumba desde la puerta:

—Kasia, al fondo. Voy a entrar.

Ella se sobresalta. Suelta el trozo de mimbre. El corazón le martillea en el pecho.

—Dame un minuto. Estoy en el aseo —responde Kasia con voz temblorosa.

Silencio.

Agarra la astilla de nuevo. No hay tiempo para pensar.

No hay tiempo para dudar. Encuentra la «T».

Luego la «O». Ya está: «Necesito». Bien.

Sigue. Busca la «A». La encuentra. Marca.

Pero la línea se curva demasiado, podría confundirse con la letra que está al lado.

No importa. Tiene que continuar. «Y». El sudor le resbala por la sien.

Se le nubla la vista. «U». «D». Se salta la letra, retrocede, la marca como puede. El trozo de mimbre cruje. Solo una más.

—Venga, Kasia. No tengo todo el día.

—¡Un segundo! —grita. Está jadeando.

«A». Por fin: «Ayuda». Lo ha hecho. No es perfecto, pero es legible. Si alguien lo ve, si alguien identifica el mensaje…. Debería poner su nombre y dónde está, pero no dispone de más tiempo. Tendrá que dejarlo así y continuar después.

—Kasia, voy a entrar.

Ella lanza el libro sobre la mesa, abierto por la página donde ha grabado el mensaje, y deja caer el trozo de mimbre al suelo. Corre hacia el fondo. Se pega a la pared, las manos visibles, las palmas hacia arriba. Como él quiere.

La puerta se abre.

Víctor asoma la cabeza. Kasia ya está al fondo con las manos en alto, obediente como siempre.

—¿Qué estabas haciendo?

—Ya te lo he dicho. Estaba en el aseo.

Víctor observa con detenimiento ladeando la cabeza. Algo no cuadra.

—No he oído el ruido de la cadena.

—No he podido hacer nada. —Kasia se encoge de hombros—. Es difícil concentrarse con alguien aporreando la puerta.

Víctor asiente despacio sin quitarle el ojo de encima.

Hoy no es un buen día. En realidad, toda la semana está siendo una mierda.

Su mujer está feliz, emocionada con lo del bebé, y eso debería alegrarlo.

Pero no. Últimamente no le deja ni acercarse, ni tocarla ni…

Nada. Dice que podrían poner en riesgo al bebé.

Faltan meses aún, y ya ha colocado el cartel de prohibido.

Eso lo está volviendo loco. Se había acostumbrado a recuperar cierta normalidad y ahora, de golpe, otra vez de vuelta a la castidad.

Kasia se acomoda sobre el colchón y lo mira con una sonrisa suave, casi ensayada.

—¿Qué me has traído hoy?

—Pasta. Espero que te guste.

Víctor se sienta a su lado. La cercanía es nueva. Por lo general charlan un rato, pero manteniendo las distancias. Hace varios días que Víctor da vueltas a esto. Y hoy dará el paso. Porque es él quien tiene el poder y puede hacerlo.

Kasia no se aparta cuando le roza el brazo. No parece asustada. Solo lo observa con una mezcla de incomodidad y confusión. Eso lo anima. Baja la mano, despacio, hasta su muslo.

—Víctor…, ¿qué estás haciendo?

Su voz es apenas un susurro.

—Relájate. Pasas mucho tiempo aquí sola. ¿Por qué no nos divertimos un poco?

Ella le aparta la mano con rapidez y se incorpora para alejarse, pero él la sujeta del brazo con fuerza.

—No —dice bajando la voz hasta convertirla en amenaza—. Vas a hacer lo que yo te indique, Kasia.

Ella intenta zafarse. Él aprieta más. Sus dedos se clavan como garras.

—¡Víctor, no!

El sonido de su nombre en esa súplica le resulta molesto. Se lleva un dedo a los labios pidiéndole silencio. La tensión en la habitación aumenta. Kasia tiembla. Víctor actúa con torpeza, con prisa.

Un golpe. El bofetón que Kasia le ha dado le tuerce el rostro. Le arde la mejilla, le sangra el orgullo. Pero no es suficiente para frenarlo. Es, más bien, un disparo de salida. Y lo que ocurre después ya no ofrece vuelta atrás.

Víctor actúa ahora con más violencia. La agarra de los hombros y la gira para colocarla de espaldas a él. Kasia no es lo suficientemente fuerte para resistirse.

La desnuda con brusquedad y le sujeta ambas manos atrás cuando se coloca encima de ella.

Se oye un sollozo con cada embestida. Víctor sabe que no es placer, es dolor. Se entremezcla con el llanto, que casi es una agonía. El tiempo pasa rápido para él, interminable para ella.

Cuando termina, Kasia se queda inmóvil, tal cual él la deja. Solo se oye su llanto. El pecho le sube y le baja con violencia.

Víctor se abrocha el pantalón. Recoge con calma los libros que hay en la mesa.

—Despídete de la lectura. Eso te pasa por pegarme. Piénsalo la próxima vez.

Y, después de eso, cierra la puerta, echa el cerrojo y se va.

Kasia se queda sola.

Kasia ya no es Kasia.

No volverá a ser ella misma nunca más.