Capítulo 34
Samantha llega con la lengua fuera. Literalmente.
El sendero se le ha hecho eterno, con el sol pegándole en la nuca con fuerza.
No sabía que el sitio secreto de Christian requería una caminata tan larga.
Y encima se ha puesto esos vaqueros que le sientan tan bien para impresionarlo. Podría haberla avisado.
Pero, vale…, el lugar es bonito. Árboles altos, sombra aquí y allá, y ese silencio raro que no da miedo, sino paz.
Se deja caer sobre una roca que resulta menos incómoda de lo que esperaba y echa la cabeza hacia atrás.
Su camiseta está empapada justo entre los pechos, y el sudor le chorrea por la frente. Qué sexy.
Christian, a quien no parece afectarle el calor en absoluto, abre su mochila y saca una cantimplora.
Se la ofrece sin decir nada y Samantha la acepta como si fuese oro líquido.
Da un trago largo, tan largo que un poco de agua se le escapa por la comisura de los labios.
Antes de que pueda limpiarse, él le pasa el pulgar por la mejilla.
Ella deja escapar una risita, incómoda. No por él exactamente. Por el momento. Por lo que sabe que va a pasar.
Él la toma de una mano y la levanta. A Samantha se le acelera el corazón. Está nerviosa. No debería estarlo, ¿no? Tiene diecisiete años. No es una niña. Pero Christian no es un chico cualquiera. Es mayor, lo sabe. Y lo nota.
Cuando él se inclina hacia su rostro, ella no se aparta. El beso llega suave. Un roce lento, como una prueba. A Samantha le da un vuelco el estómago, pero no del malo. Es… bonito. Raro. Pero le gusta.
En cuestión de segundos, sin embargo, la cosa cambia. Ya no es un beso dulce. Es un beso de los que empujan. De los que no preguntan. Él le pasa las manos por la cintura y las baja directo al trasero. La aprieta. Fuerte. Demasiado.
Samantha se tensa, pero no dice nada. Se deja llevar mientras intenta convencerse de que no ocurre nada, de que todo va bien.
Christian es guapo. Le gusta. Desde hace días piensa en ese momento.
Solo que… no deseaba que todo fuera tan rápido.
Se ha besado con otros chicos, pero nunca ha pasado de ahí.
Sería la primera vez. ¿Quiere que sea así? No lo sabe. Tal vez no.
Cuando siente su cuerpo moviéndose contra el suyo, duro, insistente, se le enciende una alarma en la cabeza.
Le agarra una mano. No para apartarlo, no del todo, pero sí para que pare un poco.
Para que note que va demasiado deprisa. Se lleva a los labios la mano de Christian para besarle los dedos y romper la tensión con algo tierno.
Y entonces lo ve.
Una línea blanquecina en el dedo anular de la mano izquierda. Justo donde iría un anillo.
No indaga. No tiene que hacerlo. La marca habla por sí sola.
Está casado. Y no se lo ha dicho.
«Mierda —piensa Sebastián—. Acaba de darse cuenta de la marca del anillo».
No hace falta mirar a Samantha para saber que la ha visto.
Aun así, levanta la vista y la observa. La transformación en su rostro es instantánea.
Los ojos, antes llenos de deseo, se abren como si acabara de despertar de un sueño sucio.
Retrocede un paso. Él no la detiene al principio.
Le da tiempo. A lo mejor es solo una reacción pasajera.
Una confusión. Pero no. Samantha se cruza de brazos, ladea la cabeza con incredulidad y murmura algo que Sebastián no alcanza a entender.
Ella se aleja. No es un simple gesto de incomodidad; es rechazo. Y él no está acostumbrado a que lo rechacen.
Reacciona y la agarra del brazo. Le habla en un tono bajo, casi suplicante, pero con ese matiz de autoridad que nunca le ha fallado. Samantha intenta zafarse y niega con la cabeza. El labio inferior le tiembla. Está llorando.
Eso lo desconcierta más de lo que debería. Insiste. Esa vez la sujeción es más firme, más seca. Samantha forcejea, se libera y grita. No es un grito histérico. No está fingiendo. Es una negativa que le sale del alma, cargada de asco y miedo.
Cuesta creer cómo puede torcerse todo en cuestión de segundos.
Sebastián da un paso atrás, respira hondo. Se escucha en su mente intentando encontrar alguna frase para arreglarlo, pero todas se le quedan en la garganta. Samantha se gira. Le lanza una mirada herida, le dice en inglés que quiere volver a casa. La frase cae como una sentencia.
Y él entiende, de golpe, lo que está en juego. Es su reputación. Su futuro. Su vida entera. No puede permitirse que Samantha abra esa bonita boca y cuente la historia equivocada.
Nadie sabe que están allí.
Debe actuar. Y debe hacerlo ahora. No tiene claro si lo mueve más la preocupación por tapar sus huellas o el resentimiento por el rechazo.
Procede con decisión. Casi sin pensar. Samantha ya ha iniciado el regreso hacia el coche, cruza la zona del camino que serpentea entre los arbustos. Sebastián la alcanza en apenas cinco zancadas. No corre. No hace falta.
Le pasa los brazos por detrás y cierra las manos alrededor de su cuello. Firme. Seco. Ella se queda rígida. Intenta gritar, pero no hay aire. Intenta separarle los dedos, golpearlo con el codo. No tiene fuerza suficiente.
Sebastián aprieta. Sin vacilar.
Samantha tiembla unos segundos. Luego le flaquean las piernas. Los ojos, abiertos de par en par, comienzan a cerrársele. Pierden esa luz que tenían hace apenas unos minutos, cuando lo miraba como si él fuera alguien digno de confianza. De deseo.
Un segundo más. Otro.
Ya está.
Cuando el cuerpo deja de luchar, Sebastián afloja la presión. Samantha cae con un golpe sordo sobre la tierra seca. Queda boca arriba, los párpados casi cerrados. Ya no llora. Ya no dice que quiere irse a casa. Ya no podrá decir nada, de hecho. Tampoco estar con otro hombre que no sea él.
La observa.
No tenía por qué haber terminado así.