La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 41
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Capítulo 41

Kasia se ha levantado antes de que suene la alarma. Apenas ha dormido. Siente el cuerpo tenso, como si llevara horas aguantando la respiración.

Ha llegado el día.

Ha tenido dudas hasta el último momento, pero lo va a hacer.

Está nerviosa, por qué negarlo. Aun así, no tiembla. Nunca tiembla. Está demasiado acostumbrada a fingir que no pasa nada, incluso cuando todo se desmorona.

Sebastián. Ahora sabe que se llama así. También sabe que su mujer murió de cáncer hace años, que vive solo, que tiene una hija que está casada con el director de su instituto.

Nada de eso lo hace menos despreciable. Le repugna su forma de actuar, esa sonrisa de medio lado, ese tono suave con el que cree estar diciendo algo inocente.

Como si fuera normal invitar a pasear a una menor.

Como si no estuviera podrido por dentro.

Ha pensado en el chantaje como forma de aumentar sus ingresos. Quizá lo haga, si algo se tuerce hoy, pero mientras todo fluya, piensa que no se debe matar a la gallina de los huevos de oro.

Es patético. Penoso. Pero Kasia también juega sus cartas. Lo hace desde que tenía doce años. Sabe cómo vestirse sin parecer provocativa pero tampoco ingenua. Sabe cuándo reírse y cuándo mirar al suelo. Es una especie de talento innato del que goza.

Y sí, en parte se está aprovechando de él. Lo admite. Aunque lo odie. Aunque le dé asco. No va a dejar que la toque. No permitirá que se le acerque más de la cuenta. Si lo intenta, si siquiera lo insinúa, se acabó. Ella puede defenderse. O, al menos, eso cree.

Cinco mil euros. El sobre estará en la guantera, como siempre. Es dinero fácil. Sucio. Pero suyo. Y va directo al hueco de la cisterna, donde esconde los secretos que ha ido acumulando durante las últimas semanas. Secretos que, dentro de poco, serán el pasaporte a una nueva vida.

Cuando lo ve doblar la esquina en el Mercedes negro, se le revuelve el estómago. El coche brilla bajo la luz pálida de la mañana. Se detiene frente a ella, en ese recóndito lugar en el que Sebastián le pidió quedar para que nadie los viera, detrás de una fábrica abandonada.

El motor ruge.

Él no baja del coche. Nunca lo hace. Espera.

Kasia se ajusta la cremallera de la chaqueta. Abre la puerta del copiloto. Sube al Mercedes sin saludar. Cierra con cuidado. Y sonríe.

Está lista.

Sebastián desvía la mirada hacia las piernas de Kasia más veces de las que debería.

No lo puede evitar. Las mallas que lleva hoy son ligeras, adecuadas para una caminata e ideales para atraer su atención.

Ella no parece darse cuenta. O quizá sí, y simplemente no le importa.

De lo que está seguro es de que no podrá llevarla al mismo lugar donde se encontró con Samantha Reynolds en 1991.

Hoy se celebrará una carrera de montaña, y el sendero estará repleto de corredores, voluntarios y curiosos. Una lástima. Pero no un problema.

Conoce alternativas.

La ruta del Ponoig es más abrupta, menos transitada. Y hay tramos donde no pasa nadie durante horas. Justo lo que necesita. Le gusta cambiar de destino con frecuencia para no levantar sospechas.

Desde que Kasia se sube al coche, él nota su incomodidad. Trata de disimular, eso sí. Mira por la ventanilla. Evita sus ojos. No habla mucho. Sebastián sonríe para sus adentros. Fingida indiferencia. Una fachada.

Cuando aparca en un lateral de la carretera, justo en la entrada de un sendero sin señalización, se gira hacia ella.

—Es aquí —dice.

Kasia no responde. Sebastián abre la puerta y baja.

Tiene la mandíbula tensa. La chica lo sigue y se adentran juntos en el sendero.

El camino es estrecho, lleno de ramas secas y hojas húmedas.

Caminan en fila, en silencio. Al cabo de un rato, se desvían.

Medio kilómetro más de terreno sin trazar.

Tierra virgen. Es incómodo. Espinas que rozan los tobillos, piedras sueltas, ramas que arañan la piel.

Pero Sebastián lo conoce bien. Sabe exactamente dónde pisa.

Y entonces, por fin, llegan. La cueva está escondida tras un espeso arbusto, casi invisible si uno no sabe lo que busca.

—¿Qué tiene de especial este lugar? —pregunta Kasia con la voz más firme de lo que él esperaba.

Sebastián da un paso hacia ella. Kasia retrocede otro.

—Nos permite estar solos —responde él.

—Ah…, ya. Bueno, ¿y de qué quieres hablar, Sebastián?

Entonces su expresión cambia.

Su sonrisa desaparece. Los ojos, antes juguetones, se tensan. Y por un instante, la cara de Sebastián es la de un desconocido. Un rostro duro. Vacío. Algo en él se rompe en silencio como una cuerda que deja de tensarse y se suelta de golpe.

«Mierda», piensa Kasia.

Ha cometido un error garrafal. Le ha llamado por su verdadero nombre.

Christian. Eso es lo que debería haber dicho.

Christian. Pero no. Lo ha pronunciado en voz alta, sin pensarlo, sin calcular.

Quizá los nervios han jugado en su contra.

Y ahora lo ve claro en la expresión de Sebastián: ha tirado por la borda cualquier opción de conseguir ese dinero rápido y fácil. O quizá ha hecho algo peor. Mucho peor.

—¿Cómo me has llamado? —pregunta él, inmóvil.

—Chris… Christian. ¿Por qué?

—No. Me has llamado por otro nombre. ¿Por qué?

Kasia no sabe qué decir. Le sudan las manos.

El pulso le martillea en las sienes. Querría salir corriendo, pero él le corta el único paso posible hacia el sendero.

Detrás de ella, la boca negra de la cueva.

A su izquierda, el barranco: tierra suelta, piedras afiladas, una caída demasiado brusca para considerarla una opción. Nada lo es, en realidad.

—Vi una foto tuya y pregunté quién eras, eso es todo —dice procurando parecer calmada—. Pero me da igual. No voy a contar nada a nadie. Puedes estar tranquilo.

—¿A quién le preguntaste? —inquiere Sebastián, y la agarra del brazo con tanta presión que Kasia se tensa.

—Eso qué más da… Suéltame. Me haces daño.

Aun así, él no la suelta. Todo lo contrario. La agarra con más fuerza, ahora por la cintura, y la atrae hacia sí con una violencia que le hiela la sangre.

—¿A quién le preguntaste? —repite en un tono más bajo y amenazante, como si la respuesta ya no le importara tanto como hacerle entender que no puede mentirle.

Kasia forcejea, intenta zafarse. Siente el aliento de él tan cerca que le revolvería el estómago si no estuviera tan ocupada tratando de no entrar en pánico.

—A mí —dice una voz a su espalda.

Y el mundo se detiene.

La voz de Víctor Fábregas tiembla al salirle de la garganta.

No recuerda haber sido valiente nunca. Jamás. Pero esto es diferente. Reunir el valor suficiente para seguir a su suegro y plantarle cara es una gesta para la que no estaba preparado. Y, sin embargo, lo ha hecho. Y ahora no tiene ni idea de cómo va a reaccionar Sebastián.

Ya no podía mantenerse al margen. No después de esas sesiones con Kasia impuestas por él mismo.

En realidad, más por su intención de verla con asiduidad que por un genuino interés en la salud mental de la chica.

Tanto tiempo sin una compañía femenina, tantos silencios, tanta culpa…

Bastó que Kasia lo mirara dos veces seguidas para que empezara a imaginar cosas.

Cosas que no debería imaginar. Porque Kasia sigue siendo una niña, y él lo sabe.

Se odia por ello. Se desprecia como ser humano, aunque no por eso consigue dejar de sentir lo que siente.

Sebastián suelta a Kasia. Ella tropieza hacia atrás y tiene que estirar los brazos para mantener el equilibrio. Víctor nota en su rostro algo parecido al alivio. O quizá gratitud. Es solo un segundo, pero ahí está.

—Víctor —gruñe Sebastián sin ocultar su sorpresa—. ¿Qué coño haces tú aquí?

Siente el calor subirle por el cuello. Las rodillas le tiemblan. Tiene que hablar despacio para que no se le note en la voz.

—Déjala marchar. Deja que se vaya ahora mismo. Déjala ir.

Sebastián sonríe. Esa sonrisa que siempre le ha dado asco.

—Pero ¿qué dices, hombre? Estamos dando un paseo por la montaña. Nada más. ¿Crees que hago algo malo? ¿Estás loco?

—Sé lo que haces —insiste Víctor, más firme esta vez—. Y quiero que la dejes marchar.

Kasia alterna la mirada entre ambos. Parece confundida.

—¿De qué va todo esto? ¿Alguien me lo puede explicar?

Sebastián da un paso hacia ella. Intenta cogerla de la mano con una suavidad impostada.

—Nada, cielo. A Víctor se le va la cabeza desde que su mujer pasa de él. No lo culpes.

Kasia retira la mano al instante. Un gesto breve, seco, definitivo.

—No eres la primera chica con la que hace esto, Kasia. No sé cuántas van ya. Pero una de ellas acabó muerta —afirma Víctor, y sus palabras consiguen que todos dejen de respirar.

Víctor siente que el corazón se le para. El estómago se le revuelve. Mira a Kasia, que retrocede con cuidado y se coloca detrás de él.

—No creas nada de lo que dice —espeta Sebastián—. Está loco.

—Déjanos ir. Yo la llevaré a casa.

—De eso nada, payaso.

El puñetazo llega antes de que Víctor pueda moverse.

Sebastián lo ha empujado con fuerza, y su yerno cae de espaldas golpeándose la cabeza contra el suelo.

El mundo gira. El aire se le escapa de los pulmones.

Antes de que atine a incorporarse, Sebastián se le echa encima y lo golpea con una violencia irracional, salvaje. Más personal.

Kasia corre. Se esconde tras un árbol, no sabe qué hacer.

Otro puñetazo. Y otro. Víctor intenta levantarse, pero no puede. Sebastián lo vuelve a tirar al suelo con un manotazo brutal. Ahora lo patea. En las costillas, en las piernas, en la cabeza. Golpea con odio. Con rencor acumulado. Con ganas de hacer daño.

Víctor ya no reacciona.

Es un muñeco a merced de un monstruo.

Sebastián jadea, agotado, pero no se detiene. Prepara la siguiente patada.

Y entonces Kasia echa a correr.

No piensa. No mide. Solo se dirige aprisa hacia él.

Cuando Sebastián va a lanzar la patada, la chica lo empuja con todas sus fuerzas. Él tiene solo un pie apoyado en el suelo. Resbala. Intenta agarrarse a algo, pero ya es tarde. Tropieza y cae por el barranco.

El silencio que sigue al sonido de Sebastián impactando en el fondo del despeñadero es brutal.

Kasia tarda un tiempo en reunir el valor necesario. Se acerca al borde y mira hacia abajo.

La distancia.

La posición del cuerpo.

No hay duda posible.

Acaba de matar a una persona.