La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 43
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Capítulo 43

Víctor Fábregas camina hacia su casa con determinación. Cuando entra, encuentra a su mujer medio dormida en el sofá.

—Cariño, ya estoy aquí.

Fidela se incorpora desperezándose.

—No he podido meter el coche en el garaje, la puerta no se abre.

Será por la lluvia, mañana revisaré el mecanismo.

Tampoco he encontrado la bomba de agua, pero vengo de la caseta de los aperos y parece que está todo bien.

Solo que no me quedo completamente tranquilo … Así que probaré suerte en Benidorm.

—Gracias por encargarte, cariño —responde su mujer—. No soy capaz de bajar ahí. Solo de pensar que puede haber alguna rata… Ni hablar.

Víctor sonríe y se excusa para ir al aseo. Cierra la puerta y se sienta en la tapa del inodoro.

¿Qué ha hecho? ¿Ha perdido el norte?

No podía permitirlo.

La frase se repite una y otra vez en su cabeza como un mantra. Como una orden. Quiere interiorizarlo.

Lo ha pensado. Lo ha sopesado. Una y otra vez.

No puede permitir que Kasia hable.

Fidela… Su esposa parece otra desde que murió su padre.

Más ligera, más viva. Como si le hubieran quitado un peso de encima.

Ha empezado a sonreír, a decir que quiere ser madre.

Han vuelto a tocarse y a hacer el amor. Víctor siente que, por primera vez en mucho tiempo, todo va bien en casa.

Incluso ha logrado controlar la atracción que Kasia le provoca.

Porque el deseo sigue ahí. A fuego lento, agazapado, pero sin causar problemas.

Y luego está la venta del negocio de su suegro.

Cuatro millones de euros. Una empresa de comida para mascotas que, con el traspaso, los colocará en una posición envidiable.

Fidela es la heredera universal. Víctor ya puede imaginarse el dinero entrando en la cuenta.

La vida reorganizándose. Todo por fin en su sitio.

Hasta que Kasia decidió revolver el pasado. Hasta que dijo que se lo contaría todo a la policía.

¿Y si lo hace?

¿Quién va a querer una empresa manchada por un crimen? ¿Quién comprará un imperio levantado por un asesino?

Víctor aprieta los dientes. No.

No puede permitirlo.

Porque si lo hace no solo perderá el negocio. Perderá a Fidela. Y todo volverá a la oscuridad.

Ha hecho lo que tenía que hacer.

Kasia no sabe cuánto tiempo lleva en ese lugar.

Podrían ser horas o días. Tiene el cuerpo entumecido, la boca seca, la mente atrapada en una niebla espesa que no se disipa.

No hay ventanas, ni rendijas, ni un miserable resquicio por el que se cuele la luz del mundo exterior.

Solo ese silencio denso, absoluto, que la rodea y la asfixia.

Las paredes son frías. De cemento, probablemente muy gruesas. Están construidas para resistir, para que nadie oiga los gritos. Para que nadie pueda salir.

Hay un colchón viejo tirado en el suelo con una mancha oscura en una esquina que intenta no mirar. No ha dormido sobre él. No puede. Ha pasado la mayor parte del tiempo sentada en el suelo o en la silla de mimbre abrazada a sus rodillas, escuchando. Esperando. Rezando.

En una esquina hay un inodoro diminuto y un grifo que escupe agua con desgana. Se ha lavado la cara varias veces, enrojecida por las lágrimas y el disgusto.

Gritó. Golpeó la puerta con las palmas, con los puños, luego las tuberías. Se dejó la garganta intentando que alguien la oyera. Nadie respondió. Nadie fue. Sigue sola.

Buscó por todos los rincones algo que pudiera usar como arma. Un tornillo suelto, una piedra, un trozo de hierro oxidado. Nada. Solo hay superficies lisas y vacías. Parece un lugar diseñado para retener a alguien sin opción a defenderse.

Y ahora espera.

No sabe qué es peor: el miedo de que Víctor regrese o el miedo de que no lo haga. No entiende por qué está ahí encerrada. No encuentra una lógica, una explicación que le permita sostenerse. Cada teoría que se le ocurre se derrumba al cabo de unos minutos. No hay razón que justifique algo así.

Ese no era el peor final que había imaginado para su historia.

Es peor.

Víctor aparca en su plaza habitual del instituto, saluda con una sonrisa tranquila a Jorge, el bedel, y camina por el pasillo principal como haría un hombre que no tiene nada que ocultar. Incluso él se sorprende de su capacidad para controlar el estrés.

En su interior, sin embargo, algo vibra. No son nervios. No exactamente. Es más bien la conciencia de que cualquier error, cualquier mínimo desliz, podría echarlo todo a perder.

Por eso, la noche anterior, cuando regresó a su casa después de acudir al barranco del Infierno y vio el violín en el asiento trasero, el corazón le dio un vuelco.

Volvía cansado, pero con la seguridad de haber dejado atados todos los cabos.

Había llevado el teléfono de Kasia a ese barranco.

Le resultó difícil acceder a una zona apartada con una oscuridad tan cerrada.

La linterna que había cogido funcionaba a ratos por la lluvia, pero lo consiguió.

Llegó a un punto que le pareció adecuado.

Desbloqueó el móvil de Kasia sin necesidad de dibujar un patrón o introducir un PIN, una clara ventaja a su favor.

Registró los últimos mensajes. Debía asegurarse de que nadie más sabía la historia de Sebastián Salas, lo revisó durante varios minutos y no encontró nada relevante.

Entonces, desactivó el modo avión y comenzaron a llegar notificaciones de llamadas perdidas y mensajes de los padres de Kasia.

No perdió más tiempo. Apagó el teléfono, lo limpió con un pañuelo, se colocó un guante y lo lanzó con todas sus fuerzas al fondo del barranco.

Eligió ese lugar porque, de algún modo, se sentía en deuda con Samantha Reynolds.

Pensó que, si la policía realizaba una búsqueda allí, sería posible que encontrase a Samantha.

Fue su aporte de bondad. Aunque no es tonto.

Sabe que conviene apuntar a su suegro por si la investigación de Kasia destapa alguna prueba incómoda.

Su suegro, Samantha, Kasia. Un nexo que lo exculparía.

Al regresar a casa y descubrir el violín, decidió que era tarde, que no era el momento de ocuparse de él.

Por eso lo envolvió en una sábana, abrió la primera compuerta que lleva al búnker de la caseta de los aperos y lo dejó en la escalera sin que Kasia oyera nada.

Es imposible que oiga algo rodeada de varios metros de hormigón.

Más tarde decidirá qué hacer con él. Ahora no hay tiempo.

Los padres de Kasia Nowak lo esperan en la puerta de su despacho. La madre, con el rostro demacrado y los ojos inyectados en lágrimas. El padre, rígido como una estatua y mordiéndose las palabras. Le dicen que su hija no ha regresado a casa y están preocupados.

Víctor pone cara de asombro y se lleva una mano a la boca. Se ofrece a ayudarlos de inmediato. Convoca una reunión de urgencia con el resto de los profesores —menos Fabián Núñez, de quien no tiene noticias desde hace días—, los informa de la situación y solicita su colaboración.

Incluso cuando una pareja de policías se persona en el instituto, Víctor mantiene la calma.

Ahora toca responder con cortesía y actuar como se espera que lo haga el director de un instituto donde ha desaparecido una alumna.