La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 35
72%

Capítulo 35

—No te he dado las gracias aún, Víctor —dice ella cruzando las piernas con lentitud.

—¿Por qué? —pregunta él sin apartar la vista de la pantalla del televisor.

—Por haber accedido a adelantar la boda. Gracias a eso mi madre pudo venir. Dudo mucho que aguante más de uno o dos meses.

Víctor asiente con un movimiento leve, casi imperceptible. Sus ojos siguen puestos en la pantalla.

—Casarme contigo no es ningún suplicio. Es lo que quería, así que no me des las gracias.

—Después de tantos años luchando y, mira…, ¿para qué ha servido? Si te soy sincera, una parte de mí se sentirá aliviada cuando todo esto termine.

Víctor no responde. Ha aprendido a escuchar. Por lo general basta con eso cuando su mujer se derrumba.

Fidela recuesta la cabeza en el respaldo del sofá y deja que el silencio se acomode entre ellos.

Su mirada se detiene en una grieta del techo.

No hay un solo rincón de esa casa que se vaya a librar de la reforma.

Se construyó en los años treinta, durante la guerra civil.

En el jardín aún hay una caseta de aperos que oculta un búnker subterráneo que se hizo tras el bombardeo de la aviación italiana al Mercado Central de Alicante.

El agente inmobiliario lo mencionó con una sonrisa tensa, como si esperara que eso aumentara el valor de la propiedad.

—Tenemos mucho trabajo con esta vivienda —murmura Fidela más para sí que para su marido.

—Ya lo creo. Qué suerte que tu padre nos ayude con la reforma. Será bastante caro.

Fidela frunce ligeramente el ceño. No le gusta ese tono. Esa especie de reverencia constante.

—Es lo mínimo que puede hacer, ¿no te parece?

Víctor gira la cabeza y la observa. Tarda un poco en responder.

—Hombre, considero que debemos estarle agradecidos, cariño. Nos ha dado mucho.

Fidela suelta una risa seca, breve. Baja la mirada hacia sus propias manos, cruzadas en el regazo.

—Idolatras a mi padre porque tiene dinero y nos ayuda, pero con las cosas importantes no ha estado a la altura. No ha cuidado de mi madre como debía. Algún día descubrirás que no es el hombre que crees que es.

Víctor se encoge de hombros. Es un gesto neutro, el tipo de respuesta que no expresa nada y lo expresa todo.

Aparta la mirada. No sabe qué decir.

Víctor Fábregas está en el salón de su suegro, Sebastián Salas.

Esa mañana del 14 de marzo ha tenido lugar el entierro de su suegra, Vanesa Ródenas.

Un día gris para todos, especialmente para Fidela, cuya tristeza se ha vuelto una sombra más densa de lo habitual.

Está en uno de esos momentos en los que no quiere escuchar a nadie, ni siquiera a él.

Por eso le ha pedido que lleve a su padre a casa.

Según ella, la presencia de Sebastián le molestaba.

Víctor no ha discutido. Últimamente, cualquier intento de razonar con Fidela termina en portazos o en silencios más cortantes que un insulto.

Cuando ha dejado a Sebastián en la puerta y se despedía de él, el hombre le ha dicho: «¿Por qué no pasas y te tomas una copa conmigo?

». Víctor no ha tenido el coraje —ni el interés— de rechazarlo.

Y ahora está ahí, atrapado en un salón en penumbra, sentado en el sofá, con una botella de whisky cada vez más vacía, junto a un suegro que no parece tener intención de detenerse.

Sebastián acaba de servirse otro trago. La voz le tiembla.

Habla de cosas inconexas, mezcla anécdotas de la mili con frases que no concluyen en nada comprensible.

Víctor observa el vaso que sujeta y piensa que ya lleva demasiados.

Aun así, no hace comentario alguno. No puede.

Por borracho que esté, ese hombre ha pagado a tocateja la casa donde Víctor vive con Fidela y también la reforma.

Con eso basta. Su suegro tiene licencia para hacer lo que quiera.

—Enhorabuena por la plaza, que no te había felicitado aún —dice Sebastián arrastrando las palabras—. Así pues, ¿te quedas en Altea?

—En Benidorm —corrige Víctor en tono neutro.

—Sí…, claro, en Benidorm. —Sebastián asiente, aunque parece no importarle en absoluto—. De momento, ¿no? Hasta que abran el instituto aquí.

—Está previsto para 2005. Pediré el traslado entonces.

—Es genial, Víctor. Te ayudaré con eso si es necesario. Conozco gente, ¿sabes? Me gusta cómo… cómo cuidas de mi hija. Ya me dirás cómo lo haces para que no te trate tan mal como a mí —añade mientras se sirve otra copa.

—No te trata mal, Sebas.

—¡Claro que sí, coño! No lo niegues. Aunque tal vez me lo merezca, la verdad.

Víctor guarda silencio unos segundos antes de responder.

—Fidela atraviesa un mal momento. Cuando el tiempo pase, todo mejorará.

—No lo hará —espeta Sebastián casi sin dejarlo terminar.

Víctor lo mira incómodo.

—¿Por qué dices eso?

Sebastián da un trago largo hasta apurar el vaso y se sirve otro whisky.

—Porque soy un gilipollas, Víctor.

Las palabras salen en un tono seco, sinceras. Víctor no responde. Está acostumbrado a las confesiones de borracho, a las verdades que se escapan cuando ya nadie las quiere escuchar. Pero esa vez hay algo diferente. Sebastián no se queja. Está cediendo.

—No me he portado bien —reconoce casi en un susurro.

—¿A qué te refieres?

—He hecho cosas malas… Tú ya me entiendes. Y Fidela no es tonta. Lo sabe.

—Sebas —dice Víctor, y se da una palmada en las rodillas con ambas manos—, creo que hoy es un mal día para todos; además, has bebido un poco. ¿Qué tal si te metes en la cama y mañana a primera hora vengo y desayunamos juntos por ahí?

Está a punto de levantarse del sofá y despedirse cuando Sebastián se echa a llorar. Al principio intenta disimularlo, se pasa la mano por la cara como si se quitara gotas de sudor, pero en cuanto abre la boca se rompe.

—Y menos mal que Fidela ignora lo peor de todo —continúa Sebastián, que parece no haber oído ni una palabra de la sugerencia de su yerno.

Víctor no entiende nada.

—¿De qué estás hablando, Sebas?

—Olvídalo… —responde, pero el tono no acompaña—. Bueno, ¿qué importa ya? Me da lo mismo. Voy a explicarte una historia. Y te la cuento a ti porque no tengo el valor que hace falta para contársela a alguien que actuaría en consecuencia. Tú no lo harás. Eres demasiado blando.

Víctor se inclina hacia delante en el sofá.

—Quizá no sea buena idea que yo…

—Cállate —lo corta Sebastián al tiempo que levanta una mano temblorosa—. Y escucha lo que te voy a contar. Necesito contárselo a alguien. Han pasado más de diez años.

Víctor aprieta los labios y asiente despacio. Tiene la sensación de que ha cruzado una línea invisible y que desde ese punto ya no hay vuelta atrás.

—Fue al poco tiempo de que a Vanesa le diagnosticaran cáncer. Había un chiringuito en Jávea…