Capítulo 40
Kasia se hunde en la silla tapizada con ese cuero marrón que siempre cruje cuando se mueve.
El despacho de Víctor Fábregas sigue siendo igual de insulso que siempre, y él está distraído corrigiendo exámenes.
Le ha pedido a Kasia que saque un libro y se ponga a leer.
Mejor. Así puede repasar mentalmente la escena ridícula de hace apenas media hora mientras finge leer El Principito por vigésima vez.
Fabián Núñez la ha echado de clase. De nuevo.
En esa ocasión sin que haya pasado nada.
Ni una palabra fuera de tono, ni una mueca.
Solo eso de que «no estaba prestando atención».
Como si fuera delito capital, aunque, todo sea dicho, era cierto.
Fabián se ha vuelto loco. Literalmente. Con los ojos desencajados y la vena del cuello a punto de estallar, gritando delante de todos.
Luego la ha agarrado de una oreja y la ha arrastrado fuera del aula.
Todas las miradas clavadas en su espalda.
Las risitas. Los susurros. La vergüenza.
Todos se han reído. Menos Bruno.
Bruno no se ríe cuando a Kasia le pasan cosas malas. Él solo baja la mirada y se entristece. Es el único que no se alimenta de sus desgracias. Y, últimamente, desgracias es lo que le sobra. Aunque nadie lo sepa.
Ya no habla con Thomas. Las conversaciones se fueron apagando poco a poco, como una vela que parpadea antes de consumirse del todo.
Cada vez eran más cortas, más incómodas, llenas de reproches.
Y luego llegó ese mensaje, como una sentencia: «Tal vez sea mejor que dejemos de hablar».
Ella solo respondió con un «ok». No lo peleó.
No le quedaban fuerzas para discutir por algo que ya estaba roto.
Aun así, le dolió. Porque lo quería. Porque Thomas fue el único que le hizo sentir algo de verdad. Le removía cosas que Kasia ni sabía que tenía dentro. Pero eso se acabó. Thomas ya no está. Y no va a volver.
Para no pensar, se ha lanzado a gastar el dinero que llevaba tiempo ahorrando para ir a Alemania. Zapatillas de deporte nuevas, ropa de marca, cosas que siempre había mirado con deseo. Ahora sí. Ahora puede. Porque ya no depende solo del violín para conseguir dinero.
Tiene otra fuente de ingresos. Una que no cuenta a nadie.
Una que le da lo suficiente para permitirse un móvil de última generación y, aun así, guardar para su plan de fuga.
Londres. Lo ha decidido. En cuanto acabe el instituto, se va.
Le da igual dónde vivir, con quién o haciendo qué. Mientras sea lejos de La Nucía.
No soporta más este sitio.
El otro día, Susana —su profesora de violín— la echó de su casa a gritos.
Le dijo que no podía presentarse vestida «como una fulana».
Kasia apretó los puños. Le daban ganas de gritarle que no era culpa suya si su marido no dejaba de mirarla.
Que ese no era su problema. Pero no lo dijo.
No esa vez. Bueno, nunca lo hace, en realidad.
Kasia levanta la mirada. Está cansada de estar en el despacho del director.
Víctor y ella ya tienen una rutina. Él no lo admite, pero casi siempre la espera.
Desde aquella redacción. Desde aquella maldita redacción en la que Kasia fingió escribir su nota de suicidio.
Aquel día cambió algo. Víctor la obligó a ir allí a menudo después de eso, a hablar, a escribir tonterías en un cuaderno.
Y ella, aunque se quejó al principio, al final lo aceptó.
Porque, al menos, a Víctor parecía importarle lo que le pasaba. Aunque no tuviera motivos.
Eso, hoy en día, a Kasia le cuesta encontrarlo en las personas.
La vista se le va hacia la pared del fondo.
Hay un cuadro grande enmarcado con ese gusto institucional que reflejan todos los despachos.
Una foto antigua en la que hasta ahora no se había fijado, hombres en fila, algunos con corbata, otros más relajados.
Un grupo del instituto, quizá antiguos profesores o alumnos, no está segura.
Uno de ellos capta su atención de inmediato.
Camisa negra. Brazos cruzados. Serio. Pero es él. Lo identifica enseguida.
Se le eriza la piel.
—¿Conoces a ese hombre? —pregunta de repente, sin reflexionar.
Víctor levanta la cabeza, como si lo hubiera sacado de un pensamiento profundo.
—¿Qué?
—Que si conoces a ese hombre —repite Kasia, y señala con la barbilla hacia la fotografía enmarcada—. El de la camisa negra —añade mientras se inclina un poco hacia delante intentando enfocar mejor la imagen.
Víctor gira en su silla y se fija en el cuadro.
—¿A este? —dice, y señala a un hombre que está justo al lado de Vicente Climent.
Kasia asiente con el corazón acelerado.
—Sí, claro. Es mi suegro —responde Víctor con normalidad—. ¿Por qué?
La expresión de Kasia cambia al instante. No puede disimularlo. Algo en su cara se contrae: los párpados más abiertos, la mandíbula tensa. Se queda helada.
—¿Cómo se llama? —pregunta con un hilo de voz que no parece la suya.
—Sebastián Salas —responde Víctor entrecerrando un poco los ojos—. ¿Lo conoces de algo?
Kasia parpadea. Tiene que reaccionar rápido.
—No —miente—. Lo he confundido con otra persona. Un amigo de mi padre. Se llama Christian.
Víctor asiente, pero algo en su gesto no encaja con la respuesta. Aprieta los labios. Aunque no dice nada, su expresión es otra. Duda. Curiosidad. Un destello de sospecha.
Kasia siente que ha metido la pata. Se ha delatado.
Porque ese hombre no se llama Christian. Y, sin embargo, eso fue lo que le dijo cuando empezaron a verse en secreto. Ese hombre, que ahora sabe que es el suegro de Víctor, se presentó con otro nombre.
Y ella, sin saberlo, ha estado viéndose con Sebastián Salas. El suegro del director del instituto.
Sebastián Salas contempla las fotografías que ha recibido de Kasia en su ordenador.
No descarga ni una, las ve a través de una memoria USB.
Esa era una de las normas. Las imágenes son íntimas y cuidadosamente calculadas para parecer espontáneas.
Valen cada céntimo que ha pagado por ellas, desde luego.
Las estudia una a una como si fueran obras de arte. Porque, en cierto modo, lo son.
Decidió empezar poco a poco. Nada que la ahuyentara de golpe.
Kasia Nowak no es como las demás. Lo intuyó desde el primer momento en que la vio sosteniendo el violín con esos dedos frágiles y seguros a la vez.
Esperó a que terminara la función. Se acercó a ella con una sonrisa neutra, ensayada.
Se presentó como Christian. Siempre Christian.
Le dijo que tenía una propuesta laboral. Kasia frunció el ceño, intrigada. Nadie debía verlos hablar, así que fue breve. La emplazó a encontrarse al día siguiente. Cuando la chica sacó el móvil para apuntar su contacto, Sebastián posó la mano sobre la de ella con suavidad, pero con firmeza.
«Ya encontraré el modo de dar contigo», murmuró.
Un toque de misterio. Control disfrazado de elegancia. Ahora no es como en el noventa y uno, cuando todo era más sencillo al no haber teléfonos móviles. Ahora debe ser más precavido.
No le costó localizarla. En La Nucía no hay muchas Kasias.
Una búsqueda superficial en redes, un cruce de datos y un par de preguntas hábilmente disfrazadas en conversaciones con hombres de confianza.
Nadie sospecha de Sebastián Salas cuando lanza una pregunta casual en medio de una comida o un paseo.
La esperó en el único acceso a su casa a la hora en que terminan las clases del instituto.
Kasia apareció puntual, mochila al hombro, el cabello recogido con descuido.
Cuando le ofreció subir al coche, ella dudó.
El gesto de alguien que aún escucha esa vocecita interna.
Pero vio el Mercedes, el cuero impecable del asiento, el reloj caro que le asomaba bajo la manga de la camisa. Se subió sin decir una palabra.
Sebastián no se anduvo con rodeos en el coche.
Le repitió que se llamaba Christian y que eso era todo lo que necesitaba ella saber.
Le habló de dinero, de oportunidades. De cómo podría triplicar lo que ganaba tocando en bodas y comuniones a cambio de unas simples fotos.
Diez fotos. Sin nombres. Sin historias. Solo imágenes.
Kasia dudó. Por un segundo, Sebastián creyó que diría que no. Pero luego asintió, y quedó en entregárselas al día siguiente. Lo hizo. Y dos días después le dio otra tanda. Ni siquiera tuvo que pedírselo. Fue ella quien propuso hacer más.
Ahí supo que ya la tenía.
El dinero en la mano corrompe despacio, como gotas de agua que caen lentamente. Sebastián lo ha visto demasiadas veces como para ignorarlo. No importa la moralidad que tengas. Con la cantidad adecuada, los límites empiezan a desdibujarse.
Ahora ha llegado el momento de dar el siguiente paso.
Le ha ofrecido a Kasia cinco mil euros a cambio de algo simple: un paseo.
Solo eso. Una ruta de sendero, en las afueras, donde nadie pueda verlos.
Un poco de aire fresco, le ha dicho. Le ha prometido que no pasará nada que ella no quiera; que si en algún momento se siente incómoda, la llevará de vuelta.
Y ella ha dicho que sí.
Quedan menos de veinticuatro horas.
Y todo va según lo previsto.