Capítulo 37
Kasia se ha preguntado muchas veces por qué le sucederá algo así.
¿Acaso el mundo de una persona adulta funciona de esa manera?
Tal vez ella también tenga algo de culpa.
Está tan acostumbrada a caer mal y despertar envidias que dejarse querer es una especie de mecanismo de defensa que ha interiorizado y cuya puesta en escena le sale a las mil maravillas.
Piensa que solo sirve para eso, para ser un simple objeto que los hombres codician.
Se siente desubicada, una adolescente totalmente fuera de lugar en ese pueblo donde nadie parece interesarse por ella, sino, más bien, por esas curvas que empezaron a formársele hace un par de años y que hoy le confieren aspecto de mujer.
Su situación en casa no es del todo mala, quiere a sus padres, a pesar de que no le gusta el modo en que viven.
Desea algo más, por eso intenta ganar dinero tocando el violín en eventos.
Ese fin de semana tendrá uno en una finca propiedad de la familia Climent.
Le darán un poco más de cien euros. No es mucho, pero tampoco está mal.
Odia el instituto, odia a sus compañeros, odia todo lo relacionado con su vida. Cada día es un calco del anterior, y añora que suceda algo que despierte su ilusión, su esperanza.
Cuando Ramón por fin la deja tranquila, aprovecha que Susana aún no ha vuelto y consulta su teléfono móvil. No suele recibir muchos mensajes, pero uno llama su atención. Un tal Thomas acaba de solicitarle amistad por Facebook. Abre su foto. Es muy guapo. Guapísimo.
Una llama despierta en su interior.
Sin dudarlo, acepta la invitación.
La vida de Víctor Fábregas sigue siendo aburrida. De vez en cuando, sale a dar un paseo con su mujer y se esfuerza en parecer un hombre feliz, alguien a quien todo le va bien. Sin embargo, debajo de esa fachada oculta una realidad que le ahoga día a día.
Añora una compañía femenina. Fidela no le ofrece nada de eso.
Realmente no le ofrece nada de nada. La depresión se ha apoderado de ella y se niega a visitar a ningún médico.
Considera que su vida es normal. Víctor tiene claro que no lo hace porque los hospitales le dan náuseas desde que sucedió lo de su madre.
Ya no sabe qué hacer. Su existencia es tan anodina que, para tapar el vacío que siente, hace unos meses jugó a ser detective.
La conversación que tuvo con su suegro años atrás lo ronda desde entonces, la nota como una herida mal curada que no termina de cerrarse.
Angustiado por saber cuánta verdad había en sus palabras, lo siguió una mañana en la que Sebastián salió temprano con la idea de hacer senderismo.
Nunca había hecho nada parecido. Solo estar en su coche, manteniendo las distancias, le provocó una taquicardia absurda.
Las manos le sudaban sobre el volante. Iba con las ventanillas subidas, sin música, sin aire; con el miedo de que cualquier estímulo exterior lo distrajera de su objetivo.
Cuando lo vio detenerse en un descampado a las afueras de Benidorm, pensó que ya estaba.
Que Sebastián iba a hacer algo. Entonces apareció una chica joven con una mochila a la espalda y se subió al coche de su suegro como si fuera algo habitual. Como si no fuera la primera vez.
El corazón se le descompuso.
Los siguió con cuidado de nuevo. Los vio adentrarse en una ruta apartada de Finestrat.
Dos horas. Dos horas sin saber qué estaba ocurriendo.
Pensó en llamar a la policía. Levantó el móvil, tecleó el número, pero no continuó.
Algo lo sujetaba desde dentro. Quizá el miedo, o puede que la certeza de que, si daba ese paso, ya no habría vuelta atrás.
Finalmente, los vio regresar. La chica salió del sendero con paso rápido, como con prisa por regresar. Él iba detrás, tranquilo. Hablaron unos minutos en el coche antes de que ella se bajara en el mismo punto donde Sebastián la había recogido.
Víctor no hizo nada. No le dijo nada a su suegro después. Tampoco lo volvió a seguir.
A veces se pregunta si lo que vio era lo que parecía. Si su mente no exageró la escena porque necesitaba, desesperadamente, que algo ocurriera. Algo que rompiera la rutina, que alterara su gris existencia.
Pero lo cierto es que lo envidia. Lo envidia con rabia. Porque su suegro, con todo lo despreciable que es, hace lo que quiere. Se mueve por un mundo donde las reglas no van con él. Tiene esa seguridad, esa frialdad, esa… libertad.
Víctor, en cambio, se sienta cada noche en su sofá con una mujer que apenas le habla, que mira embobada la tele como si fuera una ventana abierta a otra vida, una más interesante que la suya.
Y cuando se levanta para irse a la cama, Víctor se detiene a veces frente al espejo del pasillo, se observa unos instantes y piensa que se detesta a sí mismo y que le gustaría romper con todo y empezar de nuevo.
Pero le aterra convertirse en lo que de verdad quiere ser.
Fabián Núñez lleva dos horas sin moverse de la silla.
Ni ha pestañeado apenas. El resplandor azul del ordenador baña su rostro demacrado, le acentúa las ojeras, le da ese aspecto insomne de quien vive más en la red que en la realidad.
Cada vez que aparecen los puntos suspensivos en la esquina inferior de la pantalla —ese pequeño aviso de que Kasia está escribiendo algo—, se le dispara el pulso.
Una mezcla de nerviosismo y euforia. Como si fuera a recibir un premio enseguida. O a cometer un crimen.
No ha necesitado la medicación hoy. Ni una sola pastilla para la espalda, a pesar de que lleva horas encorvado frente a la mesa.
Es curioso. Nada le ha calmado el dolor como esa chica.
Como esa vocecita escrita que aparece en la ventana de su chat.
Hablar con Kasia es su analgésico. Su recompensa. Su secreto.
Todo empezó en aquella clase de música, hace meses.
Los alumnos presentaban trabajos y Kasia, tímida pero brillante, tocó el violín.
Ni siquiera recuerda qué pieza era. Solo se acuerda de sus manos, de la concentración en su rostro, de ese mechón rubio que no dejaba de caerle sobre la frente.
Desde entonces, la imagen de Kasia lo persigue como una melodía imposible de olvidar.
Primero fue curiosidad. Luego algo más. Algo que Fabián ya no sabe cómo nombrar.
¿Obsesión? Es posible. Por qué no admitirlo a esas alturas.
Al principio intentó resistirse. Cada vez que sentía que algo se removía dentro de él —ese deseo incontrolable de observarla, de saber más, de acercarse sin que ella lo notara—, le gritaba y la castigaba.
Sin razón. Le ponía mala nota, le recriminaba su actitud, su falta de atención.
Siempre encontraba una excusa. ¿Es injusto?
Quizá. ¿Cruel? Puede. Pero también es más seguro así.
La distancia impuesta por el papel de profesor aún le ofrece una coartada.
Lo que nadie sospecha es lo fácil que ha sido para él crearse una identidad falsa.
Una simple cuenta, una foto de perfil robada de internet y algunas frases aprendidas de memoria bastan para convertirse en alguien diferente.
Un chico de la edad de Kasia. Alguien que le interese.
Alguien con quien quiera hablar. Fabián se sorprende de su propia habilidad con la tecnología.
Él, que apenas sabe programar el mando a distancia.
Por suerte, hoy en día hay tutoriales para todo en la red.
Solo hace falta tener ganas de aprender.
Disfruta. No hay otra palabra. Disfruta viéndola dudar.
Leyendo sus mensajes. Sintiendo cómo le entrega, gota a gota, su confianza.
Su tiempo. Su inocencia. Eso le basta. Por ahora.
No es idiota. Sabe que hay líneas que no debe cruzar.
Límites que no podrá rebasar sin consecuencias.
Tendrá que conformarse con parecer su hombre ideal desde la ventaja que le ofrece la madurez.
Seguramente habrá un punto en el que deba parar y desaparecer.
Ha cubierto bien su rastro siguiendo los consejos de un foro en internet que contiene toda la información que necesita.
Pero todo eso ya lo pensará cuando llegue el momento. Ahora toca disfrutar.