La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 44
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Capítulo 44

Kasia Nowak permanece en el rincón más oscuro del búnker.

El estómago le arde de hambre, una punzada que crece desde hace horas arañándole las entrañas.

Ha perdido la noción del tiempo. Solo sabe que no ha comido en días.

El único líquido que ha ingerido es el agua del grifo, tibia y con un regusto metálico que le revuelve el estómago aún más cada vez que da un sorbo.

Se siente mareada. En ocasiones cree que va a desmayarse, pero no lo hace. Su cuerpo resiste, aunque cada minuto es un suplicio más. Se tumba en el suelo helado con la mejilla contra el cemento y se pregunta por enésima vez si va a morir ahí, sola. Se repite que nadie la encontrará. Nadie.

Durante las primeras horas, gritó. Golpeó la puerta.

Suplicó. Pero ahora ya no tiene energía.

Y, en el fondo, lo sabe: no hay nadie fuera buscándola con desesperación.

Nadie que grite su nombre. Nadie que se niegue a rendirse.

No tiene amigos. No de los de verdad. Solo cuenta con sus padres.

Y ni siquiera está segura de que ellos sean lo bastante fuertes para soportar algo así.

Cierra los ojos. Se dice que va a morir y que, con el tiempo, todos se olvidarán de ella.

El golpe la hace saltar. Un estruendo seco en la puerta metálica. Kasia grita, un chillido agudo que rebota contra las paredes del búnker. El corazón le late tan rápido que casi le duele.

Se incorpora de golpe tambaleándose. Todo su cuerpo se tensa como si fuera a correr, aunque no hay adónde huir. La puerta no se abre. No todavía.

Una voz se filtra desde el otro lado, amortiguada, lejana, pero reconocible.

—Kasia, te traigo comida. Abriré despacio. La luz tiene que estar encendida, y tú al fondo. Las manos donde pueda verlas, ¿de acuerdo? Las palmas hacia arriba. ¿Lo has entendido?

Kasia no responde de inmediato. Sus pensamientos son una maraña de miedo y confusión.

Traga saliva con dificultad. La boca le sabe a óxido y tierra.

—Sí —responde al fin con la voz ronca.

Entonces la puerta se abre con un chirrido lento.

Kasia apenas respira. La luz del pasillo se cuela como el corte de un cuchillo entre la penumbra del búnker.

Luego, la cabeza de Víctor asoma con cautela.

Sus ojos recorren la estancia hasta encontrarla, allí al fondo, justo donde le ha indicado.

En su mano lleva un táper de plástico. Lo deja en el suelo con cuidado, como si fuera una ofrenda.

Kasia da un paso.

—¡No! —grita Víctor, tan fuerte que Kasia se asusta—. No te acerques.

Ella se congela. Tiembla, no sabe si de miedo, de hambre o de rabia contenida.

—¿Por qué me estás haciendo esto? —Su voz se rompe en la última palabra.

Víctor no se aproxima. No la mira directamente.

—No tengo otra opción, Kasia. No podía dejar que fueses a la policía. Ibas a tirar por la borda nuestras vidas… La mía y la tuya. Te recuerdo que mataste a Sebastián Salas.

Kasia abre la boca, pero no encuentra palabras.

Su rostro se endurece, una máscara de odio que va formándose poco a poco.

Le basta un salto, piensa. Solo uno. Podría alcanzarlo, lanzarse sobre él, rodearle el cuello con las manos y apretar hasta que no pueda gritar más.

Pero sabe que no funcionará. Está débil.

Él es más fuerte. Acabaría mal. Muy mal. Y necesita comer. Necesita esperar.

—Déjame salir —suplica—. No diré nada. Lo prometo. No quiero estar aquí.

Víctor niega con la cabeza despacio, casi con tristeza.

—Eso no va a pasar, Kasia. Necesito que te calmes. Con el tiempo te acostumbrarás. Puedo traerte algo para que estés entretenida. Lo que quieras. Libros, música. Lo que sea.

—¿Es que piensas dejarme aquí para siempre?

Víctor se queda un segundo en silencio. Luego responde en un tono bajo, casi suave.

—No voy a matarte, Kasia. No soy un asesino. Pero conseguiremos que esto funcione, ¿de acuerdo? Ahora me voy. Volveré cuando pueda.

Y sin darle tiempo a reaccionar, cierra la puerta. El cerrojo suena como un disparo.

Kasia corre hacia ella, se lanza contra el metal con las palmas abiertas gritando con todas sus fuerzas:

—¡Socorro! ¡Que alguien me ayude! ¡Por favor!

Golpea. Una y otra vez. Le duelen los puños. La garganta le arde.

Pero no hay respuesta.

Solo el eco de su voz rebotando en el silencio.

Han pasado varios meses y Víctor Fábregas tiene la situación completamente bajo control. El caos inicial se ha desvanecido, como si nunca hubiera existido. Ya nadie menciona a Kasia. No hay carteles nuevos en las farolas ni reportajes desgarradores en televisión. La prensa ha pasado página.

Es curioso —piensa mientras hojea el periódico del domingo— cómo la gente olvida. Cómo todos se adaptan. Cómo el horror pierde fuerza al diluirse con el tiempo. Ya pasó con Josef Fritzl, el monstruo de Amstetten, y ahora está pasando con Kasia Nowak, solo que el monstruo es él.

La pista del teléfono en el barranco del Infierno fue un acierto.

Un golpe maestro. Logró desviar la atención hacia un lugar donde no encontraron nada.

Según los últimos artículos, no hallaron ni el móvil ni restos de la otra chica de la que Sebastián le había hablado.

Quizá su suegro solo jugaba con él y dio rienda suelta a su imaginación sumido en una tremenda borrachera.

Un farol. Uno de esos trucos sucios para alargar su pequeña cuota de poder. A Víctor, en el fondo, no le importa.

Lo que sí le importa es que Kasia parece haber aceptado su nueva vida.

Al principio fue difícil, claro. Los gritos, el miedo, esa mirada de odio que quemaba.

Pero ahora… ahora es distinto. A veces, incluso, él baja al búnker y se sienta con ella.

Conversan. Kasia le pregunta si todavía la buscan, si sus padres han salido en televisión.

Víctor le responde con voz tranquila, seleccionando cuidadosamente cada palabra.

Le da esperanza cuando conviene y desazón cuando lo necesita.

Controlar la narrativa es fácil si se tiene toda la información.

En un par de ocasiones, ha logrado que se ría.

Una risa breve, fugaz, pero real. Le ha pedido libros, y eso a Víctor le parece inofensivo.

Le llevó El Principito , una edición raída que encontró en la biblioteca del instituto, justo la que Kasia le pidió.

También le llevó una novela juvenil sin demasiado contenido.

Solo para mantenerla ocupada. Kasia lee durante horas, en silencio.

Víctor le concede ciertos lujos, algún regalo que otro, como helados, ropa de su mujer o una fotografía suya tocando el violín que sacó del anuario del instituto.

Se le nota el desgaste físico, pero hay algo en su rostro —una chispa, una dulzura involuntaria— que le recuerda a la chica que una vez fue.

Esa mañana, Víctor está en el sofá, cerveza en mano y absorto en el periódico, cuando su mujer aparece de repente y se planta frente a él. Sonríe. Una sonrisa desbordante, brillante, como si hubiera ganado la lotería.

—¿Qué pasa? —pregunta Víctor sin moverse.

Fidela alza la mano. En ella, una prueba de embarazo. Dos rayas. Una noticia que no necesita ser dicha.

Víctor se queda pasmado durante un segundo. Luego abre los ojos, se levanta y la envuelve en un abrazo fuerte, casi eufórico.

Todo está saliendo de maravilla.