La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 42
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Capítulo 42

Han pasado dos meses. O quizá más. Kasia ya no cuenta los días, pero todas las noches sueña con él. Sebastián Salas cayendo hacia la nada, como si el barranco tuviera hambre y se lo tragara entero. Y luego el silencio. Siempre el silencio.

Cada mañana al despertar, se queda mirando al techo unos segundos, trata de convencerse de que aquella vez también fue una pesadilla. Pero no lo fue. Ella lo empujó. Y el cuerpo cayó. Y Víctor sangraba en el suelo. Y no había nadie más.

Salvo ellos dos. Los únicos testigos. Los únicos culpables, de una forma u otra.

Víctor le suplicó que no fuera a la policía.

Le explicó todo lo que Sebastián le había contado una noche: lo de Samantha Reynolds, lo del barranco del Infierno, lo del secreto.

Pero no tenían pruebas. Solo las palabras de un hombre borracho que ahora estaba muerto.

Si el cuerpo de aquella chica no se encontraba donde Sebastián concretó…

, entonces ella era una asesina. Así lo dijo Víctor.

Con esas palabras. Y ella, estúpidamente, le creyó.

Limpiaron. Borraron su rastro. Fingieron normalidad.

Tardaron un par de días en encontrar el cadáver de Sebastián.

Un descuido. Mala suerte, dijeron. Todo el mundo creyó que había caído accidentalmente por el barranco.

Kasia fingió estar enferma y se quedó en casa, y Víctor justificó sus heridas forzando un impacto contra un quitamiedos mientras conducía.

Desde entonces, a Kasia todo le da igual.

Las clases, el violín, Londres. No va a aprobar.

Ni siquiera lo intenta. Algunos días ni se presenta en el instituto.

Su madre le pregunta si está enferma; su padre le pide que se esfuerce un poco más.

Kasia asiente en silencio y vuelve a su habitación a leer cualquier cosa que no hable de muerte.

Bruno le escribe de vez en cuando, pero ella le responde con monosílabos. No hay nadie que pueda salvarla.

El dinero, ese maldito dinero que Sebastián le iba a pagar por las fotos, se quedó en la guantera del Mercedes.

Víctor lo recuperó. Fue el quien se encargó de llevar el coche de Sebastián de vuelta, nadie sospechó de él.

Le ofreció los cinco mil euros a Kasia, pero ella contestó que no los quería.

No quería tocar más ese dinero. Sentía que le quemaba los dedos.

Le dijo que lo donara a una asociación para la infancia.

Según él, así lo hizo. A veces imagina a una niña abriendo una caja de lápices nuevos pagados con esos billetes sucios. Y no sabe si sentirse mejor o peor.

Sí decidió quedarse con la memoria USB que contiene las fotografías.

Fue fácil dar las premisas necesarias a Víctor para que la recuperase sin llamar la atención cuando él y su mujer entrasen a su casa.

Víctor le contó que Sebastián la tenía encima de su escritorio, sin ningún tipo de cuidado, a la vista de todo el mundo.

Ahora está en el hueco de la cisterna del cuarto de baño de Kasia.

Tal vez sea una prueba que pueda ayudarla si decide contar la verdad de lo sucedido.

Sus días se han convertido en un amargo ciclo en el que acude al instituto, el profesor Fabián Núñez la castiga sin razón y ella aprovecha ese momento para acudir al despacho del director.

Víctor intenta mantener la compostura, le ofrece agua, le habla del clima, de libros, de cualquier cosa que no tenga que ver con un cuerpo descompuesto en el fondo de un barranco.

Kasia se sienta en la silla frente a él, en silencio, como si estuvieran atrapados en una penitencia compartida.

Sin embargo, Kasia no puede más.

Hoy, el cielo está especialmente negro. Pesado. Las nubes cuelgan bajas, amenaza con desatarse una tormenta. A través de la ventana del despacho, siente que el mundo entero está a punto de estallar. Y por primera vez en semanas, ese pensamiento no le produce miedo. La alivia.

Se gira hacia Víctor.

—No aguanto más —confiesa en voz baja pero firme—. Esta noche, después de la clase de violín, hablaré con mis padres. Se lo contaré todo. Mañana por la mañana iremos a la policía. Lo siento, Víctor. Es lo mejor. Pero no te preocupes, les diré que gracias a ti no me pasó nada.

Víctor cierra los ojos. Se lleva las manos a la cara. Suelta un bufido. Kasia percibe el miedo en su mirada.

Asiente.

—Gracias por avisarme. Así tengo tiempo para contárselo a mi mujer y que se entere por mí.

Y el primer trueno retumba a lo lejos.

La lluvia cae en cortinas densas azotándole el rostro mientras ella camina deprisa por las calles resbaladizas de La Nucía.

El estuche del violín le pesa en la mano derecha, y cada paso le resulta más difícil que el anterior.

El viento arrastra por el asfalto restos de hojas mojadas y papeles que se le pegan a los tobillos.

Tiene frío. Más del que admite. La sudadera que lleva puesta apenas la protege, y cada gota que cala en su ropa parece pesarle directamente en el alma. Hace meses que las cosas no van bien, desde que todo se rompió, y cada noche como esta —gris, vacía, infinita— se siente un poco más perdida.

Oye algo. Un crujido entre los árboles. Se vuelve de golpe, asustada.

Nada. Solo son las tenues luces de las farolas distorsionadas por el aguacero.

No hay nadie en la calle; sin embargo, tiene miedo. Por algún motivo, piensa que alguien la persigue. Pero eso no es lo único que teme. También tiene miedo de sí misma.

Aprieta el paso. Sabe que, para llegar a casa, tendrá que cruzar los caminos de las afueras, senderos embarrados que serpentean entre campos olvidados y viviendas aisladas. Durante el día es diferente, pero de noche, con la tormenta, parecen rutas salidas de una pesadilla.

Siente otra vez esa presión en la nuca. Esa certeza inexplicable de que alguien la sigue, invisible, escondido justo fuera de su campo de visión. Traga saliva. Tal vez sea su imaginación. O tal vez no.

La tormenta arrecia, y cada relámpago ilumina el mundo de forma breve y fantasmagórica. En uno de esos destellos, distingue la entrada al sendero que lleva a su casa. Se detiene, jadeante, con el estuche del violín resbalándole de la mano.

Frente a ella, el camino desaparece en una oscuridad que ni siquiera los relámpagos logran disipar. Una oscuridad absoluta.

Titubea. Algo en su interior le susurra que dé media vuelta, que no cruce. Pero el siguiente trueno la empuja hacia delante.

«Tal vez —piensa mientras da el primer paso—, tal vez sea lo último que haga».

Consigue ver un coche detenido a un lado del sendero. Continúa con paso firme y lo rodea cuando Víctor Fábregas abre la puerta y sale de él.

Kasia tiembla. La lluvia se le cuela por el cuello del abrigo; le cala la piel, pero no es eso lo que la hace temblar. Es el miedo.

—Tenemos que hablar de lo que me has dicho esta mañana —suelta Víctor agachando la frente por la lluvia.

Kasia se queda quieta y niega con la cabeza.

—No hay nada que hablar, Víctor. Es lo mejor para todos —responde sin mirarlo.

Él vuelve el rostro, le clava los ojos con una mezcla de urgencia y culpa.

—No se trata de eso. —Ya no le tiembla la voz—. Es Fidela. Le he contado todo. Quería que se enterase por mí antes de que fueras a la comisaría. Deseaba tener esa deferencia con ella… Y todo ha salido mal.

Kasia lo mira al fin.

—¿Qué…? ¿Qué dices? ¿De qué estás hablando?

Víctor se lleva las manos a la cabeza.

—Ha sido un error —balbucea—. Fidela se ha vuelto loca. Afirma que te aprovechabas de su padre, que teníais una relación. Que lo único que buscabas era su dinero.

Kasia parpadea desconcertada.

—¿Cómo? ¡Eso no es verdad!

—Mi mujer asegura que robaste algo a Sebastián. Habló de una colección de relojes muy cara que ha desaparecido de su casa. Dice que él debió de descubrirte y que por eso lo mataste.

A Kasia se le hunde el mundo bajo los pies. Siente cómo se le escapan las fuerzas, cómo todo gira a su alrededor.

—Pero eso no es así… ¡Tú lo sabes!

—¡Yo lo sé! —grita Víctor—. Pero Fidela no. ¡Y está en comisaría ahora mismo! Contando todo esto. Tenemos que pensar qué vamos a decir. No podemos cometer errores.

Kasia rompe a llorar. No llora con elegancia ni en silencio. Llora como quien se quiebra en mil pedazos. La lluvia golpea los cristales del vehículo con fuerza, el agua les llega a ambos por los tobillos.

—¡Vamos, Kasia! ¡Entremos en el coche!

Kasia se mueve con lentitud. Cada gesto parece costarle el doble. No se merece esto. Nunca se lo merece. Da igual cuánto se esfuerce por hacer lo correcto. El universo siempre encuentra la forma de hundirla. ¿Por qué? ¿Por qué siempre le pasa lo peor?

Abre la puerta del copiloto y se sienta.

—Vamos a mi casa —dice Víctor, y arranca el coche—. Apaga el móvil. Si la policía investiga no ha de saber que has estado conmigo este tiempo. El mío ya está apagado. Si ven que fuiste a mi casa… pensarán que estamos compinchados.

Víctor conduce despacio con las dos manos aferradas al volante. La lluvia golpea con furia el parabrisas y las ruedas patinan levemente al tomar una curva cerrada. No es fácil controlar el coche bajo la tormenta, pero su determinación es firme. Precisa. Nada de esto ha sido improvisado.

La idea germinó en su cabeza la noche en que Sebastián Salas murió.

No de forma nítida, no todavía, pero sí como una semilla.

Una posibilidad remota que fue cobrando fuerza día tras día hasta que ya no hubo marcha atrás.

Por eso sabe lo que tiene que hacer y evita las calles con cámaras, por eso rodea el pueblo en lugar de atravesarlo.

Por eso ha pedido a su mujer que apague todas las luces de la vivienda con la excusa de que una subida de tensión provocada por un rayo podría fundir el sistema eléctrico.

Una mentira razonable. Le ha dicho que iba a por una bomba de agua por si el sótano se inundaba.

Sabe que no lo hará. Los desagües de esa casa están recién instalados y funcionan perfectamente, cortesía de su difunto suegro.

Cuando llega a su hogar, todo está en orden: la oscuridad reina, tal y como había planeado. La lluvia no da tregua. Aparca el coche a un lado del camino, oculto a ojos de su mujer, que está en casa a oscuras.

—Es mejor que no entremos —dice a Kasia sin mirarla—. Si Fidela regresa y te encuentra dentro… No quiero ni imaginar la escena. Mejor vamos a la caseta de los aperos. Tiene un sótano. Allí podremos hablar tranquilos.

Kasia asiente en silencio, deja el estuche del violín en el asiento de atrás y se baja del coche.

Camina junto a Víctor encogida, los brazos cruzados sobre el pecho, la capucha de la sudadera puesta.

Avanzan por la parte trasera del terreno, cruzan una puerta pequeña y siguen un sendero de piedra casi sin poder ver nada.

La caseta está al fondo, silenciosa bajo la lluvia.

Dentro, el único sonido es el repiqueteo del agua sobre el tejado de chapa. Kasia mira a su alrededor. No hay sillas ni nada parecido donde poder sentarse. Solo herramientas viejas colgadas de la pared y un olor leve a humedad. No parece un buen lugar para hablar.

—Espera —murmura Víctor.

Se agacha y retira una alfombra cubierta de polvo. Debajo hay una compuerta con un candado. Saca una llave del bolsillo y lo abre. Una escalera metálica desciende hacia la oscuridad.

—Ahí abajo hay una sala. Fidela no sabrá que estamos aquí.

Kasia duda, pero solo por un instante. No piensa. Actúa. Se deja guiar por la voz de un hombre que, hasta ahora, ha sido bueno con ella. Un hombre que la protegió de un monstruo cuando nadie más lo hizo. El hombre que la salvó.

Bajan la escalera. Al fondo, otra puerta, también metálica. Víctor usa otra llave. Una vez dentro, pulsa un interruptor. La bombilla desnuda del techo parpadea antes de encenderse. La sala es pequeña. Hay un colchón en el suelo. Una mesa. Una silla de mimbre. Un armario de madera.

Kasia se sienta en la silla, tiritando.

—¿Has apagado tu móvil? —pregunta Víctor sin levantar la voz.

—Lo he puesto en modo avión —responde ella, luego se lo saca del bolsillo de la sudadera y lo deja en la mesa—. Debería avisar a mis padres.

—Sí, claro. Enseguida te llevo con ellos. Hay toallas en ese mueble. —Víctor señala el armario—. Coge una. Debemos pensar bien qué vamos a decir. Tenemos que actuar con decisión, Kasia.

Ella se levanta y camina hacia el armario. Abre el cajón.

Está vacío.

Oye un golpe. Se gira.

La puerta está cerrada.

Víctor ya no está.

Su teléfono tampoco está en la mesa.