Capítulo 38
Víctor Fábregas hojea la solicitud por tercera vez y subraya con lápiz el apartado donde se especifica el tipo de pintura que se necesita para cubrir los grafitis que esa mañana han aparecido en un muro.
Alguien llama a la puerta. Tres golpes cortos, seguros. Víctor no levanta la cabeza de inmediato.
—Adelante —dice sin mucho interés.
Kasia Nowak entra. Víctor apenas alza la mirada, solo lo justo para confirmar lo que ya intuía por el tono de los nudillos: es ella, de nuevo. Vuelve a centrarse en los papeles y marca con un asterisco el presupuesto, que le parece excesivo.
—¿Qué has hecho esta vez, Kasia?
—Nada. Lo mismo que la última. Pero parece que eso a nadie le importa.
Su voz tiene un dejo ácido, pero suena firme.
Víctor alza la vista y la observa. La nota diferente.
Lo que Kasia lleva puesto hoy ha conseguido que se quede paralizado al verla.
Está ahí, plantada frente a su escritorio, con unas mallas negras que se adhieren a sus piernas como una segunda piel.
Tiene una figura imposible de ignorar. Durante unos segundos, Víctor no puede hablar.
No debería fijarse, lo sabe. Pero se fija. Es la primera vez que le pasa.
Kasia lo mira sin pestañear. Sabe que ha captado su atención. Le debe de ocurrir muy a menudo, así que será una experta en reconocer a hombres babosos como él, piensa Víctor.
—Siéntate, Kasia —dice al fin.
Ella se sienta despacio, sin romper el contacto visual. Se cruza de piernas con una soltura que a Víctor le parece peligrosamente estudiada. ¿Lo está provocando? Y, si es así, ¿le disgusta la idea?
—¿Quién ha sido? ¿Fabián?
Kasia asiente y hace una mueca en la que le asoma apenas la lengua.
—Bien. Hagamos una cosa —dice él dejándose caer hacia atrás en la silla—.
Estoy demasiado ocupado ahora para darte una charla que no servirá de nada.
Sé muy bien cómo es Fabián, y sé también que esto va a volver a pasar.
Así que… quiero que, durante el rato que tienes que estar aquí, escribas una redacción.
Kasia arquea una ceja. Víctor continúa.
—Describe en ella cómo te sientes. Si me lo explicas, quizá pueda ayudarte mejor que si nos limitamos a hablar y te suelto una reprimenda. ¿Qué opinas?
Kasia abre su mochila y saca un cuaderno arrugado y un bolígrafo azul con el capuchón mordido. Suspira.
—Si no tengo otra opción…
Víctor sonríe, apenas un gesto en los labios. Le sostiene la mirada y, para su sorpresa, ella también sonríe. Casi parece sincera.
—Venga. Escribe algo. Luego lo leeré —dice el director.
La chica se inclina sobre el cuaderno y empieza a escribir. Víctor intenta volver a su papeleo, pero sus ojos se desvían un instante hacia el escote de Kasia. Apenas un vistazo. O dos.
Ella lo nota. Lo sabe. Porque, sin apartar los ojos del papel, se sube ligeramente la camiseta con la mano libre. Es un gesto mínimo, sin dramatismos, pero lo deja claro: ha visto lo que tenía que ver.
Víctor traga saliva y aparta la mirada. No dice nada.
Pero algo se ha encendido.
No tiene duda.
En ocasiones, Kasia se pregunta si las demás chicas son idiotas o tan solo están ciegas.
Porque, sinceramente, ¿cómo es que siguen despreciándola cuando les demuestra, una y otra vez, que podría destruirlas con un par de gestos?
No es arrogancia. Es estadística. Datos.
Observación de campo. Les quita los novios con la misma facilidad con la que cambia de pintalabios.
Y lo hace porque puede. No siempre porque quiera.
Celia Gil, por ejemplo. Con esa vocecita chillona y su grupo de amigas que la miran como si fuera ejemplar.
Celia fue la que le echó la culpa del cartel arrancado del tablón.
Como si Kasia tuviera tiempo de andar arrancando esas mierdas.
Lo gracioso es que Celia no sabe que su novio le manda mensajes a Kasia cada dos por tres, con esos emojis de fuego y corazones estúpidos.
Ella no ha respondido. Aún. No le interesa. Pero quizá lo haga. Solo por joder.
Ahora, sentada frente al escritorio del director, se esfuerza por mantener la expresión neutra mientras él lee la hoja que acaba de entregarle.
Tiene una letra cuidada, meticulosa y bonita.
La redacción habla de una chica que ya no quiere estar aquí.
Una chica que se ha sentido tan sola que, por un momento, pensó que desaparecer sería más fácil.
La clase de nota que haría que alguien —al menos una vez en su vida— se preguntara si ha sido parte del problema al leerla.
Víctor tarda más de lo que esperaba en levantar la vista. Su rostro ha perdido el color.
—No piensas esto de verdad, ¿eh, Kasia?
Ella se encoge de hombros con lentitud, poniendo en práctica esa mezcla de indiferencia y vulnerabilidad que tan bien le sale.
—Nunca haría algo así. Pero a veces me siento tan sola… Y me han hecho tanto daño… Pensé que, si lo supieran, si supieran cómo me he sentido, quizá cambiaría algo.
Víctor resopla y observa el papel, lo sostiene con la punta de los dedos, como si quemara.
—No puedo pasar esto por alto. Espero que solo sea un malentendido. —Le devuelve la nota con firmeza—. Deshazte de este escrito. Y escúchame bien, Kasia: quiero volver a hablar contigo mañana. Durante los próximos días, nos veremos un par de veces a la semana y me contarás cómo estás, ¿entendido?
La chica aprieta la mandíbula. No le gusta que le impongan nada. Ni siquiera Víctor, que había empezado a caerle simpático con su mirada torpe y esa sonrisa que no sabe disimular.
—Preferiría que no.
—Es eso o aviso al psicopedagogo y te hacen una valoración —responde él, tajante.
Y en ese instante, Kasia se da cuenta de que acaba de ganar otra partida. Porque, aunque se haga el preocupado, está confuso. Asustado, incluso. Con dos frases y una hoja, lo ha dejado temblando. Y si eso no es poder, entonces no sabe qué es.
Pero lo cierto es que lo único que le importa ahora está lejos.
En algún rincón de Ludwigsfelde. Thomas.
Solo él parece verla de verdad. Aunque su cámara nunca funcione y solo le haya mandado dos fotos.
Aunque algo no encaje del todo. Da igual.
Por él, Kasia está dispuesta a ahorrar, a mentir, a esperar.
Porque cuando por fin consiga dinero y se vaya a Alemania, todo cobrará sentido. Lo sabe.
Dejará esta vida atrás para empezar una nueva, mucho mejor.
Bruno Porta camina solo por el centro de La Nucía mientras el cielo comienza a oscurecerse.
Las farolas parpadean al encenderse, una a una, despertando de golpe al caer la tarde.
En una bolsa de papel que le cuelga de una muñeca, lleva un ejemplar recién comprado de Bajo la misma estrella , de John Green.
Lo ha elegido porque le han dicho que es triste.
No sabe por qué, pero últimamente le apetece leer cosas tristes.
Está a punto de girar hacia su calle cuando la ve.
—¿Bruno? —dice una voz que no esperaba oír.
Kasia. La única persona del instituto que no se ríe de él. La única que, cuando le mira, no parece estar juzgándolo.
Él levanta una mano a modo de saludo, algo torpe.
—Hola.
—¿Qué haces por aquí? —pregunta Kasia sonriendo.
Bruno señala la bolsa.
—Acabo de comprarme un libro.
—Ah —dice ella, y levanta el estuche que lleva al hombro—. Yo vengo de mi clase de violín.
Bruno asiente. No sabe muy bien qué contestar, pero entonces Kasia añade:
—¿Sabes? Creo que debería empezar a leer algo. Hace tiempo me leí El código Da Vinci y me gustó mucho. No sé por qué no seguí leyendo después.
—Puedo recomendarte algunos buenos —responde Bruno sin pensarlo demasiado—. Suelo sacar libros de la biblioteca del instituto. Si quieres, mañana después de clase podemos quedar allí.
—¿Harías eso por mí?
Él se encoge de hombros con timidez.
—Claro. ¿Por qué no?
Kasia lo observa unos segundos ladeando la cabeza.
—No sé… No te he visto ayudar mucho a otros del instituto. ¿Por qué a mí sí?
Bruno baja la mirada. Le cuesta hablar, pero fuerza las palabras.
—Porque tú no me tratas como ellos. No te ríes de mí.
Kasia asiente despacio, como si entendiera algo que ya sabía.
—Vale. Acepto el ofrecimiento. Aunque no sé qué puedo enseñarte yo a ti… Salvo a tocar el violín.
Bruno sonríe. Se pone rojo. Le da un poco de vergüenza lo que está a punto de decir.
—¿Me dejas verlo? —pregunta señalando el estuche—. Nunca he tenido uno entre las manos.
—¡Claro! —contesta Kasia.
Se agacha, abre con cuidado las hebillas del estuche y le ofrece el violín. Bruno lo coge como si fuera una joya frágil, de esas que solo se ven tras una vitrina. Lo sostiene mientras lo observa fascinado por el brillo de la madera y los detalles delicados. Lo acaricia como quien toca algo sagrado.
Kasia se echa a reír. Su risa es suave, no burlona. Pero Bruno se sonroja aún más.
Va a devolvérselo cuando algo ocurre. El violín se le escurre de las manos.
Todo pasa en una fracción de segundo. Bruno intenta atraparlo al vuelo, pero ya es tarde.
El golpe suena seco. La voluta del violín queda marcada contra el suelo.
Bruno se queda congelado. A Kasia le cambia la cara.
—¡Bruno! —grita—. ¿Tienes idea de lo que le costó a mi padre ahorrar dinero para comprarlo?
Bruno está temblando.
—Lo siento, Kasia. Pagaré la reparación. ¿Se ha roto? Lo pagaré, por supuesto.
Kasia revisa el violín con rabia, desliza los dedos sobre la marca y suelta un bufido. Después lo vuelve a meter en el estuche, se lo echa al hombro y desaparece maldiciendo por lo bajo.