La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 36
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Capítulo 36

La foto del cuadro es una imagen cuidadosamente enmarcada.

Aparecen ocho hombres vestidos con traje sonriendo en un acto público.

Todos aportaron dinero para levantar ese edificio.

Algunos pusieron más que otros. Uno de ellos puso mucho más.

Sebastián Salas. Su suegro. El hombre sin el cual Víctor no estaría donde está.

Sebastián está en el centro con el mentón en alto y una mano en el hombro de su amigo Vicente Climent, que se conserva peor pese a tener una edad similar.

Víctor da un paso atrás, observa el encuadre, ladea apenas la cabeza. Parece que el cuadro está torcido y se toma un segundo para ajustarlo.

Hace ya mucho que vive con el peso de aquel secreto.

Samantha Reynolds. El nombre aún lo despierta por las noches, unas veces en susurros, otras con un grito que Víctor no se atreve a dejar salir.

Debería haber hablado. Debería haber ido a la policía hace años y haber señalado con el dedo el barranco del Infierno.

Él sabe que el cuerpo de esa chica está allí, y debería haberlo explicado. Él sabe quién la mató.

Pero no lo hizo. Y no lo hará.

Sebastián tenía razón cuando le dijo que era un cobarde.

Y no solo eso, porque además Víctor es un oportunista, lo reconoce.

Le repugna admitirlo, pero es la verdad.

Sin ese dinero, sin esa familia política que lo sostiene desde la sombra, estaría enseñando Literatura en algún instituto lejos de su hogar.

Aun así, eso es lo de menos. Vive en una casa que nunca podría haber comprado con su salario de funcionario.

Con piscina, con jardín, con un sótano que nadie usa.

Fidela, su mujer, no trabaja desde que su madre murió.

Se encerró en un silencio espeso del que no ha salido en dos años, fumando un cigarrillo tras otro.

Y él, en lugar de buscar ayuda, ha dejado que se apague.

No hay sexo. No hay cariño. No hay absolutamente nada. Solo rutinas de autómatas y una tristeza que tiñe por completo el ambiente de gris. Duermen en habitaciones separadas. Si cruzan cuatro palabras al día es porque dos de ellas son: «Buenas noches».

Víctor no recuerda la última vez que alguien lo tocó con deseo. Ni la última vez que él tocó a alguien por amor.

A veces piensa en separarse. Pero la idea no cuaja. ¿Quién lo querría a él, así, con esa sombra permanente bajo los ojos y esa forma de hablar que parece siempre pedir permiso? Es aburrido. Es previsible. Ninguna mujer fantasea con un hombre como él.

Y entonces vuelve a pensar en Samantha. En el rostro que vio solo una vez, en una fotografía de mala calidad que encontró en una de las pocas páginas de internet donde se informaba de su desaparición. En lo que sabe. En lo que no ha dicho. En lo que podría cambiar si hablara.

Pero, si habla, lo pierde todo. El puesto de director.

El respeto. La casa. Fidela se hundiría por completo y, con ella, desaparecería el último resquicio de su propia estabilidad.

El dinero dejaría de llegar. Volvería a empezar desde cero.

Y, a esas alturas, empezar de cero es una fantasía reservada para los valientes. O para los inconscientes.

Víctor no es ni lo uno ni lo otro.

Es la tercera vez en una semana que Sebastián ha acudido a la residencia a ver a su amigo Vicente.

Nunca había ido tan a menudo, pero es que nunca había visto a una enfermera tan joven y atractiva que le riera las gracias como la que han contratado en ese centro hace poco.

Solía visitar a Vicente una vez cada tres meses desde que le diagnosticaron demencia, y en las últimas semanas se había planteado incluso dejar de acudir, ya que su amigo no se acordaba de que iba a verlo.

Pero todo es diferente desde que pretende camelarse a esa enfermera.

Tal vez se acabe pronto. El aspecto de Vicente es cada día más frágil.

Con solo un vistazo, cualquiera se da cuenta de que la muerte está llamando a su puerta.

Sebastián no ha cambiado nada en los últimos años.

Tiene una especie de obsesión por conquistar mujeres a las que encandila con labia y con mucha práctica, además de con dinero, claro.

Sabe que ya no es el que era, los años le pesan, y es consciente de que su edad es más para tener nietos que novias.

Sin embargo, le da igual. Ya ha aceptado lo que es y así seguirá.

La única familia que le queda es su hija Fidela, y no parece tener intención de convertirlo en abuelo.

Él insiste cada vez que la ve, pero eso solo sirve para enfadarla.

Sabe que lo detesta. En ocasiones bromea diciendo que se morirá sin conocer a un nieto, y ella le responde, tajante, que así será, que no piensa tener hijos.

No entiende cómo su marido, Víctor, la soporta.

Ni él, que es su propio padre, consigue hacerlo.

Estuvo a punto de meter la pata con su yerno el día que enterraron a su mujer, a Vanesa.

Fue un momento duro, la situación le comió la moral y acabó por destrozarlo y hacerle sentir mal.

Bebió demasiado y, aunque no se acuerda de todo lo que sucedió esa noche, sí recuerda que contó ciertas cosas a Víctor que no debería haberle explicado.

No tiene claro hasta qué punto se pasó hablando, y nunca lo sabrá porque ha decidido no volver a sacarle el tema.

Es cierto que desde entonces Víctor lo mira de manera diferente.

Sin embargo, es algo que se puede solucionar con dinero.

Y de eso Sebastián tiene bastante.