La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 39
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Capítulo 39

Bruno Porta está en la biblioteca del instituto, en su rincón favorito: una mesa escondida entre dos estanterías altas.

Ahí se siente aislado, justo lo que busca.

Nadie lo molesta. Nadie lo mira. Puede leer sin sentir que alguien lo observa o lo valora.

Sus dedos acarician el lomo de un libro abierto mientras su mente divaga.

No oye los pasos. No percibe el movimiento. Solo nota una presencia cuando una mano le toca el hombro con suavidad.

Se gira de golpe.

Kasia está allí, tan cerca que por un segundo a Bruno le cuesta reaccionar.

—Hola —dice con un hilo de voz.

Ella no contesta. Simplemente se sienta a su lado, sabe que es bienvenida. Mete la mano en el bolsillo de su sudadera y saca algo.

—Te he traído esto —murmura.

Abre la palma y le muestra un llavero. Tiene la forma de un violín diminuto con detalles tallados y una cuerda fina enrollada en su base. Bruno lo coge sin saber muy bien qué hacer.

—Es… Vaya. No hacía falta, pero muchas gracias —dice intentando sonar natural, aunque la voz le tiembla un poco.

Una parte de él no puede creerlo. Aparte de sus padres, nadie le ha regalado nunca nada. Es una sensación agradable.

—Me sentí fatal, de verdad. Si quieres, te pago la reparación —añade.

Kasia niega despacio con la cabeza.

—Solo fue una marca en la madera. Nada importante. No te preocupes.

Se queda en silencio un momento. Luego levanta la vista.

—Bueno, tú y yo teníamos una conversación pendiente. Ibas a recomendarme un libro, ¿recuerdas?

Antes de que pueda responder, alguien chista detrás de la estantería. Un susurro cargado de impaciencia. Bruno y Kasia contienen una risa y bajan la voz.

Él empieza a hablarle con más soltura de la que creía posible.

La pone al día sobre las secciones que hay escondidas al fondo, los libros que nadie coge, las historias que parecen olvidadas.

Le habla de autores de misterio, de aventuras trepidantes, de novelas que atrapan y no te sueltan hasta la última página.

Pero ella no busca eso. No quiere distracciones ni emociones baratas. Lo que quiere es algo que la sacuda por dentro. Algo que la haga pensar.

Bruno lo entiende enseguida. Se levanta sin decir nada, camina hacia una estantería alta y comienza a buscar con los dedos, uno a uno, como si fueran teclas de un piano.

—Ya lo tengo —anuncia, y se vuelve hacia Kasia con un ejemplar de El Principito entre las manos—. Creo que este te puede gustar.

Kasia lo mira de reojo y sonríe al ver la portada.

—Ese, entonces —dice mientras apoya el codo en la mesa y comienza a raspar la madera con un clip.

—¿Qué haces? —pregunta Bruno frunciendo el ceño.

Kasia no se detiene.

—Esta será nuestra mesa —responde—. Solo pongo mi nombre para que la gente lo sepa.

Villa Violeta resplandece bajo la luz de los focos distribuidos por la fachada.

Todo está impecable: las copas de cristal relucientes, las flores blancas que flotan en las fuentes decorativas, los trajes oscuros que se mezclan con vestidos brillantes y carísimos.

Hace unas semanas, Vicente Climent falleció.

Llevaba mucho tiempo arrastrando un estado de salud frágil, según ha podido saber Kasia.

Su hijo Mateo, que hasta ahora era quien la contrataba, será el nuevo dueño del imperio familiar.

Hoy han organizado un banquete en honor del anciano, cortesía de la familia Climent.

Han acudido amigos, socios y familiares.

El salón está repleto de personas importantes.

Kasia está en su rincón habitual, junto a las columnas de mármol del salón principal, el violín apoyado en la clavícula izquierda.

El arco sube y baja con precisión mientras interpreta una sonata de Bach.

A veces le gusta tocar a solas en casa, pero esto —tocar con público— tiene algo adictivo.

El silencio reverente que se forma a su alrededor, ese vacío que nadie se atreve a interrumpir y del que ella disfruta. Claro que lo hace.

La semana siguiente será una gala benéfica organizada por una farmacéutica.

La semana anterior fue una boda. El dinero empieza a acumularse poco a poco.

Acepta todos los encargos posibles, renunciando a noches libres, tragándose sonrisas falsas en eventos llenos de gente que ni siquiera sabe su nombre.

Todo con la esperanza de empezar de cero en Alemania. Con Thomas.

Últimamente, sin embargo, la idea de Thomas pesa más que ilusiona.

El chispazo fue real. Intenso, impredecible, casi cinematográfico.

Durante semanas vivió colgada de cada mensaje, cada promesa, cada conversación a medianoche.

Pero luego vinieron las excusas. Las cámaras rotas, las malas conexiones, los «hoy no puedo» cada vez que ella le pedía una videollamada.

Kasia intentó no darle importancia, se convenció de que había una explicación lógica.

Pero ya no está tan segura. Si Thomas no quiere que vea su cara, ¿será porque no es quien dice ser?

Y luego están las críticas. Que si sus vestidos son demasiado llamativos; que si le da mucha importancia a lo que piensen los demás; que si su ideología política no es la adecuada; que si debería ayudar en casa en lugar de ahorrar para ir a Alemania.

Thomas siempre tiene algo que corregirle, una objeción nueva, una forma sutil de hacer que se sienta culpable por desear algo distinto.

Aun así, no lo ha bloqueado. No ha tenido el valor. La ilusión fue tan fuerte, tan real, que romperla del todo sería como arrancarse una parte de sí misma.

La música sigue fluyendo. El salón al completo parece respirar al ritmo de su violín. Kasia se deja llevar por los compases, permite que sus pensamientos se deshagan en el sonido.

Y entonces algo la interrumpe. Un cosquilleo, una sensación de alerta. Levanta apenas la vista, solo un instante. Y lo ve.

Un hombre la observa desde una de las mesas más cercanas al escenario. Delgado, de cabello gris perfectamente peinado, traje oscuro, mirada firme. Es mayor que el resto, pero mantiene una elegancia que destaca incluso entre la opulencia del salón. No aplaude. No habla con nadie. Solo la observa.

Kasia intenta convencerse de que admira la música. Que está conmovido por su interpretación. De todos modos, sabe que no es eso. La forma en que la desnuda con la mirada no tiene nada de artística.

Aprieta los dedos contra el arco con más fuerza. No para. No tiembla. Pero, por dentro, una parte de ella se tensa. Porque conoce esa clase de mirada. Porque sabe lo que significa.

Y, sin embargo, no puede evitar sentirse intrigada.

Sebastián Salas no parpadea.

La ve desde el otro extremo del salón bajo una luz ámbar que tiñe de oro su melena recogida.

El violín descansa sobre su clavícula. Parece que ese hubiera sido siempre su lugar.

Y cuando comienza a tocar, Sebastián siente una punzada en el estómago, como un recuerdo que vuelve de golpe sin haber sido invitado.

No puede ser.

Pero lo parece.

Tiene que tomarse unos segundos para recomponerse. Para recordarse que Samantha lleva muerta más de veinte años. Que ningún truco del destino podría devolverle su sonrisa ni aquella manera de inclinar la cabeza cuando alguien la observaba demasiado.

Y, sin embargo…, esta chica lo hace.

Se ha sentado más cerca sin pensar, guiado por una necesidad infantil de comprobar cada detalle. Las manos largas. La forma de sus labios, sus ojos. Esa sonrisa breve.

Es idéntica a ella.

No, no puede ser.

Pero lo es.

No piensa desaprovechar esto. Lo que sea. Sea lo que sea.

Él ya no es el hombre que era en 1991. No es inmune al paso del tiempo, por desgracia. Aunque ahora tiene más experiencia, más control. Debe suplir sus carencias con sus veteranas virtudes.

La ve dejar el violín con suavidad y alcanzar la botella de agua vacía que hay tras su silla. Es entonces cuando Sebastián se levanta con un gesto elegante y pausado. Camina hacia la barra sin prisas, pide una botella fría y da media vuelta.

Cuando regresa, la chica lo ve acercarse. Alza la mirada con un gesto que a él le parece calcado. Exacto. Como una escena repetida de otro tiempo, de otro escenario.

—Gracias —dice ella, y le sonríe.

Sebastián también. Se gira y regresa a su sitio con paso tranquilo. Pero, por dentro, todo se ha puesto en marcha.

Eso no ha hecho más que empezar.